
Los pasos del libro. Conversación con María Paola Sánchez y Ana María Aragón sobre el oficio de librería
Librería NADA en el barrio Quinta Camacho de Bogotá. Foto: Cortesía NADA.
Escritoras, ilustradores, impresores, editoras, libreros y lectoras conversan con Amalia Tapiero sobre una pregunta nuclear: ¿Qué significa crear un libro en Colombia? En esta entrega responden la pregunta las libreras Ana María Aragón y María Paola Sánchez.
“Librero”, del latín librarius, es, según la Real Academia Española de la Lengua, la “persona que tiene por oficio vender libros”. Otro significado, hoy en desuso, también aludía a quien los encuadernaba, y, en países como México, se refiere al lugar o mueble que los contiene. En Colombia, las libreras y los libreros son quienes recomiendan y venden libros, sí, pero también guías en los barrios, conversadores por excelencia y repositorios de conocimiento.
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Esos roles, en apariencia discretos, se vuelven más evidentes recién terminada la 38.ª Feria Internacional del Libro de Bogotá. Pero ¡que esta haya concluido no quiere decir que la actividad de las librerías cese! María Paola Sánchez (1978) —cofundadora de NADA: Arte, Libros y Objetos (Calle 69 #10A-09)— y Ana María Aragón (1965) —fundadora de Casa Tomada Libros y Café (Transversal 19Bis #45D-23)— le contaron a CAMBIO que, siguiendo los pasos del libro, estos meses son, de hecho, los más difíciles para las librerías.

Después de la FILBo
María Paola lo explica así: “El mes siguiente, o incluso los dos siguientes, a la FILBo son deprimentes. Es muy difícil. Hay gente que aprovecha todos los descuentos y compra todos los libros del año. ¿Qué pasa entonces? ‘Ay, yo ya hice mercado en la FILBo’. ¡Auch! Y es muy fuerte, porque son dos semanas en las que se concentra toda la fuerza en las editoriales, y luego somos nosotras, las librerías, las que sostenemos esas editoriales durante los once meses siguientes”.
> El mes siguiente, o incluso los dos siguientes, a la FILBo son deprimentes. Es muy difícil. Hay gente que aprovecha todos los descuentos y compra todos los libros del año. ¿Qué pasa entonces? ‘Ay, yo ya hice mercado en la FILBo’. ¡Auch!
A esa percepción se suma Ana María, quien señala que la feria también reconfigura los hábitos de compra de los lectores: “La gente muchas veces espera la FILBo para hacer sus compras del año. Así que mayo es un mes muy difícil para nosotros. La feria se convierte claramente en competencia para las librerías. Pero también me parece importantísimo que exista: es un momento en el que se habla de libros, se ponen sobre la mesa temas de debate”. Para ella, el reto es extender el alcance de la feria: “Debería ampliarse mucho más y fortalecerse iniciativas como FILBo Ciudad. Eso les sirve a todos: a la ciudadanía, a las librerías, a las editoriales y, finalmente, a la ciudad. Se crea un clima en el que se conversa, se aprende, se dejan de lado las malas noticias. Es un momento distinto; eso es muy valioso”.
NADA: una manera de hacer una librería
Maestra en Bellas Artes, María Paola fundó NADA en 2014 junto a la publicista y diseñadora gráfica Andrea Triana (1980). En sus propias palabras, describe el lugar como “una librería y un espacio independiente de circulación de arte contemporáneo. También es un vivero, un grupo de apoyo, una pista de baile y un catalizador de relaciones, colaboraciones y posibles encuentros […]; un proyecto inquieto, activo y comprometido con la difusión y la circulación del sector editorial en el campo artístico, y viceversa […]; un lugar para intercambiar ideas y socializar experiencias entre diferentes disciplinas, donde el libro es un medio ideal para articular, compartir e incentivar otras maneras de ver el mundo”.
