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Jorge Hernando Uribe Bejarano y su hija Alejandra.
País

Dudas y certezas del asesinato de Jorge Hernando Uribe

Jorge Hernando Uribe Bejarano y su hija Alejandra

Así fue la desaparición y el brutal crimen de una de las personalidades más apreciadas de la sociedad caleña. La conmoción por el caso aumentó dramáticamente, pues se señala a su hermano como el autor intelectual. Crónica de CAMBIO.

Por: Armando Neira

El día en que lo desaparecieron, Jorge Hernando Uribe Bejarano, de 74 años, estaba optimista. Era un domingo soleado y aún no habían llegado las torrenciales lluvias de abril que suelen causar estragos en el tráfico de Cali.

Esa era una de las pocas cosas que, a estas alturas de una vida plena, le molestaban. Tanto, que en muchas ocasiones, cuando iba a almorzar donde su madre, doña Chila, prefería quedarse allí y madrugar al día siguiente para evitarse el trancón.

Atrás habían quedado los años de vértigo de las décadas de 1980 y 1990, cuando estuvo cerca de los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, capos del Cartel de Cali, que apostaron por disputarle con inteligencia el poder del narcotráfico a Pablo Escobar Gaviria, jefe del Cartel de Medellín, porque sabían que a sangre y fuego perderían.

Sin embargo, su labor no estaba asociada a las acciones delictivas, sino a hechos tan surrealistas que él, aun en sus años de madurez, recordaba con cierta candidez. Por su buen gusto, conocimiento de alimentos y bebidas y destreza en arreglos florales, era muy solicitado para organizar bautizos, matrimonios y reuniones familiares.

Durante el periodo de ascenso de los Rodríguez, buena parte de la sociedad envidiaba a los dos hermanos que tenían como fachada para su negocio ilícito el First Interamericas Bank, el Banco de los Trabajadores, Drogas La Rebaja, el Grupo Radial Colombiano y alrededor de 200 empresas más. Además de simbolizar el auge de una ciudad entonces pujante, sus nóminas sostenían buena parte de la economía local.

Días de fiesta

La situación empezó a cambiar cuando los Rodríguez le pedían organizar al menos dos eventos en simultánea. En uno había orquestas de salsa, invitados anónimos, comida suculenta y alcohol a chorros. Hasta allí llegaba la Policía, pues corría el rumor de que estaban los capos. Pero no los hallaban, porque en realidad a esa hora disfrutaban de otra fiesta, también organizada con lujo de detalles por Jorge Hernando.

Eran tiempos en los que Gilberto o Miguel lo llamaban directamente para el próximo evento, le entregaban miles de dólares en efectivo, él iba de compras, traía las mejores champañas de Miami y tenía la precaución de entregar todas las facturas como prueba de honestidad.

Juan Carlos Uribe Bejarano.
Juan Carlos Uribe Bejarano. Foto: Archivo particular.

Aunque para un lector actual algunas de esas acciones puedan resultar sorprendentes, para él —y para muchos que vivieron esos días y noches fastuosas— eran tan habituales como normales. Como la vez que llegó a la casa de Miguel y encontró, encima de la mesa de centro, varias cajas con las boletas del partido entre Deportivo Cali y América en el clásico de la capital que se disputaría esa noche y donde los verdes oficiarían de local. 

—¿Y esas boletas? 

—Miguel las mandó comprar todas para que los del Cali se sientan mal porque sus hinchas no los acompañaron al estadio —respondía alguien con naturalidad y muerto de la risa.

A comienzos de los años noventa, la situación cambió drásticamente. Jorge Hernando fue testigo del desmoronamiento de un imperio que llegó a exportar el 80 por ciento de la cocaína producida en Colombia.

Acostumbrado a ganarse la vida trabajando, continuó montando eventos. Su labor era apreciada por la élite social, que lo consideraba uno de los suyos por sus buenas maneras y educación, aunque no tuviera los recursos de los más privilegiados.

La vida feliz de un modelo

Mientras tanto, su hermano Juan Carlos tomaba otro rumbo. Aunque estudió administración turística en la Universidad Católica de Manizales, la vida lo llevó por el mundo del modelaje. De físico envidiable y rostro fotogénico, fue de los primeros colombianos en abrirse paso en esa profesión. Viajó a Europa, donde le pagaban por desfilar ropa o mostrar su cara en campañas publicitarias.

