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Con la miel de caña, las mujeres de Amelog elaboran distintos productos, como caramelos y esencia para bebidas. Foto Ana María Cañón.
País

La dulce cosecha que transforma la vida de las mujeres de la Loma del Guayabo, en Córdoba

Con la miel de caña, las mujeres de Amelog elaboran distintos productos, como caramelos y esencia para bebidas. Foto Ana María Cañón.

En el predio Las Mercedes, de 902 hectáreas, 86 familias trabajan para comercializar sus productos, gracias a la tierra y a inversión productiva que les fueron entregadas por la Agencia Nacional de Tierras (ANT).

Por: Rainiero Patiño M.

Al borde del camino la caña se levanta como ama y señora. Más allá está la yuca con sus palos estilizados y repletos de hojas que se pintan moradas en el tope. Unos metros adentro, los plátanos cuelgan como gajos de zarcillos verdes estirados. El maíz, que también está por todos lados, recuerda imponente su significado histórico. Y entre los surcos, detrás de los arbustos, las voces de las mujeres de la Loma del Guayabo, que murmuran y, por ratos, se estremecen a carcajadas. 

Son algunos de los colores y sonidos que ahora habitan la Hacienda Las Mercedes, la finca que el director de la Agencia Nacional de Tierras (ANT), Juan Felipe Harman, entregó a 86 familias en el corregimiento de Laguneta, en zona rural de Ciénaga de Oro. Una tierra que estuvo bajo el control de grupos armados ilegales y que ahora es una esperanza para el campesinado de este municipio de la Región Caribe.

En una ceremonia multitudinaria, el 23 de agosto de 2023, también en Ciénaga de Oro, el presidente Gustavo Petro entregó oficialmente el predio a Amelog, nombre de la organización en la que están organizadas las mujeres de la Loma del Guayabo. El terreno, de 902 hectáreas, fue incautado a la organización criminal el Clan del Golfo y luego pasó a ser administrado por la Sociedad de Activos Especiales (SAE).

A una hora del casco urbano de Ciénaga de Oro, Las Mercedes es hoy la materialización del sueño productivo de estas familias campesinas de la región. La mayoría están lideradas por mujeres locales, bajo la figura de gerentes populares, quienes impulsan su productividad y sostenibilidad en tierras propias.

Los sabores de la caña y Amelog

Mientras las mujeres pelan dos sacos de mazorcas, un par de hombres raspan los granos sobre un tazón con dos cuchillos grandes. El menú del día está definido: mazamorra de maíz verde, buñuelitos fritos de maíz y torrejas de queso local. Uno de los platos preferidos por los miembros de la asociación cada vez que se reúnen.

En la etapa inicial de la elaboración de la receta pueden participar varios, pero la meneada de la olla sobre el fogón de leña está reservada solo para manos expertas, cualquier movimiento indebido o “un mal de ojo” puede echar todo a la basura. Junto al maíz, la caña de azúcar es de los cultivos más populares. De ahí que, durante décadas, la Loma del Guayabo haya construido una reputación como zona panelera.

Pero debido a la falta de tierra para trabajar, antes la comunidad se veía obligada a comprar los insumos a cuatro terratenientes, dueños de las estancias. Otro camino era conseguir tierra alquilada y tener que darles buena parte de la cosecha a los propietarios sin que estos trabajaran nada. El trabajo de la caña y los trapiches antes era una labor exclusiva de los hombres.

Merly Hoyos es la representante legal de Amelog, el grupo de mujeres que se formó para trabajar la elaboración y transformación de la miel de la caña en productos comerciales. El proyecto productivo empezó en noviembre de 2019, de la mano del Sena. Desde el inicio, su objetivo fue transformar el rol de las mujeres en la comunidad.

Pero siempre tuvieron un gran problema, como no tenían dónde sembrar su propia caña y tenían que rentar lotes o cultivar en tierras prestadas, eso disminuía sus ganancias y dificultaba el proceso. Hoy ya tienen sembradas dos hectáreas propias de caña de azúcar en Las Mercedes, de donde sacan los insumos para sus productos. Con este avance, se están consolidando como verdaderas empresarias del campo. 

Miel de caña embotellada, panelitas con ajonjolí y coco, envueltas en hojas de plátano, y caramelos de varios sabores, son las estrellas actuales de su oferta comercial. Las mujeres los elaboran de manera artesanal y sin adicionar ningún químico. Sus productos ya han sido presentados en mercados campesinos y en ferias de emprendimiento, y ya tienen proyectos con diferentes instituciones que están interesadas en comprarlos.

