
Los Golfistas del Sur: así es un domingo de golf en las lomas de Usme
Golfistas del Sur, los pioneros del golf en Usme. Créditos: Pablo David.
¿Y si el golf no les pertenece a las élites y a los clubes encopetados del norte de Bogotá? ¿Y si el deporte más refinado del mundo se pone de moda en el sur de la capital? CAMBIO fue hasta las lomas de Usme para ver desde adentro el torneo dominical del campo Poliamor. Se hacen llamar los Golfistas del Sur y son evidencia cierta de que el golf es de todos.
El campo
Las coordenadas para llegar al campo de golf Poliamor son: calle 94 A sur con 1 H este, al respaldo de la iglesia El Virrey, en la localidad de Usme. Si el visitante no va en domingo (o en día de torneo), lo más probable es que se confunda y, en vez de un campo de golf en el sur de Bogotá solo vea una loma con escombros, basura, perros callejeros y grupos de amigos o parejas de novios que toman cerveza o se fuman un porro mientras miran cómo el sol alumbra las montañas que anuncian el comienzo del páramo de Sumapaz.
Aguardiente, viento feroz, huecos, perros y la montaña inclinada: así se juega golf al sur de Bogotá
Dependiendo del arbitrio de los organizadores de los torneos, que se asociaron y se reconocen bajo el nombre de ‘Golfistas del Sur’, se juegan 8 o 10 hoyos. El par 69 no varía; tampoco el primer hoyo que, a diferencia de los otros, que cambian cada semana, es siempre el mismo: desde abajo, desde la calle, montaña arriba en pugna con la pronunciada pendiente de la loma (que es también un enorme cementerio para las mascotas de los vecinos y la comunidad).

Como el pasto no se corta, en el campo de golf Poliamor no tienen mucho sentido la mayoría de los términos tradicionales —tee, fairway, green— del deporte predilecto de las élites. Esta montaña es casi todo rough (pasto alto) y bunkers (trampas de arena), a los que se suman los transeúntes que, desde hace dos meses, cuando el campo entró en auge, deben detener el paso cada vez que oyen el grito de “¡Fooore!”. Hasta el momento, según nos dijeron las cabezas de Golfistas del Sur, no ha habido ningún accidente de gravedad. La iglesia, que está en la cima, sigue intacta, aunque a veces las bolas van a dar sobre sus tejas y crean un estruendo que asusta a los perros, a los niños y a los pájaros. Y quizá también a Dios.
En la loma hace frío, el viento azota y el aire huele, todavía, a espacio rural. Hay que caminar con cautela para no torcerse los tobillos en los huecos o para evitar pisar la mierda de los perros. Al final de la jornada, las piernas resienten el incesante sube y baja por la montaña buscando las bolas de colores que vuelan por el aire para zanjar las distancias entre hoyos. El más largo, de 300 yardas, el más corto, de 80.

Los Golfistas del Sur
Durante la pandemia, para matar el aburrimiento, Richar Mendoza y su hermano Eduar Alfonso desempolvaron dos palos de golf de madera que había en la finca en la que los cogió el confinamiento y empezaron a practicar, por instinto y por gozo, con semillas de pino que abundaban en el lote.
El pasatiempo les quedó gustando —dice Richar— y de forma empírica fueron ajustando el swing. Al levantarse el encierro, ya picados por el golf, los hermanos Mendoza se le acercaron al ‘profe’ Piñeros, vecino de Usme y caddie desde hace décadas del Carmel Club, al norte de Bogotá, para refinar su técnica y subir el nivel. Así empezaron a practicar todas las semanas y a contagiar a otros vecinos que, de a poco, le perdieron la resistencia a intentar un deporte supuestamente exclusivo para los clubes más glamorosos del país.

