
¿Quién debe decidir una guerra?
En esta columna se presentan reflexiones sobre una pregunta formulada en 1932 y 1938: ¿Hay alguna manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra? Y se formula, una nueva pregunta: ¿Quién debe decidir una guerra?
En el siglo XXI, por redes, millones de personas observan la devastación de las guerras. “Al parecer, la apetencia por las imágenes que muestran cuerpos dolientes es casi tan viva como el deseo por las que muestran cuerpos desnudos”, escribe Susan Sontang en su libro Ante el dolor de los demás, en el que analiza la forma como las personas consumen imágenes violentas generadas en la guerra.
Especial Imaginar la Democracia
En el mismo libro, Sontag presenta un análisis de la respuesta de la escritora británica Virginia Woolf a una pregunta que le hace un hombre: ¿Cómo hemos de evitar la guerra en su opinión? La respuesta, que aparece en la obra Tres guineas escrita por Woolf en 1938 —mucho menos famoso que otro de sus libros: Una habitación propia—, fue: la guerra es un juego de hombres; la máquina de matar tiene sexo y es masculino… A los hombres (a la mayoría), les gusta la guerra, pues para ellos hay en la lucha alguna gloria, una necesidad de satisfacción que las mujeres (la mayoría) no siente ni disfruta.
En 1938 la escritora británica Virginia Woolf escribió: la guerra es un juego de hombres, la máquina de matar tiene sexo: masculino
Violencia, derecho y pulsiones
Pocos años antes, en 1932, Albert Einstein, como científico y pensador, desde la Sociedad de Naciones y como anticipo inimaginable a lo que pasaría en la Segunda Guerra Mundial, a través de una carta, planteó una pregunta similar a Sigmund Freud: ¿Hay alguna manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra? Einstein complementó su interrogante con esta afirmación: Es sabido que, debido a los progresos de la técnica, de esta pregunta depende la humanidad civilizada y, sin embargo, los apasionados esfuerzos por resolverla han fracasado de forma alarmante hasta la fecha.
En 1932, Albert Einstein formuló a Sigmund Frued la pregunta más importante de las que se le puede plantear a la civilización: ¿Hay alguna manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra?
Junto a esta pregunta, formula otras más: ¿Cómo es posible que la minoría (poderosos que ven en la guerra la oportunidad de obtener ventajas personales y ampliar su esfera de poder) pueda poner a las masas al servicio de sus deseos, si estas, en el caso de una guerra, sólo obtendrán sufrimiento y pérdidas? ¿Cómo es posible que las masas se dejen enardecer hasta llegar al delirio y la autodestrucción? Y, finalmente, plantea una última pregunta: ¿Es posible dirigir el desarrollo psíquico de los seres humanos de tal manera que estos se vuelvan más resistentes a las psicosis del odio y la destrucción? En la carta, él mismo se plantea las siguientes respuestas.
Einstein considera la guerra como una fatalidad. Para evitarla y para la solución de los conflictos que surjan entre los Estados propone que éstos creen una autoridad legislativa y judicial supraestatal bajo la idea de que las decisiones de estos organismos se aproximarían más al ideal de justicia de una comunidad. Junto a esto plantea que el derecho y la fuerza están unidos de forma inseparable, y además —insiste—, en ese momento histórico en que estaban lejos de poseer esa organización supraestatal por la imposibilidad de los Estados a la renuncia incondicional de parte de su soberanía para alcanzar la seguridad y la paz general. Actualmente existe una organización supranacional: Naciones Unidas, pero ante las guerras que estamos viviendo, es poco o nada lo que ha logrado para evitarlas o humanizarlas ante Estados que tienen la fuerza de las armas y desestiman el derecho.
Frente a la segunda y tercera pregunta, relativas a la manipulación de los poderosos sobre las masas que son las que sufren la devastación de la guerra, Einstein incluye en esas masas a la población en general, a los soldados, sobre los que escribe que en ocasiones consideran el ataque como la mejor defensa de su pueblo y también a los intelectuales, de quienes señala que no acostumbran a tener contacto directo con la realidad. Con relación a la manipulación, reflexiona sobre la manera como la minoría dominante en el poder puede controlar la escuela, la prensa y organizaciones religiosas para dominar y dirigir los sentimientos de las masas, al tiempo que los convierte en sus instrumentos para hacer la guerra.
Finalmente, frente a la última pregunta sobre el odio y la destrucción de los seres humanos, Einstein muestra cómo el poder de estos sentimientos puede llevar a una psicosis colectiva que en muchos casos se utiliza como soporte para las guerras.
Freud responde a las preguntas formuladas por Einstein desde el psicoanálisis, con la experiencia clínica que adquirió a través del tratamiento a personas que vivieron la experiencia traumática de la guerra y proponiendo que sólo desde una posición psicológica es posible debatir sobre el problema de prevención de la guerra.
Frente a la fatalidad de la guerra planteada por Einstein, Freud se refiere a la guerra como una _desilusión. Explica que nos desilusionamos no por los horrores de la guerra sino por la imposibilidad de la razón para remediarlos. La ilusión, para Freud, está en que el mundo de la polis (la política) no ha sido capaz de ser un antídoto de la guerra. Tal como lo planteó en 1918 Carl von Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”.
Frente a la fatalidad de la guerra planteada por Einstein, Freud se refiere a la guerra como una desilusión. Explica que nos desilusionamos no por los horrores de la guerra sino por la imposibilidad de la razón para remediarlos. La ilusión, para Freud, está en que el mundo de la polis (la política) no ha sido capaz de ser un antídoto de la guerra
Sobre la violencia, empieza señalando que, en principio, los conflictos de intereses entre los seres humanos se solucionaban mediante la violencia, como sucede en todo el reino animal. Así, primero la fuerza bruta y luego la superioridad de las armas (la técnica) se utilizaron con el mismo objetivo: aniquilar a los contendientes. La muerte del enemigo, mediante la violencia, satisface una tendencia instintiva y el respeto por la vida del enemigo solo aparece cuando en lugar de matarlo se le subyuga.
Con relación al derecho, explica que este surge cuando la fuerza superior de un individuo es sustituida por la unión de varios individuos: los más débiles. Este nuevo poder recurre a los mismos medios y fines, pero con la diferencia de que el poder de un individuo se sustituye por el poder de una comunidad que requiere de un elemento psicológico: la unidad permanente del grupo a través de vínculos afectivos entre sus miembros. Sin embargo —sigue explicando Freud—, el derecho de la comunidad siempre está en riesgo por la disparidad de sus miembros de forma tal que algunos tratarán de eludir las restricciones que se establecen en las leyes y de volver al dominio de la violencia.
Ante esta oscilación entre violencia individual, comunidad–derecho y riesgos constantes, Freud propone que sólo se puede realizar un cambio pacífico desde el desarrollo cultural de los miembros de la sociedad basado en el amor y las solidaridades significativas.
Por otra parte, Freud recurre a la teoría sobre las pulsiones para responder las otras preguntas planteadas por Einstein, relativas a la facilidad de entusiasmar a los seres humanos para la guerra, despertando en ellos el instinto de odio y de destrucción. Explica que las pulsiones pertenecen a dos categorías: las “eróticas” que tienden a conservar y a unir, y las de agresión o destrucción, que tienden a destruir y a matar. Las dos representan una antítesis entre el amor y el odio y es raro que un acto sea obra de una única tendencia pulsional.
Se detiene en la explicación de la pulsión de muerte que se desata con y en la guerra. Explica que eliminar esta pulsión es una ilusión, y propone entonces desviarla haciendo uso de la pulsión antagónica y complementaria: la pulsión erótica de creación de vida. Para Freud, el establecimiento de solidaridades significativas entre seres humanos, y todo lo que desarrolle vínculos afectivos entre ellos, debe actuar contra la guerra. Se refiere a vínculos de amor, no sexuales, que explica desde la frase religiosa: ama al prójimo como a ti mismo.
Freud se detiene en la explicación de la pulsión de muerte que se desata en la guerra y explica que eliminar esta pulsión es una ilusión, propone entonces desviarla haciendo uso de la pulsión antagónica y complementaria: la pulsión erótica de creación de vida
Por otra parte, Freud se refiere al tema de la autoridad, que Einstein plantea implícitamente, señalando que el hecho de que los seres humanos se dividan entre dirigentes y dirigidos plantea una desigualdad innata e irremediable: la mayoría necesita de una autoridad que adopte las decisiones por ellos y en general, se someten a ellas incondicionalmente.
Finalmente, Freud se refiere a un tema no planteado por Einstein. Lo hace, también, desde preguntas: ¿Por qué nos indignamos tanto contra la guerra, usted y yo y otros tantos? ¿Por qué no la aceptamos como una más entre las muchas dolorosas miserias de la vida? Su respuesta es: porque somos pacifistas y creemos en la evolución cultural que explica de la siguiente manera:
“Nos alzamos contra la guerra porque no podemos hacer otra cosa…desde tiempos inmemoriales se desarrolla en la humanidad el proceso de la evolución cultural… Quizá este proceso sea comparable a la domesticación… las modificaciones psíquicas que acompañan la evolución cultural son notables e inequívocas. Consisten en un progresivo desplazamiento de los fines pulsionales y en una creciente limitación de las tendencias pulsionales. Sensaciones que eran placenteras para nuestros antepasados hoy nos resultan desagradables… el fortalecimiento del intelecto comienza a dominar la vida pulsional…la guerra niega de la forma más violenta actitudes psíquicas que nos han sido impuestas por el proceso cultural, y por eso nos alzamos contra la guerra: simplemente ya no la soportamos…”. Freud concluye su respuesta señalando que todo lo que impulsa la evolución cultural actúa contra la guerra.
¿Quién debe decidir?
Resulta estremecedor que estas preguntas sobre cómo evitar la guerra se hayan realizado antes de la Segunda Guerra Mundial. Así mismo, que hayan sido respondidas por una mujer escritora y feminista, por un físico intelectual y por un psicoanalista con corazón literario. Sin embargo, las respuestas a estas preguntas, de las que sigue dependiendo la humanidad civilizada, siguen siendo actuales y nos atañe a todas las personas porque no hay guerras lejanas. Todas las personas las vivimos y pagamos sus enormes costos: muerte de miles de personas inocentes, una altísima vulneración de derechos y, también, importantes impactos económicos que pagan los más vulnerables.
Junto a la rápida destrucción que provoca la guerra se encuentra el lentísimo intento de construcción de paz. Puede ser que, en el siglo XXI, la evolución cultural de la que habló Freud se haya desarrollado más y prime la pulsión de vida o que, por el contrario, la pulsión de destrucción y las violencias individuales de unos pocos hombres poderosos se sigan utilizando para manipular a las masas llevándolas a la guerra. Y es en este sentido que, en este instante, 90 años después de preguntas con respuestas e intentos fracasados de evitar la guerra, surge mi pregunta: en el contexto actual, ¿quién debería decidir una guerra?
Si la respuesta a esta pregunta es que esa decisión debe seguir en manos de unos pocos, generalmente, hombres que concentran el poder, la historia pasada y reciente demuestra —como explicaron Einstein y Freud— que la ostentación de ese poder y sus pulsiones de destrucción han generado guerras que podían evitarse. Claro que no todas las guerras son iguales: algunas han logrado la transmutación de la violencia en derecho, pero no han sido la mayoría.
Virginia Woolf, respondiendo a la pregunta que le formularon, se planteó una pregunta propia: ¿Quién cree en la actualidad que se puede abolir la guerra? Su respuesta fue: Nadie, ni siquiera los pacifistas. Sólo aspiramos (en 1938) a impedir el genocidio, a presentar ante la justicia a los que violan gravemente las leyes de la guerra, y a ser capaces de impedir guerras específicas imponiendo alternativas negociadas a los conflictos.
Para finalizar, yo respondo a mi pregunta con otra pregunta: ¿Qué pasaría si dejamos que las mayorías decidan si iniciar o no una guerra? Tal vez decidiríamos: No más guerras, hay que insistir sólo en la política para solucionar los conflictos. Tal vez sea volver a la vieja ilusión, tal vez se trate de una cuestión de género, tal vez… pero lo importante es no cansarse y seguir pensando en nuevas formas para evitar la guerra y porque, además, no siempre hemos sido violentos, según no los recuerda Riane Eisler, en su libro El cáliz y la espada:
“Durante milenios, los hombres han luchado en guerras y la espada ha sido el símbolo masculino. Esto no significa, no obstante, que los hombres no puedan evitar ser violentos o belicosos. A lo largo de la historia registrada, ha habido hombres pacíficos y no violentos… La raíz del problema yace en un sistema social en el que el poder de la espada se idealiza, en el que se enseña a hombres y mujeres a equiparar la verdadera masculinidad con la violencia y la dominación, y a considerar a los hombres que no se ajustan a este ideal demasiado blandos”.
Claro, lo mejor sería que nadie tuviera que decidir sobre la guerra por eso yo le sigo pidiendo a los dioses que la guerra y lo injusto no me sea indiferente.
¿Qué pasaría si dejamos que las mayorías decidan si iniciar o no una guerra? Tal vez decidiríamos: No más guerras, hay que insistir solo en la política para solucionar los conflictos
Referencias:
Eisler, Reine. El cáliz y la espada. De las diosas a los dioses, culturas pre‑patriarcales. Capitán Swing Libros, S.L., Madrid, España, 2021. Págs. 27–28.
Resta, Eligio. ¿Por qué la guerra? Editorial Minúscula, primera reimpresión, Barcelona, 2001. Págs. 13, 64, 65, 66, 67, 72, 73, 74, 77, 80, 81, 83, 90, 91, 94.
Sontag, Susan. Ante el dolor de los demás. Alfaguara, primera reimpresión, Colombia, 2003. Págs. 11, 13, 14, 52.
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