
Durante muchos años hemos creído en Colombia que el mayor peligro del narcotráfico son las armas o el lavado de dinero y, en general, todas las formas de criminalidad que genera. Sin embargo, hemos descuidado un riesgo esencial: que los valores que genera el narcotráfico hayan comenzado a ser aceptados y compartidos por millones de personas que no han cometido un delito.
Por: David García
Durante muchos años hemos creído en Colombia que el mayor peligro del narcotráfico son las armas o el lavado de dinero y, en general, todas las formas de criminalidad que genera. Sin embargo, hemos descuidado un riesgo esencial: que los valores que genera el narcotráfico hayan comenzado a ser aceptados y compartidos por millones de personas que no han cometido un delito.
En muchos lugares del mundo se ha vuelto cada vez más evidente la expansión de la ‘narcocultura’ en ámbitos que van mucho más allá del mundo del narcotráfico. Podemos observar el fenómeno en el mundo del entretenimiento, en ciertos sectores del deporte, la política y, en general, en una creciente admiración por formas de éxito asociadas al dinero rápido, la ostentación y el poder personal.
La pregunta que preocupa es: ¿cómo una actividad inicialmente rechazada por la sociedad termina moldeando sus propios valores? La respuesta es que el narcotráfico no solo mueve dinero. También produce lo que se ha llamado en profusos estudios la ‘narcocultura’. Un paradigma de vida, una identidad, una forma de entender el éxito, el poder, el prestigio y las relaciones humanas. Sus rasgos son conocidos: el enriquecimiento rápido por encima del trabajo del día a día; la ostentación de la opulencia por encima de la sobriedad; la admiración por quien triunfa sin importar los medios; la idea de que el fin justifica los medios. También es una cultura de la ilegalidad, del exhibicionismo material y, con frecuencia, de la violencia. Es, en palabras de Antanas Mockus, la cultura del atajo. Por eso, resulta tan pertinente la observación del profesor Omar Rincón cuando afirma que es un error considerar el narcotráfico únicamente como un problema militar o político. El narcotráfico habita dentro de una cultura que produce narrativas, símbolos, estéticas y sentidos.
La historia de esta expansión cultural es reveladora. Durante los años ochenta, los grandes capos buscaban ser aceptados por las élites tradicionales. Vestían de traje, participaban en política, buscaban pertenecer a los clubes y trataban de parecerse a quienes detentaban el prestigio social. Su dinero podía ser aceptado, pero ellos no. De noche les recibían la plata, de día los rechazaban. Hoy parece ocurrir lo contrario. En muchos ámbitos es la propia sociedad la que ha incorporado elementos de la estética y de los valores asociados al mundo narco. Se pasó del rechazo a la admiración de sus valores y gustos, a la aceptación de sus códigos culturales y estéticos.
Indudablemente, las redes sociales han acelerado exponencialmente este proceso en todo el mundo a unos niveles antes inimaginables. Diversas investigaciones recientes muestran cómo plataformas como Tik Tok, Instagram, Facebook o YouTube amplifican contenidos asociados a la ‘narcocultura’. Los algoritmos no crean estos valores, pero sí premian aquello que genera atención, interacción y adicción. Y pocas cosas generan más interacción que la exhibición de riqueza, lujo, poder y estilos de vida aspiracionales.
Así surge lo que algunos investigadores denominan ‘narcocultura digita’l. Ya no es necesario admirar explícitamente a un narcotraficante. Basta con admirar los valores que representa: riqueza rápida, visibilidad permanente, poder personal y prestigio basado en el consumo.
La expresión más visible de este fenómeno es la ‘narcoestética’. Su lógica puede resumirse en una simple frase: no basta con poseer, hay que demostrar que se tiene.
Encontramos la ‘narcoestetica’ en mansiones monumentales, vehículos de lujo, joyería ostentosa, fiestas extravagantes, cirugías estéticas, moda basada en logotipos visibles y una arquitectura del exceso. También aparece en ciertos imaginarios musicales, audiovisuales y gastronómicos donde el lujo se convierte en espectáculo social.
Pero esa es apenas la superficie. La ‘narcocultura’ es algo más profundo. Es la transformación del dinero y los bienes materiales como la principal medida del valor humano. Es la admiración por el poderoso antes que por el ciudadano íntegro. Es la sustitución del mérito por el atajo. Es la normalización de la idea de que todo tiene precio.
Y allí aparece su principal peligro para la democracia. Porque cuando una sociedad comienza a admirar la riqueza sin preguntar por su origen, cuando la ley se percibe como un obstáculo negociable, se erosionan lentamente los fundamentos de la vida humanista y democrática. El problema deja entonces de ser criminal y se convierte en cultural y político. Las mafias no sobreviven únicamente gracias a las armas. Sobreviven porque logran algún grado de aceptación social. Su victoria más duradera no ocurre cuando controlan territorios o acumulan fortunas, sino cuando consiguen que la sociedad adopte sus valores sin darse cuenta. Por eso, el antídoto no puede limitarse a la acción policial o judicial. La respuesta también debe ser cultural.
Frente a la cosmovisión de la ‘narcocultura’ existe otra vieja tradición ética y política que privilegia la responsabilidad compartida, la solidaridad, la educación, la cultura, la inversión social y la construcción de bienes colectivos. Es la convicción de que el éxito individual no puede construirse sobre la destrucción de una sociedad.
Como advirtió Stefan Zweig, toda época se confronta con una elección entre conciencia y violencia. Para nuestras sociedades la disyuntiva es si seguir admirando una cultura que convierte el dinero, el miedo y la ostentación en formas aceptables de prestigio, o si seremos capaces de consolidar una cultura basada en la responsabilidad compartida, la solidaridad, la educación y el respeto por la dignidad humana. Esta es, en fin, de cuentas, una disputa cultural.
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