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Santa Marta, una ciudad llena de historia y de belleza
Cultura

Santa Marta 500 años: un corazón que late entre el mar y la sierra

Cuando se cumplen 500 años de la fundación de Santa Marta, el poeta de origen samario, Federico Díaz Granados, rememora su historia. Desde la emblemática canción ‘Santa Marta tiene tren’ hasta las expresiones musicales, literarias y deportivas que han marcado a la ciudad, este aniversario evoca la cultura viva de la región.

Por: Federico Díaz Granados

‘Santa Marta, Santa Marta tiene tren / Santa Marta, Santa Marta tiene tren /Santa Marta tiene tren / pero no tiene tranvíaes una de las canciones más representativas de nuestro repertorio nacional y famosa universalmente, entre otras, por la interpretación de Celia Cruz en grandes escenarios del mundo. No hace mucho, la poeta uruguaya Ida Vitale mencionó en una entrevista que le hice a propósito del Premio Cervantes que le fue otorgado en 2018 que su primera relación con Colombia no fue por su amistad con Álvaro Mutis ni con García Márquez en sus años mexicanos, sino con esta pegajosa canción compuesta por Manuel Medina Moscote, uno de los más famosos acordeoneros de finales de siglo XIX y comienzos del XX y cuya letra llegó al cono sur de la mano de la orquesta argentina de Eduardo Armani en la década de los cuarenta. Así, en el continente se cantaba esta canción que después menciona, como parte de su banda sonora de la infancia, el poeta peruano Antonio Cisneros en su declaración de amor a Colombia en el año 2000, en el Encuentro del Amor y la Palabra. Así Santa Marta y su tren recorrían Latinoamérica llevando consigo algunos de los signos de la identidad samaria más allá de las fronteras.

Y es precisamente sobre esa identidad samaria y su cultura, alrededor de lo cual se ha venido conversando con motivo de los quinientos años de la fundación hispana de Santa Marta. Lo cierto es que antes de la llegada de Rodrigo de Bastidas, la planicie conocida como Citurma o Saturma era el epicentro de algo sagrado. Entre el mar y la Sierra Nevada no solo hay una geografía propicia para el asombro, sino que allí confluyen todos aquellos ríos que bajan de la sierra con un viento intemporal. El Poema de la creación de los Koguis ya se anticipaba a una visión del mundo donde todo comenzaba en el mar: “Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro. No había sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas. Sólo el mar estaba en todas partes. El mar era la madre. Ella era agua y agua por todas partes y ella era río, laguna, quebrada y mar y así ella estaba en todas partes. Así, primero sólo estaba La Madre. Se llamaba Gaulchováng. / La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna. Ella era Aluna. Ella era espíritu de lo que iba a venir y ella era pensamiento y memoria. Así la Madre existió sólo en Aluna, en el mundo más abajo, en la última profundidad, sola”. La madre y el mar, agua y mujer como origen de la vida común a tantos mitos fundacionales del mundo. Siempre me ha conmovido imaginar lo que tuvieron que ver los Koguis desde lo más alto de la sierra para ser conscientes que desde el mar era posible la creación del mundo y del universo.

Desde aquel poema inicial, bajo el espíritu de Aluna y una cosmogonía propia, la historia de Santa Marta es una historia de contradicciones, encuentros y desencuentros que han sido el eje de su propia identidad. En ese territorio anfibio donde en las cercanías de las ciénagas, los deltas y el mar nacen las expresiones musicales que hoy nos dan una universalidad y un lugar en el mundo, nació la ciudad donde para muchos fue el lugar, el origen y el “Corazón del mundo” en la sabiduría ancestral donde se ya intuía una vocación de modernidad. En la suma de las confrontaciones y diferencias, traiciones y pactos, se sintetiza lo que hoy se conoce como la samariedad o la identidad samaria.