NADA empezó en el segundo piso del hoy desaparecido Cine Tonalá, en el tradicional barrio La Merced; luego migró a una famosa y pequeña casa blanca esquinera en Chapinero Alto, y hoy, expandida, embellece Quinta Camacho con sus tres pisos de arte, libros y objetos. Además, impulsa sus propios sellos editoriales —Salvaje y Jardín— y presenta cada tantas semanas nuevas exposiciones de artistas jóvenes e independientes en su sala de exhibición.

Allí, la venta se rige por esta convicción: “Hay que ser muy honestos”. No se recomiendan títulos a ciegas: de eso depende que haya confianza en la librería. Cuando la sugerencia es genuina, incluso el desacuerdo abre la conversación: “Si un libro no convence al cliente, se habla con él de por qué sí o por qué no”. Ahí está la diferencia con las plataformas digitales. Y en ese intercambio, lo más vendido suele coincidir con lo más querido por los libreros. Entre los favoritos de María Paola están Hamnet, de Maggie O’Farrell; Walden, de Henry David Thoreau, y Claus y Lucas, de Ágota Kristof. También figuran entre los más vendidos el poemario Las cosas, de Inés Fonseca, y Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit.
> Si un libro no convence al cliente, se habla con él de por qué sí o por qué no.
Esa misma convicción se extiende a los objetos: las cerámicas de EliBlue y de Platón Taller de Cerámica, o las serigrafías de Ausencia se venden mucho. A la par, las publicaciones de Rayo Verde —una colección de cartillas y talleres sobre la relación entre la naturaleza y el ser humano impulsados por NADA— se han convertido en otro de sus ejes de circulación.
Por gusto y convicción, María Paola quisiera sumar a sus anaqueles sellos como Siruela o Acantilado, y anhela el regreso al stock de Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, un libro que le fascina. Mientras tanto, en este momento está leyendo Análisis de los sueños, de Carl Jung, y proyecta nuevos cruces en NADA, como exponer allí la obra de la arquitecta y artista brasilera Bruna Canepa, sobre quien Andrea ya ha hecho un libro.
Otra manera de hacer una librería: Casa Tomada
Ana María fundó Casa Tomada en 2008 a partir de un impulso sencillo: el amor por la lectura. “Todo empezó por esa idea de ‘qué chévere tener una librería y poder leer todo lo que quiera’”, recuerda. Desde entonces, en el barrio Palermo, esta se ha consolidado como un espacio de encuentro en torno al libro, con una cuidada selección de títulos y programación cultural. Más que un negocio, es un lugar de vida: “Eso es lo que más feliz me hace”, dice sobre el intercambio con lectores. Y aunque la economía exige ajustes constantes, insiste en que el valor del proyecto está en otra parte: “Vivo como en un pequeño paraíso en esta casa”.
> Vivo como en un pequeño paraíso en esta casa
Esa convicción la ha llevado a enfocar su espacio en la formación lectora: “Sin lectores, las librerías no existirían”. De ahí nacieron sus clubes de lectura, en 2012, con el Club de Mujeres en el Ático, y luego se han ampliado a distintos intereses. Hoy existen un club de literatura y viaje —enfocado en ensayos, crónicas y novelas—; uno de novela policial; un club juvenil de literatura fantástica y ciencia ficción; otro llamado El Fuego Secreto, inspirado en Fernando Vallejo y dedicado a lo raro, lo monstruoso y lo experimental, sobre todo en narrativas LGBTIQ+, y el club de almuerzos, donde a cada libro lo acompaña un menú inspirado en él. Las lecturas se definen en conjunto con los participantes, según sus intereses y la disponibilidad de los libros, y, sin duda, constituyen comunidades activas.

