
Coaliciones para gobernar de verdad
España vive un momento fundamental de negociaciones políticas: luego de la derrota en el Parlamento del derechista Feijó, el actual presidente socialista, Pedro Sánchez, busca un acuerdo con los catalanes para ser reelegido. Ramón Jimeno analiza para CAMBIO el panorama y compara el sistema español con el colombiano, en el que, dice, “no hay mayorías reales comprometidas con cambio alguno porque los votos se ponen o se retiran como es propio de una vulgar compraventa clientelar”.
Por: Ramón Jimeno
Que gobiernos minoritarios en el parlamento no ejerzan el poder parece una buena idea. Sociedades como la colombiana evitarían pérdidas de tiempo para acelerar su desarrollo. Esperar el fin de un período de gobierno elegido por voto popular pero incapaz de gobernar por falta de apoyo político o social, hace daño. Si nuestro régimen fuera parlamentario como el español, una vez se establece una coalición mayoritaria se gobierna con un programa y un equipo híbridos. Si se rompe la coalición el gobierno se cae, se convoca a elecciones y en el nuevo parlamento se organiza otra coalición mayoritaria. Las parálisis son breves. Este es el proceso que se vive en España.
El problema es la complejidad de lograr acuerdos que sumen más de la mitad del congreso. Sobre todo cuando hay muchos partidos. En todo caso una vez se hacen los pactos se instala un gobierno que puede ejecutar el mandato. En nuestro país las coaliciones son inestables y el fraccionamiento político es alto. Cuando Petro rompió su coalición a comienzos de año, redujo su gobernabilidad. Las reformas propuestas sobreaguan en los pantanos del congreso y sus actos administrativos se atoran en la maraña kafkiana-santanderista de la burocracia nacional. En vez de un gobierno que gobierna, tenemos un gobierno que patina. Y no hay solución sino esperar a que su período concluya o el líder se ilumine y logre acuerdos para gobernar.
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Los proyectos de reformas obligan a transacciones una a una con cada parlamentario. Con carguitos, presupuesticos y puesticos se suman las mayorías para evitar el naufragio de las reformas. En este modelo no hay mayorías reales comprometidas con cambio alguno porque los votos se ponen o se retiran como es propio de una vulgar compraventa clientelar. Tampoco hay discusiones responsables para llegar a contenidos programáticos aceptables para todos. Son acuerdos de baja eficacia porque las reformas que se aprueban bajo este formato carecen de un respaldo o de una voluntad real para su aplicación.
Un ejemplo de reformas inefectivas es la agraria. La primera, aprobada en 1936 con la Ley 200 de Tierras; la segunda en 1961 con la Ley 165. Ninguna de las dos con la voluntad verdadera de las mayorías que las votaron. Las reformas agrarias quedaron sin efecto a pesar de sus buenas intenciones. De las elecciones en España se puede apreciar que gobernar implica negociar (acordar) transformaciones posibles, que se puedan aplicar porque las mayorías políticas las van a sostener y no a sabotear una vez se aprueben o se disfruten los favores obtenidos.
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La discusión que enfrenta Pedro Sánchez para sumar los votos de los independentistas catalanes es interesante. ¿Es aceptable dentro de los principios del PSOE otorgar amnistía a quienes promovieron la independencia de Cataluña con métodos ilegales? ¿Compensa otorgar la amnistía con su costo político inherente para ser gobierno? Detrás de esta discusión hay un principio: mantener la unidad de España. Se trata de amnistiar a unos 3 mil ciudadanos que cometieron delitos como abrir una escuela para depositar un voto en una urna informal. Y si, que tuvieron enfrentamientos con las autoridades, pero sin muertos.
Si la amnistía está en el camino de fortalecer la unidad de España y cerrar heridas por la exacerbación de los nacionalismos, hay que aprobarla, piensa el PSOE. Claro, si los votos catalanes no estuvieran tan valorizados, la discusión tampoco tendría lugar, sería innecesaria. Pero la realidad es que el sistema parlamentaria obliga a este tipo de acuerdos en el que las minorías elevan su poder de negociación, lo que en cierta medida es justo.
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El PP y Vox por supuesto atacan la amnistía, dicen que sería inconstitucional. Que son delitos imperdonables para siempre. En realidad, solo buscan asustar a la ciudadanía. El pasado los desenmascara. Fue el mismo PP (sin Vox) el que pactó -con José María Aznar en 1996- los votos que necesitaba del PNV (nacionalista vasco) y de CiU (independentista catalán) para lograr la mayoría parlamentaria y gobernar. Lo hicieron a cambio de excarcelar a 180 miembros de la ETA, entre otras concesiones. Estos si cometieron crímenes mayores pero el PP los perdonó. Este antecedente confirma que el punto no es la supuesta gravedad de la amnistía sino evitar que esos votos vayan al PSOE. El PP, al unirse con Vox, excluyó la posibilidad de pactar con otros partidos. Por eso solo tiene chance de gobernar mediante nuevas elecciones y es lo que busca al tratar de sabotear el acuerdo del PSOE.
En Colombia, lo que ocurre en el proceso español, sirve para renovar la manera de hacer pactos políticos mayoritarios diferentes al método clientelista. Un pacto puede llevar a incluir nuevos puntos programáticos que no surgen de Petro o del Pacto Histórico, pero que al incorporarlos al programa de gobierno sumarían apoyo político y social. En vez de jugar a sacar más gente a la calle o a sacar más escándalos chimbos en Semana, el país estaría discutiendo temas para llegar a acuerdos y alianzas con programas realizables.
En España, como en Colombia, -y en casi todo el mundo- gracias a las campañas masivas que irradian ricachones intolerantes a través de las redes, la sociedad está polarizada, los partidos fragmentados y las mentes idiotizadas están más activas que nunca. Al Partido Popular le faltaron 4 votos. Su alianza con Vox, el partido de las cavernas, lo condenó a la derrota. Ningún otro partido distinto al PP quiere cogobernar con Vox pues implica ser socio en la destrucción de principios y derechos conseguidos después de los 40 años de dictadura franquista.
Le corresponde al PSOE hacer una coalición para evitar el riesgo de una ultraderecha gobernando e impulsar un programa progresista multicolor. Los partidos que quedan disponibles tienen los votos necesarios para hacer mayoría. A pesar de ser pocos, su poder es grande al ser decisorios. En esta misma ecuación es donde más podríamos aprender los colombianos con nuestros 200 años de historia republicana y de subdesarrollo. Gobernar también es el arte de avanzar en lo posible. Mantenerse tercos y firmes en una posición que impide avanzar es abrir el camino a las ultraderechas locales. Negociar de verdad para incluir a otros partidos de verdad en una coalición, es necesario si se quiere gobernar de verdad. Esta es la lección del proceso español.
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