El poeta y abogado José Eduardo Barreneche, nieto del también poeta Mariano Barreneche, autor de la letra del himno de Santa Marta, afirma sobre la identidad y el origen: “Estamos asentados en un territorio sagrado que no solo es cuna de una cultura milenaria, sino que permitió el nacimiento de una nueva convivencia social entre pueblos originarios, afros y españoles, que formaron posteriormente el mestizaje. Estos antecedentes nos deben permitir transformar a Santa Marta en un museo andante, tal como sucede cuando caminamos por las calles de Budapest, Nueva York o París. Cada calle de la ciudad debe mostrar la riqueza cultural que perdura en el murmullo y forma de ser de sus habitantes. De ahí que sea la samariedad el espíritu que habita en este territorio y que invade las almas que comienzan a amar a esta tierra. Se inicia en nuestro ser cuando nos enamoramos de ella, y se manifiesta en nuestra amabilidad, pertenencia y orgullo por nuestra cultura. Es plural, se extiende a todos los habitantes y visitantes. Constituye una conexión con nuestro pasado, presente y forma de construir el futuro, asumiendo el compromiso de preservar y proteger nuestro patrimonio cultural y ambiental. Esto trasciende y tiene muchas manifestaciones, pero una de la más importantes es la amabilidad de este territorio en recibirnos, como una madre, que arropa y que nos muestra que estamos asentados en una cuna preciosa, que puede ser de todos. Solo se exige que la respetemos, amemos y la cuidemos”.

“Dios te salve ciudad dos santa”, dice el primer verso del himno que escribió su abuelo y que dio pie para la discusión sobre si la ciudad es dos veces santa por llevar el nombre de Santa Marta de Betania y porque “en tu regazo soportara el hombre más grande de la América Latina (Simón Bolívar)”, o porque la primera vez que Rodrigo de Bastidas divisó la bahía fue el 23 de febrero de 1501, día de Santa Marta de Astorga, y luego fundara la ciudad, dos décadas después el 29 de julio de 1525, día de Santa Marta de Betania, aquella mujer hospitalaria y generosa que nos revela el Nuevo Testamento. A propósito de esto, el historiador Raúl Ospino Rangel señala que “el 23 de febrero de 1501, Juan de la Cosa hace dos historias: señala la Sierra Nevada en el primer mapa del mundo llamado Carta de la Cosa o Mapamundi y pone el nombre a Santa Marta en honor a Santa Marta de Astorga, que precisamente es su día patronal. Cuando Rodrigo de Bastidas funda la ciudad oficialmente el 29 de julio de 1525, tampoco tiene en cuenta a Santa Marta de Betania, sino que levanta la iglesia en honor a Concepción Nuestra Señora de las Mercedes”. En todo caso, la “ciudad dos veces santa” del himno hace referencia a la impronta hispana y católica de la historia de la urbe. Sin embargo, los signos de la identidad son muchos más amplios y el mestizaje una certeza que marcará para siempre la cultura.

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Cada calle de la ciudad debe mostrar la riqueza cultural que perdura en el murmullo y forma de ser de sus habitantes. Créditos: Colprensa

Por su parte, el biólogo samario Carlos Flórez Urbino, radicado desde hace varias décadas en Holanda, decidió reconstruir parte de la historia de Santa Marta a partir de algunos eventos históricos, anecdóticos y del imaginario popular. El resultado es un podcast llamado Del Caribe y otros tulipanes que, hasta el momento, llega a los noventa episodios. Allí, a través de la crónica y el recuerdo personal, Flórez Urbino ha logrado rescatar del olvido relatos imprescindibles para el conocimiento de la identidad samaria. Episodios como El día en que nació la loca, En cada cuadra un piano, La voz de los árboles, Azul Tayrona, La casa de los abuelos, Teatro Santa Marta, Anconeros, El Panamerican, entre otros, trazan una cartografía afectiva y de memoria viva de la ciudad y su carácter. Por ejemplo, en el capítulo sobre la celebración de los 450 años de la ciudad recuerda cómo la alcaldesa por esos días, Anita Sánchez de Dávila, desempolvando unos decretos de la época de la Colonia, expulsó de la ciudad a las dos familias que protagonizaban unas de las guerras más famosas de la región: los Cárdenas y los Valdeblánquez, que sirvió posteriormente de telón de fondo para la novela de Laura Restrepo Leopardo al sol. Afirma Carlos Flórez Urbino, a propósito de su reciente viaje a la ciudad para asistir a los eventos del quinto centenario y ofrecer al público samario un podcast en vivo: “Intento contribuir al fortalecimiento de la identidad samaria a través de relatos del ayer y de hoy, sobre personajes, costumbres, historia, cultura y riquezas naturales, entre otros temas. Basado en recuerdos, experiencias e investigaciones en diversos campos, cada episodio está ambientado con sonidos callejeros, entrevistas cortas o musicalización. En un lenguaje muy local lleno de humor y camaradería, el podcast se acerca a los samarios para despertar en ellos el orgullo de haber nacido, crecido o vivido en este pedazo de tierra Caribe llamado -desde hace 500 años- Santa Marta”. Y luego agrega que “el alma (o espíritu del samario) está definida por la posición geográfica privilegiada de la ciudad: en plena zona tropical, protegida por la Sierra Nevada de Santa Marta, y acariciada y bañada por el mar Caribe. Esta combinación -única en el mundo- de factores, ha forjado el espíritu de sus pobladores desde tiempos ancestrales hasta el día de hoy, y se manifiesta diariamente en la música, la cocina, las artes y demás expresiones culturales”.

