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Martha Lucía González 2, jueza exiliada.
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“Es una vida de tormento, pero no lograron acabar conmigo”: Martha Lucía González, la jueza que lleva 37 años en el exilio

Martha Lucía González, jueza exiliada

Tras ordenar la detención de los paramilitares Henry Pérez y Fidel Castaño, así como de los narcos Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha, como responsables y financiadores de una seguidilla de masacres en Antioquia en 1988, a la jueza Martha Lucía González no le quedó más camino que el exilio. Esta entrevista exclusiva se hizo con el compromiso de publicarla cuando González ya no esté en el país.

Por: Alejandra Bonilla Mora

La historia de Martha Lucía González estremece: era jueza de orden público cuando el 4 de marzo de 1988 paramilitares llegaron a las fincas de Honduras y La Negra y asesinaron a 20 personas. Investigó a fondo, fue a Urabá a recoger ella misma los testimonios que le permitieron al país saber, por primera vez, que las estructuras paramilitares del Magdalena Medio no solo tenían escuelas de sicarios, sino que eran financiadas por los narcotraficantes Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha, y que tenían apoyo de la fuerza pública y de políticos de la región.

Pagó un precio altísimo por ello: lleva 37 años viviendo en exilio y ha regresado a Colombia en pocas ocasiones. Una fue para conmemorar 30 años del crimen de su padre, el exgobernador y excongresista Álvaro González, asesinado el 4 mayo de 1989 en un intento inhumano de hacerla volver. Y otra fue esta semana para recibir un merecido homenaje de parte de la rama judicial y las altas Cortes. CAMBIO habló con González, quien pidió que esta conversación fuera publicada solo cuando hubiera salido del país de nuevo. 

CAMBIO: ¿Qué impide que hoy pueda regresar a Colombia?

Martha Lucía González: Logré desentrañar las causas de la violencia del momento en el país. Es una trama muy poderosa que conformaban algunos miembros del Ejército y de la Policía, paramilitares comandados por Fidel Castaño y Henry Pérez, por Luis Rubio -quien en ese momento era alcalde de Puerto Boyacá- y por los narcotraficantes Pablo Escobar Gaviria y Gonzalo Rodríguez Gacha, quienes financiaban la red. 

Imagino que hice algo con lo que ellos no contaban. A pesar de que siguieron con sus andanzas, con acciones terroristas y matando campesinos, funcionarios, jueces y a todo aquel que pretendía oponerse a su caminar delincuencial, no les gustó mi trabajo y no me lo han perdonado. Han pasado 37 años y estoy aquí. Las personas que vinculé al caso -mucho más jóvenes que yo, miembros del Ejército que tenían 22 o 23 años, sicarios jóvenes y otros- están vivas y algunos han manifestado que se debe pagar con la vida lo que yo les hice. Estoy viva, pero muerta en vida por lo que hicieron con mi padre. El Estado no me ha proporcionado las garantías.

CAMBIO: ¿Cómo eran las condiciones para ser juez en ese momento?

M.L.G.: El Gobierno estaba viendo la alteración del orden público. Ya había sucedido la toma del Palacio de Justicia. Había muertos por doquier: de periodistas como Guillermo Cano, de ministros como Rodrigo Lara Bonilla, de magistrados del tribunal, de Jaime Pardo Leal y de jueces como Tulio Manuel Castro Gil. El Gobierno decretó el Estatuto Antiterrorista y creó la jurisdicción especial de orden público. Nombraron a 10 jueces que teníamos categoría de magistrado de tribunal superior y jurisdicción en todo el país. La respuesta de la ‘mano negra’ fue la masacre de 20 campesinos en las haciendas Honduras y La Negra y, luego, de otras 40 en la vereda Punta Coquitos de un municipio aledaño a Turbo.

CAMBIO: ¿Qué encontró?

M.L.G.: Yo fui la primera juez que desentrañó ese triángulo conformado por paramilitares, narcotraficantes, Ejército, Policía y funcionarios. Lo primero que hice fue ir a hablar con un sicario que habían cogido preso en la masacre de Mejor Esquina en Córdoba que sucedió después. En una fiesta, con cerca de 70 personas, llegaron sicarios y masacraron a buena parte de los presentes. 

