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Rudolf Hommes
Puntos de vista

La trampa de la deuda

Los países en desarrollo no solamente estamos varados con muchos otros de ingreso medio, sino que el costo y el exceso de endeudamiento no nos dejan mover fácilmente en política fiscal, con graves consecuencias para no crecer y seguir estancados. Este fenómeno y esta situación se están comenzando a identificar como brasilización. En The Economist de esta semana le dedican un capítulo entero a esta amenaza que parece estar poniendo en duda si Lula puede ganar las elecciones nuevamente. 

Curiosamente, como es el caso de Colombia. aunque posiblemente no tan severo, Brasil parece disfrutar de un nivel aceptable de crecimiento, y desde hace años ha dejado que los tecnócratas manejen al banco central con relativa independencia, y su balance primario, que no incluye el pago de intereses, es cercano a cero. Su deuda pública es 66 por ciento del PIB, lo que no asustaría a un país rico, pero para países en desarrollo es alto (‘The rich world should beware Brazilification’ The Economist, february 13, 2026). 

El problema, dice el artículo, es que Brasil tiene intereses muy altos, del orden del 15 por ciento anual a corto plazo, cinco o más puntos por encima de Colombia. A pesar estar cerca de un equilibrio primario, el Gobierno de Brasil posiblemente tiene que endeudarse en el equivalente del 8 por ciento del PIB anual para pagar intereses (3 o 4 por ciento en el caso de Colombia). Con la cercanía de las elecciones y la posición vulnerable de Lula no se vislumbran políticas encaminadas a corregir esta situación que, desde hace rato, requiere atención. 

El problema lo acentúa la magnitud de lo que se paga en pensiones. En Brasil, el gasto en pensiones es del orden del 10 por ciento del PIB (6 a 7 por ciento en Colombia) y la Constitución exige que anualmente se ajusten las pensiones con el aumento que se decide para el salario mínimo. Esto, en Brasil ha tomado un camino parecido al que estamos viviendo en Colombia. Los ajustes han sido exagerados y muy populares. No sé qué piense Lula ahora, pero cuando estaba acabando su Gobierno, antes de que lo encarcelaran, estaba orgulloso de que estos ajustes habían sido claves para inducir crecimiento y mayor igualdad. 

En otro artículo, en la misma edición de The Economist, se habla de los intereses particulares que se han enquistado en el presupuesto de Brasil que contribuyen a no dejar que se corrija la situación de deuda y el problema fiscal (‘Brazil´s economy is being throttled by entrenched interests’). Una debilidad endémica de Brasil es que los grupos de presión y los más poderosos son capaces de extraer beneficios o rentas y excepciones de cualquier gobierno que se instale en ese país. Estos poderosos reciben recursos enormes, pero le achacan el problema de exceso de generosidad pública a programas muy populares como Bolsa Familia, uno muy parecido a Familias en Acción, que se creó imitándolo por el relativo éxito del original y la acogida que tuvo entre las entidades multilaterales. 

Pero los proyectos sociales a los que se le atribuyen los males representan apenas 3 a 7 por ciento del PIB, por año, que no es despreciable pero no es equiparable a los beneficios que reciben los poderosos. El problema de las pensiones es de mayor magnitud y los descuentos, exclusiones y exenciones que reciben los poderosos también son apreciables. Brasil ha sido mucho más exitoso que otros países comparables en el recaudo de impuestos como porcentaje del PIB, pero es muy difícil de manejar, con costos muy altos para las empresas y disparidades en el tratamiento de los contribuyentes. La complejidad del sistema que es desconcertante. 

El tamaño del Estado que este sistema financia es también un problema. Recuerdo un artículo también de The Economist hace varios años que hablaba de que el sector público brasileños es un gigante atolondrado, un tonto gigantesco tragador de recursos. Eso parece que no ha cambiado. 

En muchos aspectos, los problemas y la estructura de poder y organización de la economía de Brasil se pueden ver como un espejo de lo que le sucedería a Colombia si no se hacen correcciones. Sin ser del tamaño de Brasil, el problema de la deuda colombiana requiere atención urgente. El director de Crédito Público dio un parte de tranquilidad en _Portafol_io la semana pasada, pero al mismo tiempo sostiene que se necesita avanzar para reducir el tamaño de la deuda pública y la opacidad en la que se desarrollan las políticas de endeudamiento y manejo de la deuda. Me llamó mucho la atención que este director piensa que la antítesis de opacidad no es la transparencia sino la ingenuidad. En otras palabras, creo entender que él dice que si se le diera al público mayor y mejor información sobre sus políticas, se afectaría su trabajo. Este trabajo parece contener aspectos que pueden ser inconvenientes. Lo es que el Gobierno maneja sin controles recursos en el mercado financiero internacional y en portafolios y bonos que tienen rendimientos superiores a los del Banco de la República.

Las cifras son preocupantes. La deuda pública está un poquito por debajo del 60 por ciento del PIB. El pago anual de intereses puede estar alrededor del 3 por ciento del PIB, pero hacia adelante puede aumentar a 4 por ciento, e inclusive superar esa cifra este año. El déficit del sector público está entre 7 y 8 por ciento del PIB, e intereses y amortizaciones pueden superar el 50 por ciento de esta cifra. El déficit primario en 2025 fue del 2.4 por ciento del PIB. Una política de reducción del endeudamiento público podría tener una meta de reducción del endeudamiento de 10 puntos del PIB en ocho o 10 años, con lo que se conseguiría un ahorro de intereses entre 1 y 2 por ciento del PIB a partir de haber llegado a la meta endeudamiento de 50 por ciento del PIB. Esto requeriría reducir anualmente deuda por un valor equivalente a 2.2 por ciento de la deuda pública –5,8 billones de dólares en el primer año–, la plata que el director de Crédito Público invierte en bonos y portafolios. Esto implicaría un recorte de cerca de la mitad del déficit primario de 2025. 

Es oportuno este ejercicio en la situación actual de relativa estrechez y la perspectiva de aún más precariedad en el inmediato futuro, una advertencia que se debe hacer y una política que habrá que ver cuándo se adopta. Ojalá antes de que el endeudamiento llegue a 66 por ciento del PIB, como en Brasil.

Finalización del artículo

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