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Vicenç Fisas

Carta abierta a los dirigentes de los grupos armados de Colombia

Les escribo sin representar a ningún gobierno, sin portar ninguna bandera institucional, y sin el propósito de humillarles ni de pedirles que traicionen lo que han creído. Les escribo porque creo que el momento histórico que vive Colombia exige una honestidad que pocas veces se practica. Los resultados de las recientes elecciones presidenciales, en las que un candidato de extrema derecha obtuvo la victoria, constituyen un mensaje que no pueden ignorar ni minimizar. Ese triunfo no refleja una preferencia ideológica de la ciudadanía, sino algo mucho más concreto y urgente: el rechazo profundo y mayoritario a la existencia y las acciones de los grupos armados, el miedo cotidiano que millones de colombianos experimentan en sus territorios, las serias dudas que generan unos procesos de negociación que no se traducen en paz real, y un respaldo creciente a las Fuerzas Armadas como garantía de seguridad. A ello se suma una realidad que las cifras hacen innegable: en los últimos años el número de personas desplazadas ha crecido de manera alarmante, alcanzando dimensiones humanitarias inaceptables. Y cuando se analiza quiénes son las víctimas mortales del conflicto, los datos son devastadores para cualquier pretensión de legitimidad: son, en primer lugar, civiles inocentes que nada tienen que ver con ningún bando; en segundo lugar, combatientes de sus propios grupos que mueren en enfrentamientos entre organizaciones armadas que se disputan el control territorial; y solo en último lugar aparecen los combates contra la fuerza pública. Esa realidad desnuda y desmiente de raíz cualquier intento de justificar la lucha armada como una causa popular o liberadora: no están combatiendo al Estado, están destruyendo al pueblo que dicen defender.

Ustedes tomaron las armas por razones que no nacieron de la maldad. Nacieron de las injusticias. Esas razones no han desaparecido. Y precisamente por eso les pido que lean esto con la misma seriedad con que alguna vez tomaron la decisión más difícil de sus vidas. Sean honestos con sus combatientes y con ustedes mismos: después de décadas de conflicto armado en Colombia, ¿qué ha cambiado estructuralmente para los campesinos, los indígenas, los afrodescendientes que son la base social que dice representar la insurgencia? La tierra sigue concentrada, la pobreza rural sigue siendo escandalosa, y la violencia sigue siendo el idioma de los poderosos. Esto no es un argumento para la resignación. Es un argumento para la lucidez.

La lucha armada no fracasó por falta de valentía. Fracasó como estrategia de transformación social porque en el mundo contemporáneo ningún grupo insurgente latinoamericano ha conquistado el poder por la vía militar, y los que lo intentaron hasta el final dejaron tras de sí generaciones destruidas sin alcanzar la justicia que buscaban. ¿Quiénes mueren en este conflicto? No los terratenientes. No los políticos corruptos. No los empresarios que financian la violencia desde sus oficinas. Mueren los mismos campesinos, los mismos jóvenes sin futuro, las mismas mujeres de los territorios que ustedes dicen defender. No les pido que acepten esa responsabilidad en público de inmediato. Les pido que la debatan en privado, con honestidad, en sus asambleas y en sus conciencias. Porque un movimiento que aspira a la justicia no puede construirse sobre el sufrimiento de quienes quiere liberar.

El Estado colombiano también tiene una deuda de sangre enorme. Eso es verdad. Pero la respuesta a la violencia estatal no puede ser más violencia sobre los mismos cuerpos. El contexto geopolítico y social de los años 60 y 70, cuando nacieron varias de las organizaciones armadas, ya no existe. La Guerra Fría terminó. Cuba y Venezuela, referentes históricos de la izquierda armada, enfrentan sus propias crisis profundas. La teología de la liberación, que inspiró a una generación, ha evolucionado hacia formas de acompañamiento comunitario no violento. Más importante aún: las nuevas generaciones colombianas, incluso las más pobres, incluso las de los territorios más golpeados, en su mayoría no quieren la guerra. No porque sean cobardes o estén alienadas. Sino porque han visto lo que la guerra hace. Han crecido entre ella. Y eligen, con plena conciencia, otras formas de lucha. Un movimiento revolucionario que no tiene la adhesión genuina de la juventud popular ya no tiene futuro estratégico. Solo tiene inercia.

El espacio político, aunque imperfecto y peligroso, existe y puede ensancharse. Y han existido experiencias de gobierno por parte de la izquierda, tanto a nivel local, como regional o nacional. Y ustedes, con su conocimiento de los territorios, con su capacidad organizativa, con su credibilidad ante comunidades que el Estado nunca ha servido, podrían ser actores políticos de enorme peso. Ante este panorama, dejar las armas de forma unilateral y entregarlas a un organismo internacional, no es rendirse. Es elegir el campo de batalla donde se puede ganar lo que nunca se ganará con fusiles: legitimidad, mayorías, transformación duradera. Ustedes, como dirigentes, tienen una responsabilidad con sus propios combatientes que va más allá de la estrategia política. Tienen la responsabilidad de ofrecerles la posibilidad de una vida.

La valentía más auténtica no reside en empuñar las armas, sino en enfrentarse al adversario desde la fuerza de la movilización popular y el debate público, construyendo nuevas narrativas cívicas que superen el heroísmo belicista. La historia puede acelerarse desde abajo, desde las bases populares, cuando se reconoce el agotamiento de las estrategias militares de uno y otro bando y se advierte la emergencia de espacios políticos reales con genuina capacidad de transformación. La organización comunitaria y la construcción de mayorías no son sucedáneos del poder, sino formas propias de él, que ayudan a reinterpretar la democracia más allá de sus rituales desgastados. Y es precisamente la política, con toda su imperfección, con su lentitud y sus contradicciones, el terreno donde las sociedades se transforman de manera duradera: no el campo de batalla, sino la plaza pública, en la deliberación entre iguales.

No les pido que abandonen sus ideales. Les pido que tengan la valentía suficiente para preguntarse si el camino que eligieron hace décadas sigue siendo el mejor camino para alcanzarlos. Colombia lleva demasiado tiempo sangrando. Y quienes más han sangrado son, precisamente, aquellos a quienes ustedes quisieron defender. Ese solo hecho merece una conversación honesta en el interior de sus organizaciones, que no tiene por qué terminar en derrota. Puede terminar en algo más difícil y más valioso: en transformación. No la de un movimiento que se rinde, sino la de uno que crece lo suficiente como para reconocer que la historia le está ofreciendo una puerta distinta. La pregunta no es solo si Colombia necesita cambios profundos. La pregunta es, también, quiénes quieren ser ustedes en ese proceso, y con qué herramientas.

Cordialmente, 

Vicenç Fisas

 

*Vicenç Fisas es un conocido experto español sobre temas de negociación y procesos de paz en Colombia. 

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