
“Yo no he conocido el límite de la maldad con la que han actuado estos grupos”: Jesús Abad sobre los frentes de seguridad ciudadana
Los reporteros Jesús Abad Colorado (periodista y fotógrafo), Juan Carlos Pérez Salazar (editor en BBC Mundo) y Juan Gonzalo Betancur (profesor Universidad Eafit) hablan en CAMBIO sobre las lecciones que dejan los frentes de seguridad ciudadana. Ellos cubrieron la gobernación de Álvaro Uribe Vélez, en la época en que las llamadas Convivir tuvieron su máximo apogeo.
La seguridad ciudadana insiste en preocupar a Colombia. Este año han surgido dos propuestas encaminadas a crear frentes de cooperación ciudadana con las autoridades: la primera de ellas es del gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón, quien aboga por “frentes ciudadanos de seguridad”, de los cuales aclara que “no serán personas armadas”. La senadora María Fernanda Cabal aplaudió la idea y expuso la necesidad de revivir los “frentes rurales de cooperación y seguridad”. La segunda iniciativa es de su esposo, José Félix Lafaurie, presidente de la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegán), quien impulsa la creación de “frentes solidarios de seguridad y paz”. El presidente Gustavo Petro le respondió a Lafaurie: “Frenar el abandono del territorio no se hace con cuerpos y organizaciones de una parte de la sociedad en el territorio, la que ha tenido el poder, sino con toda la sociedad acompañada de su Estado”.
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El senador Iván Cepeda alertó sobre el control especial que requieren estas propuestas. Por eso es preciso hacer memoria: ¿Qué ha sucedido cuando se dan alas a estas formas de cooperación ciudadana para la seguridad?
Jesús Abad Colorado (periodista y fotógrafo), Juan Carlos Pérez Salazar (editor en BBC Mundo, página en español de la BBC de Londres) y Juan Gonzalo Betancur (profesor Universidad Eafit), son tres reporteros de campo. Durante los años noventa integraron la Unidad de Paz y Derechos Humanos del periódico El Colombiano, pionera en reportería del conflicto armado desde los territorios. Ellos cubrieron la gobernación de Álvaro Uribe Vélez, en la época en que las llamadas Convivir tuvieron su máximo apogeo.
Ana Cristina Restrepo Jiménez: ¿Qué opinión les generan estas propuestas de frentes ciudadanos de seguridad?
Juan Carlos Pérez Salazar: Llevo más de veinticinco años fuera del país. Pero sí me recuerda la época en que me fui de Colombia, cuando estaba en plena discusión el tema de las Convivir. En ese momento, mucha gente advirtió que muy posiblemente se iban a convertir en grupos de apoyo de grupos paramilitares. Hay que recordar que en esa época las Autodefensas de Colombia ya existían, mucha gente ha dicho que las Convivir nacieron con las autodefensas: las autodefensas de Urabá existían desde mucho antes, después crecieron a las Autodefensas Unidas de Colombia. Mucha gente dijo que crear estas asociaciones y proporcionarles armas era un peligro y que, en medio de ese conflicto y del remolino que es la realidad colombiana, se iban a desbordar e iban a empezar a apoyar a grupos ilegales y dentro de las fuerzas armadas a los sectores que propiciaban la guerra sucia. Eso efectivamente ocurrió.
Juan Gonzalo Betancur: Cuando escuché las propuestas, me devolvieron treinta años atrás, en un periodo muy polémico, muy difícil, con muchos actores en conflicto y hablar de esto era meterle más complejidad. Los teóricos y la ciencia política dicen que hay dos cosas que el Estado nunca debe entregar a los particulares: la seguridad y la justicia. En los campos que le corresponden a un Estado, los particulares pueden entrar en muchos frentes, pero en estos es irrenunciable. ¿Por qué? Porque se puede desviar tremendamente, más en un país como Colombia, donde sabemos las cosas más o menos dónde comienzan, pero no sabemos dónde terminan.
Jesús Abad Colorado: No puedo desligarme de esos planteamientos que se hacen hoy con esa bondad de la que habla José Félix Lafaurie o de la que puede decir su esposa María Fernanda Cabal. Recordar que, con esa misma bondad, hablaban de la importancia de las Convivir a mediados de los años noventa, en el gobierno de Ernesto Samper Pizano. Decían que las Convivir eran para apoyar al Estado, que era legal y que era la mejor forma para combatir la delincuencia. Recuerdo hasta al gobernador de Antioquia en ese momento, Álvaro Uribe Vélez, el gran promotor; recuerdo a Ernesto Samper Pizano hablando de las bondades, también a Fernando Botero Zea. Cuando uno mira con el paso de los años, el trabajo de denuncia que hacíamos desde El Colombiano, de cómo muchas de esas asociaciones Convivir y personajes que conocimos, terminaron involucrados como financiadores o fundadores del paramilitarismo...