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Entre el mar y la Sierra Nevada no solo hay una geografía propicia para el asombro, sino que allí confluyen todos aquellos ríos que bajan de la sierra con un viento intemporal. Créditos: Colprensa

Lo cierto es que esta celebración o conmemoración de los quinientos años de Santa Marta ha servido para poner sobre la mesa una revisión rigurosa del pasado, un reconocimiento a toda la cosmogonía de los primeros pobladores de la región y al carácter sagrado de la Sierra Nevada, para repensar el presente y la vocación de modernidad de la ciudad y, por supuesto, para pensar en un pacto hacia el futuro para que los próximos siglos exista de verdad un pacto intercultural por la identidad samaria sin exclusiones. Sobre esto la poeta e investigadora Angélica Hoyos Guzmán, vinculada al área académica de la Universidad del Magdalena y experta en el tema de la poesía y la violencia en Colombia, afirma ante la pregunta de la importancia de la cultura en la consolidación de una identidad samaria que “entendiendo la cultura como ese entramado entre la crueldad de las prácticas coloniales y la potencia de la poesía, la filosofía y los actos cotidianos de lo humano en Santa Marta, su papel ha sido el de la memoria, la resistencia, la dignificación. También ha sido el de la integración: de las tecnologías de la letra, de los formalismos de las ciudades letradas, de las burocracias coloniales como formas de gestión social, en la construcción de un poder simbólico que aún no termina de consolidarse. Santa Marta es un territorio abundantemente rico en recursos, en formas diversas de ser y en el tránsito de múltiples pueblos y naciones que han navegado el mar y descendido por los ríos. Y, sin embargo, aún no logra consolidarse como una forma de lo propio. Persisten las visiones heterotópicas proyectadas como promesas en cada cambio de gobierno, a lo largo de estos cinco siglos”. En esto también está de acuerdo la escritora e investigadora Ivethe Noriega Herazo, quien es licenciada en Artes Plásticas, magister en literatura hispanoamericana y del Caribe y también vinculada con la Universidad del Magdalena, al subrayar la importancia del tejido cultural que da una cohesión a lo samario: “la cultura es el hilo que se teje, la identidad hilvanada, la memoria tejida en el día a día, en estos 500 años de historia. Los saberes, las tradiciones, la lengua, las sonoridades, la forma de ser y sentir el mundo son la voz del territorio, que se entrelaza y forma ese 'somos'. Creo que el alma es la esencia de lo que somos; en Santa Marta existen varios elementos del paisaje biocultural que se convierten por esa alquimia del sentir, en símbolos y sentido de pertenencia, indudablemente el mar, y en él, ese cerro rebelde que nos acompaña y sostiene, el Morro, así como la Sierra Nevada, con su presencia intemporal y soberana, el Macurutú (árbol endémico de Santa Marta) y su rosado crepuscular. Estos y otros símbolos conectados a las cocinas de nuestra infancia, el cayeye o mote, el arroz de bonito, los bollos tres'puntá o la brisa 'loca de diciembre', el rumor a vallenato, salsa, champeta o tambor, enlazados con los gritos y risas del fútbol o el juego de dominó en cualquier calle de Gaira, Taganga, Mamatoco o Pescaíto. Ese rumor, esa canción polifónica, intercultural, que resiste, que confronta, esa que sentimos y a veces no sabemos explicar, es la que construye a esta 'ciudad dos veces santa' y nos sitúa en su poética, en sus múltiples desafíos, abismos y anhelos”. Así se reafirma que es la cultura el lugar donde todos nos encontramos, donde se pueden propiciar diálogos y conversaciones con el fin de llegar a amplios consensos sobre lo que debe revisarse de la historia pensando en el futuro y en un pacto social y cultural sobre el origen y la mirada hacia el porvenir.

