
Juan Piña: 60 años siendo ‘El niño del Caribe colombiano’
Juan Piña, cantautor de San Marcos, habla sobre sus inicios en la música, el legado que ha construido durante seis décadas y cómo sus canciones han sido el arte que le ha llevado al mundo.
Por: Jesús Bovea
Seis gallinas bien pesadas, y el compromiso de sacar a su familia adelante, fue el precio que le costó al ahora maestro Juan Piña el pasaje en bus para salir de su natal San Marcos hacia Medellín. Un camino que sin mucha planeación lo llevaría a explorar su arte como una herramienta de identidad nacida del Caribe para el mundo.
Con 14 años y la intención de conseguir trabajo rápido para poder comer —y también para mandarle algo a su mamá, quien se había quedado en el pueblo al cuidado de la casa y sus hermanos— Piña, que apenas entraba a la adolescencia y que había sido favorecido con una voz potente y afinada, no llegó cantando en escenarios sino como una quema de tiempo mientras ejercía su nuevo oficio de limpiador de pisos en un bar.
Entre escobas y traperos, acompañado de una buena dosis de nostalgia enmarcada en las canciones que aprendió al escuchar cantar y tocar a su padre, parecía que se ganaría un espacio en el universo del arte, una oportunidad aparentemente sencilla, pero que bien cuidada, le daría un vuelco completo a su vida. “Mi vida en el arte se dio incluso antes de yo nacer. En mi casa siempre hubo música, era nuestra diversión, la compartimos en familia al punto de que en las fechas especiales vendíamos serenatas en el pueblo. Pero ni siquiera lo hacíamos por plata, sino por el placer de hacer música”, dice.
Un sueño que le sonó
En el camino de su arte, Piña siguió creciendo. Comenzó cantando en bares como corista. Con su hermano Carlos Piña, afamado clarinetista y saxofonista, se fue haciendo un nombre y, por el rigor que se destacaba en Piña, lo contrataron en diferentes escenarios. “Recuerdo que la primera vez que me pagaron fue con un cheque, y cuando recibo el papel no tenía ni idea de que era, al punto que pensé que me habían robado”, dice. Así siguió aprendiendo de nuevos géneros musicales hasta que un día concretó un sueño que le cambiaría la vida.

En palabras del mismo maestro, en esa época estaban de moda las Big band, orquestas conformadas por muchas personas, y él soñó que tenía su propia banda con menos de la mitad de las personas requeridas. Cuando despertó se lo contó a su hermano y, como era de esperarse, lo trataron de loco, pero él decidió hacer caso y emprender. “Ahí en el camino comencé a hacer mi propia música con canciones que evocan una sola intención: la identidad de lo que somos como región, rodeada de expresiones que hacen que nos sintamos identificados con nuestras raíces y esencia”, explica.
Las gallinas contra la cucaracha
No es un hombre que se encandile con los premios. No por no haberlos ganado, porque a decir verdad lo que le ha sobrado en la vida son reconocimientos, sino porque siempre ha considerado que su mayor logro es el cariño del público. Sin embargo, hay un trofeo que para él conserva un valor especial. “Yo siempre he regalado mis trofeos. Antes tenía colecciones de los Congo de Oro y creo que si me queda uno en casa es mucho. El que sí conservo es el Grammy Latino no sólo por el prestigio que representa, sino por la forma en la que lo recibí”.
Sobre esa historia, Piña recuerda que era el año 2012 y recibió la nominación, lo cual para él ya era significativo. A pesar de que le insistieron, no logró ir a Las Vegas porque no tenía el dinero para costear el viaje. Entonces, sin mayor afán, se quedó en la sala de su casa y a la hora de la gala lo sintonizó por televisión en pantaloneta, camisilla y chancletas.
Ese año participaba con el álbum Juan Piña le canta a San Jacinto, en la categoría Mejor Álbum Cumbia/Vallenato. De repente, cuando escucha a los otros nominados, Piña suelta la carcajada: “Imagínate, yo me enfrentaba a Silvestre Dangond, Diomedes Diaz y Jorge Celedón; en ese momento lo único que pensé fue: estos son una gallinas y yo una cucaracha”.
La gran sorpresa fue que, aún sin estar presente, se coronó como el gran ganador de su categoría en la noche de los Grammy Latino con un disco homenaje a las raíces musicales de los Montes de María y a la tradición folclórica de Los Gaiteros de San Jacinto.
Hasta que la vida lo decida
A sus 75 años, la pregunta en el medio se vuelve recurrente para el maestro del folclor: ¿Hasta cuándo estará en los escenarios? Él responde que no depende de él, sino que lo ha dejado, como todo en su vida, en las manos de Dios. “Mi camino en la música comenzó por un sueño que recibí y que siempre he creído que ha sido Dios quien me lo dio, y yo aún me siento fuerte, y mis shows los sigue pidiendo la gente, pero me retiraré cuando Dios me hable y me diga: ‘Hasta aquí’. Esa es una señal que le tengo puesta a él”.
Seis décadas después de aquel viaje fundacional, Juan Piña no sólo celebra 60 años de vida artística; también celebra la permanencia de una identidad musical que resistió al tiempo, a las modas y a la transformación de la industria.
Su historia es la de muchos artistas del Caribe profundo: hombres que cambiaron el destino con una mezcla de terquedad, talento y necesidad. Pero en el caso de Juan Piña, la travesía adquirió el tamaño de leyenda, porque logró convertir los sonidos de la sabana en patrimonio emocional de varias generaciones de colombianos.
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