
Albert O. Hirschman y el pluralismo
Semblanza de este defensor del reformismo democrático que vivió un tiempo en Colombia y que se destacó por ser un baluarte de las posiciones plurales en la democracia.
Por: Alejandro Gaviria
Albert O. Hirschman fue uno de los grandes intelectuales y economistas del siglo XX, un pensador abarcador y original y un defensor del reformismo democrático. Hizo parte de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Vino después a Colombia en una misión académica. Duró poco en ese trabajo, sus ideas no compaginaron con la rigidez tecnocrática de sus colegas. Se quedó en el país como consultor privado y escribió, con base en esa experiencia, un texto clásico, todavía leído y citado, La estrategia del desarrollo económico.
Hirschman vino a Colombia en una misión académica. Duró poco en ese trabajo, pues sus ideas no compaginaron con la rigidez tecnocrática de sus colegas
Especial Imaginar la Democracia
Sus libros fueron más allá de los intereses y métodos de la economía. Varios de ellos pueden considerarse transgresores (al menos epistemológicamente). Mezclaron antropología, sociología, ciencia política y economía y combinaron el liberalismo y el progresismo. Hirschman creía en el posibilismo, en “ir haciendo”, en el crecimiento desequilibrado y en las reformas parciales. A veces sus análisis suenan resignados (incluso panglosianos); otras veces subversivos, impacientes. Al final de su vida escribió varios ensayos sobre la democracia deliberativa, publicados en español hace treinta años bajo el título Tendencias autosubversivas. En conjunto, estos ensayos constituyen una defensa lúcida y elocuente de la práctica cotidiana del pluralismo. Resumo las principales ideas.
Hirschman creía en el posibilismo, en ‘ir haciendo’, en el crecimiento desequilibrado y en las reformas parciales
Contra las opiniones fuertes
Hirschman argumenta que las opiniones fuertes, las posturas férreas y apasionadas hacen parte de nuestra identidad, y suelen ser atractivas y eficaces en la arena política. Cita un cuento de Anton Chéjov en el que uno de los personajes se lamenta por no tener opiniones formadas: “Veía los objetos que la rodeaban y entendía lo que estaba sucediendo, pero no podía formarse una opinión sobre nada y no sabía cómo hablar de nada: ¡Y qué horrible es no tener opiniones!”. No tener opiniones, en suma, suele interpretarse como una renuncia a la identidad, a la personalidad, incluso a la vida.
Hirschman argumenta que las opiniones fuertes, las posturas férreas y apasionadas hacen parte de nuestra identidad, y suelen ser atractivas y eficaces en la arena política
Hirschman señala igualmente que varios filósofos liberales, entre ellos, John Stuart Mill y John Rawls, asociaron las opiniones y posturas firmes con el respeto a uno mismo, el carácter, la identidad y la grandeza de las personas. Del mismo modo, menciona que muchos pensadores en la historia de Occidente han condenado la indiferencia y la ausencia de principios recios como una forma de evasión y una renuncia a la vida pública, incluso como una manifestación de cobardía.
Hirschman intenta, sin embargo, un balance: resalta la necesidad de un equilibrio entre las convicciones fuertes y la apertura mental. Específicamente, señala que “para que una democracia funcione y dure es esencial que la opinión no esté enteramente formada antes del proceso de deliberación: los participantes en este proceso deben mantener cierto grado de apertura o de provisionalidad en sus opiniones y estar dispuestos a modificarlas como resultado de los argumentos que presentan los opositores o de la nueva información que aparece durante el debate público”.
Pone de presente que la apertura intelectual, la disposición a apreciar un nuevo argumento y el gozo o disfrute en adoptarlo como propio, en cambiar de opinión, son virtudes democráticas fundamentales. Sugiere que en el mundo hay una sobreproducción de opiniones obstinadas, las cuales tienen no solo un costo individual sino también social. La obstinación, menciona, es como la producción de un material contaminante: tiene un efecto nocivo para toda la sociedad que supera cualquier beneficio individual.
Para este pensador, la apertura intelectual, la disposición a apreciar un nuevo argumento y el gozo o disfrute en adoptarlo como propio, en cambiar de opinión, son virtudes democráticas fundamentales
En su estilo particular, ecléctico, que toma ideas de las ciencias y la literatura, cita al protagonista de una novela del escritor inglés Anthony Trollope: “El estigma de mi vida es que sobre temas importantes no tengo ninguna opinión fija. Pienso y pienso y sigo pensando; sin embargo, mis pensamientos corren siempre en diferentes direcciones”. Sin duda, una posición criticable, pero al mismo tiempo plural y profundamente democrática.
Autosubversión
Hirschman describe una especie de epistemología personal, una práctica que adoptó, primero de manera casi inconsciente, y luego de forma más sistemática y planeada: la autosubversión. Consiste en revisitar y revisar sus escritos, sobre todo aquellos que postulan conexiones causales o argumentos teóricos, y ponerlos en cuestión, subvertirlos, plantear alternativas distintas y a veces opuestas. En otras palabras, tomar distancia de las ideas y tratar de romper los paradigmas propios.
