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País

El año con más masacres de la última década tiene nombre: Mathias

Mathias Arredondo, una de las víctimas de las masacres registradas en los primeros tres meses de 2026

Mathias Arredondo Tobón tenía 15 años. Acababa de celebrar el cumpleaños de su hermana. Lo asesinaron un día antes de cumplir 16, en un ataque en el que también murió su madre. Es una de las 133 víctimas de las 35 masacres registradas en lo que va del año. La violencia no se fue: se recrudeció y cambió de forma. ¿Qué está pasando en Colombia? ¿Por qué las masacres vuelven a crecer?

Por: German Izquierdo

“Dicen que luego encendieron su motocicleta y huyeron sin dejar rastro. Dicen que la escena del crimen era atroz: sangre en las escaleras, sangre en el suelo, sangre en las paredes. Dicen que uno de ellos besó su arma antes de ajustarla en su cintura”.  Jhonattan Arredondo Grisales.

Mientras Mathias Arrendondo duerme, una moto se acerca. Son apenas las 7:30 de la noche del 17 de enero y el cansancio lo ha ido venciendo poco a poco: la piscina, los juegos, el sol. Pasó la tarde en el balneario Skye Club, en Belén de Umbría (Risaralda), celebrando con su familia los diez años de su hermana Sofía.

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La moto se detiene frente a su casa, en el barrio Arenales. Dos hombres se bajan y, sin reparar en el bullicio de esa noche de sábado —tiendas abiertas, vecinos reunidos en la calle, televisores encendidos—, patean la puerta blanca hasta derribarla.

A setenta kilómetros de allí, en Pereira, el padre de Mathias, el escritor y profesor Jhonattan Arredondo Grisales, cena con su novia. Le dice que al día siguiente su hijo cumplirá dieciséis años y quiere invitarlo a pasar el fin de semana juntos.

Mientras tanto, en la casa de Belén de Umbría, el viento agita la ropa tendida en el balcón de cemento que da a la avenida. Los hombres suben las escaleras hasta el segundo piso. Frente a ellos hay otra puerta: allí viven Mathias; su hermana, Sofía; su madre, Yésica Tobón, y su pareja, John Alejandro Arroyave. Esa noche hay más personas: el hermano de Yésica y Mariana, la novia de Mathias.

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Mathias Arredondo Tobón, una de las víctimas de las 35 masacres registradas en lo corrido del año | Crédito: Cortesía

Dos días antes, en el recreo del colegio, Mathias habló por teléfono con su padre. Eran cerca de las diez y media de la mañana. Solo habló de Mariana. No mencionó al Atlético Nacional, ni algún cuento de Edgar Allan Poe, ni a los animales —sobre todo los lobos, que le fascinaban—. Era la primera vez que tenía novia.

—Se enamoró. Empezaba a descubrir lo que era el amor —dice su padre.

Antes de colgar, dijo que iba a entrar a clase.

Mathias duerme justo detrás de esa puerta que miran los intrusos. Disparan. Él alcanza a decirle a Mariana que se esconda en el baño. La puerta cede tras una ráfaga larga: más de treinta disparos, dirían después los testigos. El hermano de Yésica salta por el balcón y huye. Mathias ya está herido. Lo matan. Luego van por Yésica y por su pareja, John Alejandro Arroyave. También los acribillan. Solo se salva Sofía, la que ese día cumple diez años, tras envolverse en una cobija y quedarse inmóvil. 

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Jhonattan Arredondo Grisales junto a su hijo, Mathias Arredondo | Crédito: Cortesía

Quienes vieron salir a los asesinos dijeron que, como en una trillada película de acción de bajo presupuesto, uno de ellos besó su pistola antes de enfundarla en la pretina del pantalón. Ambos, dijeron también, salieron riéndose a carcajadas y al rato se perdieron en la moto entre las calles de Belén de Umbría. Ni siquiera se tomaron el trabajo de escapar fuera del pueblo. 

En Pereira, a esa misma hora, Jhonattan, se despide sin prisa de su novia y toma un bus hacia Cartago.

En el trayecto, advierte varias llamadas perdidas en su celular. También mensajes en los que una palabra se repite en la pantalla: “URGENTE”.

En la puerta de la casa de su mamá,  llama a su exsuegro, John Jairo. Ahora lo sabe: su hijo ha sido asesinado. Y, con él, Yésica y John Alejandro.

Según información preliminar, los sicarios trabajarían para un hombre conocido como Mono Harris, vinculado al grupo armado La Cordillera, en medio de una disputa territorial con el Clan del Golfo. Un sargento de la Sijín lo señaló después: alias ‘El Mellizo’, la pareja de Yésica, vendía droga y tenía una amenaza; al parecer, había recibido un ultimátum de 24 horas. 

