
Tres guerras y cambios de régimen en suspenso. Por Julio Londoño Paredes
El excanciller Julio Londoño Paredes analiza para Cambio los límites del poder de Estados Unidos y los riesgos de nuevas escaladas en el escenario internacional.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán tiene resultados inciertos, como la de Rusia contra Ucrania. Mientras que la de Israel contra Hamás, realizada con la ayuda de Washington, se está extendiendo al Líbano, con el propósito de actuar contra Hezbolá. Para no hablar del caso de Cuba, que en medio de la peor situación que ha afrontado desde el triunfo de la revolución en 1959, no da todavía señales de cambio.
La comunidad internacional y naturalmente los estados afectados, se están acostumbrando paulatinamente a los plazos y los frecuentes ultimátums de Trump, así como a sus amenazas de uso de armas secretas y letales, que pueden cambiar el rumbo de las guerras en cuestión de horas. Al mismo tiempo, se va generando dentro de la opinión norteamericana una creciente desaprobación a esa estrategia.
Benjamín Netanyaju está presionando para que haya una masiva ofensiva terrestre contra Irán, y afirma que las guerras no se pueden ganar sólo desde el aire, sino que deben librarse en tierra con apoyo aéreo. Aunque en eso tiene razón, Trump no lo haría, ya que iniciaría una aventura que no se sabe cómo podría terminar.
La opinión norteamericana no aceptaría el espectáculo angustioso de ver llegar nuevamente centenares de muertos y heridos, tanto más cuando hay voces autorizadas que han afirmado que Irán no constituía una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos. Fuera de que una invasión terrestre a Irán traería todo de tipo de reacciones “de solidaridad” de muchos Estados con Irán.
Nadie pensó que el poderío norteamericano saliera derrotado en Vietnam; que en Irak se abriría una catastrófica caja de pandora y que en Afganistán volvieran los talibanes. Irán sigue controlando el golfo de Ormuz y no tendrá ninguna duda en utilizar el terrorismo que patrocina para actuar dentro de los Estados Unidos.
Entre tanto, millones de exiliados venezolanos y de residentes en el país, critican la estrategia de los Estados Unidos en Venezuela aduciendo que el régimen chavista-madurista sigue controlando el país. Algo parecido sucede con el exilio cubano que, en Miami, hace grandes concentraciones para protestar por lo que califica como una actitud complaciente de la administración norteamericana con el gobierno de la isla y exige la salida real del castrismo.
Todavía se recuerda uno de los discursos de Trump en su primera administración, en una graduación de oficiales en la Academia Militar de West Point, en el que afirmó que los Estados Unidos no podían seguir siendo “los policías del mundo” y que traería de regreso a casa a todos los soldados que estaban regados en los cuatro puntos cardinales afrontando conflictos que no eran suyos.
Pero, en fin, si al presidente Theodore Roosevelt le concedieron el Premio Nobel de Paz en 1906, después de haberle arrebatado a Colombia el istmo de Panamá tres años atrás; si a Obama se lo dieron en el 2009, cuando él mismo expresó que no sabía por qué se lo había ganado**, ¿por qué a Trump no se lo pueden otorgar, para borrar el resentimiento que le produjo que, el anterior, se lo hubieran dado a María Corina Machado?**
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