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Cambio Radical Germán Vargas Lleras.
Poder

Vargas Lleras, una vida soñando con ser presidente

Germán Vargas Lleras. Foto: Colprensa.

Adiós a un auténtico animal político que batalló durante un año contra un tumor cerebral, con dos neurocirugías: una en abril en la Fundación Santa Fe y otra en mayo en Houston, Estados Unidos. Desde niño se preparó para ganar la Presidencia.

Por: Armando Neira

Hasta hace muy poco tiempo, el país más o menos sabía quién podría ser el próximo presidente. Bastaba con mirar la fila india de los mandamases de los partidos tradicionales y ver allí un puñado de apellidos: López, Samper, Pastrana, Santos, Vargas Lleras, Gómez Hurtado. La excepción a la regla fueron los dos últimos.

El sueño del líder conservador terminó con su asesinato el 2 de noviembre de 1995, con la autoría de las Farc, según su propia confesión ante la Jurisdicción Especial para la Paz. Y el de Germán Vargas Lleras quedó truncado por un tumor cerebral contra el que batalló durante un año. En ese proceso se sometió a dos neurocirugías: una en abril en la Fundación Santa Fe y otra en mayo en Houston, Estados Unidos.

Terminó así una carrera pública que inició a los 19 años como concejal de Bojacá, un lugar apacible de calles empedradas y arquitectura colonial, adonde fue enviado por Luis Carlos Galán, líder del Nuevo Liberalismo y otro a quien la violencia también se le atravesó en su camino a la Casa de Nariño.

Vargas Lleras viajó a ese municipio cundinamarqués en 1981, con el ímpetu que siempre lo caracterizó. Galán vio que tenía la capacidad de hacer varias tareas a la vez y lo nombró su secretario personal y coordinador político en el olvidado barrio de Los Mártires, en el centro de Bogotá.

Por eso él solía contar que conocía cada esquina: desde la basílica del Voto Nacional hasta la estación del ferrocarril de La Sabana, pasando por la sede del Batallón Guardia Presidencial. Iba cuadra a cuadra, poste a poste, pegando afiches y hablando con los vecinos sobre el ideario de Galán, a quien vio caer en Soacha, Cundinamarca, el viernes 18 de agosto de 1989, asesinado por el Cartel de Medellín.

Vargas Lleras recordaba aquel instante:

— Con Patricio Samper Gnecco estábamos detrás de Luis Carlos, en la tarima, y eso evitó por escasos centímetros que fuéramos alcanzados por las balas.

“Ese magnicidio laceró las almas de sus seguidores, del país y de todos los que lo acompañábamos en su propósito de construir una Colombia diferente”, diría.

¿Le dejó alguna lección aquel brutal atentado de la mafia?

— Aprendí de cerca lo difícil y peligrosa que puede ser la tarea política.

En la mira de las Farc

Él mismo, años después, fue víctima de dos atentados ejecutados por las Farc. Uno, la explosión de un ‘libro bomba’ que llegó a su apartamento en la Navidad de 2002. “Recuerdo un ruido demencial, un dolor infinito y mucha sangre. Mi mano izquierda quedó, literalmente, colgando de un hilo, y el dedo meñique, el anular y parte del medio volaron en mil pedazos”.

En 2005, también en Bogotá, un ‘carro bomba’ explotó junto a su caravana al salir de Caracol Radio, luego de hablar —como casi siempre— de política. Porque él respiraba política día y noche. Cuando desayunaba, leía los periódicos mientras escuchaba los debates en la radio; sus almuerzos y cenas solían convertirse en conversaciones sobre estrategias y programas.

Así fue siempre. Desde niño. Es famosa una foto en la que aparece subido en una mesa junto a su abuelo, Carlos Lleras, cuando era presidente, en diciembre de 1968. Desde allí el infante observa el horizonte, con pantalón corto, de tirantas, camisa blanca y medias blancas hasta las rodillas.

Por aquella época, cuando los demás jugaban rondas infantiles, él era llevado a la Casa de Nariño, donde recorría salones y pasadizos entre escritorios y bargueños de los siglos XVIII y XIX, muebles con enchapes de nácar, carey, marfil, hueso grabado y laminillas de oro.

Mientras los adultos tomaban decisiones trascendentales, él los escuchaba, en complicidad con sus hermanos Enrique y José Antonio, quienes siempre fueron sus grandes confidentes personales y también consejeros en su vida pública.

Una familia influyente

Nacido en Bogotá el 19 de febrero de 1962, en el hogar de Germán Vargas Espinosa y Clemencia Lleras de la Fuente, deja una hija, Clemencia, fruto de su primer matrimonio con María Beatriz Umaña Sierra. Clemencia, bailarina profesional, le dio un nieto, Agustín, nacido en marzo de 2025, a quien él llamó “la mayor alegría de mi vida”.