Ese sicario fue llevado a los calabozos del DAS. Si no me equivoco se llamaba Ulises Barreto. Me contó que los sicarios que habían dado muerte a las personas en las fincas habían salido del Magdalena Medio, como él. Me comentó que allá, bajo el comando de Fidel Castaño y de las personas que ya he nombrado, existían escuelas de sicarios con la consigna de acabar con todo lo que, para ellos, “oliera a criminalidad” y lo que “oliera a comunismo y a guerrilla”, entendiendo también por ello a los miembros de la Unión Patriótica. Fue lo mismo que pasó en las fincas de Honduras, la Negra y Punta Coquitos

Me dijo que en esas fincas donde funcionaban las escuelas de sicarios habían “tribunales del pueblo” en donde se juzgaban y condenaban a muerte a las personas. Los metían en jaulas y las condenaban a morir al sol y al agua, a la intemperie, de hambre y de sed. Me contó que para graduarse como sicario tenían que matar y descuartizar a un hombre en cinco minutos. Lógicamente, esto hirió mi sensibilidad de una forma muy profunda. 

CAMBIO: Qué horror…

M.L.G.: No creía que pudiera existir este tipo de cosas en el mundo. Pero me sentí en el lugar preciso para poder hacer algo por el país. Si me llegaba a ese conocimiento en mi calidad de juez, no podía ser inferior a mi deber. Llegué al Urabá con personas del DAS y de la policía judicial de la seccional de instrucción y me fui con la consigna de esclarecer la verdad.

Había pruebas sólidas. Varios sicarios que eran desertores corroboraron todo lo que había dicho Ulises. En Urabá escuché a las viudas, a los hijos de los muertos, a sus madres y logré desentrañar lo que pasó esa noche: con lista en mano, los habían sacado sus casetas, los habían colocado en fila india y les habían disparado a todos. Algunos sicarios iban con la cara descubierta y había otros encapuchados. Quienes tenían la cara descubierta habían ido ocho días antes a un partido de fútbol entre campesinos y miembros del Ejército.

CAMBIO: Es decir, a sicarios y a militares se les había visto juntos ocho días antes en el partido de fútbol en donde fueron detenidas dos personas…

M.L.G.: Las viudas estaban muy asustadas, pero hicieron retratos hablados con los funcionarios del DAS. Mientras eso pasaba yo me fui sin Ejército a un campamento en donde estaban los niños y las señoras mayores. Me contaron que ocho días antes, en el partido de fútbol, habían detenido a dos personas. Esas personas fueron llevadas al Batallón Voltígeros, en donde estaban residiendo personas que no eran de la región. Por la noche, los detenidos fueron llevados por las haciendas junto a esas personas y les obligaron a señalar el lugar de residencia de cada una de las que estaban en una lista y que estaban tildando de guerrilleros o de auxiliadores de la guerrilla.

CAMBIO: Eso permitió entender que había participación de las tropas…

M.L.G.: Yo creo que era lógico: si habían llevado a los detenidos al batallón, si había personas que no conocían en la región, si los detenidos tenían que señalar donde vivían las personas de la lista y si esas personas fueron a la hacienda y dieron muerte a 17 personas en Honduras y a 3 en La Negra junto a unos encapuchados, entonces el Ejército tenía algo que ver. 

Los sicarios que fueron a las fincas pasaron varias noches en Medellín en el Hotel Intercontinental y averigüé que el jefe de Inteligencia del Batallón Voltígeros, Luis Enrique Becerra, pagó esa cuenta. Era claro el nexo entre los miembros del Ejército y los sicarios que iban del Magdalena Medio, comandados por Fidel Castaño, que eran auxiliados económicamente por los narcotraficantes Pablo Escobar Gaviria y Gonzalo Rodríguez Gacha. Como juez no tenía otro camino.

CAMBIO: La captura era la decisión lógica…

M.L.G.: Las pruebas se me venían encima con contundencia. ¿Cómo podía cerrar los ojos ante tal evidencia? Era imposible. Entonces tenía que ordenar la destitución del alcalde de Puerto Boyacá, de los militares que eran prácticamente todos los miembros de la sección de inteligencia del batallón. Y en ese momento empezaron las amenazas. Detuve a los autores materiales y sufrí los tres atentados.

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Martha Lucía González, jueza exiliada. Foto: CAMBIO.

CAMBIO: Entre tanto, Rafael Samudio Molina, entonces ministro de Defensa, la intimidó diciéndole que no podía “manchar el nombre del Ejército”. ¿Cómo fue eso?

M.L.G.:  Cuando vi lo que estaba pasando, entendí que era demasiado grande. Entonces dije: “para poder seguir la investigación, tengo que saber si cuento con el respaldo del estamento”, porque yo no soy suicida ni me quería morir de 29 años. El presidente de la República me manifestó su total apoyo a través de los asesores. Yo también tenía las investigaciones por el secuestro del doctor Álvaro Gómez Hurtado y por eso me encontraba bastante con el asesor Rafael Pardo, quien en una de esas reuniones me dijo: “el ministro de Defensa quiere verla”. Yo fui encantada.

Pero mi sorpresa fue inmensa. Le comenté lo que sucedía y él me dijo que el Ejército no estaba en condiciones de aceptar mi autoridad ni la de ningún juez y que fuera y se lo contara a quien quisiera. Él sabía que el presidente me había pedido hablar con él a través de sus asesores y me dijo que se lo contara. Me dijo que los procesos se caían no solamente por las pruebas, sino también por la persona del juzgador: que el juzgador podía ser tachado de ignorante, de incompetente o de corrupto. Y que todas las personas tenían un talón de Aquiles. Yo le dije que no tenía un talón de Aquiles y que tenía mi conciencia limpia. Me estaba amenazando.

CAMBIO: ¿Ahí tomó la decisión de exiliarse? 

M.L.G.: El general Miguel Maza Márquez, director del DAS, me dijo que era mejor que me fuera porque me iban a matar. Fui a donde Rafael Pardo. Me dijeron: “No, no vamos a poder protegerla” y me mandaron como cónsul a Indonesia. Yo quería irme con tranquilidad de conciencia. Ordené la destitución de sus cargos de los funcionarios públicos, de los militares y libré las órdenes de captura. Luego partí al exilio.

Un dolor indescriptible

CAMBIO: Irse del país como cónsul no quita el drama de tener que partir de un día para otro y de dejar a su familia. ¿Cómo fue eso?

M.L.G.: Primero que todo, mi vocación genuina es la de ser administradora de justicia. Yo creo que nací para eso. Entonces, era un desarraigo total de lo que yo siempre había querido y soñado. Era perder mi profesión. Pero yo pensé que era por un corto periodo de tiempo, que las cosas se iban a arreglar, que ya había desentrañado las causas de la violencia en el país y que con eso se iba a hacer algo. Que ya todo el mundo estaba advertido de lo que estaba pasando en el Magdalena Medio, que tanto el presidente como todas las fuerzas vivas del país iban a hacer algo… pero me equivoqué de plano. Luego vinieron los años 90, cuando se vio que los paramilitares tuvieron un poderío económico incalculable con verdaderos ejércitos de hasta 15.000 hombres y que se nutrían del narcotráfico. Perdimos miles de vidas humanas. Hubo muchísimo sufrimiento. Hubo más masacres.

CAMBIO ¿Cómo fueron esos primeros años de exilio? 

M.L.G.: Fueron terribles. Al comienzo todo era difícil, era con escolta. Llegué adonde un embajador, muy buena persona, magnífico, inteligente, que me acogió muy bien, pero que también estaba amenazado porque había defendido en el Parlamento la Ley de Extradición contra narcotraficantes y le habían hecho atentados y por eso se había ido a Indonesia. Éramos dos personas amenazadas en la misma embajada. Yo mantenía contacto con mi familia, y estaba pensando que podría regresar a mi cargo: ni siquiera renuncié. Pero a los ocho meses de estar en Indonesia recibí la noticia más dolorosa de mi vida: la muerte de mi padre. 

