
QuitGPT: el boicot a ChatGPT que le ha quitado más de un millón de usuarios
Boicot a ChatGPT. Créditos: Freepik
El boicot que le ha quitado más de un millón de usuarios a ChatGPT abre preguntas muy inquietantes para estos tiempos.
El 4 de marzo, en el periódico británico The Guardian, el reconocido historiador Rutger Bregman –creador de la Moral Ambition School– escribió una columna de opinión con el título, traducido al español, ¡Elimina ChatGPT ahora! Tu suscripción está financiando el autoritarismo. En el escrito, Bregman explica las razones del boicot masivo que tiene en la cornisa a ChatGPT y OpenAI, el gigante tecnológico que desarrolló el chatbot más grande y poderoso del mundo.
En los últimos meses, más de un millón de personas han cancelado su suscripción paga a ChatGPT motivados, entre otros asuntos, por los probados vínculos del presidente de OpenAI, Greg Brockman, con el Gobierno de Donald Trump. Un total de 25 millones de dólares le donaron Brockman y su esposa a la campaña de Trump para su segundo mandato.
Además, la organización quitgpt.org, que ha tomado la vocería del boicot, denuncia que OpenAI ha sido una de las empresas tecnológicas protagonistas en el lobby de 125 millones de dólares que tiene como objetivo que los Estados no puedan regular, de forma independiente, el uso de la Inteligencia Artificial en Estados Unidos.
Asimismo, denuncian que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), señalado de matar a dos estadounidenses en Minneapolis, usa una herramienta generada por ChatGPT para sus operaciones; y que el chatbot, “a través de la adulación y la dependencia, fomenta la crisis de salud mental en el país reemplazando las relaciones humanas con novios/novias de IA”.
Bregman añade que el boicot hacia ChatGPT se exacerbó la semana pasada, cuando Anthropic, la compañía que desarrolló Claude, el mayor competidor de ChatGPT, acusando motivos éticos, se negó a darle acceso sin restricciones de su tecnología al Pentágono –que había contratado sus servicios en 2025 por 200 millones de dólares–.
La negativa enfureció a Trump que, a través de Pete Hegseth, secretario de Defensa, declaró a Antrhropic un “riesgo para la cadena de suministro de seguridad nacional”, una designación que usualmente se utiliza para empresas vinculadas a países antagónicos como China. Con la designación vino la prohibición para cualquier contratista del Ejército de ese país de entablar relaciones comerciales con Anthropic, lo que, según Bregman, es “una sentencia de muerte corporativa por el crimen de rechazar ser cómplices de la construcción de robots diseñados para matar”. Después de señalar que OpenAI se reunió con Trump para vincularse como el reemplazo de Anthropic, y por ende entregarle su tecnología sin restricciones jurídicas al Pentágono, el historiador invita a sus lectores a unirse al boicot y, no solo dejar de pagar la suscripción mensual, sino desinstalar del todo la aplicación de celulares y computadores.
En una columna publicada el 6 de marzo en el diario argentino Página 12, titulada La oveja Dolly no podía matar, la Inteligencia Artificial, sí, la periodista Julieta Dussel hace una minuciosa línea del tiempo de lo contado anteriormente.
Cuando en julio de 2025 Anhhropic firmó el contrato con el Pentágono, por la naturaleza clasificada del mismo exigió dos cláusulas: que su tecnología no se usara para vigilar masivamente a los estadounidenses, y que tampoco sirviera para el uso de armas autónomas letales –drones o sistemas que atacan objetivos humanos sin la intervención de una persona–. En febrero de 2026, el Pentágono exigió reemplazarlas y, en vez de las prohibiciones contractuales explícitas, pidió poner por escrito que el ejército “reconoce las leyes federales y las políticas internas que ya prohíben esos usos”.
Anthropic rechazó esta exigencia por el abismo que hay entre una cláusula en un contrato y una declaración de buenas intenciones. Y entonces vino la ya nombrada sentencia de muerte corporativa del ministro de Defensa, y el oportunismo corportativo de OpenAI que le ha costado perder millones de suscriptores.
Tanto Bregman, para The Guardian, como Julieta Dussel, para Página 12, coinciden en que esto va más allá de un rifirrafe tecnocrático entre el Gobierno de Trump y una empresa tecnológica. Lo que está en juego son algunas de las preguntas más inquietantes de nuestra era. ¿Quién regula a las tecnologías que hoy le dan forma a las dinámicas militares, sociales y digitales de un mundo en el que el celular es una prótesis del cuerpo?
¿Estamos condenados a usar, con una venda en los ojos, los modelos que parecen contener toda la información de la humanidad pero que a la vez son herramientas para el perfilamiento, la vigilancia masiva y la construcción y uso de armas letales autónomas?
¿Es ya un infantilismo seguir pensando que el auge de la Inteligencia Artificial obedece al bien común de la especie humana? ¿Seremos capaces de desconectarnos de los modelos que enriquecen por billones a los socios más cercanos a Trump, que no tienen reparo alguno con su embestida autoritaria? ¿Qué papel tenemos los ciudadanos del sur global para decidir sobre el futuro de unas tecnologías creadas y pensadas por el norte? ¿Cabe la palabra ‘ética’ en un entorno tecnológico dominado por Sam Altman, Elon Musk y Mark Zuckerberg? ¿Dejar de usar un chatbot para usar otro es lo mismo que escoger entre el diablo y Satanás?
ChatGPT, hoy, en un solo año, ha pasado de tener el 69 por ciento del mercado al 45 por ciento. Tiene pérdidas mayores a sus ganancias. Parece que las decisiones del usuario de a pie no son tan inocuas.
Comentar este artículo
Aún no hay comentarios











