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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

El otro partido de Cuadrado

Probablemente a usted le ha pasado. Invitar a su casa, sin saberlo, a dos personas que se llevan muy mal. A mí me sucedió hace unos días. Yo no lo sabía, y me enteré después de haberlos citado. Mi aprecio por los dos estaba por encima de sus diferencias. Nada que hacer. Allí estaban. Durante los primeros minutos que compartieron en la reunión, los dos invitados hicieron todo lo posible por no mirarse.

Llevaban años distanciados. Las declaraciones públicas, las diferencias personales y el protagonismo que cada uno había alcanzado en distintos escenarios de la vida nacional habían terminado por romper su relación. No se hablaban. Se evitaban. Y ahora estaban sentados en la misma sala.

Uno de ellos llegó un poco más tarde, cuando la reunión había avanzado. Quedaron en lugares alejados. Cada uno se refugió en la conversación con quienes tenía más cerca. Solo mi esposa y yo conocíamos la historia, y advertíamos esa tensión silenciosa.

No se habían reunido para reconciliarse. Estaban allí por otra razón.

Gracias a una amiga en común, había organizado en mi casa un pequeño encuentro para darle la bienvenida a Bogotá a Juan Guillermo Cuadrado. Éramos un grupo reducido de hinchas de Millonarios, entusiasmados  e ilusionados con su llegada. Queríamos que se sintiera acompañado en una ciudad nueva y, naturalmente, aprovechar la oportunidad de hablar de fútbol con un jugador que durante 17 años recorrió los grandes estadios de Europa y compartió camerino con muchos de los grandes ídolos mundiales de este deporte.

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El “Panita” y yo

Cuadrado regresó al fútbol colombiano este fin de semana. Antes del partido entre Millonarios y Boyacá Chicó fue presentado en El Campín ante miles de aficionados. Salió vestido de azul, recibió los aplausos y los cánticos de la tribuna y comenzó una nueva etapa después de ganar 15 títulos en Europa con equipos como Chelsea, Juventus e Inter de Milán.

La aparición del ‘Panita’, como se le conoce cariñosamente, tuvo la dimensión que corresponde a un crack internacional  y uno de los protagonistas de los mejores momentos recientes de la Selección Colombia.

Pero esa noche, en la sala de mi casa, el fútbol tomó otra forma, para enseñarnos  y recordarnos cosas importante que no sabíamos, o que habíamos olvidado.

La conversación comenzó con Millonarios, su historia y la ilusión por el torneo que viene. Hablamos de la historia del club, del campeonato que viene y estábamos entrando a la conversación sobre  las figuras con las que Cuadrado había jugado, de los estadios que conoció y de algunos recuerdos de su carrera. Sin embargo, poco a poco, casi sin darnos cuenta, dejamos de hablar del futbolista y comenzamos a escuchar al hombre que trabaja con niños y familias en algunos de los sectores más golpeados de Antioquia.

Cuadrado contó historias de comunidades atrapadas en círculos de pobreza y violencia. Habló de niños para quienes el fútbol puede ser mucho más que un juego: una razón para permanecer en el colegio, una oportunidad para descubrir otras capacidades y, algunas veces, la posibilidad de escapar de un destino triste que parece trazado de antemano.

Lo más revelador no era solamente lo que contaba, sino la manera como lo hacía. Había pasión y ternura en sus palabras. No parecía una celebridad repitiendo el discurso institucional de una obra social que lleva su nombre. Hablaba con la propiedad genuina del que conoce las historias, recuerda los rostros y comprende la complejidad de los lugares en los que trabaja.

El fútbol, nos explicó, es apenas la puerta de entrada. La Fundación que lleva su nombre lo utiliza para convocar a los niños, enseñarles disciplina y valores, procurar que permanezcan en el sistema educativo y acercarse a sus familias. El trabajo comenzó por lo más elemental. En algunos barrios, los niños llegaban a entrenar descalzos o en chanclas. Era necesario conseguir zapatos, uniformes y balones.

Y después todos entendieron que eso no era suficiente. La tarea debía ampliarse hacia la educación, la cultura, la orientación vocacional y el acompañamiento familiar. Según las cifras de la Fundación, en 14 años de funcionamiento ha atendido a más de 15.000 beneficiarios. Cerca de 1.200 niños y niñas participan cada año en sus actividades.

Cuadrado habló también de experiencias mucho más complejas: procesos de resocialización con personas privadas de la libertad y esfuerzos de reconciliación en comunidades donde víctimas y victimarios siguen compartiendo el mismo territorio. Entonces conocimos una historia difícil de olvidar. Un hombre  estaba preso por haber matado al padre de uno de los niños de la Fundación. Con él trabajaron  en el proyecto de apoyo y adaptación dentro de las cárceles, y con el tiempo, el hijo del responsable y el hijo de la víctima terminaron encontrándose y compartiendo en sus programas deportivos.

En un caso como ese, evidentemente la tarea no consiste en entregar uniformes o balones, sino de impedir que una muerte produzca otra; que el odio se convierta en una herencia; que el dolor pase intacto de una generación a la siguiente.