¿Por qué esa pasión suya por la política?, se le preguntó alguna vez. No tenía que responder con muchas explicaciones. Fue miembro de una de las familias políticas más tradicionales del país: nieto materno del expresidente Carlos Lleras Restrepo y tataranieto del general venezolano Emigdio Briceño Guzmán, natural de Carache (Trujillo), conocido como ‘el septembrista’, por su participación en la Conspiración Septembrina del 25 de septiembre de 1828 en Bogotá, un intento de asesinato contra Simón Bolívar, presidente de la Gran Colombia.

Pero además de sus antepasados, para llegar donde llegó se impuso una disciplina que sorprendía a sus seguidores y contradictores. Cuando fue ministro del Interior durante la presidencia de Juan Manuel Santos, por ejemplo, iba de pupitre en pupitre negociando con cada uno de los parlamentarios los proyectos de ley y, antes de las votaciones, ordenaba a sus asesores que se ubicaran en las puertas del recinto para evitar que los congresistas se salieran y le rompieran el quórum.

—¿Usted nunca para? —le pregunté un día que íbamos en su automóvil desde Catam a la sede de la Vicepresidencia.

—¿No ve que estoy descansando? —respondió mientras sostenía la puerta de atrás semiabierta del carro blindado para que saliera el humo de los cigarrillos que fumaba sin cesar, mientras los escoltas encendían todas las alarmas en los semáforos porque en la práctica quedaba muy vulnerable.

Aunque hace un año, cuando se le diagnosticaron los graves problemas de salud en su cabeza, sí debió bajarle a su frenética vida. “Respira política, ese es su alimento”, decían de él quienes lo conocen bien.

—¿Tiene un amigo con el que nunca hable de política?

—Sí —respondió con humor—: mi perro, de nombre Mancho.

El poder se ejerce

Su mayor título fue el de vicepresidente como fórmula de Juan Manuel Santos en el que se convirtió en uno de los funcionarios más poderosos del gobierno.

Para alcanzar esa cúspide ascendió por todos los cargos: concejal, congresista, jefe de partido, presidente del Congreso, ministro. De ahí su conocimiento detallado del organigrama del Estado y de lugares que apenas aparecen en los mapas.

Esa era otra de sus pasiones: la geografía de Colombia. Sabía con exactitud dónde estaba cada vereda, cada pueblo. ¿Cómo los memorizaba? Tenía un hábito infalible. Ordenaba una tarea o recibía una propuesta que primero anotaba en una libreta pequeña. Luego la pasaba a un cuaderno más grande, donde marcaba las tareas con los colores del semáforo: verde, naranja y rojo.

Para sus funcionarios, esa libreta era un texto sagrado. Si una tarea permanecía en rojo, había jalón de orejas. Después, él mismo trasladaba la información en limpio a un iPad.

Esa rutina metódica, sin embargo, quedaba en suspenso cuando irrumpía su hija Clemencia, por quien sentía una debilidad que lo desarmaba. A pesar de la violencia que lo tocó tan de cerca, decía que su corazón sintió verdadero miedo cuando el general de la Policía Óscar Naranjo le informó de un plan para secuestrarla, cuando apenas tenía seis años. Debió sacarla del país.

Su balance en este aspecto es desolador, aunque él prefería no victimizarse: “Luego del asesinato de Galán entendí lo que se jugaría de ahí en adelante en los escenarios de nuestra maltrecha democracia, y lo comprobaría más tarde, en carne propia, al salir con vida de tres atentados conocidos y de no menos de seis complots criminales en mi contra”.

“Yo vivo tranquilo”, decía cuando compartía con Luz María Zapata, de quien se separó, pero con quien tuvo días felices, mimando a su mascota Mancho, un bulldog francés, y a Lola y Lupe, dos galgos italianos.

Con ellos compartía momentos de esparcimiento: escuchar música —en especial la de Carlos Vives, y en particular _La tierra del olvido_— o comer fríjoles, su plato favorito.

El corazón de las tinieblas

La literatura fue un buen bálsamo entre tantos informes técnicos de presupuestos y administración. “Son muchos los libros que me han marcado, pero los que más me gustan son las aventuras en el mar, la de Joseph Conrad, Daniel Defoe, Patrick O’Brian y Emilio Salgari”.

De estos le impresionaba especialmente El corazón de las tinieblas, la novela que reflexiona sobre la capacidad del ser humano para el mal y la pérdida de la vida civilizada.

A pesar de ser un buen conversador, de hablar de historia con profundidad y de conocer como pocos el funcionamiento de las políticas del Estado, quedó marcado para siempre por un video que se volvió viral en el que le da un coscorrón a uno de los escoltas que se le atravesó en una manifestación de campaña.

Eso, sumado a su imagen de cascarrabias y a su perfil político de derecha, le generó el rechazo de buena parte de la gente. En todas las encuestas en las que se preguntaba quién era la persona más capacitada para dirigir los destinos de la nación, él siempre estaba en los primeros puestos, como también entre aquellos por los que los colombianos nunca votarían.

Tanto en su oficina privada como en la sede de la Vicepresidencia colgaban caricaturas, especialmente del maestro Osuna, en las que él era el protagonista y que él mismo recortaba y mandaba enmarcar porque le parecían muy divertidas.

