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Roger Federer, para muchos la gran leyenda en la historia del tenis.
Deportes

Las tres lecciones del Dr. Roger Federer en la Universidad de Dartmouth

Roger Federer fue invitado, en la calidad de doctor honorario de la universidad de Dartmouth, a dar el discurso para los graduados. Estas fueron las lecciones que les dejó.

Por: Redacción Cambio

Roger Federer se tomó las redes sociales gracias al elocuente, audaz y profundo discurso que dio el día de la graduación de los estudiantes de la Universidad de Dartmouth.

Federer dejó el colegio a los 16 años para entregarle su vida al tenis profesional, por lo que el suizo tradujo las grandes lecciones que el deporte le dejó en su larga carrera, para entregárselas, en forma de consejos y reflexiones, a la comunidad universitaria.

Las lecciones son útiles para todos. Aquí recogemos tres de ellas.

El no esfuerzo es un mito

La imagen de los últimos años de Federer con una raqueta en sus manos fue la de un tenista que flotaba por la cancha, impoluto, sereno, consistente y ecuánime. Su juego, que de lo fluido y elegante colindó siempre con lo artístico, alcanzó en sus años de madurez la cumbre. Por esto, lo normal entre sus críticos y adeptos, fue calificarlo como un tenista frío, al que los golpes magistrales le salían sin esfuerzo, como un soplo: un elegante robot.

Sobre esto, en su discurso, Federer dijo que esa descripción del tenista que “no suda ni se esfuerza” lo frustró, pues la opinión popular desconoce el enorme trabajo que puso en marcha, desde muy temprana edad, justamente para que lo más difícil –ser competitivo en todas las superficies y contra todos los estilos de jugadores, y no flaquear en los puntos definitivos– pareciera fácil.

“Pasé años quejándome, maldiciendo y rompiendo raquetas antes de aprender a mantener la cabeza en calma”, dijo Federer.

Contó, además, que su despertar en el tenis llegó temprano, cuando un tenista italiano dijo públicamente: “Roger Federer será el favorito durante las dos primeras horas, pero luego el favorito seré yo ", pues entendió entonces que la diferencia estaría en ese tramo tortuoso e implacable que viene luego de los primeros sets.

En su primera lección tuvo espacio también para referirse al talento, del cual dijo: “No les voy a decir que el talento no importa, claro que importa, pero esta tiene una definición amplia. La mayoría de las veces, el talento se trata de tener agallas (...) En tenis, como en la vida, la disciplina es un talento. Como la confianza y la paciencia. Abrazar el proceso. Amar el proceso. Manejarse uno mismo es un talento”.

Sobre la relación entre el talento y las agallas, el ex número 1 dijo que las victorias que de verdad importan, esas que lo llenaron de orgullo, fueron esas en las que logró “sobrevivir” a pesar de aquejar lesiones –la espalda y las rodillas fueron un gran dolor para Federer–, sentirse enfermo y refundido.

Puedes trabajar más de lo que creías posible, e igual perder

En su segunda lección, el suizo definió al tenis como un deporte brutal que siempre termina igual: “un solo jugador con el trofeo en las manos, mientras que el resto, en el avión de vuelta, se preguntan junto a la ventana: “¿cómo carajos fallé ese tiro?”. Esto lo dijo para enfatizar que el resultado no siempre es un correlato del esfuerzo, y que en la vida, como en el deporte, más vale lidiar con la sensación de injusticia que deviene de entregarlo todo... e igual perder.

Para ilustrar su punto, Roger habló sobre la final de Wimbledon a cinco sets en el 2008 contra Rafa Nadal. Esa vez, Federer iba por el récord de seis Wimbledon seguidos, un hito histórico para el tenis. Además, del resultado del partido dependía mantener o no el número 1 del ranking ATP. Perdió los dos primeros sets, ganó el tercero y el cuarto, y perdió el quinto, en más de cinco horas, de un partido que para muchos es considerado como el mejor de la historia. Levantarle dos sets a Rafael Nadal, en su estado más hambriento, es un milagro que le infla el pecho a cualquiera, pero igual perdió. Sin nada que reprocharse, pero igual perdió. El mejor partido de la historia, pero igual perdió.

“Cuando estás jugando un punto, este debe ser el más importante de la vida. Pero cuando ya pasó, ya pasó. Esta mentalidad es crucial para competir, pues te libera para poder enfrentar el próximo punto con intensidad, claridad y foco”, dijo el suizo, que aprovechó la lección para definir a los verdaderos maestros. “Los mejores no son los que ganan todos los puntos, sino quienes tienen claro que van a perder, una y otra vez, y saben lidiar con esto”.

De los más de 1500 partidos que jugó, el suizo ganó casi el 80 por ciento. Pero al pasar este porcentaje a puntos ganados, la cifra baja al 54 por ciento; es decir, que en palabras de la leyenda, “incluso los mejores entre los mejores logran ganar solo un poco más de la mitad de los puntos que juegan”. La perfección en el tenis, como en la vida, no aplica. Como sí lo hace el sacudirse rápido la frustración y volver a ilusionarse con el punto siguiente.

La vida es más grande que una cancha de tenis

Federer dejó su ciudad natal a los 14 años para poder cumplir con las exigencias del profesionalismo. A los 16 años, lejos de su familia y de su entorno, se desescolarizó. Supo, bien temprano, que “el tenis me iba a mostrar el mundo, pero que no podría ni debería ser el mundo”. Explicó ante los mil graduandos que una de las razones por las que quiso seguir jugando tenis hasta que el cuerpo se lo permitió, sin “quemarse”, fue que nunca dejó de lado la curiosidad cultural, el amor por los viajes y la vida familiar. Lo realmente importante.

Además, con orgullo, habló de su rol de filántropo, específicamente del trabajo que en el África subsahariana ha hecho junto a su fundación y que a día de hoy tienen como resultado el acompañamiento pedagógico a más de 3 millones de niños y niñas, y la capacitación a más de 55.000 maestros en una región que tiene cifras de desescolarización de más del 75 por ciento en la infancia.

El consejo final de uno de los mejores deportistas de la historia fue que la actividad profesional, ser tenista o financiero, no debe eclipsar las demás posibilidades que la vida ofrece. Y que la vida es más grande, mucho más grande, que una cancha de tenis o una oficina. Así se trate de la cancha central de Wimbledon.

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