
Emprender, un acto de amor y persistencia
Con el apoyo del programa ‘Compromiso Rural’, el emprendimiento Maizal Roceño ha crecido y con ello ha impactado a la comunidad de Rozo y Palmira, en el Valle del Cauca.
Por: Olga Sanmartín
En 2015, con la llegada tardía del acueducto a la población de Rozo, Valle del Cauca, el futuro de Luis Ernesto García, un roceño de 60 años, y de su compañera Denis Valdés, paisa de 48, dio un vuelco definitivo por una paradoja de la vida. Mientras el pueblo celebraba la llegada del acueducto, aquella pareja perdía el próspero negocio de años como único repartidor de ese líquido vital en el pueblo y sus alrededores.
Llegó la época de vacas flacas, o más bien de sequía, pero ellos no se rindieron. “En medio de la escasez –cuenta Denis–, un día volteé la mirada hacia el maizal que tanto había cuidado mi suegro. La familia de Luis Ernesto le vendía las mazorcas a un intermediario que, a su vez, las revendía cuatro o cinco veces más caras de lo que nos pagaba a nosotros. Entonces les dije: ‘hagamos arepas de choclo’. Y al principio fue muy duro. Empezamos hace más de 10 años y hasta hace poco pudimos sacar el producto al mercado con nuestra marca Maizal Roceño, gracias al apoyo de ‘Compromiso Rural’.
Se trata de un programa de Asocaña y los ingenios azucareros, que nació hace tres años y que surgió de los escenarios de diálogo tras el estallido social de 2021. Su objetivo es apoyar los emprendimientos rurales y urbanos de campesinos, indígenas y afro del Valle, Risaralda y Cauca. Más de 700 de ellos ya han sido incluidos, y entre ellos Maizal Roceño.
“Nosotros estábamos en un mercado campesino en Amaime –recuerda Luis Ernesto–, y nos dijeron: ‘vengan, nos interesa su emprendimiento’”. Disciplina, persistencia, amor y calidad de sus productos les aseguraron ser elegidos por ‘Compromiso Rural’.
Cada arepa, cada envuelto de mazorca, cada amasijo, es especial. El maizal familiar les da la materia prima, que surge de un cultivo de hectárea y media que cuidan y cosechan ellos mismos. “No usamos venenos, ni químicos, y controlamos las plagas con productos naturales. Mi papá vivió 103 años, y siempre guardaba parte de la cosecha para sacar semillas. Por acá vinieron del ICA y nos trajeron unas transgénicas, supuestamente más productivas y resistentes a las plagas. Las sembramos en una parte del cultivo, y vea usted el resultado: maizales menos verdes y mazorcas más pequeñas”, señala Luis Ernesto.
La diferencia es evidente a la vista hasta para el más inexperto en temas agrícolas. El maizal orgánico se ve de color verde intenso y brillante. “Comencé a darles el maíz transgénico a las gallinas y no quisieron comerlo. Las obligué haciéndolas aguantar hambre, pero no ponían huevos. Su sistema digestivo estaba atrofiado. Voy a seguir con mi semilla tradicional, que guardo y reparto con los campesinos para que siembren, y les compro a un precio mayor del que paga el intermediario, porque sé del valor que debe reconocérsele a un campesino”.

A punta de prueba y error
Con la ayuda de un trabajador, Luis Ernesto cosecha la tierra con sus propias manos y lleva las mazorcas a la casa de Rozo, donde dos empleadas campesinas pelan, rallan y congelan el grano para mantener la cadena de frío. “Cada vez que requiero producto, se muele el maíz congelado, lo dejo reposar y comienzo a preparar amasijo por amasijo. Yo no sabía preparar estos productos al estilo valluno, y fueron mis cuñadas las que me dieron las primeras recetas. Yo quería productos completamente artesanales, a mi estilo, con mínimos ingredientes, sin adición de conservantes, harinas u otros espesantes. Fue un trabajo de prueba y error hasta encontrar el punto de maduración exacto, porque el maíz tiene sus secretos. Hoy tenemos la seguridad de ofrecer productos artesanales frescos, preparados a mano cada día, muy diferentes a los que normalmente venden en la calle”, explica Denis.
El comienzo no fue fácil. Denis se levantaba a las 2 de la mañana para tener listas las arepas de choclo y un vendedor las recogía a las 5:30 para recorrer las calles de Rozo, ofreciéndolas por perifoneo. “Es duro, pero uno debe persistir. También íbamos a mercados campesinos y a algunas ferias, pero no sabíamos cómo mejorar, cómo crecer. Todo lo hacíamos los dos”, agrega.