A.C.R.J.: El gobernador de Antioquia dice que no les va a dar armas. ¿Cómo controla eso?
J.C.P.S.: Es la gran pregunta, eso es muy difícil de controlar. Ocurrió no solo en Colombia. Las famosas rondas campesinas de Perú también se desbordaron. Ha ocurrido en El Salvador, en Guatemala. En todos los países latinoamericanos donde ha habido conflicto armado, se han tratado de crear o se han creado grupos de apoyo civiles y, que yo recuerde, siempre se han desbordado. Es muy difícil porque además no creo que vayan a publicar quiénes son, dónde están, cómo operan; eso no va a tener un control ciudadano, ni de la prensa, ni de lo que se debería dar en una sociedad abierta y democrática. En esa parte oscura es donde se van a presentar los abusos y la confusión, porque ¿quién va a estar pendiente de que no se extralimiten? ¿Esa inteligencia que están pasando… a quién le va a llegar? Eso en un país como Colombia y cualquier país de América Latina es algo muy complicado.
A.C.R.J.: Hay comparecientes que han afirmado que para abrir una Convivir, solamente necesitaban mostrar su cédula. ¿Cómo se iniciaba una Convivir?
J.G.B.: Una de mis primeras entrevistas, más o menos significativas, cuando yo estaba muy jovencito, 23 años, me fui para Puerto Berrío a hacer cosas de trabajo en los municipios y me dicen: “¿Usted por qué no habla con el comandante de la XIV Brigada? ¿Quiere una entrevista?”. Y dije: Ah, bueno. Al día siguiente fui, el señor se llamaba Rodolfo Herrera Luna, un coronel muy amable. En medio de la entrevista, yo con mi cara de niño, con la estrategia del periodista un poco desinformado, le empecé a preguntar por la situación de orden público en la región. Y él, no sé si porque me vio la cara de peladito, me dijo: “Le voy a explicar muy bien la cosa, aquí las autodefensas fueron patrocinadas, organizadas, apoyadas por el Ejército, por el Estado. Ejército y comunidad fueron muy valiosos”. Y él me cuenta toda la historia de esos grupos paramilitares del Magdalena Medio que incluso son antecesores a las Convivir de los años noventa. Es decir, amparados en unas normas de 1965 y 1968, el Estado colombiano permitía crear grupos de defensa civil que ayudaran a la fuerza pública en estas tareas de violencia. En los años sesenta, todavía había rezagos del bandolerismo de la violencia de los años cincuenta, estaban naciendo los grupos guerrilleros de izquierda. El Estado crea esto en varias regiones del país, por ejemplo, en el Magdalena Medio, desde la XIV Brigada, el Batallón Bárbula, en Puerto Boyacá, armaron a muchas personas. La cuna de ese paramilitarismo de los años ochenta y noventa era Puerto Boyacá: cuando uno iba, había una valla gigante que decía “Bienvenidos a Puerto Boyacá capital antisubversiva de Colombia”.
J.A.C.: En 1989, siendo estudiante, visité a uno de mis tíos en el Magdalena Medio, municipio de Cimitarra, yo allá conocí a Henry Pérez. En esos momentos, años 1988, 1989, está Acdegam (Asociación Campesina de Ganaderos y Agricultores del Magdalena Medio), una fachada de los paramilitares en la región. Recuerdo que en 1989 hice una fotografía, ya era estudiante de Periodismo en la [Universidad de] Antioquia y saqué mi cámara con mucho susto. Iban campesinos que llevaban un letrero que dice “Autodefensa”, pero sí se alcanza a ver de civil a Iván Roberto Duque, más conocido como “Ernesto Báez”, quien luego es de los integrantes de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia). Hablar de estos episodios de civiles organizados por el mismo Ejército colombiano, ¿cómo olvidar al general Farouk Yanine Díaz y su época en los años ochenta en el Magdalena Medio? Todo esto terminó desembocando en una tempestad completa, en la que en nuestro país a veces ideas presentadas de una manera buena o con bondades para participación de civiles en apoyo a la fuerza pública, terminamos en estas espirales de violencia.