Su secretaria de toda la vida, Leonor Bogotá, decía que, como él era siempre exigente y cumplidor de las tareas que se le asignaban, “muchos lo asocian con una persona brava”.

Y, claro, en una pared, frente a su escritorio, siempre estuvieron los retratos de su abuelo Carlos Lleras Restrepo y su tío abuelo Alberto Lleras Camargo, ambos expresidentes liberales.

Precisamente con Lleras Restrepo también desempeñó el rol de periodista como editor de la revista Nueva Frontera, adonde llegó recién graduado de abogado de la Universidad del Rosario. Fue uno de los pocos cargos que ocupó en un medio privado.

Su última derrota

Pero realmente sí se indignó mucho en las elecciones de 2018 que le dieron la presidencia a Duque. Él venía de ser la estrella del Gobierno de Santos y se creía que, con su poder sería imbatible.

En la primera vuelta ganó Duque con 7.616.857 votos (39,36 por ciento); segundo, Petro con 4.855.069 (25,09 por ciento); tercero, Sergio Fajardo con 4.602.916 (23,78 por ciento); y cuarto, Vargas Lleras, con solo 1.412.392 votos (7,30 por ciento).

Eso lo derrumbó. Y desde entonces se convirtió en un declarado enemigo de Petro. Durante el Gobierno de Duque lo responsabilizó del ‘estallido social’ y, ya como presidente, lo acusó de acentuar los problemas del país en nombre del Pacto Histórico.

Por eso lo criticaba sin tregua. En junio de 2023 propuso una alianza nacional contra el Gobierno, en la que podrían estar los conservadores, los liberales y La U, con el objetivo de frenar al Ejecutivo desde el Congreso. Hizo un llamado para frenar lo que llamó la “catástrofe”. “Hay que unirse para evitar la catástrofe”, dijo.

Aunque la iniciativa tuvo un amplio eco mediático porque su voz era escuchada, no prosperó. “Lamento mucho que mi propuesta de conformar una nueva coalición no haya prosperado”, admitió.

Más adelante pidió que las elecciones de octubre, en 2023, en las que se renovaban las autoridades locales, fueran una evaluación del Gobierno: “Las elecciones de alcaldes y gobernadores tienen que ser un minirreferendo contra el mal gobierno del ‘cambio’ y el rumbo por el que llevan al país”.

Fue una nueva derrota. Él, sin embargo, se mantuvo en la misma línea. “Hemos regresado 25 años en materia de control territorial. Hoy, más del 30 por ciento del territorio está en manos de estructuras criminales que se han afianzado a la luz de la llamada paz total. Han consolidado sus negocios ilícitos y actúan con amplia impunidad, porque a buena parte de ellos les han levantado las medidas de aseguramiento”.

Implacable con Petro

“Desde la llegada de Petro al Gobierno, todas las organizaciones criminales se han expandido a sus anchas y han consolidado su poder territorial y sus negocios”, insistía.

En una de sus últimas columnas en la edición dominical de El Tiempo escribió: “La constituyente anunciada por el señor Gustavo Petro a finales de año, y ahora promovida por el candidato Iván Cepeda y por otros sectores que históricamente han detestado la Constitución de 1991, como el ELN y las FARC, es la réplica del modelo que impuso el régimen chavista para desmontar el Estado de derecho y sustituir la democracia en el país vecino”.

La última confrontación con Petro se dio por un fallo en segunda instancia a favor de Enrique Vargas Lleras, su hermano, emitido por el Consejo de Estado tras los señalamientos del presidente sobre el presunto manejo irregular de dineros en la Nueva EPS.  Petro se abstuvo de presentar excusas públicas, alegando objeción de conciencia. 

Ante esto, Vargas Lleras reaccionó: “Petro es calumnioso, mentiroso. Amparado en su fuero presidencial, deshonra y calumnia a todo el mundo sin ninguna prueba”.

Por esa línea argumentativa, en muchos sectores se esperaba que él superara sus problemas de salud para que se lanzara a la presidencia e hiciera realidad el sueño de toda su vida.

¿Cómo hubiera sido una presidencia suya? Él decía siempre que la inseguridad era el principal problema del país y que todo se había salido de madre con las negociaciones de paz con las guerrillas. En 1998 se convirtió en uno de los principales opositores al Gobierno de Andrés Pastrana, por el frustrado proceso de paz con las Farc. En octubre de 2001 hizo un debate en el que presentó pruebas sobre los abusos de la guerrilla en la zona de distensión.

Esta oposición al proceso de paz terminó por acercarlo a Álvaro Uribe Vélez. Y cuando Santos firmó el proceso de paz con las Farc, que le dio el Nobel, él, aunque era su vicepresidente, decidió irse a inaugurar un acueducto en la costa Caribe. Él no estaba para conversaciones, sino para imponer su mano dura. Por eso, todos los defensores de la salida negociada lo rechazaban, mientras que, desde la otra orilla, lamentan que no hubiera sido presidente.

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