En consecuencia, los libros más vendidos en Casa Tomada suelen ser los abordados en los clubes: este año, por ejemplo, La envidia, de Isabel Botero, y La noche será negra y blanca, de Socorro Venegas. Por su parte, en este momento Ana María está leyendo Nada es verdad, de Verónica Raimo —también material de un club—, y entre sus libros favoritos menciona Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi; El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; Las uvas de la ira, de John Steinbeck, con el cual “se hizo lectora”; Hamnet, de Maggie O’Farrell, y El color de la leche, de Nell Leyshon. En cuanto a autores contemporáneos, destaca a Esteban Duperly y Matías Godoy. Sobre sus favoritos, sin embargo, es enfática: “Eso cambia todo el tiempo. Cada mes traiciono al anterior”.
¿Y las ventas de libros en Colombia?
Un estudio reciente de Nielsen BookScan ha identificado un buen momento para el sector editorial colombiano. Los datos registran un crecimiento del 6 % en las unidades impresas vendidas en 2025 respecto de 2024. Cuando se lo menciono a Ana María, me mira escéptica: “¿Y quién lo hizo? Quién sabe cómo hacen ese estudio…”.
La cautela no es gratuita. Según la misma firma, la no ficción —categoría que incluye ensayo, crónica bienestar, hábitos, finanzas personales o desarrollo individual, etc.— concentra el 43 % de las ventas en Colombia (porcentaje dentro del cual los libros de autoayuda dominan las ventas), seguida por la ficción adulta (26 %) y la literatura infantil y juvenil (25 %). El porcentaje restante corresponde a otras categorías editoriales y títulos no clasificados.
Ana María no se sorprende. Casa Tomada, especializada en literatura y ciencias sociales, funciona bajo otra lógica: “Aquí lo que se vende es lo que se está leyendo”. Los clubes, las recomendaciones de los libreros y la relación con los clientes terminan por definir buena parte de las ventas. “Hay que tener buena memoria”, dice entre risas, recordando cómo a veces debe advertirle a un lector que ya compró un libro hace meses. Aunque las listas de más vendidos suelen estar dominadas por la autoayuda y el bienestar, Ana María aclara que ese fenómeno apenas toca a Casa Tomada: “Aquí hay libros de autoayuda, pero están en bodega; si tuviéramos una sección visible, tendríamos que dedicarle toda la casa”.
Esa cercanía también se extiende a editoriales y distribuidores. Ana María insiste en la necesidad de sostener un diálogo constante, desde pedir la reimpresión de títulos agotados —como Orientalismo, de Edward Said— hasta defender varias reediciones. Frente a una industria atravesada por la sobreproducción y la obsesión por la novedad, propone otra velocidad: “Hay que publicar menos, demorarse más y afinar la mirada”.
María Paola comparte esa desconfianza: “Me desesperan las novedades”. Para ella, publicar sin pausa responde más a una ansiedad de mercado que a una verdadera propuesta editorial. Por eso, el catálogo de NADA se construye desde la conversación entre libreros, lectores y editoriales, pero también desde una clara posición sobre lo que quieren —o no— que habite la librería. Hay autores que prefieren no vender, como Mario Vargas Llosa, porque no dialogan con su manera de entender el mundo. Este es un espacio pensado en horizontal: las editoriales independientes, las autopublicaciones y los fanzines conviven con los grandes grupos sin jerarquías visibles ni estrategias agresivas de promoción. “No hay nadie que tenga prioridad”, dice. Muchos de esos proyectos encuentran allí su primera circulación, aunque ello implique más trabajo administrativo y menos facilidades comerciales.
> “Me desesperan las novedades”.
Hablando de promoción, Ana María, al igual que María Paola, desdeña el descuento permanente. Para ella, las promociones rara vez construyen lectores y refuerzan la idea equivocada de que las librerías independientes venden más caro, cuando en realidad respetan los precios fijados por las editoriales y las distribuidoras. En vez de competir con las rebajas, propone campañas más creativas que promuevan la lectura: conversaciones públicas, debates y lecturas colectivas que permitan poner los libros en circulación desde las ideas y no únicamente desde el consumo.
