
“Ansiedad y duelo ambiguo”: las cicatrices psicológicas invisibles en las familias de los secuestrados
Entre las exigencias del secuestrador, la ausencia del ser querido y la esperanza del reencuentro, los familiares de quienes han sido secuestrados viven con la presión de intentar mantener una 'rutina' en medio del dolor. ¿Cuál es el impacto psicológico que deja esta experiencia? CAMBIO habló con una experta.
Por: Manuela Cardozo
Las víctimas del secuestro no solo son quienes son retenidos en contra de su voluntad; los seres queridos que se quedan esperando también sufren gran parte de los vejámenes en contra de la salud mental asociados a este crimen tan presente en la historia del conflicto armado en Colombia. El miedo, la incertidumbre y la ansiedad se pueden convertir en un fantasma que acompaña a las víctimas, aún después de una liberación.

El peso anímico de esta experiencia también recae en los seres queridos de las víctimas. Como lo dice la Comisión de la Verdad, el aislamiento que provoca el secuestro no solo afecta a la víctima, sino también a su familia y a todos aquellos que se enfrentan a la angustia que causa, y los parientes viven con una ansiedad constante, provocada por llamadas intimidantes y prohibiciones por parte de los secuestradores de informar a las autoridades. Todas estas son estrategias de los victimarios para responsabilizar a los seres queridos del destino de la víctima: “Cientos de colombianos asumieron injustamente el deber de salvar la vida de su familiar”.
Aunque en conflicto armado colombiano se han reportado los mayores índices de secuestro en la historia del país, este fenómeno también se asocia a la delincuencia común. Solo entre enero y julio de 2025, el secuestro en Colombia aumentó en un 57,7 por ciento en comparación a datos del año pasado, porcentaje del cual el 16 por ciento ocurre en las grandes ciudades, señalan datos de la Policía Nacional.
A luz de esta situación, CAMBIO habló con Rosario Parra, especialista en psicología clínica y familiar de víctimas de secuestro, sobre los efectos psicológicos en los seres queridos que se quedan y esperan.
CAMBIO: En su experiencia personal y profesional, ¿qué efectos psicológicos genera en los familiares vivir en un estado constante de terror e incertidumbre?
R.P: Lo primero que quiero señalar es que la expectativa generada por el secuestro y la incertidumbre sobre qué va a suceder provoca una intensa ansiedad que tiene múltiples efectos en la vida y en la salud emocional de los familiares, así como también en la salud física.
Cuando una persona o una familia está sometida a esta incertidumbre, no solo aparecen manifestaciones emocionales como tristeza, ansiedad o desesperación, sino también alteraciones en la vida psíquica. Esto se refleja, por ejemplo, en la falta de sueño o la inapetencia, que es un producto del estrés constante. También tiene implicaciones físicas como la elevación de la presión arterial o los niveles de azúcar porque la vida emocional y la psíquica están estrechamente conectadas.
Estar sometido a tanta incertidumbre, como ocurre en la mayoría de secuestros, rompe la vida tal como se conocía, fractura la cotidianidad y llega incluso a alterar funciones tan básicas como respirar.
CAMBIO: En este sentido, ¿podría decirse que el secuestro afecta el funcionamiento emocional y mental de las personas?
R.P: Sí, la ansiedad lleva a estados emocionales críticos, ya que cuando se está en un situaciones de ansiedad pronunciada, cuando hay una situación que se sale del control de la persona porque está en manos de otro, la mente empieza a producir escenarios que, aunque no son reales, se sienten y se viven como si lo fueran.