Un ejemplo sirve para ilustrar su método. A mediados de los años ochenta, Hirschman, con la ayuda de la Fundación Ford, trabajó en una crítica conceptual al pensamiento neoconservador que proponía entonces un desmonte gradual del Estado de bienestar. Con ese propósito en mente, hizo una disección de “las posiciones neoconservadoras, entonces agresivas y presumiblemente triunfantes en lo social y lo económico”. Hirschman mostró que las críticas neoconservadoras obedecían a un patrón histórico, lo que él llamó la retórica de la reacción. Los argumentos en contra de las reformas progresistas o sociales podían dividirse en tres categorías: los argumentos de la perversidad (que enfatizan efectos contraproducentes o indeseados), los de la futilidad (que plantean la inutilidad o ineficacia de las reformas) y los del riesgo (que anticipan que las reformas ponen en riesgo los avances o logros anteriores). Su punto era mostrar que los mismos argumentos han sido usados una y otra vez, lo que, en principio, los debilitaría o pondría en evidencia, pues aparecen como respuestas automáticas, prefabricadas, casi clichés.
Una vez completado el argumento, Hirschman recurrió a la autosubversión, una forma extrema, en mi opinión, de honestidad intelectual. Escribió un texto adicional en el que mostraba que no solo la retórica reaccionaria recurría a clichés o argumentos repetidos. Lo mismo ocurría con la retórica progresista. Hizo, entonces, un ejercicio de paralelismo, de clasificación de los argumentos del campo contrario. En este caso, los argumentos también eran tres: las sinergias o complementariedades (las reformas se refuerzan mutuamente), la inevitabilidad (las reformas son impulsadas por las corrientes de la historia) y la eficacia (la acción política tiene siempre una gran capacidad de cambiar el mundo). Con este ejercicio, Hirschman quiso mostrar que “los reaccionarios no tienen el monopolio de la retórica simplista, perentoria o intransigente”.
Confiesa que la primera lista la escribió más con el corazón, con cierta emoción o convicción personal; la segunda fue más un ejercicio intelectual o racional. Reconoce que siempre albergó una contradicción no resuelta. Pensaba al mismo tiempo que las grandes ideas vienen del corazón y que los pensamientos más importantes tienden a contradecir los sentimientos. Cuando escribía con el corazón, solía revisarse con la razón. Y viceversa. Convirtió, como ya se dijo, la autosubversión en un método personal, en su forma de mantener un talante abierto y democrático. Mantuvo internamente un diálogo entre el activista emotivo y el pensador racional.
“Creo —escribió— que lo que he llamado autosubversión puede contribuir a una cultura más democrática en la que los ciudadanos no sólo tienen derecho a sus convicciones y opiniones individuales, sino que también, cosa más importante, estén dispuestos a cuestionarlas a la luz de nuevos argumentos y pruebas”.
Conflictos de más o menos
Hirschman creía, como muchos pensadores clásicos, que los conflictos eran inherentes a las sociedades humanas y que aspirar a una sociedad sin conflictos era no solo un sueño utópico, sino también un deseo peligroso. No creía en los grandes acuerdos sociales sobre los valores fundamentales de la vida o sobre los principios esenciales de la sociedad. Pensaba que planteaban usualmente consensos sobre conceptos demasiado vagos e impersonales.
Hirschman creía, como muchos pensadores clásicos, que los conflictos eran inherentes a las sociedades humanas y que aspirar a una sociedad sin conflictos era no solo un sueño utópico, sino también un deseo peligroso
Confesó que se sentía atraído por ciertos conceptos que planteaban los beneficios del conflicto. Citaba tanto al filósofo norteamericano Alfred North Whitehead (“los mayores avances de la civilización son procesos que casi hacen naufragar a las sociedades en las que se producen”) como al poeta alemán Friedrich Hölderlin (“Pero allí donde hay peligro / también surge la salvación”). Sin embargo, se negó a romantizar el conflicto. Sabía que el siglo XX había mostrado con frecuencia que no era posible “escapar por poco”. El abismo, en otras palabras, no es siempre una forma eficaz de profilaxis social.
Dividió los conflictos en dos tipos: los de “más o menos” y los de “esto o lo otro”. Asoció los primeros, sobre todo, con cuestiones redistributivas, y los segundos con los que hoy llamaríamos políticas identitarias. En los primeros, decía, es posible llegar a acuerdos, “ir saliendo al paso”; en los segundos, si acaso, solo puede aspirarse a una mínima tolerancia.
Tuvo cierta clarividencia. Alcanzó a darse cuenta, hace más de treinta años, que, en los Estados Unidos, los conflictos no divisibles (de “esto o lo otro”) estaban creciendo como consecuencia de la preponderancia de cuestiones como el aborto y los problemas asociados al multiculturalismo. Creía que los políticos que se enfocaban en asuntos materiales (incluso aquellos que defienden intereses pecuniarios) tenían más posibilidades de avanzar en acuerdos y en ser artífices del cambio social que los apasionados y vehementes. Citaba, medio en broma, la expresión del pensador liberal francés Benjamin Constant cuando conoció al apasionado Napoleón: “¡Qué Dios nos devuelva a nuestros reyes holgazanes!”. Esta frase podría actualizarse fácilmente. Bastaría con decir: ¡cuánto añoramos los políticos negociadores de antaño!
Creía que los políticos que se enfocaban en asuntos materiales (incluso aquellos que defienden intereses pecuniarios) tenían más posibilidades de avanzar en acuerdos y en ser artífices del cambio social que los apasionados y vehementes
En fin, Hirschman combinaba cierto realismo político con lo que él mismo llamó la pasión por lo posible: “lo que en verdad se requiere para afrontar los nuevos problemas que enfrenta una sociedad en su camino es un ímpetu político emprendedor, imaginación, paciencia aquí, impaciencia allá […] No veo la utilidad (y sí mucho riesgo) en convertir todo esto en una sola batalla final por el bienestar de la comunidad”. Para Hirschman, el pluralismo y el posibilismo eran en esencia lo mismo, dos virtudes democráticas esenciales, imprescindibles e inseparables.
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