
Aviturismo en Colombia: entre una bonanza paradisiaca y la zozobra por el conflicto armado
En Colombia se han registrado casi 2.000 especies de aves, es decir, un 20 por ciento de los pájaros del mundo.
La paz abrió senderos que durante décadas estuvieron vedados por la guerra y convirtió a Colombia en una potencia mundial del aviturismo. Pero mientras miles de observadores llegan al país atraídos por su biodiversidad única, el resurgimiento de grupos armados y economías ilegales vuelve a poner en riesgo algunas de las rutas de pajareo más valiosas del planeta.
Por: Lina Cuitiva
> “Yo iba con dos extranjeros en búsqueda de un colibrí. Ese día vi gente con vestidos militares y pensé que eran soldados, pero cuando se nos acercaron, les vi los brazaletes que decían ‘Conquistadores de la Sierra’”.
Entre dos mares tropicales y a las puertas del istmo de Panamá, atravesada además por tres cordilleras y dos grandes valles interandinos, Colombia reúne una geografía privilegiada que ayuda a explicar por qué es uno de los grandes santuarios mundiales para el avistamiento de aves: una riqueza natural que el ecoturismo local ha aprendido a convertir en destino y promesa. Sin embargo, mientras el aviturismo crece a grandes pasos como un gana-gana para observadores y comunidades, en algunos puntos del país el fantasma de la violencia vuelve a vetar los paraísos de aves que habían sido recuperados.
Para dimensionar el potencial y la importancia de cuidar el avistamiento en el país basta decir que este 9 de mayo miles de ‘pajareros’ de todas partes del país remaron en simultáneo para conseguir el quinto título consecutivo en el Global Big Day, el evento de observación y conteo de aves más grande del mundo, en el que por 24 horas ininterrumpidas los aficionados intentaron registrar la mayor cantidad de especies posible.

En el evento, considerado el ‘mundial de la observación’, Colombia es líder indiscutible: en su territorio habita el 20 por ciento de las aves del mundo. El año pasado encabezó el podio con 1.560 pájaros debidamente registrados en la plataforma e-Bird y les ganó a rivales referentes en la región como Perú, Ecuador y Brasil. Fue un triunfo del que participaron más de 3.600 observadores de los 32 departamentos.
Aunque el ‘pajareo’ ―como también se conoce a la observación por hobbie― es un nicho joven del ecoturismo en el país, genera ingresos importantes a comunidades alejadas y con pocas oportunidades, pero con gran biodiversidad. Se estima que un extranjero podría gastar unos 300 dólares diarios entre la excursión, la alimentación, el alojamiento y otro necesarios para ir en búsqueda, por ejemplo, de la apetecida Chlorochrysa nitidissima (tangara multicolor) o la Xipholena punicea (cotinga pompadour), por nombrar apenas dos de las casi 2.000 aves que vuelvan sobre Colombia.

Es un gana-gana inusual por donde se mire. Los ‘pajareros’ se entretienen con una actividad relajante, apasionante y rodeada de la naturaleza, al tiempo que los guías turísticos y las regiones obtienen beneficios económicos, y se promueve el cuidado por el medio ambiente para preservar intactos los ecosistemas de las aves y que siga funcionando esa ecuación perfecta.
Las alas que le dio el Acuerdo de Paz al avistamiento de aves
La relación entre la bonanza del avistamiento de aves en el país y el conflicto armado es cercana. Fue en los años 80 y 90 cuando se empezaron a consolidar destinos pioneros para avistar, pero la gobernanza criminal de las Farc, el ELN y otros grupos armados en las montañas y selvas, las zonas minadas y el aumento de los cultivos de coca, impidió que el pajareo avanzara. ¿A qué nacional o extranjero se le ocurriría introducirse, por hobbie, en el Sumapaz o la Sierra de la Macarena en plena guerra?
“Nuestro país es muy atractivo para el aviturismo porque estuvo cerrado por décadas. En este mundillo todos sabían que Colombia es el país más diverso, que es una locura venir aquí para el que le gustan las aves, pero los turistas no podían hacerlo. Tener grupitos de gringos o europeos paseando por ahí era demasiado riesgo, un problemazo”, recuerda Felipe Estela, experto pajarero y profesor de Biología de la Universidad Javeriana en Cali.
Para alegría de los aficionados a observar y fotografiar pájaros, el panorama cambió sustancialmente con el Acuerdo de Paz de 2016. La entrega de armas, la promesa de abandonar los negocios ilegales y la esperanza del momento histórico supuso la liberación de algunas ‘zonas rojas’ en bosques de alto valor de conservación con impresionantes concentraciones de fauna endémica y amenazada que, hasta ese momento, habían sido inaccesibles para la ciencia y el avistamiento aficionado.