Asimismo, el escritor y cronista samario Erick C. Duncan, conductor del programa Señal literaria en Señal Colombia, reafirma algunos aspectos del papel de la cultura en la construcción de una identidad samaria: “El espíritu samario ha echado mano de la producción cultural en varias épocas para mirarse a sí mismo; hasta no hace mucho era usual encontrarse al samario conocedor de temas históricos que se paraba en cualquier esquina y te contaba datos inverosímiles, que fue lo que hizo la cultura del espíritu samario: gente pacífica, que disfrutaba del goce colectivo y de la soledad de ciertas lecturas. Quizá por eso mismo la ciudad parió a varios de nuestros grandes pianistas: por esa tendencia a retirarse para poder mirar hacia adentro. Decía García Márquez que Santa Marta es la ciudad más doméstica del país: “La mezcla étnica poderosa que se dio en la ciudad, sumada a la presencia permanente de las tribus indígenas de la sierra, hacen de Santa Marta una ciudad cargada de historia donde la gente siempre se miró de manera horizontal, como viejos amigos. Eso y un amor indiscutible por el mar como esa posibilidad de conversar con el infinito”. Y así fue. García Márquez, en una inolvidable crónica sobre ese otro gran samario que fue Jaime Bateman Cayón, menciona eso que nos recuerda Erick C. Duncan: “Santa Marta es la ciudad más doméstica del país”.

En marzo de 1950, en su columna La Jirafa, del diario El Heraldo, de Barranquilla, firmada con el seudónimo 'Septimus', García Márquez narra su primera visita a la capital del Magdalena: “La verdad es que Santa Marta es una ciudad desconcertantemente silenciosa (…) En Santa Marta sucede exactamente lo mismo. Y en cada casona antigua hay una lápida histórica y un ejercicio de piano. Para siempre. Lo más extraordinario del silencio en la capital del Magdalena es que se conserve intacto, como desde los días de don Rodrigo (…) La bahía misma es serena y apacible. Mas que una ensenada propicia para las vacaciones, más que un magnífico fondeadero para los barcos internacionales, la bahía de Santa Marta es una sensación. Una apacible sensación de quietud, de bienestar, de mansedumbre. Podría decirse -por su extraordinaria belleza- que no es un paisaje sino una ilusión óptica”. Y una semana después, García Márquez dedicaría el mismo espacio de su columna a la ciudad bajo el título 'Las estatuas de Santa Marta', donde menciona que al llegar allí un martes de carnaval comprobó que tenía unas extrañas estatuas: “Si hubiera viajado mucho me atrevería a afirmar que las estatuas más raras del mundo son las de Santa Marta. Por lo pronto, me basta con decir que son las más originales que he conocido (...) Pensé en realidad que se necesita tener un valor civil a toda prueba para meterse en una armadura de caballero con treinta grados a la sombra y ponerse a dar caminatas sin objeto a la orilla del mar (...) Así el fundador parece haber perdido su antigua y recia personalidad de estatua y se está convirtiendo en un transeúnte histórico, en uno de esos rancios samarios que todas las tardes se va a contemplar el tránsito del tiempo y de las muchachas a la orilla del mar (...) por otra parte, creo que la estatua más pequeña de Bolívar es la de Santa Marta”. Las dos columnas del Gabo también develan que, a pesar del mestizaje y la cercanía ancestral con las comunidades de la Sierra Nevada, el flujo de inmigrantes y la presencia de la diáspora africana, Santa Marta era una de las ciudades colombianas donde más se podía sentir el peso de España y la nostalgia perdida por la monarquía. Una ciudad, sin duda, conservadora y realista donde el destino llevó, en una de sus tantas contradicciones e ironías, a que el libertador Simón Bolívar, camino a su destierro, llegara a la ciudad, pasara en San Pedro Alejandrino sus últimos días y falleciera el 17 de diciembre de 1830, no sin antes advertir que el cielo de Santa Marta era el más bello de América y el más luminoso.

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Gabriel García Márquez. Créditos: Colprensa

Por eso es que esta fecha permite trazar un mapa cultural para promover que Santa Marta debe volver a reconocer la riqueza de sus artes, sus letras y saberes que durante más de cinco siglos la han caracterizado en algo mucho más que un hito fundacional. Es una ciudad con alma de puerto donde el mar ha sido el principal rasgo identitario que hado lugar a su verdadero gran relato cultural. Por eso, celebrar o conmemorar estos cinco siglos es también volver a poner un foco sobre todo un legado cultural que permanece.

