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Jaime Honorio González
Puntos de vista

La actualidad ilustrada

Ha sido un golpe difícil de asimilar. Le he dado vueltas y vueltas en la cabeza y no logro entenderlo aún. Debe ser porque no quiero aceptarlo. Pero, es una muy triste realidad.

Esta semana estaba entrevistando a una joven periodista para un proyecto institucional y mientras explicaba su recorrido laboral dijo que había trabajado en Cromos, en contenido digital. Entonces, la detuve en seco y le pregunté qué hacía exactamente allí. Y, sin consideración alguna, me soltó una frase lapidaria para mí: 

  • Cromos ya no existe.

Yo me congelé, aunque no se me notó. Ella siguió enumerando sus trabajos y cuando logré reaccionar la increpé con suficiencia:

  • Sí, hace rato que dejaron de imprimirla. Pero, tienen una página web.
  • No, ya no. También se acabó.

Me dio un escalofrío horrible. Por fortuna, el otro entrevistador continuó con la tarea y una profunda tristeza me invadió por completo. Aún la tengo. La razón: en la revista Cromos comencé esta aventura del periodismo, exactamente, el martes siete de enero de 1992, a las nueve de la mañana, cuando me presenté puntual ante Juan Carlos Iragorri, el jefe de Redacción de la época, quien me preguntó qué me gustaba y yo le respondí que los deportes, y entonces me dijo: 

  • ¿Quién es el récord nacional de los 100 metros planos?

Yo me acuerdo que le respondí sin dudarlo porque, cada año, mi papá me compraba el Almanaque Mundial, mi primer Google, y allí estaba ese nombre y diez mil cosas más. Y dejó de preguntarme datos inútiles cuando —finalmente— me corchó:

  • ¿Quién es el actual campeón mundial de squash?

Yo creo que ni había visto una cancha de squash en mi vida, pero supe después que él era asiduo practicante de ese deporte. Me dijo el nombre del campeón y me acuerdo perfecto que era de Pakistán. Creo que sólo él se sabía ese dato en Colombia.

Comencé como todos, cortando cables del teletipo, buscando entrevistas para los periodistas grandes, leyendo todos los periódicos, investigando en el directorio telefónico, armando mi libreta de fuentes, sirviendo un tinto, tomándome otro, un cigarro en el patio interno, un almuerzo con los otros practicantes (Álvaro Perea, Juan Esteban Sampedro, Iván Cruz, Leticia Plata), así hasta que firmé mi primer artículo, hasta que fui enviado especial fuera de Bogotá, hasta que me fijaron un sueldo apenas me gradué, hasta que —por gracia divina— me asignaron al Minicromos y luego al Reinado Nacional de la Belleza, y entonces los desfiles de las candidatas en los jardines del Hilton y el desayuno con doña Tera (una adorada señora muy cartagenera a quien le caí en gracia porque se reía con mi imprudencia cachaca mientras dirigía el Reinado apenas alzando una ceja), y el almuerzo con Alfredo Barraza (el celestino que mejor diseñaba trajes) y las interminables fiestas de aquellos años cuando medio país iba a Cartagena en noviembre. Los años maravillosos.

La sala de redacción de la revista Cromos estaba en el salón principal de esa casona venida a menos, en la calle 70 A # 7-81, en Bogotá, con tapetes sobre pisos de madera que crujían al caminarlos, con máquinas de escribir, con algunos computadores de cúrsor verde o naranja que titilaba mientras uno escribía, con teléfonos de disco y con reporteros de época (Fernando Araújo, Gabriel Romero, Óscar Montes, Salma Tabet, Martha Soto, Omar Roberto Rodríguez, Jairo Dueñas) que se peleaban las páginas de la centenaria revista, en ese momento liderada por María Elvira Bonilla.

A los pocos meses, el Grupo Santodomingo la compró y soplaron otros vientos. El nuevo director, Alberto Zalamea, la editora Diana Calderón, José María Baldoví, Eligio García Márquez y dos viejos a punto del retiro (como lo estoy yo ahora), Alberto Cruz y José María Espinosa, el editor económico a quien fui asignado para luego verme partir a escribir de lentejuelas y piernas largas. Por fortuna.

Cromos se fue muriendo lentamente: primero la volvieron quincenal y después mensual y luego eran ediciones especiales y al final dejaron de imprimirla. Tuvo su portal web y también, de forma lánguida, fue desapareciendo. Y hoy ya no existe. 

Con toda la plata que tiene ese grupo empresarial, y que sostiene a tantos medios de comunicación, me sigue pareciendo inconcebible que hayan echado al olvido el patrimonio periodístico de más de 100 años, cuando hoy Cromos podría ser un poderoso portal digital de información general, con un archivo fotográfico que nadie tiene (me tocaron en suerte Alfonso Reina, José Herchel Ruiz, Daniel Jiménez, Guillermo Torres), con textos preciosos y de antología de personajes como José Eustasio Rivera, Germán Arciniegas, Gonzalo Arango o Juan Gossaín, con historias increíbles que sólo aparecían allí, con páginas sociales que retrataban de cuerpo entero a esta engreída sociedad, con portadas de hermosas mujeres, de despampanantes modelos, de talentosos artistas, de deportistas de otro mundo, de políticos de todas las raleas, de tragedias inenarrables, de difíciles momentos, de todo lo que pasaba en este país que la revista Cromos retrató, siempre fiel al apellido que la identificó hasta el final: la actualidad ilustrada.

De eso, ya no queda nada. Apenas las pocas revistas que guardo en casa. Y que, de vez en cuando, releo.

@JaimeHonorio.

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