
El pueblo
¿Dónde está el pueblo? ¿Quién lo representa? ¿Cómo se expresa? ¿Qué decir de esto en países con decenas de millones de habitantes? El populismo, tan presente en América Latina, cree tener una respuesta fácil, pero la democracia constitucional dice otra cosa. Aquí se muestran estas diferencias.
1.
En la Revolución francesa se leía el Contrato social de Rousseau con un fervor de texto sagrado, entre otras cosas porque se pensaba que allí estaban plasmadas las claves que se requerían para fundar el nuevo régimen. Pero Rousseau no había escrito ese pequeño libro con el propósito de dar esas instrucciones demiúrgicas, sino más bien con una intención especulativa, de reflexión sobre ideales y conceptos teóricos que carecían de vocación práctica. La “voluntad general”, por ejemplo, el concepto clave de su libro, no puede ser ni representada ni alienada ni dividida, lo cual es tanto como decir que no puede ser, al menos en un país con 20 millones de habitantes como era Francia en ese momento (tal vez lo sería en un pequeño cantón de Ginebra), ni implementada ni puesta en marcha. Idealmente, decía Rousseau, la voluntad del pueblo existe pero, en términos prácticos, nadie puede saber cuál es ni dónde está y por eso mismo nadie se puede otorgar el privilegio de encarnarla o de expresarla.
Sin embargo, como dar el salto de lo ideal a lo político es tan tentador, muchos llegaron a pensar que esa voluntad popular sí existía y que alguien de carne y hueso la encarnaba. Uno de ellos fue el abate Emanuel Sieyès, un personaje central en el diseño de la nueva institucionalidad francesa, quien sostuvo que esa fuente del andamiaje democrático estaba en las mayorías de la Asamblea nacional.
La seducción de lo metafísico trastocado en político sigue hoy en pie con el populismo, un estilo de gobierno que alimenta lo que se ha dado en llamar las nuevas democracias iliberales.
Especial Imaginar la Democracia
2.
En América Latina existe una vieja tradición de gobernantes alucinados por la imagen del pueblo imaginario que dicen encarnar; tal vez nadie lo ha dicho tan claramente como el político colombiano Jorge Eliécer Gaitán: “no soy un hombre, soy un pueblo”. Es una tradición que empieza con la aparición de los caudillos, a mediados del siglo XIX, y que continúa con los líderes populistas que gobiernan hoy en una buena porción del continente. La lista es casi interminable e incluye a gente como Santa Ana en México, Rosas y Perón en Argentina, Trujillo en República Dominicana, Páez y Chávez en Venezuela, Somoza en Nicaragua, Ríos Mont en Guatemala, Omar Torrijos en Panamá, Alberto Fujimori en Perú, Getulio Vargas en Brasil, Augusto Pinochet en Chile y Rodríguez Francia y Alfredo Stroessner en Paraguay, entre muchos otros. Todos ellos conciben a la sociedad como un cuerpo en el que cada parte (cada órgano) está guiada por una cabeza que garantiza el funcionamiento armónico de todo el conjunto.[1] Los disidentes políticos, según esta metáfora organicista, son vistos como un elemento anómalo, como un parásito o un tumor que debe ser extirpado. El pueblo que aclama al caudillo en las calles y plazas no es toda la población, pero es, según su líder, el auténtico, el verdadero. Todos los demás son detractores y, más que eso, enemigos que hay que combatir. En la Revolución francesa, por ejemplo, las minorías de la Asamblea nacional (monarquistas y girondinos, entre otros) fueron acusadas de traición por los jacobinos, encabezadas por Robespierre, y muchos de ellos fueron enviados a la guillotina.
> En América Latina existe una vieja tradición de gobernantes alucinados por la imagen del pueblo imaginario que dicen encarnar
Hay pues una conexión lógica entre 1) sostener que la voz del pueblo existe y que, de hecho, alguien la conoce y la expresa de manera clara y contundente, y 2) afirmar que quienes no comulgan con esa voluntad popular son enemigos del pueblo.
La facilidad con la que las sociedades latinoamericanas han caído en la guerra civil tiene origen en esta retórica que convierte a los disidentes en un “enemigo interno”. Aquí vale lo dicho por Andrés Trapiello sobre la guerra civil española: “España había conocido en los últimos cuarenta años guerras y campañas contra los patriotas moros, contra los patriotas cubanos y contra los patriotas filipinos; en ninguna de esas guerras mostró tan furioso entusiasmo, sin embargo, como en la que sostuvo contra sí misma, contra su propio patriotismo”.
> La facilidad con la que las sociedades latinoamericanas han caído en la guerra civil tiene origen en esta retórica que convierte a los disidentes en un enemigo interno
3.