Es el momento de recordar, por ejemplo, a escritores como José Stevenson, autor de Los años de la asfixia y Nostalgia Boom, entre otras; a Ramón Illán Bacca, cuyas novelas Marihuana para Goering y Maracas en la ópera hacen parte del canon narrativo nacional del siglo XX; a Álvaro Miranda y su novela La risa del cuervo y su obra poética; a José Luis Díaz Granados, autor del poema Canto jubilar que se repartió en diferentes escenarios durante las celebraciones de los 450 años de la ciudad y de la novela Fulgor de la calle grande, donde se traza una cartografía del carácter de Santa Marta y sus personajes; y a José Manuel Crespo, ganador del premio de poesía Casa Silva HJCK en el año 2000 con su libro Ulises hombre solo, además de nombres como Luis Aurelio Vergara, Ricardo Villa Sánchez, Clinton Ramírez y Martiniano Acosta, y poetas como Joaquín Mattos Omar, quien también se ha destacado como cronista, o Clemencia Tariffa, Monique Facuseh, Margarita Escobar de Andreis, Leda Beatriz Mendoza, Fernando y Guillermo Linero Montes, además de reconocer la labor que ha realizado Gustavo Arrieta al frente de Talium (Taller Literario de la Universidad del Magdalena) y la labor que durante años realizó el poeta santandereano Hernán Vargascarreño en la promoción de la poesía samaria con la revista Exilio.

También vale la pena repasar que, desde mediados del siglo XX, la ciudad vio florecer una generación de periodistas que, a través de diarios como El Estado, La Época, La Unidad, El Sesquiplano, El Libertador, El Informador y ¡Zas!, dieron cuenta de la vida política, cultural y social de la región. Los hermanos Gabriel, Luis Aurelio y José Ignacio Echeverría lideraron columnas memorables en El Estado, mientras que Julio Ortega Amarís, Asdrúbal Amarís, José Alejandro Bermúdez y Juan de Dios del Villar dieron forma a una prensa crítica y literaria. Hijos de esa generación de periodistas están Óscar Alarcón Núñez, quien logró consolidar un prestigio periodístico en El Espectador, donde sus columnas 'Micro-lingotes' y 'Macro-lingotes' se convirtieron en referentes de ingenio e inteligencia. El pensamiento samario también tuvo sus epicentros impresos. La revista Pro-Arte, impulsada por Jenaro Jiménez Nieto, y la emblemática Lauro, nacida en 1930 en el centenario de la muerte de Bolívar gracias a Andrés Vicente Mestre y Francisco Alarcón Fuentes, fueron verdaderas canteras intelectuales. En ellas convivían historia, literatura, crítica musical y reflexiones sobre el alma samaria.

Santa Marta también ha sido música. Y no solo por sus fiestas o por el sonido del mar, sino por los artistas que surgieron de ella. Desde el legendario pianista Honorio Alarcón, aclamado en Leipzig como el mejor de Hispanoamérica y Darío Hernández, hasta figuras contemporáneas como Karol Bermúdez Ponce y Andrés Linero Branly, entre otros.

Pero fue Carlos Vives quien dio un giro definitivo al posicionar a Santa Marta en la escena global. Se convirtió desde muy temprano en un samario universal que llevó no solo la música que había escuchado en su casa del barrio Bavaria en las tertulias de su padre, Luis Aurelio Vives Echeverría, sino que puso a Santa Marta en la mirada del mundo. Con la canción 500, reunió a una nueva generación de artistas samarios como Bomba Estéreo, Lalo Ebratt, Yera, Laura Maré, Olga Lucía Vives, Gloria Torres, Paola Lacera y Rashid Zawady. Incluso reunió a niños arhuacos.

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Carlos Vives. Créditos: Colprensa

De igual forma, en las artes visuales hay una ciudad que se mira así misma en sus cuadros, sobre todo en pintores como Hermando 'el Momo' del Villar, Teresa Sánchez y Zarita Abello de Bonilla, quien ha dirigido desde hace varias décadas el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo en la quinta de San Pedro Alejandrino. Lo mismo sucede en el cine, el teatro y la televisión, en donde se han destacado actores como Carlos y Guillermo Vives, Franky Linero, Yuldor Gutiérrez, Felipe Solano, Virna Machado, Emerson Rodríguez, Herbert King, Sonia Cuesta y Alejandro Palacio, para mencionar algunos. Muchas generaciones de samarios acudieron a teatros y salas de cine como Rex, Variedades, Colonial, Libertador, Simón Bolívar, Manzanares, La Morita y el emblemático Teatro Santa Marta, que también han cumplido la función de haber sido en distintos momentos centros culturales y salones de baile. Por su parte, el periodista, conferencista y exsacerdote Alberto Linero es, quizás, una de las figuras más visibles del país, siempre llevando en su discurso la samariedad como raíz.