CAMBIO: Álvaro González Santana, excongresista, exgobernador de Boyacá, abogado, profesor. Lo asesinaron como una forma de buscar que usted regresara al país. Eso es un nivel de horror espantoso, Marta Lucía...

M.L.G.: Sí, era una venganza contra mí. Una advertencia a los demás jueces de lo que les podía pasar y para hacerme regresar para las exequias para darme muerte a mí. Es demencial. Nunca entendí el proceso mental que puede existir en un ser humano que llega a ordenar una muerte de una persona inocente. Dentro de los criminales había una persona que conocía a mi papá: el alcalde de Puerto Boyacá, a quien mi papá le había dado posesión. Él sabía de la rectitud de mi padre y que en Boyacá era muy reconocido. Se sabía que era un hombre bueno, honrado, probo, inteligentísimo, profundo, justo. Mi padre fue muy llorado no solo por su familia, sino por todo aquel que lo conocía. 

El crimen de mi padre está en la impunidad porque se quiere que esté en la impunidad. Todo el mundo sabe que fue en venganza contra mí y que tienen nombre propio los autores: los mismos a quienes yo detuve. No falta ser muy inteligente para poderlo deducir, pero nunca los han vinculado al proceso porque se sabe cuáles son las consecuencias de hacerlo: tal vez vivir lo mismo que he tenido que vivir, una vida de tormento.

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Martha Lucía González, jueza exiliada. Foto: CAMBIO.

CAMBIO: Usted siguió esa carrera diplomática forzada en Madrid hasta que el presidente Andrés Pastrana la retira de ese cargo…

M.L.G: En Madrid fue muy duro ser cónsul, pero encontraba en ello un refugio y porque quería hacer una aportación al Estado. Sin embargo, allí me encontré con funcionarios de carrera que no estaban muy a gusto con tener una persona que no era de carrera ocupando un cargo tan apetecido. Me trasladaron a Bilbao y hacían estudios de seguridad para saber si me podían sacar. Pero el DAS siempre decía: “No, esta señora tiene mucho peligro en Colombia”. Sin embargo, en el 2000 el presidente Pastrana decidió dejarme sin protección del Estado y trajo al consulado a una amiga suya. Yo logré por un tiempo detener el proceso de mi de destitución, porque puse una tutela.

CAMBIO: Pero…

M.L.G: La Corte Constitucional le pidió a la Fiscalía que dictaminara si yo tenía peligro al regresar al país. La Fiscalía dijo: “Mientras esta señora permanezca en el exterior, no tiene peligro”. Y la ponencia de la Corte se comió una parte de la frase y señaló que la Fiscalía había dictaminado que no tenía peligro. Yo dije: “Pero ¿qué es esto? El magistrado (Fabio Morón) está mintiendo, cometiendo un prevaricato puro y duro”. Intenté encontrar un abogado en Colombia que me ayudara y no pude. Pero sí vi al magistrado ponente de esa sentencia absurda en el palco presidencial, feliz. 

‘Me hace falta administrar justicia’

CAMBIO: En Colombia, ¿sabemos hablar del dolor del exilio? 

M.L.G: Yo creo que no tanto. Es doloroso cuando la vocación es genuina, cuando el amor por la tierra y por su gente es auténtico y profundo. Cuando se disfruta muchísimo de estar aquí y de los sabores, de los olores, de las comidas, del acento, de la forma como nos dirigimos al otro. Nosotros estamos en una ciudad bonita y con gente que es amable, pero noto aquí sonrisas que no veía hace tiempo. Siento el calor humano y eso me hace falta, mucha falta. Me hace mucha falta mi Colombia. Y me hace mucha falta administrar justicia (llora).

