
Ana González, una artista y viajera incansable
La obra de Ana González es el resultado de su pasión por la fotografía, la ciencia, la tecnología y los viajes de exploración. Se refleja su preocupación por el deterioro de los paisajes naturales y la biodiversidad, así como las amenazas que acosan a los pueblos indígenas y a las comunidades desplazadas.
Por: Eduardo Arias
En La Salle, uno de los barrios que componen lo que genéricamente se conoce como “Chapinero Alto”, está el estudio de Ana González. Es un espacio blanco, amplio y luminoso, con grandes ventanas que miran hacia el occidente de la ciudad y de la Sabana, y en el cual también es posible ver algunas de sus obras como si se tratar de la sala de una galería o de un museo.
Esas piezas que cuelgan de las paredes y que ocupan algunas mesas dan fe de su pasión por la naturaleza, el medio ambiente, los viajes de los naturalistas y también por las comunidades indígenas y las poblaciones más vulnerables.

Recientemente expuso Xamán en la Semana de la Biodiversidad que se llevó a cabo en Cali, obra que estuvo exhibida en el edificio de Coltabaco y que ya forma parte de la colección del Museo La Tertulia en Cali, ciudad con la que tiene un gran apego porque su familia materna es del Valle del cauca y, además, a ella le encanta de la ciudad la exuberancia de la naturaleza, que muchas veces no encuentra en Bogotá.
Xamán es una pieza de gran formato inspirada en el significado del samán, un árbol relacionado con las raíces ancestrales, la conexión con la naturaleza y la espiritualidad indígena. Con esa obra explora el concepto del “árbol del agua” que, de acuerdo con la cosmogonía de las naciones indígenas, está asociado con la generación de nubes y lluvia, y es considerado como un punto de reunión espiritual.
Pero la actividad de Ana González en estos días no termina ahí, ya que en las próximas semanas estará muy atareada. En la Semana del Arte Art Basel que se lleva a cabo en Miami participará en dos exposiciones. El 1 de diciembre participa en una colectiva sobre paisaje en la colección de arte de Jorge Pérez, llamada El Espacio 23. El 2 su galerista Sean Kelly presentará nueve obras suyas en el Convention Center dentro del marco de Art Basel.
Más adelante, en la primera semana de marzo, en Nueva York, la sala principal de la Sean Kelly Gallery presentará una retrospectiva sobre los últimos cinco años de su trabajo sobre el paisaje, la naturaleza, sus viajes de exploración y el verde. Son más de 60 piezas entre pintura, textiles, porcelana y piezas sonoras. Y más adelante hará en Aspen, Colorado, una residencia artística que ganó con el Anderson Arts Ranch Center.
La conexión de Ana González con el mundo natural
El samán no es una obra que se le ocurrió de buenas a primeras. Ella ya lleva tres años recorriendo haciendas del Cauca y del Valle del Cauca. “Es un tema personal porque de niña pasaba vacaciones en una hacienda como esa. Es más una búsqueda de mi identidad. Lo que más me impresiona de esas fincas son los samanes y cómo se conservan las casas”, dice.

Su interés por esos “árboles gigantes y divinos” la llevaron a investigar la historia y la manera de cómo los ven los indígenas: árboles que llaman a las nubes y el agua donde se reunían los grandes líderes a hablar. “Es un homenaje al esplendor natural del Valle, que es muy evidentes pero que a veces ni lo vemos”, cuenta.
Esta obra forma parte de Verdes, que habla de lugares endémicos como Chocó, una serie que está exponiendo desde hace casi dos años en Estados Unidos. Después pasó a Bruma, una serie sobre lugares que ella recorrió en la cordillera de los Andes. En esa serie trabajó formatos muy grandes que hablan de los bosques de niebla y de cómo van desapareciendo.
Para nutrir su obra ella ha viajado a lugares de muy difícil acceso, como la cascada de Las Nereidas, en el bosque andino del Parque Nacional Natural los Nevados: “Es una cascada a la que uno sólo llega a caballo. Ni siquiera a pie”.
Desde hace más de 10 años ella hace continuamente esos recorridos. “Veo todos esos lugares donde fueron Humboldt, Bonpland, la Expedición Corógrafica, todos los exploradores que han pasado por aquí. Ellos tenían una mirada muy desde arriba, de mucha jerarquía, muy masculina. Yo lo hago con una visión de mujer, de artista, más sensorial”, relata González.

