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Jaime Honorio González

No hacer nada para recuperarlo todo

Sí, no hice nada en estos días santos. Nada es nada. Nada realmente importante. Y, sin embargo, creo que ha sido una de las semanas más fructíferas de los últimos años. Les voy a contar por qué.

La mayor parte del tiempo estuve metido en mi casa, lavando platos un día sí y el otro también, dizque tratando de dar ejemplo. Casi a diario intenté ordenar el desorden de un garaje que no tiene arreglo, para todos los días fracasar. Vi dos partes de una trilogía de acción, la segunda más floja que la primera, y la tercera seguro dormirá el sueño de los justos. Me divertí en el tele buscando trailers de películas o series en el infinito mundo de las aplicaciones, uno de mis planes favoritos. Ayudé a poner varias fichas de un inofensivo Darth Vader al que únicamente le falta el casco y recuerdo la comprensiva sonrisa de mi hijo cuando le dije, sin ruborizarme: Yo, soy tu padre (sólo para conocedores).

Y también, vigilé la calle mirando a través de la ventana por tiempos prolongados e invariablemente me quedé dormido, sentado en mi propia silla de remedo de celador.

Antes, nada de esto hubiera sucedido.

Las mañanas del jueves, del viernes y del sábado santos fueron mágicas. A esa hora, el atronador silencio resultó abrumador pues vivo en la mitad de una ruidosa ciudad que hierve a toda hora y -de pronto- me descubrí escuchando solamente el pleno trino de las tórtolas, las tinguas y mi favorito, el chirlobirlo, el hermoso nombre sabanero para el turpial que se posa en el viejo ciprés de la calle principal, a corta distancia del humedal. No había nadie en el barrio, eso estaba claro.

Saqué el perro a caminar. Bueno, en realidad, creo que fue al revés.

Jugué ‘metegol tapa’ con mis hijos. Y ni tapé un sólo tiro ni metí aunque sea un gol. Está claro que, en el fútbol, lo mío es la narración. Materia pendiente, por cierto.

Me invitaron a ver Nuremberg y en cambio, me repetí El Barco, aquella obra maestra del cine bélico sobre la claustrofóbica vida a bordo del U-96, uno de los submarinos germanos en la batalla del Mediterráneo, la guerra desde el punto de vista alemán, dice el cartel publicitario.

Jugué parqués de seis puestos, una tan maravillosa como complicada práctica familiar que pocos sobreviven, debido -entre otros factores- a la permanente y sonora burla como eficiente método de control social y a las innumerables reglas que deben tenerse en cuenta en ese sencillo jueguito, ficha tocada ficha jugada, perder el turno si se caen los dados de la mesa, perder el turno por ir al baño, perder el turno por reírse, o por decir groserías, en fin, cometí todos los errores posibles y entonces, me retiré. Sí, el muy cobarde. Lo sé.

Releí textos que me gusta repasar. Por ejemplo, Humo, de Faulkner. Desocupé un cajón de viejas fotocopias y encontré Bola de Sebo, de Maupassant (las saqué en 1989). Declamé a voz en cuello El relato de SergioStepanksy (Cambio mi vida por lámparas viejas/o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil ). Canté No Renunciaré en modo tarareo (ni a tus ojos/ni a tus brazos/ni a tu boca).

Tuve mi momento artístico.

Otra Semana Santa ha quedado atrás. No descansé porque no estaba cansado. No dormí bien porque me levanté siempre antes de que sonara la alarma. No arreglé nada de lo que tenía pendiente de reparar. No cumplí viejas promesas. No enseñé a mi muchacho a montar en bicicleta. Sigue allí, reluciente y nueva. De pronto, la venderé.

Así que, como lo habrán notado, no hice nada importante y sin embargo, siento que lo he recuperado todo, todos esos momentos que les describí arriba, que había estado olvidando por andar perdiendo el tiempo.

Me desconecté de mi teléfono. Ya, no es más.

Ojalá todos los colegios los prohíban. Ojalá se instaure la dictadura del papel, ojala los niños escriban a mano, ojala haya menos rappis y más mandados, más cartas y menos fotos de conversaciones, más charlas improvisadas y menos gente en Tinder. Ojalá todos lean más y miren menos.

Ojalá no hagan nada en ese maldito aparato y verán cómo recuperan todo, la presencialidad, el afecto medido en abrazos, la voz real, los juegos de manos, las carcajadas sonoras, la memoria fotográfica. Verán cómo comienzan a hacer cosas que ya habían olvidado porque el aparato ese se roba lo único que no podremos recuperar jamás: el tiempo perdido en el scroll infinito, en los jueguitos interminables, en los chats de oficina, en las reuniones virtuales. La vida que nos roba el celular. A ustedes y a mí, hay que aceptarlo.

Gracias, Dios, por la experiencia vivida. Se las recomiendo. Ha sido una verdadera resurrección, justo el domingo santo.

@JaimeHonorio.

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