Ir al contenido principal
Rudolf Hommes

‘Prosperidad compartida’

A mí me ha incomodado desde hace rato la preocupación por la mayor importancia que la política económica le ha otorgado a la estabilidad que al crecimiento, y la necesidad de equilibrar ese desbalance entre estabilidad y crecimiento. Esto no debería interpretarse como un llamado a descuidar la estabilidad, sino a inquietarnos más por el crecimiento, porque a mi juicio es la mejor manera de combatir la pobreza. También es la forma democrática de reducir la desigualdad, si el crecimiento es incluyente. 

Adquirí plena conciencia de este requerimiento escuchando las conferencias de Felipe González en la Universidad de los Andes cuando lo invitó Juan Carlos Echeverry, decano de Economía. González nos habló de haber triplicado el ingreso por habitante de España durante los años cuando él gobernó y puso énfasis, reclamando la atención de los cacaos presentes, en la importancia de que ese crecimiento se había logrado con inclusión, incorporando a los pobres y a los grupos y regiones marginados a la prosperidad que estaba disfrutando España al final de su mandato. 

El fin de semana pasada, Daron Acemoğlu publicó un artículo en el Financial Times en el que discute fórmulas para que el liberalismo internacional se gane de nuevo el respaldo de la clase trabajadora que coinciden con el requerimiento de que el crecimiento sea incluyente (‘How liberalism can win back the working class’). El artículo comienza por advertir que el auge de la derecha en Estados Unidos ha sido impulsado en buena parte porque el partido Demócrata se fue desvinculando paulatinamente de la clase trabajadora y de sus intereses. Esto se ha acentuado a medida que se desvaneció la contribución del sector manufacturero al PIB y aumentó el de la Tecnología de Información y Comunicaciones (TIC en español) y más rápidamente con la Inteligencia Artificial (IA). 

El poder político dentro del partido Demócrata también se fue alejando paulatinamente de las instituciones laborales y se acercó a la población urbana con estudios universitarios y a las empresas de alta tecnología que hoy se pasaron al bando de Trump. El partido Demócrata se quedó entonces con profesionales de altos ingresos y alto nivel educativo intelectuales, más dispuestos a acoger programas altruistas o de izquierda moderada, pero ajenos a las necesidades más urgentes o a los intereses de sus antiguos aliados, los habitantes con baja capacitación o educación insuficiente. Con la tecnología en pleno auge, este grupo fue perdiendo importancia e ingresos mientras que la elite urbana ganaba ingreso y poder político. 

Los actores y las situaciones son diferentes, pero uno puede construir una trayectoria similar para lo que ha sucedido en Colombia y cómo en los últimos decenios se han distanciado de la población marginada las instituciones, ideas y partidos democráticos. Es hora de parar y reflexionar. No podemos dejar atrás a los más necesitados para que los capturen los demagogos populistas cuya efectividad ha sido evidente. La sociedad está ahora dividida entre los que todavía creemos en la democracia liberal y los que pretenden sepultarla. El deber de los primeros, los prodemocráticos, es ganarse de nuevo la confianza de los trabajadores, de los campesinos, los de las zonas remotas del territorio, así como las mujeres, los viejos y los jóvenes desempleados o subutilizados.

La fórmula que propone Acemoğlu para iniciar la reintegración de la sociedad consiste en atraer a los olvidados, a quienes no recogimos a tiempo, prometiéndoles algo que cuando se lo han prometido en el pasado, no les han cumplido: que el crecimiento no es para que se lo apropien los ricos. Es para compartir la prosperidad y cumplir con los ofrecimientos. Esto último es un requisito para tener éxito en el propósito. Acemoğlu aporta experiencias de otras sociedades y oportunidades en las cuales la prosperidad fue compartida y el cumplimiento de promesas dio lugar a que floreciera la democracia liberal. No solamente mejoró el ingreso y la calidad de vida de las clases trabajadoras, sino que se redujo la desigualdad. Esto ocurrió en por ejemplo en Estados Unidos durante el gobierno de Franklin Delano Roosvelt y después de la Segunda Guerra Mundial con mayor fuerza. 

Para recobrar el vínculo entre las élites y los trabajadores en los países desarrollados, Acemoğlu propone reformar y orientar el desarrollo tecnológico para que se detenga la automatización de las plantas de producción y para que la IA, que cada vez induce más cambios en esa dirección, coadyuve a la prosperidad compartida. La IA puede hacer mucho más que automatización. Los “métodos de aprendizaje de máquinas y la IA también pueden fortalecer a los trabajadores ayudándolos a capacitarse, aportando información que puede mejorar su productividad y volverlos esenciales para el proceso productivo…”, dice.

Esto último puede parecernos ciencia ficción y un camino intransitable. Pero como esa tecnología es cada vez más accesible y disponible para todo el mundo, entonces nuestro desafío será asegurar que va a ser utilizada para crear métodos virtuales de enseñanza y capacitación de los olvidados. En Colombia, por ejemplo, si se capacitan los que han quedado atrás es probable que se dinamice el mercado laboral y que se cree una tendencia sostenible para que los trabajadores informales se incorporen al sector formal. Esa puede ser una ventana de ingreso al bienestar y a prosperidad compartida.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales