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País

¿En dónde está la pequeña Valeria Afanador?: crónica de una búsqueda sin rastros ni respuestas

La pequeña Valeria Afanador Cárdenas desapareció el pasado 12 de agosto en la vereda Canelón, en Cajicá.

Las autoridades aún no tienen una pista concreta sobre el paradero de la niña que desapareció el pasado 12 de agosto, en zona rural del municipio de Cajicá. El padre le contó a CAMBIO el drama que vive la familia, especialmente los hermanos trillizos, quienes rezan cada día por su retorno. Esta es la historia.

Por: Rainiero Patiño M.

“Incertidumbre” es una palabra que estremece y duele mucho cuando un padre la usa para referirse al paradero desconocido de su hija. Han sido días de sufrimiento y noches interminables. Jornadas de caminatas eternas con los pies metidos en el agua, las manos removiendo el barro y la maleza y la mente envuelta en una sola pregunta: ¿Dónde está Valeria?

Las aguas del río Frío corren silenciosas entre las algas, bordeando la cerca viva del Gimnasio Campestre Los Laureles, en una zona rural de Cajicá, un municipio del centro de la sabana de Cundinamarca. Es el sector donde se vio por última vez a la niña Valeria Afanador Cárdenas, de 10 años, y quien está desaparecida desde el 12 de agosto pasado. Hasta ahora no hay una pista concreta de lo que le pudo haber ocurrido, una señal que abra la esperanza sobre su paradero.

La pequeña, con Síndrome de Down, desapareció dentro del plantel educativo y, desde ese día, se activó una intensa búsqueda, con largas jornadas en el río y las zonas aledañas.

A las 12:20 de la tarde de ese 12 de agosto, mientras estaba en su trabajo en Bogotá, una llamada alertó a Manuel Afanador. Era Laura, su esposa, quien, muy alterada le dijo que había pasado algo con Valeria, su hija mayor. El padre salió de inmediato hacia el municipio y llegó directo a la zona del río donde estaba enfocada la búsqueda.

La última imagen de la niña quedó registrada en una cámara de seguridad del colegio a las 10 de la mañana y 11 minutos. Se le ve jugando al lado de la cerca de púas que separa la institución del pequeño barranco que da hacia la corriente de agua.

Esto se pudo comprobar luego de que el colegio, al notar la ausencia de la estudiante, activara su protocolo de seguridad. En ese momento, el padre pensó que Valeria, quizás por perseguir algún animal, había caído al río. Cuando llegó, los bomberos ya estaban en el sitio. Sin dudarlo, el hombre se lanzó al agua. La baja temperatura le hizo pensar que, al no saber nadar, la niña no podía soportar mucho tiempo. Por largas horas él y otras personas se zambulleron en las espesas aguas, revolviendo el fango y las algas.

Hombres del Ejército Nacional, bomberos, la Defensa Civil, la Cruz Roja, decenas de voluntarios, amigos, familiares y hasta compañeros de trabajo de Manuel, que llegaron de Bogotá se sumaron a la búsqueda. Barrieron el río aguas arriba y aguas abajo. Nadie halló nada.

Buzos especializados, perros entrenados y hombres de rescate terrestre y acuático reforzaron el equipo. Las versiones empezaron a surgir: se pensó que la niña pudo haberse salido por un hueco hallado en la cerca. El abuelo de Valeria dijo que pudo haber sido llamada desde el otro lado de la reja por alguien: un vecino que algunos creen sospechoso abandonó su casa, vecina del colegio. La madre, entre tanto, no cree que Valeria pudiera haber sido secuestrada.

Dos días después de la desaparición, las autoridades del departamento ofrecieron una recompensa inicial de 50 millones de pesos por información sobre la niña. El 15 de agosto, los rescatistas prácticamente descartaron la hipótesis de que se hubiera ahogado en el río.

La primera semana de búsqueda fue frenética. Los operativos se extendieron a zonas boscosas y rurales de otros municipios cercanos, como Zipaquirá, Chía, Cota y Tabio. La recompensa subió a 70 millones de pesos, como incentivo para que la ciudadanía entregue información clave. Sin embargo, nada parece dar resultados.

Un drama múltiple

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Manuel Afanador, padre de la niña Valeria Afanador Cárdenas, en diálogo con CAMBIO. Foto Manuela Cardozo.

Con los ojos irritados por el insomnio y el cuerpo agotado, Manuel evoca la alegría de Valeria y su inteligencia, su capacidad para derribar las barreras que la genética ha querido establecer. Su ímpetu para imponer el juego, el canto y el baile como estilo de vida, desafiando las reglas científicas de la fonoaudiología.

El otro gran drama familiar lo viven los hermanos menores de Valeria, unos trillizos de solo 8 años. Para todos, pero sobre todo para los pequeños, han sido días de mucha ansiedad y exigencia física.

Los trillizos preguntan a toda hora por Valeria. Están convencidos de que Manuel “es el superhéroe que la va a traer de vuelta a casa”. Las palabras son, al mismo tiempo, un motor y una tortura para el padre. “Me obligan a sacar fuerzas de donde las tenga y a pensar en que no les quiero fallar”, cuenta, abrumado, en diálogo con CAMBIO.

La vida habitual de los hermanos también fue interrumpida, pero esta semana tuvieron que retomar las clases virtuales. En la familia tienen mucho miedo de salir a la calle. “Papá, tienes que volver temprano con Valeria. Por favor, ten mucho cuidado y que Dios te cuide”, insisten los trillizos cada vez que ven salir a Manuel.