“Nos encontramos con más flexibilidad para entrar a muchas zonas. Pudimos explorar sitios nuevos y registrar nuevas especies en lugares antes inimaginados, como Chiribiquete (Guaviare), Inírida (Guainía), Arauca…”, le dice a CAMBIO el biólogo y guía de aviturismo experimentado Oswaldo Cortés.
Sobre el potencial de estos puntos clave, se conoció que 67 de los 125 municipios más afectados por el conflicto tienen alto potencial para implementar el aviturismo por sus concentraciones de pájaros de alto valor biológico. Así lo determinó una investigación de 2017 de la ecóloga conservacionista Natalia Ocampo-Peñuela. Estos municipios en áreas posconflicto se concentraron, según los datos disponibles para ese año, en los Andes, cerca de la frontera con Ecuador y a lo largo de la transición Andes-Amazonia en la vertiente oriental de los Andes Orientales.
‘Las condiciones de seguridad han mejorado mucho, pero…’
Un guía que conversó CAMBIO relata la experiencia aterradora que vivió en San Pedro de la Sierra, en Magdalena, cuando él y un guía kogui acompañaba a una pareja de avituristas que venían desde Florida, Estados Unidos, a buscar un colibrí especial que solo se puede avistar en la parte alta de la montaña. “Ese día vi de lejos gente con vestidos militares y pensé que eran soldados, pero cuando se nos acercaron, les vi los brazaletes que decían ‘Conquistadores de la Sierra’, ACSN”.
Según el guía, unos 50 hombres armados les hicieron preguntas durante casi media hora a él y al guía indígena, porque los extranjeros no hablaban español y entendían muy poco de la gravedad de la situación. Reuerda que sintió mucho miedo, que hasta se le soltaron los esfínteres, y que presumió lo peor: que los paramilitares los iban a secuestrar o a matar, pero por suerte eso no sucedió y los dejaron ir luego del interrogatorio. Ese grupo pagó una jugosa ‘vacuna’ a los paramilitares para poder llevar a cabo el recorrido.
En los últimos años, la presencia de ese grupo paramilitar se fortaleció y se ha venido expandiendo por el noroccidente del país, según una alerta temprana de la Defensoría del Pueblo. No es el único. Otros grupos criminales como el EMC, el ELN y el Clan del Golfo también se han fortalecido en los últimos años. Muestra de ello es el aumento de hombres en sus filas, que, según un análisis de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), fue de 23 por ciento en 2025.
El análisis de la FIP indicó también que hoy hay al menos 13 zonas del país en disputa activa, casi el doble de las que existían al inicio del Gobierno Petro, en 2022. El retroceso de las condiciones de seguridad es algo tangible en los territorios, y algunos pajareros lo han percibido así.
Según pajareros consultados en terreno, otros destinos ricos en biodiversidad a los que logró acceder el aviturismo hace unos años y hoy han sido tocados por el deterioro de la seguridad son: la ruta desde Tame, Arauca, para llegar al Cocuy; puntos cercanos al río Atrato, en Chocó; algunas zonas de la Serranía del Perijá, en la frontera colombo-venezolana; zonas rurales de Tumaco, y puntos cerca de la frontera con Ecuador que fueron deforestados para plantar coca.
“Las condiciones de seguridad sin duda han mejorado muchísimo comparado con lo que teníamos, pero ahora hemos perdido la opción de ir a algunos sitios que son ‘brutalmente’ buenos y ya ha habido problemas de seguridad”, remarca el profesor Estela, quien también hace parte del Comité Colombiano de Registros Ornitológicos.
Anchicayá, en el Valle del Cauca, se destaca por ser un paraíso natural inigualable para observar aves, reptiles y anfibios porque es uno de los lugares más biodiversos del planeta. Allí se conectan la riqueza de los Andes y la selva del Pacífico. Para llegar a sitios profundos y diversos de la zona es necesario tomar la vía vieja hacia Buenaventura e introducirse en la manigua, pero algunos guías desconfían de la seguridad del tramo completo y prefieren evitar riesgos.
Un observador que conoce ampliamente el sector desde hace más de 30 años le dijo a CAMBIO que las visitas por esa trocha “han mermado porque en esa carretera están todos los malos de Colombia”. Hace referencia al narcotráfico y a la presencia de grupos armados como el ELN.
“Usted se mete por allí, camina media hora y ahí ya está el cultivo de coca. Entonces, los criminales los cuidan mucho (a los cultivos) y ya han amenazado en muchas partes. Ya más o menos no podemos ir por toda la carretera vieja, solo por el pedazo desde el corregimiento El Queremal”, explica. Otros visitantes recomiendan solo llegar hasta el corregimiento El Danubio.
Pajareo: el puente de paz invaluable e inesperado
> “Territorios que antes eran invisibles, hoy son recorridos por científicos, fotógrafos y turistas, y eso genera orgullo local y oportunidades”
Entre tantas noticias negativas, el tesoro natural que Colombia tiene la suerte de tener a veces pasa inadvertido. Los colombianos y turistas internacionales pueden maravillarse con la magia de decenas de zonas seguras y preservadas para avistar aves, y de las 27 reservas naturales declaradas en las que se puede hacer esta actividad que —con razón— cada vez es más popular.
Para el guía Rafael González, que vive recorriendo el país para conocer la mayor cantidad de especies posibles, el boom por el que pasa el aviturismo “es una señal de que la paz se construye paso a paso”. “Territorios que antes eran invisibles hoy son recorridos por científicos, fotógrafos y turistas, y eso genera orgullo local y oportunidades”, añade.