La fiebre golfista de la loma pasó a las redes sociales gracias a la cuenta de Tik Tok de Los Golfista del Sur, que se viralizó al instante y volcó los flashes hacia el campo Poliamor. “Ahora somos 35 personas que, si no jugamos golf un fin de semana, nos sentimos mal. Los torneos de los domingos se han vuelto una costumbre, y cada vez hay más gente mirando… hasta empezamos a sentir la presión de ganar”, nos cuenta Richar Mendoza mientras esperamos a que se complete el quorum del torneo, retrasado por ser Día de la Madre.
Uno de los primeros en llegar a la cita del domingo es Fabián Parada. Viene desde el barrio 20 de julio, es contratista de mantenimiento y trabaja para el Estado. Parada es uno de los pioneros del golf en la montaña, pues también empezó a dar sus primeros golpes en la finca de los hermanos Mendoza (movido por el instinto y por los tutoriales en TikTok y en Youtube). “El golf se ha convertido en una fiebre, en una adicción por cada vez perfeccionar los golpes… no sé cómo te lo puedo explicar”, dice, mientras hace un swing en el aire con entusiasmo infantil. El mismo con el que cuenta que en su registro ya tiene un ‘hoyo en uno’ y varios birdies, y que cada vez domina mejor el campo. “En la mañana se toma tinto o gaseosa, y ya en la tarde, por lo caliente que se pone esto por acá, tomamos cerveza”, responde, cuando le pregunto cómo celebran los mejores puntajes. Este domingo, quizá porque el sol se demoró en salir y el viento azotó implacable, se rotó entre los jugadores una botella de Néctar Rojo.

Otro de los primeros en llegar fue el ´Profe Teo’, vecino de la loma que se gana la vida, desde hace 26 años, haciéndole mantenimiento al campo de golf del club de Los Lagartos, uno de los más exclusivos de Bogotá. Teo cuenta que el primer móvil para “probar finura” en el campo Poliamor fue probarse a sí mismo que era capaz de ejecutar un drive lo suficientemente poderoso para salir avante del primer hoyo. Y que a raíz de esto “los golfistas del sur se han ido convirtiendo como en hermanos”. Su objetivo a corto plazo es inducirlos en las reglas formales del refinado deporte, pero sin sacrificar el espíritu del “golf de montaña”, como le llama al juego que se ha puesto de moda en esta loma. “Esto es hermoso —dice señalando las pendientes, los huecos, los parches con el pasto más alto—: yo les digo a los muchachos que, por nada del mundo, hay que cambiar lo que pasa acá”.
Con un saco clásico de rombos, sombrero y pantaloneta blanca llegó Óscar, a quien también le dicen ‘profe’ porque fuera de las canchas es artista y porque es de los que más tiempo lleva jugando golf. De hecho, nos dijo que al toparse la cuenta de Golfistas del Sur en Tik Tok, se decidió a contactarlos porque en sus planes futuros está fusionar el golf con el arte. Óscar viene desde Ciudad Jardín, juega golf desde hace diez años y, como su amor por el deporte empezó en un parque, en una recocha con amigos, afirma sin titubeos, con el sombrero moviéndose por el viento, en medio de la pendiente de la montaña, que “el que respira golf, lo juega en todas partes”.

El último en llegar fue Eduardo Piñeros, el ‘profe de los profes’, el más viejo de la camada. Lleva un pantalón rosado oscuro y una camisa polo blanca, el respectivo guante en la mano izquierda y cachucha blanca. Piñeros fue uno de los fundadores del campo de golf público de La Florida (hoy casi en ruinas bajo la administración del IDRD), y dice que lleva más de 60 años golpeando la bolita blanca. En su morral negro trajo 180 bolas, entre las que escoge concienzudamente la elegida para el torneo que, ahora sí, parece que va a empezar. Con su voz tan ronca (de aguardientero consumado, según los comentarios en las redes sociales) dice que su objetivo es sacar adelante el golf en la zona quinta de Usme, y que lo más difícil del campo Poliamor son los greenes y los fairways: “Nos falta podar, nos falta maquinaria”, regaña. Hoy acusa tener 25 estudiantes bajo su mando y que en la zona, si es que los talentos mantienen la disciplina, se verán los resultados y saldrán grandes golfistas.
Torneo el Día de la Madre
El reloj marca las 10:45 de la mañana del 10 de mayo. Mientras que muchas familias se alistan para hacer un asado, un sancocho o para ir a hacer fila en un restaurante por la celebración del Día de la Madre, Eduar Alfonso Mendoza llega al barrio El Virrey, en Usme, para jugar golf. Horas antes se había levantado a prepararle un desayuno especial a su esposa como señal de paz porque estará todo el día por fuera.
La cita era a las diez, pero casi todos llegaron dos horas más tarde. Antes de empezar a jugar, sacan bolsas de basura y empiezan a limpiar el campo de golf que han creado en el espacio público. Una de las metas que se han puesto es cambiar la mentalidad de los vecinos para que la zona verde deje de ser usada para tirar residuos y pasear a las mascotas sin recoger sus recados. Como parte de su estrategia, pronto van a instalar letreros para concientizar a los vecinos. Mientras unos limpian, los dos más jóvenes del parche se van en moto a comprar la ‘picada’ para más tarde. Los que se quedan destapan medio litro de aguardiente Rojo. El guaro, que quema la garganta y despierta los sentidos, contrarresta el frío feroz por el viento, indócil desde muy temprano.

