
Si verla en video resulta estremecedora, no me imagino cómo debió ser en ese auditorio de Medellín -convertido en confesionario público- la escena del oficial del Ejército que se arrodilló ante una abuela y una hermana para pedirles perdón por haber dado la orden de ejecutar a sangre fría a su hijo y hermano única y exclusivamente para aumentar una absurda cifra de “dados de baja” en la oscura época de los llamados falsos positivos, hace ya 23 años.
Sí, 23 años y nada que cerramos esa herida. Antes, por el contrario, hay unos dedicados a echarle sal, sin importarle a quien le duela.
El entonces teniente Andrés Rosero trabajaba en el Batallón de Artillería No. 4, coronel Jorge Eduardo Sánchez, conocido como BAJES, que queda en Medellín, Antioquia, el departamento donde se consumó casi el 25 por ciento de todos estos asesinatos de inocentes en esta oscura página de nuestra larga y asquerosa historia de la infamia colombiana. No haré un recuento de todos los crímenes que se cometieron por allá, y -desgraciadamente- por todo el país. Solo recordaré éste:
A John Darío Giraldo lo detuvieron sin ninguna razón en un paraje de la vereda El Jordán, en el municipio de Cocorná, en el oriente antioqueño. El teniente Rosero se fue a buscar un arma para el crimen y se consiguió un fusil AK-47 con una jefe paramilitar de la zona. Luego regresó y ordenó que lo “aseguraran”. Ya sabrán lo que eso significa. Un muerto más, un tipo sin importancia, un campesino cualquiera “que estuvo de malas”, una macabra cifra de un dígito que terminó de cuatro, creo que es seis mil cuatrocientos dos, no estoy seguro. En fin.
Eso fue el 6 de septiembre de 2003, en pleno auge de la Seguridad Democrática, una política que arrinconó a las Farc a un costo tan alto que aún hoy lo estamos pagando como sociedad.
En un comunicado sobre el tema, la JEP dijo: “El objetivo de la política de facto de ‘conteo de cuerpos’ era sumar la mayor cantidad posible de bajas ‘en combate’, privilegiando el cuerpo del supuesto enemigo caído en combate como el único indicador real del éxito del esfuerzo militar (…). Este objetivo se conseguía a través de presiones y amenazas a las tropas, así como de premios e incentivos a quienes reportaran más muertos, promoviendo una competencia feroz por ocupar los primeros lugares en las estadísticas oficiales…”.
Qué asco.
Hay una facción de ultras (por cierto, bastante numerosa) que insiste en acabar la JEP (Justicia Especial de Paz) a como dé lugar con argumentos como la ideologización de los magistrados, o que la formación de la entidad estuvo influenciada de manera importante por las
entonces Farc, o que el presupuesto que tiene es demasiado alto comparado con los muy pocos resultados, y otras cosas más. ¡Mentira! El único objetivo de sus detractores es poder cobrar un triunfo político a su odiado Juan Manuel Santos.
No es más.
Honestamente, me tiene sin cuidado si el uribismo detesta al santismo o Santos traicionó a Uribe. Ninguna de esos dos argumentos es ahora importante.
Importante fue que dos pobres mujeres, víctimas de esta cruenta guerra que ellas no empezaron y en la que tampoco tomaron partido, después de 23 largos años, por fin encontraron paz. ¡ENCONTRARON PAZ!
Eso fue lo que pasó cuando el teniente Rosero subió al escenario, caminó con pasos largos, puso las manos detrás y se paró a menos de dos metros de Rosalba y Natalia, la abuela y la hermana de John Darío, una de su varias víctimas mientras vestía de verde oliva y cuidaba a los colombianos. Natalia lo miró, esbozó una ligera sonrisa y le dijo:
- De parte de mi abuela y de parte mía, como muestra de nuestro perdón real y sincero, queremos brindarle un abrazo, si lo permite. Y si lo desea.
El victimario se llevó las manos al rostro, soltó las lágrimas y se derrumbó. Entonces, cayó de rodillas y se fundió con ellas, que lo abrazaron como si fuera un niño chiquito, y él las rodeó con sus brazos como si lo acabaran de rescatar del infierno.
Entre sollozos, el arrepentido teniente pidió perdón un par de veces, y Natalia volvió a responderle:
- Este es un momento que nosotros lo necesitábamos para poder sanar y dejar salir este dolor.
“Yo necesitaba esto con todo mi corazón”, dijo el militar.
Fue uno de los abrazos más sinceros y estremecedores que haya visto. Y sólo por más abrazos así es que vale la pena insistir en la JEP.
Porque, la verdad, me pareció un abrazo del alma.
@JaimeHonorio.
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