Es el caso de Mapiripán, en Meta, un lugar con una etiqueta tan dolorosa como imborrable por la masacre ocurrida en 1997. “Allá hay aves increíbles, personas maravillosas y entornos naturales casi salidos de una película; la percepción de seguridad ahí no cuenta de la maravilla que en realidad es”, recomienda el pajarero González.
Montezuma (Parque Nacional Tatamá), otro antiguo escenario de la guerra que hoy es reconocido como un santuario de aves excepcional entre Chocó y Risaralda, también es testigo del silenciamiento de las armas para escuchar los cantos de los pájaros. Recientemente, el programa 60 Minutes, conducido por el reputado periodista estadounidense Anderson Cooper, visitó esa selva exuberante para concluir que el pajareo puede unir a antiguos adversarios del conflicto.
Diego Calderón-Franco, uno de los avistadores más famosos de Colombia, promotor de esa ecoindustria nacional y quien acompañó el avistamiento del reportero internacional, es muestra de ello. Fue víctima de secuestro por parte de las Farc en 2004 mientras observaba aves en la Serranía del Perijá y hoy trabaja mano a mano con excombatientes de esa guerrilla extinta que encontraron en la observación una salida sostenible de las economías ilegales. Calderón-Franco cree que las aves son “la excusa perfecta para conectar realidades y personas en esa Colombia que no se puede conectar de otra manera”.

En este contexto, la escalada del conflicto ha puesto en riesgo algunas rutas de avistamiento. Esto no solo significa dejar de ver aves raras o cerrar senderos turísticos, sino poner en riesgo una de las pocas economías legales y sostenibles que han logrado florecer en algunas zonas golpeadas por el conflicto.
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lina.cuitiva@cambiocolombia.com
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