
‘Circombia’: Daniel Samper Ospina y el país del que aprendió a reírse de sí mismo
Entre la sátira política, la crónica nacional y el humor como antídoto contra el fanatismo, el periodista y comediante convirtió el absurdo en un espectáculo donde los políticos son payasos, los ciudadanos sobreviven entre carcajadas y la memoria colectiva encuentra en la risa una forma de resistencia.
Por: Jesús Bovea
Hay países que se explican desde los archivos, otros desde las estadísticas y algunos desde las tragedias. Colombia, para Daniel Samper Ospina, también puede explicarse desde un escenario iluminado, un micrófono y una carcajada incómoda. En Circombia, su espectáculo de sátira política, el periodista transforma décadas de escándalos, gobiernos y delirios nacionales en una función donde el país aparece como una carpa inmensa habitada por magos, contorsionistas, equilibristas y payasos con poder.
La idea del show nació, precisamente, de reconocer que el lenguaje del circo y el de la política colombiana empezaron a parecerse demasiado. “Cuando me di cuenta de que tanto en los circos como en la política colombiana abundan los payasos, los equilibristas, los magos, los contorsionistas y hasta los elefantes”, dice Samper, recurriendo a una metáfora que en Colombia inevitablemente remite tanto al espectáculo como a la memoria de la corrupción.
Pero detrás de la ironía hay una lectura mucho más profunda del país. Circombia no se limita a ridiculizar figuras públicas: construye una retrospectiva emocional de Colombia, atravesando gobiernos, campañas, escándalos mediáticos y fracturas ideológicas que marcaron a generaciones enteras. La diferencia es que Samper decidió narrar esa historia desde el humor y no desde la solemnidad.
A construir el espectáculo
En ese proceso descubrió algo que considera esencial sobre la memoria colectiva de los colombianos: la risa todavía tiene capacidad de unir en medio de la polarización. “A todos nos puede unir el hecho de reírnos de los políticos, de todos, sin excepción: la risa combate la polarización, el humor al final es una vacuna contra el fanatismo”, afirma. Para él, la sátira desmonta la idolatría política porque “uno no puede adorar con los ojos cerrados a alguien de quien ya puede reírse”.
Esa postura atraviesa toda su obra. En Circombia nadie queda intacto. La izquierda y la derecha, el petrismo y el uribismo, los liderazgos tradicionales y las nuevas figuras digitales terminan convertidos en parte del mismo espectáculo nacional. Más que señalar un bando, Samper parece interesado en desnudar la manera en que Colombia convirtió la política en una experiencia emocional, mediática y profundamente teatral.
> “En Colombia el humor a veces subraya las tragedias en lugar de aliviarlas”: Daniel Samper Ospina.
Por eso, el espectáculo también funciona como una crítica a los tiempos digitales. Samper recuerda que antes debía buscar imágenes ridículas de políticos para alimentar sus rutinas humorísticas; ahora —dice—, los propios dirigentes producen ese contenido de manera voluntaria. “La política se rebajó al nivel del espectáculo y los tiempos digitales han ayudado a acelerar esa descomposición”, explica.
El periodista incluso identifica candidaturas construidas completamente desde la lógica del entretenimiento. “Hay candidaturas como la de Abelardo que fueron concebidas desde la cultura del espectáculo, no desde la etiqueta política”, comenta, antes de describir campañas que parecen coreografías televisivas más cercanas al entretenimiento masivo que al debate ideológico.
El circo en pleno
Sin embargo, el corazón de Circombia no está únicamente en burlarse del poder. El espectáculo también confronta a los ciudadanos con su propia relación frente al absurdo. A lo largo del show aparece un país capaz de normalizar lo imposible, acostumbrado a convivir con el escándalo permanente y resignado a repetir ciertas tragedias públicas como si fueran episodios inevitables de una serie interminable.
“En Colombia, el humor a veces subraya las tragedias en lugar de aliviarlas”, reconoce Samper. Y en esa frase se resume buena parte de la incomodidad que deja la obra. El espectador ríe mientras recuerda episodios que, en otro contexto, podrían resultar profundamente dolorosos. El humor aparece entonces no como evasión, sino como una forma de procesar el desgaste emocional de vivir en un país permanentemente tensionado.
Para Samper, además, la repetición histórica no distingue ideologías. “La clase política, de izquierda o de derecha, comete errores parecidos. Y los políticos no tienen principios sino intereses”, sostiene. La frase, dicha desde el escenario y amplificada por el tono satírico del show, termina convirtiéndose en una crítica transversal al poder colombiano y a la fragilidad de los discursos políticos contemporáneos.
Aun así, después de recorrer tantos episodios delirantes de la vida pública nacional, Samper insiste en que Circombia no es una obra pesimista. Por el contrario, cree que detrás del caos político existe otro país mucho más admirable: el de la gente común que sobrevive entre dificultades sin perder la capacidad de reírse de sí misma.
“Creo que Circombia crítica a los gobernantes, es verdad, pero a la vez es un elogio a los gobernados”, afirma. Habla de “los colombianos que madrugan a rebuscarse la vida, que no pierden el humor, incluso que hacen de la mamadera de gallo su gran defensa”. Allí, lejos de los discursos presidenciales y las disputas ideológicas, Samper parece encontrar el verdadero núcleo emocional de su obra.
Por eso Circombia termina funcionando menos como un espectáculo político y más como un retrato cultural del país. Un espejo deformado, sí, lleno de exageraciones, chistes y caricaturas, pero también una crónica de cómo Colombia aprendió a sobrevivir entre el absurdo. Porque mientras los políticos convierten la realidad en espectáculo, millones de ciudadanos siguen encontrando en la risa una manera de resistir sin fracturarse.
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