
La dictadura de Rojas diez veces contada
Esta obra es una minuciosa y apasionante reconstrucción de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), a la manera de crónicas y de periodismo investigativo, que combina con gran acierto hechos históricos y personajes de ficción y propone una interesante reflexión sobre aquella época.
El periodista investigativo Arias está escribiendo un libro sobre la dictatura de Rojas Pinilla. Ha leído todo lo que ha podido sobre ella, es su obsesión, desde hace años. Como le dice su amiga Gabriela Arciniegas: “Pareces enamorado de él”. Y sí. Tal cual. Cuando le comentó sobre su proyecto a Efraín Umaña Valenzuela, un antiguo compañero de trabajo en la revista Credencial, éste le dijo: “Usted debería conocer a mi vecino”.
Su vecino, en las Residencias Colón de Bogotá, es un hombre con más de ochenta años, hijo de los administradores de la finca que tenía en Melgar el General Rojas. Cansado de la vida, de esconderse durante tanto tiempo, ha decidido dar su testimonio. Que resultará ser una gran revelación: él sabía quién disparó primero y dio lugar a la matanza de estudiantes del 8 de junio de 1954, el punto de quiebre de la dictadura: “Sí, la prensa jodía, los liberales jodían, Laureano y sus compinches jodían, pero nada grave. ¿Aquí cuándo no joden? Los colombianos estábamos felices, como nunca lo estuvimos y como nunca lo vamos a volver a estar. La gente decía, yo me acuerdo, que estábamos a punto de dejar de ser un país pobre”.
Duván , un tío de Arias que desapareció durante la dictadura -tal vez de ahí le viene su obsesión por aquella época- y también desaparecido del relato familiar -era gay-, es recuperado por su prima Salomé, una prima hermana aunque distante en el trato, y con quien se reencuentra por Facebook. El caso es que la prima, haciendo su tesis de grado sobre Campitos, logró saber el destino final del tío Duván. Campitos, Carlos Emilio Campos, era un famoso comediante que en sus representaciones -mezcla de teatro, cabaré y varieté-, imitaba a los más importantes personajes colombianos. Su público era gente del común, “aquellos que jamás habían pagado una boleta para ir a un teatro; pero por Campitos lo hacían con gusto”. Cuando el gobierno del General Rojas empezó a caer en desgracia y crecieron los rumores de corrupción en la familia presidencial, cuando pasó la masacre de la plaza de toros, desaparecían los opositores y aumentaba la censura, cuando se supo que el General buscaba eternizarse en el poder -le explica la prima Salomé a Arias-, “Campitos tomó una sola dirección (se descaró, habrán dicho otros). El generalísimo se convirtió en el centro de sus burlas”. Campitos se vistió de general, remedó su voz y “algo mágico” sucedió: “Desde ese momento quedó claro que no se trataba de una imitación, eran la misma persona”. El país amó a Campitos, el segundo General. Con una diferencia: esa versión decía verdades y hacía reír, “_el original, en cambio, ya comenzaba a provocar algo parecido a la náusea”.

Arias no es el único periodista que investiga sobre la dictadura de Rojas. Enrique Perdomo trabajó de joven en el Diario Colombia, el periódico del régimen, dirigido por Samuel Moreno Díaz, el ´yernísimo´, el esposo de Maria Eugenia Rojas, la Capitana, que fungía como primera dama. Allí, Perdomo vio de primera mano cómo se ejercía la censura y allí se enamoró platónicamente de la amante del ´yernísimo´, Emma Tarazona, “la barragana”, quien sabía demasiado sobre la corrupción del gobierno y fue supuestamente asesinada en febrero de 1957. O eso creía Perdomo: Emma Tarazona, a sus noventa y dos años, estaba vivita y coleando y con gantas de contar su fascinante historia. Su contacto se lo había dado su excompañero Alberto Donadío, otro obsesivo del tema dictadura Rojas, hasta el punto de haberse llevado para su casa -sin autorización- todo el material de la unidad investigativa de El Tiempo, lo que causó un distanciamiento entre ellos.
Y Arias tampoco es el único narrador. Gabriela Arciniegas, nieta del escritor Germán Arciniegas, quien tuvo que abandonar el país por el acoso de la dictadura, nos relata una visita que hace en compañía de Arias a la Biblioteca Nacional para ver El fondo Arciniegas, con documentos clasificados hasta el 2050. Como única heredera, Gabriela tiene el privilegio de consultarlos. Y vaya los tesoros que encuentran: correspondencia en clave entre Antonio Soler, secretario de El Tiempo y Germán Arciniegas y, la gran perla, una carta dirigida por Jorge Luis Arango, director de la Oficina de Información y Propaganda del Estado, al Señor teniente General Supremo.
Con otros narradores, con otros testimonios encontrados en el límite del olvido - “escribo solo para mí”- y con testigos privilegiados -la amante del asesor de seguridad, el jefe de la Casa Militar, el asistente de la Casa Privada- iremos armando el dibujo completo de la dictadura, con sus tramas de poder, con sus horrores y, cómo no, con algo de comicidad. ¿Qué es verdad y qué es mentira? La esencia de la dictadura es verdadera, los personajes inventados son posibles, hayan o no existido. Ya nos lo había advertido claramente el epígrafe del libro: “Debemos recordar que la ficción no significa falsedad”. Se trata acá de una “ficción verdadera”, como bien nos lo enseñó Tomás Eloy Martínez en Santa Evita. ¿Para qué hacer ficción con la historia? Para comprenderla mejor, para entender al fin, con rigor, que la dictadura de Rojas fue eso: una dictadura y no una dictablanda. Y para leerla con mucha pasión.
Andrés Arias
Los gritos
Fondo de Cultura Económica
222 páginas.
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