
Imagina que un habitante de otro barrio timbra a tu puerta y, cuando le abres, te dice: “Quiero comprar tu casa; me siento inseguro porque creo que mis enemigos podrían usar tu jardín para atacarme”. Tú le dices que no estás interesado en vender y comentas entre risas, con tus vecinos, la insólita propuesta que has recibido. Todos ríen contigo. Pero, entonces, el personaje te dice que, si no accedes a vender, tendrá que apropiarse de tu casa por la fuerza. No lo hace de inmediato, pero empieza a presionar todos los días, durante meses, y te hace saber que está armado y dispuesto a tomarse tu casa “por las malas” si es necesario. Ya no te da tanta risa, porque empiezas a sospechar que habla en serio. Además, sabes que lo ha hecho con casas de otros barrios. Recientemente se tomó la de un venezolano y nadie hizo nada para impedirlo. Ahora se jacta frente a todos de ser el dueño de los tesoros de esa familia latina.
Crece en ti la indignación. “Es mi casa”, piensas, “la he pagado con mucho esfuerzo y tengo derecho a decidir libremente sobre mi propiedad”. Pero ahora es el acosador quien se ríe de ti: tu libertad no es más importante que su seguridad. Y él, por su seguridad, está dispuesto a hacer lo que sea, aunque esto signifique pasar por encima de tus derechos.
Pasa un año y la presión continúa. El hostigador sigue hablando de su seguridad. Repite la palabra innumerables veces: seguridad, seguridad, seguridad. En ese tiempo, ves que, en nombre de la seguridad, el tipejo hace cosas en realidad aterradoras: pone dinero para ataques contra otras casas, envía a sus hijos a matar a los niños de otras familias y se roba las cosas de otras personas. No entiendes cómo es que nadie lo detiene, porque evidentemente está loco, pero así es: nadie lo detiene.
Pasa otro año y la presión continúa. “Quiero tu casa”, insiste; “yo me encargaré de mi seguridad y también de la tuya”, te promete. Pero tú nunca habías tenido problemas de seguridad. No hasta que él apareció en tu puerta.
Sigue amenazándote. Entrará por la fuerza. Entonces, empiezas a temer por tus hijos, por tus cosas, por tu vida, que era tan tranquila y segura antes de que apareciera este abusador y empezara a acosarte.
Quisieras que alguien hiciera algo, que tus vecinos se pronunciaran, pero nadie dice nada. Te sientes solo. Solo e indefenso. Aunque quisieras, no puedes enfrentarte a este hombre que está armado hasta los dientes, como sus hijos, y has visto de lo que son capaces. Son unos bullies. Se comportan como matones que amedrentan, amenazan, intimidan, humillan, ridiculizan, aíslan, hostigan, manipulan y ejercen poder sobre otros hasta hacerles creer que defenderse es imposible.
Y sucede: como nadie te ayuda ni te apoya, ni siquiera la justicia o la Policía, comprendes que no hay nada que puedas hacer. Te ves obligado a hacer un trato con tu acosador: no le venderás tu casa, pero ahora él podrá entrar y salir de ella cuando quiera y varios de sus hijos se mudarán de manera permanente a vivir contigo; todos estarán armados “por seguridad”.
Además, será él quien decida qué compras y a quién le compras, solo podrás invitar a quienes ese matón apruebe y tú debes hablar ahora con el vecindario y decirle, con una sonrisa instalada en la cara, que te sientes feliz, pero sobre todo seguro, ahora que tu hostigador se encargará de tu protección.
Esto es exactamente lo que ha sucedido entre Estados Unidos y Dinamarca: al inicio de su segundo mandato, Donald Trump ofreció comprar Groenlandia, isla perteneciente al reino danés. Todos reímos. Ante la negativa del país europeo, Trump amenazó con el uso potencial de la fuerza militar y con imponer altos aranceles a las importaciones para forzar un acuerdo sobre el territorio ártico.
¿Y qué hay allá, además de osos?
El Ártico es rico en elementos de ‘tierras raras’ y alberga una de las mayores reservas mundiales de neodimio y disprosio, esenciales para la producción de turbinas eólicas y vehículos eléctricos, así como minerales críticos, metales preciosos y vastas reservas de hidrocarburos.
Algunos gobiernos europeos y aliados de la OTAN se atrevieron a tachar las tácticas de Trump como inaceptables y contrarias al respeto que merece la soberanía de los estados miembros de esta organización. Pero ya sabemos que a Trump no le importan las leyes, ni las convenciones, ni la soberanía de ningún país que no sea el suyo. A él solo le importa la seguridad de Estados Unidos aunque eso signifique que el resto del planeta esté en alarma permanente por su culpa.
Y tras casi dos años de presión, el pasado viernes 18 de septiembre, los dos países anunciaron un “acuerdo”, una manera hipócrita de denominar lo que evidentemente ha sido la más descarada forma de coerción económica y geopolítica.
A punta de amenazas, Trump consiguió lo que se había propuesto en Groenlandia: el establecimiento de infraestructura militar de manera unilateral, la prohibición de inversiones de potencias rivales como China o Rusia, derechos continuos de tránsito y sobrevuelos sobre el territorio y veto militar a naciones ajenas a la OTAN. A pesar de esto, habla de que Dinamarca y Groenlandia mantendrán su soberanía intacta, pero evidentemente con las tropas estadounidenses adentro y las prohibiciones contenidas en el “acuerdo”, el derecho a la autodeterminación ya ha sido minado.
A tan solo unas semanas de las elecciones de noviembre, donde los republicanos se juegan la mayoría en el Congreso, Trump y su grupo de bullies celebran este acto de coerción como un avance clave para su seguridad nacional. Esto, sumado a los 5.000 dólares que el presidente estadounidense ha ofrecido a cada uno de los estadounidenses adultos en caso de que lleguen a ganar los republicanos, demuestra que no solo son bullies: son compradores de votos que ya ni se esfuerzan por ocultar que están dispuestos a pagar por el triunfo, es decir, por la impunidad, porque todos sabemos que si los demócratas ganan la mayoría de los 435 escaños de la Cámara de Representantes y la tercera parte del Senado, lo que le viene pierna arriba a Trump es un impeachment, proceso de destitución que ya ha enfrentado en el pasado. Entre las principales acusaciones que ahora enfrentaría Trump están el presunto abuso del poder presidencial, beneficios económicos y conflictos de interés, que le han permitido incrementar su fortuna personal en más de 2.000 millones de dólares en tan solo 18 meses. A esto se suma la controversia por las operaciones militares estadounidenses, particularmente en Irán, que se han hecho sin la autorización del Congreso.
En Estados Unidos los dos principales partidos se asocian con animales desde hace casi dos siglos: los demócratas con el burro y los republicanos con el elefante. El elefante llamado Trump no duda en usar su tamaño y fiereza paquidérmica cuando las circunstancias lo ameritan. Y ante el burro amarrado que parecen ser hoy los demócratas uno se pregunta: ¿cuál será el próximo país que quiera “comprar” Trump? Y, más importante todavía: ¿el mundo seguirá sumiso y callado, obedeciendo por miedo y viendo cómo el acosador triunfa sobre los acosados?
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