Tras la muerte de Mathias, sus compañeros del colegio improvisaron un pequeño altar al aire libre. Encendieron velas alrededor del pupitre azul que quedó vacío, y a su lado pusieron un florero con margaritas. Sobre el pupitre descansaban su balón de fútbol, la gorra, una figura de la Virgen del Carmen y un retrato de Mathias enmarcado en plateado.

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En lo que va del año, Colombia ha registrado 35, según cifras de Indepaz | Crédito: Cortesía

Entre tanto, su padre, Jhonattan —que vive de las palabras y ha ganado el XXIII Premio Nacional de Cuento Jorge Gaitán Durán, además de un reconocimiento en el XXIV Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía—, dudó antes de escribir sobre la muerte de su hijo. Varias personas le sugirieron que no lo hiciera. “En un país acostumbrado a la violencia, el miedo no solo mata: también ordena callar”, dice. Pero decidió hacerlo de todos modos, para que las mismas palabras no se le ahogaran por dentro. “Nos arrebatan hasta el derecho de contar lo que pasó”, dice, como si cualquier esfuerzo fuera vano. 

Al final de su texto, que tituló Palabras para un dolor innombrable, escribió: “Por eso le digo a usted, Sr. Gustavo Petro (Presidente de la República), Sr. Juan Diego Patiño (Gobernador del Departamento de Risaralda), Coronel John Hernando Téllez Ariza (Comandante Departamento de Policía Risaralda), entre otros agentes del Estado, que aunque yo quiera minar la tierra hasta encontrar a mi hijo, nada podrá traerlo de nuevo; que aunque escriba otros tres libros de poesía intentando nombrar su ausencia, nada podrá hacerme sentir el calor de su abrazo; y, aunque pueda volverlo a ver en mis sueños, nada podrá darme la alegría de encontrarme con él. Pero ustedes sí pueden hacer algo que mis torpes y míseras palabras no pueden: con su voluntad y con el poder que como ciudadanos les otorgamos, ustedes deben trabajar para que estas muertes no sean solo un registro, un número de una serie interminable de casos sin resolver o una noticia más que aparece en la crónica roja”.

El año con más masacres al menos desde 2016

Lo que ocurrió esa noche en Belén de Umbría no es un hecho aislado. En lo que va del año, Colombia ha registrado 35, según cifras de Indepaz. A esta misma altura del 2025, eran quince. Aunque el número de masacres podría verse como una vuelta a los tiempos de la expansión paramilitar de comienzos de comienzos del siglo XXI, la Defensora del Pueblo, Iris Marín, coincide, con una salvedad clave: “No es igual a lo de hace veinte años”, dice. Antes —explica— eran masacres de decenas de personas para tomar territorios; hoy son hechos más pequeños, de tres, cuatro, cinco víctimas, ligados a disputas de control territorial

Infografías masacres
Crédito: Kim Vega - CAMBIO

En lo que va del año, Colombia ha registrado 35 masacres, según cifras de Indepaz. A esta misma altura del año pasado, eran quince.

En esos hechos han sido asesinadas 133 personas, entre ellas Mathias y otros 16 menores de edad: 133 ataúdes, 133 cuerpos enterrados bajo la tierra de Cimitarra, Norte de Santander; Remedios, Antioquia; Aracataca, Magdalena; Bosa, Bogotá; Pitalito, Huila; Bucaramanga, Santander; Tumaco, Nariño, y otros puntos del mapa donde la violencia se repite.

Grafico masacres 2026

Aunque las cifras de masacres podrían sugerir un regreso a los años más duros de la expansión paramilitar de comienzos de siglo, la Defensoría del Pueblo, Iris Marín, hace una salvedad clave: “No es igual a lo de hace veinte años”. Antes —explica— eran masacres de decenas de personas para tomar territorios; hoy son hechos más pequeños, de tres, cuatro, cinco víctimas, ligados a disputas de control territorial.

Lo cierto es que, en menos de tres meses, la violencia se ha extendido por el país con una intensidad que duplica la del año pasado. “Hoy vemos cómo la violencia se ha urbanizado”, explica Leonardo González, director de Indepaz. “Son hechos más pequeños, más selectivos, pero con un mensaje claro: controlar el territorio y sembrar miedo”.

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Tras la muerte de Mathias, sus compañeros del colegio improvisaron un pequeño altar al aire libre. | Crédito: Cortesía

También ha cambiado el contexto en que ocurren. En tiempos de ceses al fuego, la violencia se contiene, baja de intensidad. Cuando estos ceses se rompen —como ha ocurrido una y otra vez—, la violencia vuelve a expandirse.