Las vacas gordas
El programa ‘Compromiso Rural’ los llevó a otros mercados, incluido el de Cali. “En el campo, mucha gente tiene conocimiento, pero necesita el empujón de personas con capacidad educativa para saber qué pasos dar para crecer. Nos enfocamos en las madres de familia que permanecen en sus casas haciendo oficio y cuidando niños para que transformen sus cultivos y produzcan con lo que tienen en sus patios, para que no haya ruptura familiar. Pero tendrán que persistir para alcanzar logros”, advierte.
‘Compromiso Rural’ les brinda las herramientas para tener una visión administrativa, de comercialización, de producción y hasta para llevar una vida armónica en familia. “Es la primera vez que una agroindustria nos apoya”, dice Luis Ernesto.
Maizal Roceño fue elegido entre ocho emprendimientos para ocupar una ‘isla’ a la entrada del supermercado Cañaveral, de Barrio Nuevo, en Palmira, donde venden cada día la totalidad del producido. Allí ofrece una variedad de 13 productos de maíz, fritos y horneados que incluye arepas de choclo, envueltos, amasijos de diversos preparados y el plato estrella, la panocha, una arepa con queso de receta ancestral horneada envuelta en hoja de plátano. El emprendimiento puede vender hasta 300 amasijos y ya se considera que Maizal Roceño al fin es sostenible. El siguiente paso es abrir varios puntos en diversos centros comerciales del Valle del Cauca, y ya tienen varias invitaciones para instalar las islas. Más adelante, el sueño es exportar sus deliciosos amasijos. “Sé que lo vamos a lograr”, afirma Denis.
Historia de un emprendedor
Luis Ernesto García nació en Rozo, Valle del Cauca, hace 60 años, cuando este corregimiento tenía poco más de 5.000 habitantes (hoy ya son 12.000), en su gran mayoría de raza negra pese al mestizaje de tres siglos prolíficos en mezclas entre indígenas originarios, napunimas (antropófagos y guerreros), negros descendientes de esclavos y conquistadores blancos. Creció al lado de ocho hermanos, sin servicios básicos como agua potable, en medio de cañaverales, platanales y del maizal de su padre, un campesino guardián de la tierra, obsesionado por el cuidado de las semillas. Por entonces ni sospechaba que sería ese cultivo de maíz que vio desde niño el que lo sacaría de problemas.

Tal vez fue y sigue siendo el más arrojado y emprendedor de esa numerosa familia. Habla siempre con la sonrisa marcada y un brillo auténtico en los ojos, difícil de encontrar por estos tiempos. “Fui el primero en llevar agua potable a Rozo”, confiesa con emoción. Y es cierto. Este corregimiento que está a punto de convertirse en municipio y queda a sólo 35 minutos de Cali y 15 de Palmira, cuenta con acueducto hace apenas nueve años. “En 2005, mi mamá se enfermó del estómago y el médico nos dijo que tenía piedras y arena por el agua de pozo. Y así estaban muchos en Rozo: enfermos. Yo era supervisor del acueducto en Emcali y empecé a llevarle agua potable a mi madre, pero murió por culpa del aljibe. Pensé que esto no era posible y decidí llevar el líquido vital para todos”.
Renunció a Emcali, y compraba el agua y la distribuía puerta a puerta en su camioneta, bajo el nombre de Agua Clara. "“Llevaba cuatro ‘camionetadas’ con más de 2.000 galones. El negocio fue rentable y me permitió pagar los estudios universitarios de mis hijos”, recuerda. En 2015, cuando al fin la alcaldía de Palmira construyó el acueducto, se quedó sin trabajo y literalmente sobreaguaba gracias a un contrato con Avianca para suministrarle el agua embotellada.
Con la llegada del acueducto, bajaron sus ingresos y fue el centenario cultivo de maíz familiar el que le devolvió el equilibrio económico.
La historia de Luis Ernesto y Denis es la de muchos emprendedores de la región que saben que persistir hace la diferencia. Sin embargo, necesitan del apoyo y la guía de la empresa privada, que cuenta con los conocimientos y la experiencia para que estos emprendimientos salgan adelante.
*Contenido elaborado con el apoyo de Corazón de Caña.
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