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A.C.R.J.: ¿Cómo funcionaba el control territorial de estas cooperativas?
J.G.B.: Los municipios donde había Convivir hacia 1996: municipio de Rionegro, en el Oriente Antioqueño, San Pedro, La Ceja, Jardín, El Retiro, Porce, Frontino, Betulia, Andes, Girardota, La Pintada, Ciudad Bolívar, Puerto Nare, Ebéjico, Santa Bárbara, Llanogrande (Oriente, zona de Rionegro), es decir, había una dispersión geográfica de estos grupos y en Medellín había una, en el centro, les pusieron una bomba y eso generó una serie de problemas, incluso para los colegas del periódico El Mundo. Siempre decían: “Eso depende del estudio que se haga con la fuerza militar de la región”, porque estas asociaciones tenían unos enlaces en las brigadas militares, porque se supone que, como era informantes, tenían en el Ejército con quien conectarse y eso funcionaba 24 horas a través de radios. También recuerdo que las Convivir tenían dos grupos, uno operativo que era de civiles, tenía equipos de comunicación y de transporte. Creo que estos eran a los que después les dieron armas. Incluso, armas largas. Había otros grupos de tipo social para hacer actividades con la comunidad de recreación y deporte. Y hemos sabido en Colombia que esas actividades comunitarias, incluso las actividades cívico militares que hace el Ejército, la Policía, han servido para hacer inteligencia y señalar personas de las comunidades. ¡Con razón esto tuvo los tentáculos que tuvo!
A.C.R.J.: Cuando uno hace reportería o lee crónicas de masacres, se suele decir que los asesinos “llegaron con lista”. ¿Quién suministró la lista?
J.C.P.S.: Yo me acuerdo de que Carlos Castaño decía que “para matar a alguien tenía que tener el testimonio de dos personas”. Cualquiera podía ponerse de acuerdo con alguien en esa época y señalar a una persona y, ante los ojos de los paramilitares, matarlo.
J.A.C.: En agosto de 1997, una de las tantas masacres que se dieron en el departamento de Antioquia, se dio en el municipio de El Retiro contra un grupo de diez u once personas que estaban haciendo corte de madera, a cuarenta minutos de Medellín [los perpetradores fueron cuatro integrantes de la Asociación Cantarra o Convivir del Oriente]. En esa época, la Fiscalía en Antioquia era dirigida por el hoy ministro de Defensa, Iván Velázquez Gómez. En el mes de abril de 1998, antes del allanamiento al Parqueadero Padilla, se hizo un allanamiento a la sede de las Convivir en el Oriente antioqueño. Detuvieron a cuatro personas vinculadas con esa masacre en El Retiro y uno de los revólveres que encontraron, que es un arma corta, había sido una de las armas con las que habían ejecutado a los campesinos en El Retiro. Son datos muy importantes para entender que hoy, cuando se habla en el país de estos frentes de seguridad local o para ganaderos, que no van a contar con armas, que lo único que van a hacer es presencia en algunos lugares para reunirse y darle información a la fuerza pública o para defender supuestamente la invasión de algunas tierras, son experimentos, el papel y la lengua pueden con todo, pero las acciones que terminan ejecutando y en las que terminan participando este tipo de personas en Colombia: yo no he conocido el límite de la maldad con la que han actuado a veces con estos grupos.
A.C.R.J.: ¿Cuál hecho que hayan cubierto para la Unidad de Paz y Derechos Humanos de El Colombiano (bajo la dirección de Ana Mercedes Gómez) arroja lecciones un sobre estas iniciativas de justicia privada?