Cuando el reloj ya va a dar la una, a Richar Mendoza, el organizador del torneo, le entra por fin el afán para que empiece la jornada: llama a lista en su libreta de mano en la que se registran los torneos de los últimos meses. Inquieto, llama por celular a los que faltan por llegar. “Nos va a coger la noche”, reclama.
El profe Teo nos reconoce lo importante que ha sido el apoyo de su familia, que en principio no le creía que se iba a jugar golf —¡a Usme!—, los domingos, casi hasta la madrugada del lunes. Pero ahora —cuenta con orgullo— no solo su esposa comparte los videos del grupo en redes sociales, sino que el reconocimiento por ser parte de los Golfistas del Sur ha llegado hasta su trabajo. Los socios más encopetados del Club Los Lagartos, además de regalarle palos e implementos, lo elogian por ser parte de los Golfistas del Sur.
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El torneo empieza, finalmente, a la 1:30 de la tarde. La inscripción costó 20.000 pesos y el ganador se llevará un botín de 180.000. “Primero empezamos apostando de a 5.000, luego de a 10.000 y ahora estamos en 20.000 y hasta en 50.000 pesos”, interviene Richar Mendoza. La mayoría de los palos, que se prestan unos a otros, salen de una talega que compraron entre varios por 300.000 pesos. Los nombran con propiedad: driver, maderas, hierros. Cada buen golpe se aplaude y se vitorea. “¡Grande Richar!, ¡bueeena profe!, ¡tremendo Fabián!”.
Como los torneos los transmiten por Tik Tok, hay golfistas de todas partes de Colombia que los contactan. En la mañana, durante casi media hora, hablaron por videollamada con el golfista profesional caleño César Montoya, que les prometió donarles el 10 por ciento del premio del torneo que está jugando en Brasil si logra entrar al podio. El periódico Q´hubo abrió su domingo con una foto de los Golfistas del Sur en su portada. “Quería comprarlos todos pero casi ya no quedaban”, dice Rodrigo, maestro de construcció y uno de los participantes del torneo con mejor swing. La botella de Néctar Rojo ya está en las últimas.

El Profe Piñeros, por su experiencia y categoría, es el rival a vencer. Y también es el que más grita y regaña. “Esto no es una tienda, por favor”, dice con un alarido para obligar a que los jugadores inactivos hagan silencio mientras el hoyo está en juego. Momentos antes, por dos minutos, el profe regañó a un niño que bajaba la montaña deslizándose, jugando, sin detenerse de inmediato, quizá porque no entendía, los gritos de ¡“Foooore”!
Cuando la luz del sol se empieza a esconder, el golf no se detiene sino que se traslada. Los que aún están con ganas de seguir, bajan de la montaña a otro de los campos escondidos de la localidad quinta de Usme: Cantarrana, un campo plano, bien podado y con iluminación para golpear la bola bajo las estrellas.
Se les ve tan felices, tan metidos en el juego, que parece una verdad en piedra lo que nos dijeron, cada uno a su manera, durante toda la tarde. Que el golf es de todos. Y que se puede jugar en todas partes. Como en esta montaña llena de huecos, escombros y cadáveres.
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