La tradición caudillista sigue en pie y de eso es testigo una buena porción del continente gobernada hoy por presidentes populistas. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se veía a sí mismo como un representante del pueblo humilde y auténtico de México contra las élites indolentes y por eso les hablaba cada mañana como si fuera un curita de pueblo que da consejos a los hijos de Dios, que son también sus hijos. Allí les repetía, en su sermón matutino, que la mayor reserva de valores culturales, morales y espirituales está en los pueblos y en las familias, “no en la academia, no en los medios de comunicación; desde luego no en la Policía, no en las cúpulas del poder económico”. AMLO se presenta a sí mismo como el adalid de lo que él llama La cuarta transformación, una sucesión de héroes que empieza con Miguel Hidalgo, prócer de la independencia, sigue con Benito Juárez, líder de la Reforma, continúa con Francisco Madero, paladín de la Independencia y termina, cómo no, con él mismo como cabecilla de una revolución que consolida todo lo anterior y acaba con la corrupción. AMLO es el gobernante que quiso “liberar” a México de sus usurpadores, entre los cuales están, según dice, los “fifis”, es decir las élites indolentes con el pueblo, la prensa, los gachupines del empresariado, los extranjeros neocoloniales y a los jueces que emiten sentencias contrarias a los intereses populares. Su último logro, quizás el más dañino para la democracia, fue acabar con estos últimos por medio de una reforma constitucional que los destituyó e impuso una renovación de todo el cuerpo judicial por medio del mecanismo de elección popular de jueces. Las Cortes, dijo en una ocasión, no pueden estar por encima del pueblo; la jurisprudencia debe recoger el sentimiento popular.
> La tradición caudillista sigue en pie y de eso es testigo una buena porción del continente gobernada hoy por presidentes populistas
El proyecto populista de AMLO ha sido el más exitoso de las últimas décadas, el más capaz de doblegar a la oposición y de imponer reformas de largo aliento que garanticen su supervivencia. Son muchos los que han querido emularlo y entre ellos están algunos que enarbolan una ideología política opuesta, como Bukele en El Salvador, que también sometió a sus opositores (“el pueblo tiene derecho a la insurrección para remover a esos funcionarios”, dijo cuando expulsó a los legisladores que se le oponían) con un proyecto político cuya transformación quiso ser económica y libertaria, pero que terminó convertida en una empresa de seguridad que, a falta de bancos para el bitcoin, construyó cárceles. También está Milei, en Argentina, un gobernante que ha querido extirpar (su metáfora preferida es una motosierra) a los que llama “zurdos”, en una guerra que no es solo económica sino moral, de la Argentina contra sus enemigos. Y cómo no hablar de Nicaragua, un país que, con Daniel Ortega, parece reescribir las páginas de la dictadura somocista, pero con las banderas de una ideología contraria, pero empleando el mismo ostracismo contra los periodistas, los intelectuales y todos aquellos que alcen la voz disidente contra la familia presidencial. El chavismo en Venezuela y el bolsonarismo, en Brasil, con las mismas ínfulas populistas, parecen haber perdido fuerza, pero su futuro no está escrito, como no lo está el de Gustavo Petro, quien ha repetido varias veces que “irá hasta donde el pueblo le indique”.
4.
En todos estos personajes hay una misma manera de proceder, en contra de las instituciones y de los valores democráticos, que obedece a una concepción de la política (y de la democracia) entendida como una relación estrecha y emocional entre el líder y su pueblo; una relación radical, porque la hipérbole nutre el fervor de las masas; simplista, porque todo matiz y toda complejidad están fuera de lugar; belicosa, porque ve a los contradictores como enemigos que hay que expulsar; moralista, porque el líder toma el lugar del sacerdote que guía a su pueblo; y destructora del orden jurídico, porque las reglas de juego son, o al menos pueden ser, un obstáculo que se opone a la voluntad del pueblo que no es otra que la de su líder.
El hecho de que estos líderes populistas provengan de ideologías enemigas no significa otra cosa que “la calentura no está en las sábanas”, es decir, que las dolencias de la democracia no están en el debate ideológico, de izquierda o de derecha, sino en el talante democrático de sus gobernantes o, más concretamente, en su manera de entender el pueblo, que puede ser de dos tipos: bien sea como una unidad, cohesionada y homogénea, sin tensiones internas, como un órgano que es capaz de expulsar sus toxinas, o bien sea como una sociedad compleja, con gente que piensa distinto, pluralista, que necesita de reglas comunes para operar, decidir, actuar y coincidir en proyectos colectivos. En países complejos y populosos como los nuestros, la democracia solo es compatible con ese pueblo plural y complejo, gobernado por un líder político que no está convencido de encarnar su voluntad, entre otras cosas porque esa voluntad, como bien decía Rousseau, no existe y, por lo tanto, nadie la detenta.
> El hecho de que estos líderes populistas provengan de ideologías enemigas no significa otra cosa distinta que la calentura no está en las sábanas
[1] La metáfora del cuerpo viene del medioevo con la idea del soberano como cabeza de un cuerpo político, compuesto de distintas partes (reinos, gremios, corporaciones, órdenes) cuya armonía es garantizada por el soberano. Véase el Discurso político al rey Felipe III al comienzo de su reinado, de Álamos de Barrientos).
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