El arte de sostener una librería independiente
María Paola reconoce que sostener librerías y editoriales independientes es difícil. “Cuando empezamos, había muy pocas y ahora no dejan de aparecer”, dice, señalando un crecimiento de esa independencia en Colombia. Pero este convive con la precarización constante. Para ella, el nacimiento de nuevas librerías y proyectos editoriales en distintas ciudades demuestra que existe una comunidad lectora en formación y un medio vivo, impulsado también por ciertos apoyos institucionales.
En NADA las ventas han crecido con los años, pero muchas veces apenas alcanzan para sostener el espacio. Por eso se han diversificado: además de libros, hoy venden merch —banderas, totebags, cuadernos—, una adición fundamental para financiar publicaciones y proyectos editoriales. Esto, además, convierte a los clientes en pequeños embajadores de la marca, que posan con sus bolsas temáticas en todo el planeta y suben sus fotos a Instagram.
Otro problema cotidiano contribuye a la carencia: el robo de libros y objetos, pérdidas que, dice María Paola, pueden ser devastadoras para una librería pequeña. Entre risas, recuerda incluso la existencia de una “banda de los Tintines”, un grupo de ladrones conocido por robar ediciones de Tintín en varias librerías. Entre libreros circula incluso un chat compartido para alertarse mutuamente sobre personas identificadas como delincuentes.
La pandemia, recuerdan ambas mujeres, fue, paradójicamente, uno de los mejores momentos para muchas librerías independientes. Las ventas digitales crecieron; los domicilios se multiplicaron, y las redes sociales preservaron el vínculo con los lectores. María Paola cuenta que Instagram “les salvó la vida”: empezó a publicar libros a diario, y su sala terminó vuelta un centro improvisado de paquetería y domicilios en bicicleta. Aunque NADA nunca ha podido mantener una tienda virtual propia debido a los costos, esa red social sigue funcionando como un canal informal de circulación y de ventas.
Y quizá no se equivocaron al no montar un e-commerce. Ana María explica que las ventas a través de la página web han caído drásticamente, en parte por el crecimiento de plataformas como Buscalibre; a su vez, muchos pedidos ahora llegan vía WhatsApp por su inmediatez. Aun así, tanto en Casa Tomada como en NADA persiste lo intrínsecamente presencial de una librería: la gente asiste para descansar del ritmo de la ciudad, conversar, compartir un café y buscar recomendaciones motivadas. “No se trata de decirle a alguien qué está bien o qué está mal leer”, dice Ana María, “sino de entender qué podría transformarlo”.
Un justo pliego de peticiones: sobre el apoyo del Estado, las plataformas y otros desafíos
La conversación sobre el futuro de las librerías independientes lleva a Ana María a un problema más estructural: la falta de mecanismos de protección del libro en Colombia. Menciona con admiración a España y Francia, donde existe una ley de precios únicos que limita los descuentos y evita la “canibalización” del mercado. En Colombia, en cambio, librerías como Casa Tomada o NADA difícilmente pueden competir con las promociones agresivas de grandes plataformas o sellos, especialmente en espacios como FILBo.
Pero la discusión no se limita al mercado. Ana María insiste en que durante casi dos décadas “las independientes” han intentado organizarse colectivamente para defender el oficio. Desde 2007 existe la Asociación Colombiana de Libreros Independientes (ACLI), que hoy reúne cerca de cincuenta librerías del país. Para ella, uno de los mayores logros de esa red ha sido darle visibilidad al trabajo del librero y lograr representación en espacios de decisión, como el Consejo Nacional del Libro y la Lectura o la Alcaldía de Bogotá. “No compitas, haz compitas” es el refrán que la Valija de Fuego utilizó para describir la relación entre las librerías independientes; María Paola me lo recuerda sonriendo.