El gran dolor de la familia ahora es no saber qué fue lo que pasó, vivir casi dos semanas con la duda de si fue un rapto o un secuestro, de no saber si está viva o muerta. Hasta ahora, nadie los ha llamado a pedir plata.

El desespero por momentos se apodera de todo. Y la gran decepción para la familia ha venido de las redes sociales, donde Manuel ha tenido que leer hasta comentarios que insinúan que “por tener Síndrome de Down, la familia la quería dejar botada”.

“Es triste la ignorancia de la gente, desde el día que nos enteramos que tenía la condición ha sido el ángel más grande de Dios en la vida. Nosotros somos muy creyentes, por eso la fe sigue intacta. ¿De dónde sacamos fuerzas? No lo sé. Valeria es una luz muy grande de nuestro hogar, alrededor de la que giran los abuelos, tíos y primos”, resume con orgullo el papá.

“No se la puede comer la tierra así”

Ana Elisa Alvarado, vecina del colegio Los Laureles, en el sector Las viudas, de la vereda Canelón, dice que en la comunidad están muy tristes y hasta enfermos con la desaparición de Valeria.

La vecina habla muy bien de la vereda, señala que rara vez hay un robo y que nunca habían vivido algo así. “Pero perderse un angelito y no encontrarse a estas alturas, ni viva ni muerta. ¡No se la puede comer la tierra”, dice conmovida Alvarado.

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Ana Elisa Alvarado, vecina de la vereda Canelón, lugar donde desapareció Valeria Afanador. Foto Manuela Cardozo.

Ella, su hija, su nieto y otras 200 personas de la comunidad participaron en la búsqueda los primeros días. Revisaron en todos los rincones del colegio, caminaron de arriba a abajo por el río, dieron vueltas entre las matas y rebuscaron en vano los corrales de los animales.

En la vereda Canelón hay de todo: gente que trabaja en oficinas de Bogotá, operarios de cultivos cercanos y campesinos que viven de los cultivos de pancoger de sus pequeñas fincas. Hoy todos tienen algo en común: están asustados.

“Lástima que ya se olvidaron del tema. Ya son muy poquitas las personas que vienen. Pero nosotros sí andamos pendientes de ver qué vemos de diferente, qué oímos. No es posible que la tierra se la haya tragado así, no puede ser”, insiste la vecina del colegio, mientras aprieta la mano de su nieto.

La investigación

Andrés Felipe Espitia, director de gestión del riesgo de Cajicá, dice que en el video de seguridad quedó evidenciado que la menor salió del colegio a través de la cerca. De ahí que la primera hipótesis fue que la niña cayó al río y por eso se focalizaron las labores de búsqueda.

Hoy no se descarta ninguna hipótesis. En Cajicá instalaron un Puesto de Mando Unificado de las autoridades, desde el que se coordinan todas las acciones, que incluyen operaciones en terreno, en el río y en viviendas aledañas con apoyo de la Policía Nacional y equipos de investigación.

El coronel retirado del Ejército Wilson Halaby es el secretario de seguridad de Cajicá y el funcionario de la administración local que ha estado a cargo del caso. Dice que todos estos días de búsqueda la alcaldía ha desplegado todas las capacidades con las que cuenta.

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Sector del municipio de Cajicá, en Cundinamarca, donde desapareció la pequeña Valeria y funciona el Ginmasio Campestre Los Laureles.

Halaby explica que todas las informaciones que se reciben son verificadas y que la búsqueda no solo se ha hecho en el sector del río, sino en varios kilómetros a la redonda, en zonas como La Balsa, Puente Guanentá, La cumbre, La M y el Polo Club, que están alejados del colegio.

“Hasta ahora no hemos recibido información puntual sobre la ubicación de Valeria. Tenemos habilitada la línea 123, que es la línea única de emergencias. Pero la investigación ya está a cargo del CTI de la Fiscalía, que la maneja con toda la reserva necesaria”, dice el secretario de seguridad.

Han pasado casi dos semanas, unas 3.000 personas han participado de la búsqueda y las autoridades todavía no han dado con una pista precisa. Los investigadores revisan más de 20 terabytes de información de cámaras de vigilancia y grabaciones de distintos municipios de la zona para reconstruir los últimos momentos registrados de Valeria.

La Interpol emitió una circular amarilla con el fin de ayudar a localizar a la pequeña, que es una notificación policial que se difunde a nivel global para personas desaparecidas. Manuel Afanador le dijo a CAMBIO que la familia contrató un abogado especializado en derechos humanos para que lidere una investigación independiente y actúe como interlocutor con la Fiscalía. Lo que no significa una pelea con las autoridades.

El colegio emitió un comunicado señalando que desde el primer momento han actuado con responsabilidad y transparencia. Afanador envía un solo mensaje: “Si alguien tiene a mi hija, por favor, que la libere. No saben el daño que le están haciendo a una familia. Hay tres hermanitos de 8 años que cada noche rezan y le piden a Dios que su hermanita vaya a descansar”.

Pero los días pasan y ninguna pista aparece. Los carteles de la búsqueda, en los que se ve a Valeria con uniforme y esbozando una tierna sonrisa, ya se caen a pedazos despegándose de los postes. En el municipio la gente sigue su vida. Mientras tanto, la familia Afanador sigue intentando encontrar respuesta ante las preguntas sin respuesta y un desasosiego que no los abandona.

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