En esto es clave los beneficios que recibieron a través del programa Sembrando Vida de la ANT, que contempla una financiación de 1.000 millones de pesos, de los cuales la entidad aporta el 70 por ciento y la organización campesina el 30 por ciento.

“Ahora tenemos otra forma de vivir. No dependemos de los dueños de los trapiches porque hasta teníamos que ir a moler a otras estancias. Por medio de la Sociedad de Activos Especiales (SAE) nos llegó la maquinaria, un trapiche propio, pailas y otras herramientas. Queremos tener nuestra propia empresa para abrirles las puertas a otras compañeras”, dice Hoyos, que sueña que el proyecto traiga beneficios a las familias de otras veredas de Laguneta, Bajo Grande y Colomboy.

Mujeres de campo y machete

Los dientes reflejan brillantes el sol del mediodía. Bajo el sombrero ancho, iluminan el rostro de Edith Quintero, que se pasea sonriente entre sus cultivos de yuca, maíz y arroz. Es habitante de la vereda Tierra Baja, no de la Loma del Guayabo, pero la suya es una de las familias que se asociaron a Amelog para solicitar las tierras. 

Sus hijos hacen parte de los beneficiarios de Las Mercedes. Así que ahora todos trabajan juntos. Dice que no cabe de la dicha de pensar que ahora están en su propia tierra y no tienen que vivir alquilando como antes. “Estamos de maravilla en una tierra productiva. Esto nunca lo habíamos visto, agradecida con el cambio que estamos viviendo en el campo”, cuenta, para referirse a la gestión de la ANT durante el Gobierno del presidente Gustavo Petro.

En Las Mercedes ahora también se cultiva, entre otros, ñame, maíz, ajonjolí, arroz, hortalizas y piña. Leiber Gómez Vidal habla con entusiasmo de esta fruta. Hace unos meses largos no sabía mucho del cultivo, pero se puso a estudiar y después de casi un año y medio está a pocos días de sacar su primera cosecha. 

Gómez cuenta que tiene dos variedades de piña, la criolla y la oro miel, cuyo tiempo del cultivo depende del tamaño de la semilla y de la asistencia y los suplementos que se le apliquen. Decidió experimentar con la piña para aprovechar el mercado con un nuevo producto en la región. Tiene casi una hectárea sembrada, pero quiere ampliarla. El beneficio de la tierra le cayó como anillo al dedo, en medio de los días en que estaba desempleado.

“La reforma agraria sirvió para que el campesinado tenga tierras, tenemos más tranquilidad para el pancoger, sentirse mejor con otros ingresos y cambiar la vida de cada familia”, dice Gómez, entre frases cortas pero certeras. Su sueño es que esto impacte en el desarrollo de la comunidad y en bienestar para su esposa y para Milagros y Samuel, sus hijos de 17 y 18 años, respectivamente.

Para Juan Felipe Harman, director de la ANT, “este esfuerzo que estamos haciendo es para demostrar que el latifundio improductivo le ha causado un profundo daño a la economía del país, por eso es gratificante encontrar estos resultados. Con este trabajo dejamos en evidencia, incluso frente a la oposición, que el campesinado es gente pujante, gente de paz”.

Zaydy Barón Santana, asociada a Amelog desde hace dos años, dice que, aunque es un proyecto liderado por mujeres, el apoyo de los hombres (padres, esposos e hijos), ha sido clave para el crecimiento. Ella sueña en grande, con la posibilidad de que la comunidad tenga su propio ingenio, que dé trabajo a todo el mundo.

Sus grandes preocupaciones ahora son la gestión para resolver el problema del mal estado de las vías, lo que les dificulta sacar los cultivos; y la urgencia de mecanizar algunos procesos de la tierra “porque las manos parecen no dar abasto”.

Las Mercedes ya tiene sembradas seis hectáreas de arroz, seis de yuca, siete de maíz y dos de ñame, con buenos resultados en su primera etapa de producción. Desde el momento de la entrega hasta la fecha, la comunidad ha comercializado 40 toneladas de yuca, 12 toneladas de maíz y una tonelada de auyama, fortaleciendo las economías locales.

La producción se distribuye en los corregimientos de Bajo Grande, Laguneta y Colomboy, donde las tiendas locales compran. Así mismo, una empresa adquiere parte de la yuca para la producción de harina, mientras que la auyama se vende en los mercados locales. 

El proyecto es un modelo de trabajo comunitario, en donde las propias familias se organizan con fines productivos, un mensaje de esperanza que las mujeres de La Loma del Guayabo, dicen, debe ser escuchado en todo el país.

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