J.A.C.: Se me vienen a la memoria tantas cosas que a veces uno quisiera llorar. Como he llorado tantas veces en silencio. Cuando hablo de esa reunión en la IV Brigada de Medellín: a esa misma IV Brigada, desde el año 1996, llegó el de la Convivir Papagayo, que era Salvatore Mancuso, y se reunió con el general [Alfonso] Manosalva. O sea, desde un año antes, la masacre de El Aro se planeó en la IV Brigada de Medellín por parte de Ejército y paramilitares, porque veían a la zona de El Aro como un enclave de la guerrilla, por donde pasaban secuestrados. Yo fui el primer periodista en llegar a El Aro, con mi colega Javier Arboleda, de El Colombiano: ¡Todas las denuncias que publicábamos! También recuerdo ir a hablar con Jesús María Valle Jaramillo, para contarle lo que habíamos vivido. Yo estuve con Jesús María varias veces, cuando se cumplieron diez años de la muerte de Héctor Abad Gómez (asesinado el 25 de agosto de 1987), presidente del Comité de Derechos Humanos. Fueron asesinados cuatro presidentes del Comité de Derechos Humanos: Héctor Abad Gómez, Luis Fernando Vélez Vélez (asesinado el 17 de diciembre de 1987) y a los dos meses asesinaron a Carlos Gónima, que trabajaba en la Alcaldía de Medellín. Y el 27 de febrero de 1998, a Jesús María Valle Jaramillo. Jesús María fue señalado por el entonces gobernador de Antioquia [Álvaro Uribe] que terminó periodo del 31 de diciembre de 1997, pero ya le había colgado la lápida a Jesús María, porque lo señaló Pedro Juan Moreno [secretario de Gobierno de la Gobernación de Álvaro Uribe]: decían que había sido cómplice de la guerrilla, por eso lo matan. Manosalva muere en abril del 1997, pero la matanza en El Aro se dio en octubre de 1997. Y dos o tres meses después de eso, hablamos con Jesús María Valle Jaramillo para contarle los horrores de El Aro, lo que habíamos tenido que presenciar, todas las denuncias que había, las llamadas que hizo el mismo Carlos Castaño a El Colombiano, diciendo que en El Aro no habían sucedido tales cosas. Nosotros hablábamos de un helicóptero de la fuerza pública, de un helicóptero verde que había llegado a llevar municiones, a sacar heridos, porque en la zona de El Aro se habían dado enfrentamientos. Toda esta información del periódico publicada “Cinco días de infierno en El Aro”, con estas llamadas amenazantes. Después eso le cuesta la vida a Jesús María Valle Jaramillo. ¿Hasta cuándo? Porque al final, uno sabe de dónde vinieron las balas asesinas, uno sabe quiénes ejecutaron de la banda a La Terraza, porque no solamente ejecutaron a Jesús María, mataron a gente en Bogotá, a Eduardo Umaña Mendoza, en abril del 1998. Ejecutan a Mario Calderón y Elsa Alvarado. Entonces es una cantidad de asesinatos y asesinatos, y después venimos a saber que todo esto era también por una persona que era integrante de la fuerza pública, como profesor de la escuela militar y de algunas universidades privadas, como es este el famoso profesor [José Miguel] Narváez, vinculado con la muerte de Jaime Garzón en agosto del 1999… A El Colombiano llegaban cartas que elaboraba Pedro Juan Moreno, se hacía llamar “El Príncipe de Torquemada” y decía que nosotros éramos estafetas útiles de la subversión.
J.G.B.: Recuerdo siempre el caso de una señora que iba cada año a El Colombiano, fue por ahí unos cinco o seis años a llevarnos la fotico del esposo que había sido bajado de un bus en el corregimiento Doradal, de Puerto Triunfo, en el Magdalena Medio. El señor iba con amigos a pescar. Esa región era muy rica en ese momento, todavía muy virgen, iban pescadores y hasta gente iba a cazar. El bus para en Doradal, todavía los buses paran ahí, muy cerca está la Policía y unos civiles armados les dicen: “¿Ustedes quiénes son?”. “Somos pescadores”. Eso lo logró averiguar la señora después, nunca se supo de esos pescadores. Recuerdo esos casos porque eran muy frecuentes situaciones como esas, en que civiles armados desaparecían, asesinaban.
J.C.P.S.: Yo me acuerdo de una señora que había estado viajando por todo Colombia buscando a su hijo asesinado, desaparecido. Hablé con ella, le dije que claro que iba a publicar. Y cuando se iba a ir, me dijo: “¿Cuánto me va a cobrar?”. Y yo le dije ¡cómo así que le voy a cobrar por contar su historia! “Es que en otros periódicos me han cobrado por contar mi historia”. Al otro día, cuando publiqué, la señora llegó con una caja de mangos y me la regaló. Es uno de los regalos más bellos que me han hecho en mi vida. Creo que nunca encontró al hijo.
Hacer memoria es una tarea fundamental del periodismo no solo como registro para la Historia, también como mecanismo de no repetición. Esta conversación es una “alerta con retrovisor”, así como un homenaje a los periodistas de la Unidad de Paz y Derechos Humanos de El Colombiano, quienes marcaron una época en el periodismo nacional. Infortunadamente esa unidad desapareció, pero narró con valentía, a contracorriente, uno de los capítulos más sangrientos y dolorosos de nuestra historia.
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