Así, hay muchas fantasías desde lo caótico y lo pesimista: estoy pensando qué tal que mi ser querido esté siendo torturado, que no le den comida, que lo están maltratando, que esté herido. Esos pensamientos se apoderan de las personas en los momentos de ansiedad porque los viven como si fueran reales.
La cosa sucede así: cuando uno evoca un pensamiento catastrófico, por ejemplo respecto a un ser querido y lo que pueda llegar a estar pasando, se siente el dolor, la decepción, la frustración y la tristeza infinita, y hay una afectación emocional tan profunda que la mente da por hecho que esos pensamientos son reales.
CAMBIO: ¿Cuáles son las etapas o momentos críticos que atraviesan los familiares de una víctima de secuestro?
R.P: El secuestro se vive como un duelo, porque el duelo no ocurre únicamente cuando se pierde la vida de un ser querido, sino también cuando se pierde un amigo, una relación o la libertad. Y en este caso, el secuestro implica la pérdida total de la libertad. Ahora, en el duelo por secuestro ocurre algo distinto porque es un duelo ambiguo, pero aun así se atraviesan etapas similares a las del duelo tradicional.
La primera sería la negación y conmoción: ese shock inicial donde no puedo creer lo que está pasando y me quedó paralizada pensando: “esto no puede estar pasando”. Luego aparece una segunda etapa de ira y culpa: siento una inmensa frustración porque no puedo hacer nada, no puedo ayudar, no tengo el control de que mi ser querido pueda volver a la casa.
Después viene una tercera etapa marcada por la ansiedad y el miedo. Es el temor profundo de que este ser querido no regrese con vida. La falta de información en esta etapa alimenta aún más el miedo y la ansiedad.
Más adelante se llega a una cuarta etapa de tristeza y depresión. Allí, dependiendo de cómo termine la situación del secuestro, la familia debe reconstruir un sentido frente a la vida o a la adversidad. Puede ser que la persona no regrese con vida, lo que genera un dolor inmenso, pero incluso cuando regresa, la huella psicológica queda y transforma la dinámica familiar.
Finalmente, un quinto momento fundamental es la aceptación. Ahora, también puede suceder algo que se llama el duelo suspendido, y tiene que ver con la espera constante de qué va a pasar. Es como quedar en un semáforo en rojo.
CAMBIO: ¿Qué ocurre psicológicamente con las familias después de la liberación de su ser querido?
R.P: Es muy frecuente que las personas que han estado secuestradas después entren en un estado depresivo, y ese estado afecta también a la familia. Cuando hay un paciente depresivo en un hogar, no es solo él quien sufre: las repercusiones se extienden a todos los miembros.

La familia entra en una dinámica completamente distinta, marcada por la huella que dejan la ansiedad intensa, los pensamientos, el terror y el pánico de creer que podía morir, ser asesinado o pasar por situaciones extremas.Lo primero que queda es la inseguridad. Quién nunca ha vivido un secuestro no sabe del todo qué es, pero quien ya lo atravesó empieza a vivir desde la desconfianza, desde la inseguridad, porque ha comprobado que eso es real y puede volver a suceder.
CAMBIO: ¿Qué síntomas suelen aparecer en los familiares?
R.P: A nivel de comportamiento se nota la agitación, la vulnerabilidad y el aislamiento social, o también pueden haber comportamientos autodestructivos: lastimarse, dejar de comer o hacer cosas que uno sabe que van en contra del autocuidado. Ahí viene algo que en términos psicológicos se llama hipervigilancia, es decir, estar todo el tiempo en excesiva alerta.
También, desde el punto de vista comportamental, puedo experimentar, por ejemplo, escenas en retrospectiva o flashbacks. Por otro lado, puedo tener también una ansiedad intensa y un miedo desmesurado.

En el estado de ánimo puedo empezar a detectar la pérdida de interés o de felicidad al hacer cosas que antes me generaban alegría. Desafortunadamente, en estas circunstancias la mente funciona de tal manera que tanto la persona secuestrada como sus familiares pueden llegar a compartir y desarrollar un profundo sentimiento de culpa.
CAMBIO: Usted también lo ha vivido en su en su propia familia. ¿Cómo fue estar del otro lado, no como psicóloga sino como familiar de un secuestrado?
R.P: Alguien muy allegado a mí, un tío mío a quien quiero muchísimo fue secuestrado. Así que digamos que tuve la experiencia de estar del otro lado del escenario terapéutico. Entonces yo, que venía de identificar todas las fases en terapia, pasé a vivir en carne propia el miedo y la ansiedad.
Me acuerdo, por ejemplo, que yo sabía que era la hora de que mi papá tenía que llamar a los secuestradores para saber cómo estaba mi tío y para adelantar la negociación. Yo me acuerdo con horror de esos momentos, de la incertidumbre y del duelo ambiguo.
CAMBIO: ¿Qué estrategias psicológicas ayudan a enfrentar el impacto del secuestro?

R.P: Lo primero es la catarsis, que es el poder sacar todos esos sentimientos de dolor, de culpa, de ira, de frustración fuera de uno y poder expresarlos en un entorno seguro. Esto ayuda a liberar toda esa presión emocional.
También, aquí viene la capacidad de resiliencia: cada uno de los miembros de la familia desarrolla estrategias de afrontamiento de esa situación, y eso va a derivar en que la persona pueda continuar con su vida, digamos, de una manera sana.
Comentar este artículo
Aún no hay comentarios