Los testimonios de varios miembros de la familia coinciden en afirmar que la relación entre ambos era tan buena que, en un gesto de afecto, Jorge Hernando financió con esfuerzo los estudios de modelaje de Juan Carlos en la costosa Milán, en Italia.

El tiempo pasó y las luces de aquellos años de esplendor se fueron apagando. Bien hablados, gentiles y carismáticos, a ninguno de los dos les faltaba trabajo en el mundo de las relaciones sociales. Juan Carlos trabajaba como jefe de Protocolo de la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero, y su hermano mayor permanecía pendiente del color y el aroma de las flores para adornar las ceremonias.

Era un hombre sencillo y, por su oficio, un tanto dulce, hasta que la violencia golpeó las puertas de su hogar. Fue el 28 de abril de 2017 cuando asesinaron a su esposa, María Clemencia Iza, de 58 años. Una mujer de exótica belleza heredada de sus orígenes libaneses, aunque ella decía que era de Cartago por adopción.

Ella estaba en la finca El Edén, una propiedad que disfrutaba y cuidaba con esmero. Con caballerizas, árboles frutales, piscina, jacuzzi y a solo 56 kilómetros de Cali, en el municipio de Ginebra, era un auténtico paraíso.

En esa infausta ocasión irrumpieron dos hombres armados: uno de tez blanca y el otro, negro. Entraron gritando que todos al suelo, alegando que era un simple robo, pero al poner a todos en círculo dejaron ver su nerviosismo. 

María Clemencia les pidió calma porque estaba con sus hijos y sobrinos, y les rogó que ninguno de ellos fuera a salir lastimado. Uno de los hombres se le acercó y le quitó a la fuerza la cadena de oro con la medalla del Espíritu Santo y la Santísima Trinidad, a la que le guardaba devoción, que tenía puesta en su cuello.

Al instante le disparó en la cabeza y la mató. Su hijo, Andrés, de 40 años, al ver caer a su madre, reaccionó y se abalanzó sobre el atacante. El otro intruso le disparó: cinco impactos se alojaron en su cuerpo. Alejandra, la hija, se inclinó con su niña de seis años y uno de sus sobrinos para protegerlos.

Además de la cadena, no se llevaron nada más. En esta región se escucha decir que a los sicarios, cuando los contratan, les piden la cabeza, un dedo o una cadena de la víctima como prueba de que cumplieron a cabalidad su trabajo.

Vivir para contarla

Alejandra tomó a los heridos, los subió a un carro y corrió para llevarlos al hospital de Buga. ¿Quién podía haberle hecho esto? Ella dijo que sospechaba de su esposo, Manuel Fernando Navia Cújar, con quien tenía una pésima relación, por lo que le había solicitado el divorcio, a lo que él respondió que las cosas no se quedarían así. De ese ataque, por fortuna, los dos heridos sobrevivieron.

Jorge Hernando Uribe Bejarano y su hermano Juan Carlos, acusado de ser el autor intelectual.
Jorge Hernando Uribe Bejarano y su hermano Juan Carlos, acusado de ser el autor intelectual. Fotos: Redes sociales.

Pese al despliegue mediático y a las promesas de las autoridades, los hechos —que causaron conmoción no solo por tratarse de una familia conocida y apreciada, sino también por la violencia contra la señora, esposa de un hombre con una fama bien ganada de buena persona, así como por el milagro de otro que recibió cinco tiros y vivió para contarlo y la herida a una niña de seis años— nunca fueron esclarecidos.

Aunque hay versiones de que se trató de un caso más de la violencia que se ha ido extendiendo en los últimos años por todo el departamento en una mezcla explosiva de disidencias de las Farc, narcos y bandas de criminales, también hay otras que dicen que los asesinos actuaron con un plan premeditado.

Desde entonces, la familia conserva un recuerdo doloroso de abril. El día de la desaparición de Jorge Hernando también fue en ese mes. El domingo 6 de abril.

Ese mañana conversó con sus hermanas, les contó que doña Chila estaba bien y luego se fue a almorzar con Juan Carlos en el restaurante El Rincón de Belén, especializado en platos a la leña y carne asada. El encuentro duró hasta las tres de la tarde. Luego se despidieron. A las cuatro, la señal del celular mostró que Jorge Hernando se desplazaba hacia el sur de Cali. Desde entonces no se volvió a saber nada de él en vida.