Aun así, ambas sienten que la gran batalla de regular la cadena del libro está en pie. “Ahí es donde se endereza el camino”, dice Ana María. Sin esa regulación —explica— es muy difícil que aparezcan librerías en barrios o regiones apartadas, porque competir con grandes descuentos y plataformas vuelve inviable la venta al detal. La discusión incluso llegó recientemente a la reforma de la Ley General de Cultura, en la que se propuso incluir un artículo para regular la cadena del libro, pero fue eliminado durante el trámite legislativo.
La conversación desemboca inevitablemente en Buscalibre, librería virtual que ambas señalan como uno de los grandes puntos de quiebre tras la pandemia. Ana María la describe como una competencia desigual: una empresa capaz de ofrecer descuentos imposibles para una librería independiente y de acostumbrar a los lectores a una dinámica permanente de rebaja. “Nosotros jamás vamos a poder competir con eso”, dice.
A esa presión se suman otros problemas estructurales. Ana María no deja pasar que, además de ser comercios, las librerías independientes también cumplen una labor cultural rara vez reconocida institucionalmente. Pagan impuestos como cualquier negocio privado, aunque sostengan clubes de lectura, lanzamientos y procesos pedagógicos que, en muchos casos, terminan por suplir funciones culturales del propio Estado. Las ayudas públicas existen, pero suelen ser insuficientes o discontinuas: “No hay políticas a largo plazo”, pues cada nuevo Gobierno modifica programas, reduce presupuestos o reinicia procesos. Aun así, destaca iniciativas recientes de la Biblioteca Nacional, como programas de compra bibliográfica pública directa a librerías independientes para fortalecer las bibliotecas públicas regionales. Más que el monto de los recursos, le interesa el modelo: bibliotecarios que visitan librerías, conversan con libreros y escogen por sí mismos parte de sus acervos.
En paralelo, María Paola entiende que la sostenibilidad de NADA depende de una combinación de autogestión, redes afectivas y apoyos institucionales. A través de la librería y de sus sellos Salvaje y Jardín, el proyecto ha aprendido a aprovechar becas y convocatorias públicas para impulsar iniciativas más allá de la edición: talleres, exposiciones y otros proyectos colectivos. Esa forma de trabajo se articula con una idea que atraviesa su visión: “Esta librería no es un deber ser de las librerías”. Por eso, en lugar de pensar la escena independiente desde la competencia, NADA ha buscado tejer vínculos con otras librerías, editoriales, artistas e imprentas, hasta consolidar un ambiente donde cada espacio conserva su identidad particular, pero se fortalece a través de la admiración y la colaboración.

A pesar de estos esfuerzos, Ana María es tajante sobre lo que les depara a estos lugares. “No les veo un futuro”, dice, si el gremio no logra articular “una política a largo plazo de promoción de lectura” y construir “prácticas en la cadena con las que podamos competir”. Y es que detrás de su crítica a las plataformas y a los grandes sellos hay una preocupación más profunda por la concentración económica: “No podemos permitir que haya tanta acumulación de capital en una sola persona”. Por eso insiste una y otra vez en una consigna clara: “No al monopolio”. A su juicio, el Estado debería intervenir en este asunto.
Por eso también defiende el consumo local como una forma concreta de sostener la diversidad cultural y económica de las ciudades. “Visita sitios cercanos a tu residencia”, dice, reivindicando la librería, el teatro, el cine o “la panadería del barrio” como espacios que mantienen vivas las dinámicas propias y diferenciadas de cada comunidad. “Qué pereza ser todos iguales. Un mundo todo uniforme no tiene sentido”, asevera.
La FILBo ya ha terminado este 2026, pero la vida alrededor de los libros continúa en las librerías. Son estos espacios —casi 500 en todo el país— los que sostienen durante el resto del año la circulación de libros, el encuentro afectivo e intelectual entre lectores en los barrios y buena parte del medio editorial colombiano más allá de las novedades.
Por eso, y por la importancia de seguir coincidiendo en torno a la lectura, la invitación es simple: vaya a su librería más cercana, recorra sus estantes, converse, quédese un rato. Así, entre todos, construimos una forma más diversa y viva de habitar la cultura.
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