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Jorge Iván Ríos Medina y Johanna Ramírez Flórez.
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El corazón de la caficultura

Con la ayuda de la industria de la caña y siguiendo la tradición del Eje Cafetero de cultivar con amor y dedicación, la marca Café La Elda 1941 crece y multiplica su éxito en el mercado.

Por: Olga Sanmartín

El café colombiano trasciende la bebida: es una tradición arraigada en el corazón de quienes dedican su vida a cultivarlo. Tal es el caso de Café La Elda 1941, un emprendimiento que no sólo ofrece un producto excepcional y deliciosos derivados del grano, sino que también ha tejido su historia con amor, tradición y dedicación.

Johanna Ramírez Flórez, una de las protagonistas detrás de esta empresa, cuenta que ella nació desde el afecto que su padre le transmitió. Su infancia transcurrió en la vereda La Argentina, en Risaralda, entre cafetales y noches estrelladas. “De niña, yo corría por los sembradíos en la finca de mi familia. Saltábamos los árboles, luego nos subíamos a jugar a una ‘elda’, que es un techo que en las casas campesinas se adecuaba para secar el café. Y nos lanzábamos sobre los granos. Luego, poco a poco, mi padre me transmitió la cultura cafetera. Él me decía: ‘Johanna, vamos a coger café y a desyerbar’. Y, al tiempo, me enseñaba los nombres de los árboles y las flores”, recuerda.

El café no era sólo una cosecha, sino un vínculo con la naturaleza y una tradición transmitida de generación en generación.

Después, la llegada de su pareja, Jorge Iván Ríos Medina, marcó el primer capítulo para este emprendimiento. Con raíces en el campo, él aportó una perspectiva fresca hacia la agricultura que transformó el proyecto. “Soy también cafetero de tercera generación. Trabajé en el labrantío hasta los 17 años y luego fui a buscar ese sueño de ciudad. Los campesinos creíamos que en el campo no hay esa conexión, porque estábamos cansados de sólo trabajar”, advierte. Y agrega que experimentó una infancia donde la agricultura era una imposición y confiesa que a los 6 años aprendió la lección de todos los niños del eje cafetero: “Estudias y en tu tiempo libre trabajas”. “Fue esa agricultura a la fuerza”, dice.

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Café La Elda 1941 es un emprendimiento que no conoce horarios fijos y donde la pasión y dedicación son elementos clave para superar los desafíos diarios. Foto: Oswaldo Páez.

El destino lo llevó a Pereira y a mirar la zona rural con otros ojos. “Me encontré con esta maravillosa mujer que me transmitió esa cultura cafetera. Empecé a mirar el campo desde el corazón y, cuando hice esa conexión, le di valor al fruto que toda la vida coseché”, advierte.

Juntos bautizaron su emprendimiento el 1 de marzo del 2022, con un nombre que rinde homenaje a los techos corredizos de las casas cafeteras campesinas, una tradición que, lamentablemente, se ha perdido en el Eje Cafetero: ‘Café La Elda 1941, el mejor sabor del mundo’. Un apelativo que hace honor al padre de Johana, que nació en 1941, y que cultivó y vendió el grano desde muy joven, pero que sólo a los 75 años lo procesó y por primera vez probó una taza de su propia cosecha. Lo consideró como “el mejor sabor del mundo”, eslogan que forma parte de la marca.

Hoy, ese sueño es más que un negocio: es una familia comprometida con su labor, que se involucró activamente en cada etapa del proceso. Y en 2022, ‘Compromiso Rural’ –programa de la industria de la caña que apoya emprendimientos en la región– apareció en su camino. Entonces Café La Elda 1941 pasó del horno casero a uno ‘gavetero’ de seis puestos y de la vieja vasija a una olla amasadora industrial. Y el proceso que tomaba dos horas, hoy se logra en 20 minutos. “No solamente recibimos ayuda con maquinaria: gracias a ‘Compromiso Rural’ y la agroindustria de la caña, nos hemos expandido. Con su apoyo sacamos el permiso del Invima para poder comercializar nuestro café, lo mismo el del arequipe de café y ya vamos en el de las galletas de café. Una felicidad tremenda. ‘Compromiso Rural’ es tenacidad, es unión, es amor, es aprendizaje, es un aliado invaluable para nuestro emprendimiento y su expansión hacia una empresa grande y estable”, explica.