No de manera uniforme, sino fragmentada: en disputas locales, en economías ilegales, en barrios donde la guerra ya no llega en columnas armadas, sino en motos. A menudo, además, tercerizada: ejecutada por bandas locales que operan para estructuras más grandes, que ordenan a distancia y rara vez aparecen.

La debilidad de la Paz Total

Esa lógica convive hoy con la apuesta más ambiciosa del Gobierno: la llamada Paz Total. Sobre el papel, implica negociar de manera simultánea con distintos actores armados: las disidencias de las antiguas FARC —hoy fragmentadas entre el Estado Mayor Central y el Estado Mayor de Bloques y Frentes—, el ELN, estructuras herederas del paramilitarismo como el Clan del Golfo y otros grupos regionales, desde los Comuneros del Sur hasta bandas urbanas en lugares como Tumaco, Buenaventura o Quibdó.

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En menos de tres meses, la violencia se ha extendido por el país con una intensidad que duplica la del año pasado. | Crédito: Cortesía

En total, de las nueve mesas activas, solo dos mantienen hoy un cese al fuego —la Coordinadora Nacional y los Comuneros del Sur—. En las demás, las conversaciones avanzan sin que se detengan las hostilidades.

“Hay mesas que siguen funcionando incluso sin ceses —explica Leonardo Gonzálezr—. Y eso importa: mantener un canal de diálogo puede frenar decisiones, puede hacer que los grupos lo piensen dos veces antes de disparar”.

Pero esa contención es frágil. Mientras se negocia, los grupos también se expanden.

Parte de esa expansión tiene una explicación conocida, explica Juanita Goebertus, Directora de Human Rights Watch (HRW). Tras la firma del Acuerdo de Paz de 2016, el Estado no logró ocupar muchos de los territorios que dejaron las FARC: no llegó con seguridad, ni con justicia, ni con servicios básicos.

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Sus compañeros del colegio improvisaron un pequeño altar al aire libre. Encendieron velas alrededor del pupitre azul que quedó vacío, y a su lado pusieron un florero con margaritas. | Crédito: Cortesía

Ese vacío, como suele ocurrir, no permaneció vacío. Distintos grupos armados y estructuras del crimen organizado entraron a disputarlo y, poco a poco, ampliaron su control. “Eso es lo que estamos viendo —cuenta Goebertus—: una expansión de grupos que llenaron esos territorios sin que existiera una estrategia de seguridad y justicia adaptada a ese nuevo escenario. Pasó en el Gobierno Duque y continuó en el Gobierno Petro”.

Según la Defensoría del Pueblo, el Clan del Golfo —la estructura armada que más ha crecido en los últimos años— pasó de tener presencia en 213 municipios en 2019 a 429 en 2025: más del doble. En ese mismo periodo, las disidencias de las FARC se expandieron de 124 a 322 municipios.

La guerra, así, no solo continúa: crece sin control, como una asfixiante maleza. En medio de esa violencia, las alertas que emite la Defensoría suelen quedarse cortas.

“Las alertas están ahí. El problema es que la respuesta suele ser más formal que efectiva. Y muchas veces, lo que advertimos termina pasando”, dice Iris Marín.

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Mathias Arredondo junto a su familia | Crédito: Cortesía

Marín recuerda el caso del Catatumbo, en enero de 2025. La alerta de inminencia se había emitido semanas antes. Cuando ocurrió, fue peor de lo previsto. Durante días, hombres armados recorrieron veredas con listas en mano. Sacaron a personas de sus casas y las mataron frente a sus familias.

En Cúcuta, las gradas de un coliseo que sirvió de improvisado resguardo empezaron a llenarse. Cientos, luego miles de desplazados que llegaron sin nada. A Marín le quedó esa escena marcada para siempre. La alerta se había hecho, pero nada pasó.

El mapa de Colombia es como un cuerpo lleno de heridas que no cicatrizan y nuevas que se abren. Las masacres se llevan a los inocentes por delante, silenciándolos para siempre, como ocurrió con Mathias Arredondo, que apenas pudo vivir 15 años. Su paso por la vida sigue presente en las palabras de Jhonattan, en su poesía, como en “Nuestros muertos”, un poema de Las sombras interiores que dedicó a la violencia y que hoy parece haber anticipado lo que estaba por venir:

Algo
tienen que decirnos

ahora
que las palabras

carecen de sentido,

ahora
que solo escuchamos

sus voces en las noches.

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