La artista toma todas las fotografías con su cámara Leica y, al imprimirlas, les pone el tono verde de los billetes de dólar para mostrar una dualidad entre el verde de la naturaleza y el de los billetes. Imprime las fotografías en telas diseñadas para tráfico pesado. En la parte superior se ve impresa la fotografía de una manera convencional. En la inferior deshilacha la tela y esa parte de la foto adquiere un aire más difuso y enigmático. “Esto tiene una razón de ser -dice- Humboldt decía que la naturaleza es como un gran textil, Si uno jala de un hilo algo pasa en todo el lienzo. Hilo a hilo vamos transformando el paisaje. Ese es el mensaje de la obra”.

Hay otras series en las que ha trabajado la porcelana para referirse a la fragilidad: “Aquí hay un cuento muy bonito. Las góngoras son unas orquídeas muy pequeñas, que son motivo de observación de varios científicos. Yo tuve la suerte de encontrarme con Santiago Ramírez, un científico colombiano que hizo la investigación en la Universidad Harvard sobre el mutualismo entre las góngoras y las abejas del género Euglossa, que tienen una relación de más de 20 millones de años”. González realizó las abejas en oro reciclado, aunque en la naturaleza son verdes o azules, tornasoladas. Con Ramírez ganaron la beca Packard que les permitió desarrollar ese proyecto y mostrarles a las personas cómo un hecho tan minúsculo ha sobrevivido tanto tiempo, y más en dos seres vivos tan diferentes como la abeja y la góngora.
Los desplazados, un tema fundamental en su obra
Desde que comenzó sus primeros trabajos en revistas había entrado en contacto con poblaciones desplazadas. Su primer contacto directo como artista lo hizo cuando realizó el proyecto Hijas del agua con el reconocido fotógrafo Ruvén Afanador, con quien recorrió esos territorios para entender quiénes estaban ahí. Además, durante los cuatro años que trabajó con Artesanías de Colombia, visitó varias comunidades que le ayudaron a comprender que “Colombia es un país muy manual, muy de factura, muy de oficio”.
Ella también ha retratado lugares abandonados en los que la vegetación y la fauna aparecen en construcciones humanas que han sido abandonadas. “En esos lugares renacía la vida -y reflexiona- aquí tenemos ese discurso del desplazamiento como algo terrible, pero eso pasa en todo el mundo y no solamente ahora. Si uno trabaja con desplazamiento se da cuenta que hace parte de la vida y que el reinventarse también es parte de esos ciclos vitales”.
En sus viajes también ha visto cómo el oro, que en principio es sinónimo de riqueza, felicidad y bienestar, ha provocado verdaderos desastres en selvas como las chocoanas, en las que el paisaje se ha transformado, degradado y contaminado. Ana González lo ha plasmado en una serie a base de sedas que expuso en Suecia, en el Museo de Arte Contemporáneo de Derechos Humanos.
Su vinculación con las comunidades va más allá del arte. Por ejemplo, Cartier le comisionó una obra en porcelana y a cambio le financió la construcción de un centro de salud en Umancia, en la esquina entre Amazonas, Putumayo y Caquetá, un proyecto en el que ella colabora con Amazon Conservation Team. Es un centro de salud de medicina mixta que combina saberes ancestrales indígenas tradicionales con la medicina alopática.
De la arquitectura al arte
Ana González nació en 1974. Desde chiquita pinto. Su papá, que había sido jesuita y se salió de la orden cuando se enamoró de la mamá de Ana, la llevó por Europa y visitó muchos museos. “Yo me quedaba a dormir en monasterios, y empezó mi amor por las iglesias, los monasterios. No hay país al que no vaya y visite la iglesia. No por ser religiosa, sino como por esa historia”.
Estudió arquitectura en la Universidad de los Andes, ya que sus padres se negaron a que arrancara por Artes. De todas maneras le gustó. “Me iba muy bien, pero mis presentaciones tenían acuarelas, carboncillos, eran como una expresión”.
Al graduarse siguió sus estudios de Arte en el Trinity College de Dublín, Irlanda, y en l’ École Nationale Supérieure des Beaux-Arts y l’ École Supérieure de Commerce de París. Y realizó especializaciones relacionadas con la fotografía, impresión, porcelana y publicaciones.
Entró al mundo de la edición fotográfica en revistas: “Ahí me mandaban muchos desplazados que tenían artesanías. Empecé a mirar lo que hacía esta gente que venía a Bogotá con nada, tal vez un collar, una canasta, y me fascinó escuchar las historias. Ahí empezaron mis primeras series”.
En 2003 abrió su estudio. Las primeras series se centraron en los vestidos de domingo de los desplazados, “que era como el alma que viajaba con ellos”. Se casó y tuvo tres hijos, entonces repartió su tiempo entre el arte y la crianza. Pero al divorciarse retomó su carrera con nuevos ímpetus: “Fue un tema de supervivencia. La prioridad era sacar adelante los tres hijos”.
El roce internacional
González dice que tuvo mucha suerte porque la descubrió un galerista de Nueva York de mucho peso internacional: Sean Kelly quien ha sido muy importante en su carrera. “Yo estaba casualmente en México y exponía unas piezas de seda doradas. Hablamos, le conté que había estudiado en Irlanda. Como él es irlandés conectamos un poco y dijo que me iba a ensayar con una exposición en Los Ángeles. Ha sido un gran aprendizaje de cómo mostrar la obra, de cómo son los ojos de las personas afuera de Colombia. A veces nosotros tenemos una mirada muy local y él me ha ayudado a entender cómo tengo que mirarme para que otras personas lo lean, no solo de aquí”, cuenta la artista.
Trabajar afuera le ha permitido conocer la mirada de gente que no es de Colombia sobre su obra, ver cómo la leen. Son dos lecturas diferentes. Además, afuera le han apoyado procesos a los que en Colombia no le habían prestado ninguna atención. “Cuando tú empiezas a exportar, buscan la excelencia. Que la obra esté hecha en los mejores materiales, los mejores acabados. Eso es algo que se mira mucho afuera, pero aquí no tanto. Ellos me enseñaron a enmarcar, a cómo presentar ciertas piezas, el valor de cada pieza final hasta en el más mínimo detalle”.

Considera que en el país hay mucha materia prima para ser artista. “Si uno va a Estados Unidos se le apagan un poquito las ideas. En cada centímetro de Colombia hay algo con lo que uno se puede inspirar. No solamente en lo social, también en la naturaleza, los climas”. Gonzáles piensa que hay muchos artistas contemporáneos muy buenos.
“Contemporáneos míos, más jóvenes, mayores, pero hay una visión de quedarnos aquí, de no explorar. Yo creo que sí toca salir un poco más. No para perder lo de uno sino para no mirarse tanto el ombligo”. También dice que se veía a sí misma muy diferente a como se ve ahora. “Es importante el mensaje y tiene muchas maneras de salir, pero no puede uno llevar, mostrar y hablar de todo. Uno tiene que enfocarse en mostrar una cosa. Cuando ya te conocen entonces tú empiezas a mostrar todo ese universo que hay detrás. Pero hay que saber contar la historia”, concluye.
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