Días de trabajo: una rutina llena de pasión

Café La Elda 1941 es un emprendimiento que no conoce horarios fijos y donde la pasión y dedicación son elementos claves para superar los desafíos diarios. “Los emprendedores deben abrazar sus sueños con amor y perseverancia, recordando que cada día es un nuevo proyecto por cumplir”, dice Jorge. El trabajo de la pareja busca dignificar las manos campesinas que, por tradición, secan el grano sobre las ‘eldas’ y bajo el sol. “Quisimos transmitir, en nuestros empaques de café, una connotación distinta. No te estas tomando una simple taza de café. Te estas tomando el esfuerzo, el amor, la tradición”, agrega Jorge.

Johanna, por su parte, explica que “llueva, truene o relampaguee, cuando vamos a cosechar nuestra jornada comienza a las 5:00 de la mañana. Hacia las 6:00 llegamos a la vereda La Argentina, donde abordamos un Willys que nos traslada a un punto específico desde donde emprendemos una caminata de 20 minutos hasta llegar a nuestro cultivo. A las 7:00 nos ponemos la ‘pinta’ y nos sumergimos con toda nuestra energía en la cosecha del café. Cuando cae la tarde y ya no hay luz, salimos del ‘corte’ (recolectar café). Dejamos todo dispuesto para el paso siguiente: el pelado y la fermentación”.

De allí, el producto es llevado al beneficiadero para completar su proceso. Al final, el esfuerzo es recompensado con un grano de la variedad Castilla Rosario, especial, de origen, cultivado a 1.800 metros sobre el nivel del mar con procesos de doble fermentación, 60 horas en cereza y 24 horas en oxidación.

La principal dificultad que la pareja afronta en su emprendimiento es que, a pesar de la alta demanda, la extensión del terreno plantea desafíos logísticos significativos. “Contamos con apenas 3.000 árboles y tenemos una cosecha abundante entre octubre a noviembre, y una 'traviesa' en marzo. Después de eso, nos adentramos en la etapa poscosecha, con ‘graneos’ muy bajos. La demanda es alta por la calidad del café y la elaboración de productos derivados, como galletas y Chocoflee, que añaden complejidad al proceso. Prácticamente, nosotros mismos estamos consumiendo gran parte del grano para productos derivados, por lo que la venta de café ha sido nuestra mayor dificultad”, señala ella.

La pareja incorporó a su emprendimiento derivados del café como las galletas ‘panderositas’ de café, miel y chocolate, así como el arequipe fusionado con el sabor del café, los ‘suspiros’ de café y el codiciado Chocoflee, que son granos de café tostados y recubiertos con una fina capa de chocolate.

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Café La Elda 1941, un emprendimiento que no sólo ofrece un producto excepcional y deliciosos derivados del grano, sino que también ha tejido su historia con amor, tradición y dedicación. Foto: Oswaldo Páez.

Este viaje hacia la diversificación no fue fácil. Se inició en el hogar de los padres de Jorge Iván, donde, sin experiencia en panadería, se aventuraron a crear las primeras galletas con forma de grano de café. Armados sólo con un horno doméstico y un espíritu de prueba y error, lograron perfeccionarlas. “Empezamos a elaborar las galleticas en la cocina de mi madre, una por una y, de verdad, era emocionante. Con una cucharita dulcera, sacábamos la horma en forma de grano de café, galleta por galleta, y algunas se quemaban. Luego, en un taller me hicieron un molde y dejamos la cucharita de lado, pero el proceso seguía siendo muy dispendioso”, dice Jorge Iván.

De la vieja vasija a la olla industrial

Hoy, la pareja hornea 4.800 galletas diarias (100 paquetes) y su nuevo desafío es optimizar su planta de producción para agilizar el proceso. “Nos falta una mesa laminadora de masa con un troquel, con la que, de 100 paquetes diarios, pasaríamos a producir entre 500 y 700”, añade Johanna. Su proyección a cinco años es llegar a 50.000 paquetes mensuales. En este momento, esa cifra es de 1.500.

La disponibilidad de los productos de Café La Elda 1941 no se limita al corazón cafetero. Con puntos de venta en Pereira y Filandia, la empresa se ha expandido hacia Cali y el resto del Valle del Cauca gracias a la colaboración con la agroindustria de la caña. Hace presencia además en su página web y en redes sociales.

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El padre de Jorge Iván se encarga de separara las galletas del molde, una por una, para luego llevarlas al horno. Foto: Oswaldo Páez.

La perseverancia de estos emprendedores no tiene límites. El camino está trazado para un crecimiento exponencial hacia vender sus productos en todo el país y también para exportarlos.

*Contenido elaborado con el apoyo de Corazón de Caña.

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