Alejandra, la adolorida hija que ya había visto cómo la violencia le quitó a su madre, emprendió una campaña incansable para buscar a su padre. Hizo cadenas de oración, pagó misas y movilizó a la familia para difundir la noticia en redes sociales. En la búsqueda participaron la Fiscalía, la Policía y el Ejército.

El viernes 11 de abril fueron hallados restos calcinados en la vereda El Estero, corregimiento de Navarro, al sur de Cali. Ese mismo día también se encontró su camioneta.

Ya partió de este mundo

“Con el corazón lleno de tristeza, queremos informar que después de 11 días de angustiosa búsqueda hemos encontrado a nuestro amado hermano Jorge Hernando Uribe Bejarano, quien ha partido de este mundo”, escribió Juan Carlos en sus redes sociales, que cuentan con 20.000 seguidores. 

Alejandra recuerda que nunca imaginó que, tras el atroz asesinato de su madre, presenciaría algo peor. Su padre fue muerto a cuchilladas, luego desmembrado y calcinado. Los investigadores dicen que fue un crimen hecho con extrema sevicia.

De entre las cenizas, ella solo pudo rescatar tres huesos: uno de la columna y dos costillas, que depositó en un ataúd para bebés.

El día de la ceremonia religiosa de despedida, Juan Carlos se acercó a ella y se fundieron en un abrazo conmovedor. 

El miércoles 23 de abril, las autoridades capturaron a Brian Eduardo Garcés, de 32 años, por su presunta participación en la desaparición y homicidio. Posteriormente detuvieron en Cartagena a Moisés Betancourt Zamora. Ambos fueron señalados como autores materiales. 

Pasaron los meses sin que el proceso avanzara, hasta que la semana pasada, en un inesperado cambio de guion, la Fiscalía dijo tener pruebas de vínculos entre estos hombres y Juan Carlos, por lo que se ordenó su captura. ¿Cuáles son las pruebas? Hay mensajes cruzados entre ellos que no han trascendido: es la versión más escuchada. 

Lo cierto es que, tras el estupor por la sevicia con que le arrebataron la vida a Jorge Hernando, Cali quedó sorprendida este viernes 19 de septiembre al ver cómo era llevado ante la jueza su hermano, considerado el favorito entre los siete que componen esta familia. Su captura se produjo en su sitio de trabajo, la Biblioteca Departamental. 

Jorge Hernando Uribe Bejarano, asesinado, y su hija Alejandra.
Jorge Hernando Uribe Bejarano, asesinado, y su hija Alejandra. Foto: Archivo particular.

Alejandra concedió varias entrevistas en las que le pidió a su tío que contara la verdad: por qué lo hizo, qué lo llevó a actuar así, por qué esa forma tan atroz de quitarle la vida a una persona. 

Ella pide que la justicia llegue hasta las últimas consecuencias como un bálsamo ante tanto dolor. “Yo estoy muerta en vida”, dice.

A él se le vio perplejo, pero relativamente tranquilo, confiando en su inocencia. Así se declaró en la diligencia judicial en la que no aceptó los cargos. Su destino estaba en manos de la jueza del Juzgado 16 Penal Municipal con Funciones de Control de Garantías que, sin embargo, no encontró que las pruebas entregadas eran suficientes para mantenerlo en prisión y lo liberó el fin de semana pasado, aunque lo mantiene vinculado al proceso. 

Al salir, se dirigió a casa de su madre, doña Chila, donde lo esperaban sus hermanos y buena parte de los sobrinos. Se les vio llorar, abrazarse, emocionados. En la mayoría de la familia prevalece la convicción de que es inocente. 

Muchas personas en la ciudad dicen que ponen las manos en el fuego por la inocencia de Juan Carlos. Entre ellos, los miembros de la Comunidad Emaús, movimiento en el que él participa con devoción.

Alejandra, por su parte, cree lo contrario. Dice que no es un presentimiento sino un juicio que hace a partir de las pruebas que los investigadores del caso le han contado.

Entre tanto, en Cali se dice que el fantasma de la violencia de los 80 y 90 ha regresado, con viejos capos que, sin piedad, vienen ahora que han quedado libres a cobrar sus deudas y se han llevado la vida de inocentes que fueron testigos de aquellos años en los que llovía el dinero.

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