Mientras Cuadrado relataba esas historias, los dos invitados distanciados continuaban en extremos diferentes de la reunión. No habían discutido, pero tampoco se habían acercado. Parecían dispuestos a terminar la noche sin cruzar más palabras de las necesarias.

Hasta que Cuadrado volvió a recurrir al juego.

En algún momento, el futbolista pidió silencio, tomó la iniciativa, organizó todo y nos puso a participar en una serie de  juegos y retos de palabras y ritmos. Éramos adultos poco acostumbrados a ese tipo de dinámicas. Algunos comenzamos con timidez. Otros ofrecieron la resistencia propia de quienes temen hacer el ridículo. Pero Cuadrado insistió con la naturalidad de quien sabe que para jugar es necesario quitarse de encima pesos innecesarios, prejuicios propios y ajenos.

Participamos todos. Nos equivocamos, competimos, nos reímos de los demás y, sobre todo, de nosotros mismos. Durante un rato dejamos de ser periodistas, empresarios, estudiantes universitarios, dirigentes, políticos o personajes de la vida pública. Volvimos a jugar como niños y descubrimos que teníamos algo más en común que el amor por el fútbol y por Millonarios.

Los juegos de Cuadrado no hicieron el milagro de reconciliar a quienes llevaban años enfrentados. Supongo que tampoco borraron las viejas diferencias ni resolvieron una historia acumulada durante mucho tiempo. Pero  definitivamente cambiaron el aire que  se respiraba. La tensión desapareció. Al finalizar la noche, los dos invitados que habían llegado decididos a evitarse se despidieron con un apretón de manos y una palmada en el hombro.

Cuadrado había hecho en la sala de una casa, sin discursos y probablemente sin proponérselo, algo parecido a lo que su Fundación intenta hacer en los barrios: utilizar el juego para derribar barreras, reconstruir vínculos y abrir un espacio en el que las personas puedan volver a mirarse de otra manera.

La escena también permite reflexionar sobre la diferencia entre una obra social arraigada en los territorios y esa filantropía que, en tiempos de redes sociales, no pocas veces se convierte en espectáculo. Y no son difíciles de detectar: campañas diseñadas para las cámaras, donaciones  cuya fotografía dura más que sus efectos y celebridades capaces de convertir una causa social en la extensión de su estrategia de imagen.

Y ojo: el problema no es comunicar el trabajo social. La visibilidad puede atraer recursos, aliados y voluntarios, y multiplicar el alcance de una buena iniciativa. La diferencia está en determinar si la comunicación está al servicio de la obra o si la obra termina  estando al servicio de la comunicación. Clave  poder dilucidar si detrás de la fotografía hay una organización capaz de mantener los procesos después de que termina los noticieros y los periodistas se van.

Cuadrado no está solo en esta tarea. Varios futbolistas colombianos desarrollan proyectos sociales que reciben mucha menos atención que sus contratos, automóviles, lesiones o controversias. Carlos Bacca trabaja con niños y jóvenes en Puerto Colombia. Yerry Mina mantiene un vínculo activo con Guachené, en el norte del Cauca. James Rodríguez ha impulsado programas de formación integral y desarrollo del talento deportivo infantil. Falcao García ha participado en iniciativas de nutrición, educación y protección de la niñez vulnerable. Wilmar Barrios, Miguel Borja, Jhon Lucumí, Alfredo Morelos, Carlos Cuesta y Héctor Hurtado también han promovido o respaldado programas sociales.

Son iniciativas diferentes, con alcances y niveles de institucionalización que deben entenderse sin las idealizaciones propias de la pasión futbolera. Pero todas comparten una idea poderosa: el éxito profesional  de estos futbolistas no significó romper con el lugar de origen, sino  lo contrario: adquirir herramientas, recursos y aliados para regresar e intentar transformarlo.

Los futbolistas acumulan un capital que no es solamente económico. Para millones de niños representan la posibilidad de escapar de una realidad que parece determinada de antemano. Sus palabras, decisiones y actuaciones tienen una influencia extraordinaria. Y ellos lo saben.  Y la verdadera dimensión de ese liderazgo  puede palparse cuando deciden qué hacer con semejante poder después de los partidos, cuando se apagan las luces del estadio y la vida de las personas —en los lugares de donde ellos provienen— continúa enfrentándose a la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades.

Cuadrado acaba de regresar al centro del espectáculo. Los hinchas de Millonarios esperamos sus gambetas, sus centros, sus goles y esa alegría que siempre transmitió en la cancha. Su presentación en El Campín fue apenas el comienzo: todavía no ha jugado con la camiseta azul. Mientras llega su debut, vale la pena mirar ese otro partido que juega desde hace años sin marcador, titulares ni comentaristas. Sus resultados no se miden en goles o puntos, sino en niños que continúan estudiando,  comunidades que intentan romper sus círculos de pobreza y violencia, y personas que reconstruyen sus relaciones.

Y esa noche Cuadrado nos demostró que su método sí funciona.

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