CAMBIO: Creo que este es un escenario para que les dé un mensaje a los funcionarios judiciales, primero por las investigaciones que están pendientes…

M.L.G: Casi todas las veces en que nosotros recibimos amenazas, lo informamos. Nunca se hizo nada. En 2023, nuestro caso lo asumió la Comisión Colombiana de Juristas y se abrió una investigación en la Fiscalía por el exilio, pero tengo entendido que no ha pasado nada. 

CAMBIO: ¿Usted cree que eso es miedo, desidia, corrupción? 

M.L.G Yo creo entender que miedo, ¿no? Es que pensar en que se puede llegar a vivir la vida que yo he vivido, da miedo. Es mucho dolor (llora). Un dolor inmenso y yo lo entiendo. Es una vida de tormento.

CAMBIO: ¿Será que la persistencia de la violencia se siente de tal forma que llegar a los responsables de crímenes como estos no es posible?

M.L.G No, yo creo que sí se puede. Lo último que se pierde es la esperanza. La humanidad es una historia de pequeñas y de grandes conquistas. Tenemos que seguir, tenemos que evolucionar. Colombia también. Hay pueblos que en un momento determinado de su historia sufren guerras, catástrofes y han resurgido de sus cenizas. ¿Por qué nosotros no y los demás sí? 

CAMBIO: Sería dejarnos ganar la batalla de esa ‘mano negra’…

M.L.G.: Yo vivo con el dolor, pero es un dolor que he logrado que me construya. Es un dolor que me impulsa a ser mejor persona día a día. Es un dolor que me impulsa a que mis hijas sean buenas personas, que vivan como mi padre hubiera deseado. Las he tratado de educar con su ejemplo y me enorgullezco de eso. Y entonces sentir que no me han vencido, que no me han llenado de odio, me da la seguridad de que no lograron acabar conmigo y tampoco han logrado acabar con mi padre, porque tengo la certeza de que mi padre trascendió y que voy a darle un abrazo algún día. 

CAMBIO: Martha Lucía, usted claramente es una persona muy valiente. Ha tenido que reinventarse en otro país y nos habla de esperanza. ¿Qué mensaje les daría a los servidores judiciales hoy que asumen ese trabajo un país en el que todavía hay múltiples estructuras criminales?

M.L.G.: Yo siempre he pensado que ya hay quienes nos han señalado el camino. Que ya hay cimientos sólidos. La muerte de tantos servidores judiciales… bueno, he muerto en vida. Lo que se ha sembrado es sólido. Decía (ante la rama judicial) que nos han dejado una administración de justicia sólida, en construcción y que todos tenemos el deber de echarla para arriba. Si todos asumimos nuestro deber y nuestra responsabilidad con ímpetu, con decisión, vamos a poder vencer a todo lo que se opone a la administración de justicia. Estamos viendo una época aciaga y oscura, pero no es la misma de hace 30 años. 

CAMBIO: Para finalizar, ¿qué significó el reconocimiento de la rama judicial que llega 37 años después?

M.L.G.: Ha sido un momento esencial, importantísimo en mi vida. Yo creí que nunca iba a llegar, no lo esperaba. Dudé en venir. Pensé muchas veces en lo que me dijo el doctor Henry Murraín, quien me contactó. Yo pensé que venía a hacer una aportación, pero no sabía que venía a recibir tanto. He sentido el abrigo del poder jurisdiccional al que yo siempre amé y que tuve que dejar y, además, que me dejó, que me soltó haciendo fraude a la ley. Y sentir ahora ese abrigo, y que estuvieran los tres presidentes de las altas cortes reconociéndome a mí y a mi padre, es mucho más de lo que yo podía esperar. Les agradezco a todos inmensamente este momento. Solo puedo decir gracias. (Llora) Me están ayudando con el dolor y el dolor es un poquitico menos fuerte. Porque es un dolor muy grande la pérdida de mi padre, porque tuve uno inmenso y su ausencia pesa muy duro. Pero que hayan actuado como lo hicieron, me llena de esperanza y de fe en el ser humano.

CAMBIO: Ojalá la escuchen hoy ya que, en 1988, cuando debieron haberlo hecho, no pasó. Gracias por dar su testimonio.

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