El helado de leche es, para muchos samarios, el himno de la ciudad que ha pasado de generación en generación en muchos de los eventos sociales. Afirma Raúl Ospino que “muchos consideran que la popularidad de esta canción se dio con ocasión del campeonato obtenido por la selección Magdalena de fútbol en el año 1928, durante los primeros Juegos Nacionales Olímpicos, realizados en la ciudad de Cali; pero como veremos en el relato de esta crónica, mucho antes del festejo de este evento deportivo, ya el tema musical gozaba de fanaticada en Santa Marta y Ciénaga (…). Con ocasión de la repatriación de los restos del Libertador Simón Bolívar, evento organizado con grandes ceremonias el 22 de noviembre del año 1842, se invitaron comitivas de diferentes países, entre ellas la de España que tenía entre sus acompañantes que hicieron presencia en Santa Marta al comandante, oficiales del buque y una banda de música. Ese día, 22 de noviembre del año 1842, al partir la nave desde Santa Marta con destino a Venezuela con los restos del Libertador Simón Bolívar, la banda de música española tocó El helado de heche”.

Santa Marta fue conocida durante buena parte del siglo XX como la 'ciudad de los pianos' por la notable presencia de estos instrumentos en muchas de sus casas, especialmente en los hogares del centro histórico y en barrios tradicionales. Este fenómeno respondía no solo al influjo cultural europeo traído por comerciantes y familias adineradas, sino también al arraigo de una educación musical que se consideraba parte esencial de la formación de muchos habitantes. Los pianos, muchos de ellos traídos desde Alemania, Inglaterra o Estados Unidos, no solo eran símbolo de estatus sino también de sensibilidad artística, y marcaban el ritmo de una ciudad que, además de su belleza natural, se distinguía por una vida cultural activa, íntimamente ligada a la música, la poesía y la memoria. También la ciudad ejerció una influencia determinante en la sensibilidad musical de dos de los grandes íconos de la música colombiana: Lucho Bermúdez y Rafael Escalona. Para Bermúdez, ella fue un punto de conexión entre los ritmos del Caribe, en especial el porro y la cumbia, y las orquestaciones modernas que lo convirtieron en embajador de la música colombiana en el exterior; su paso por Santa Marta y la vida portuaria lo acercaron a sonoridades que luego tradujo en arreglos elegantes y populares. Por su parte, Escalona encontró en Santa Marta y en el Liceo Celedón no solo una geografía entrañable, sino también una inspiración narrativa: la ciudad era punto de encuentro de historias, personajes y mitologías de la región que nutrieron su universo vallenato.

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Rafael Escalona. Créditos: Colprensa

La escritora y periodista Patricia Lara Salive, quien tiene profundos arraigos afectivos y familiares con Santa Marta, recuerda como un rasgo de samariedad la originalidad y alegría para tocar la tambora en algunos personajes cercanos como el poeta, economista y músico Mario Ochoa, los hermanos Alfredo Luis, Enrique Alberto y Armando Fuentes, los Bohorquez, Eduardo, José, Marina, Cecilia y Joaquín, su pariente político Mario Mora y Jaime Bateman Cayón. Es esa misma tambora que hace parte de la cultura popular, de las tribunas del estadio para hacerle fuerza al Unión Magdalena y para animar las fiestas familiares. En la crónica Bateman: misterio sin final, Gabriel García Márquez reconstruye con precisión narrativa y detalle periodístico los últimos días conocidos de Jaime Bateman Cayón, líder del M-19, desaparecido en 1983 tras abordar una avioneta rumbo a Panamá. Allí describe los movimientos previos del comandante, su nostálgico retorno a Santa Marta para celebrar su cumpleaños, la organización de su viaje secreto y los indicios recogidos tras la desaparición del vuelo. A pesar de los esfuerzos de búsqueda, no se hallaron rastros concluyentes. El reportaje entrelaza hechos comprobables con conjeturas, explorando la dimensión humana, política y mítica de Bateman, cuya ausencia se transforma en leyenda.

También menciona García Márquez, al recordar sus influencias literarias, que “bien distinto es el paso del escritor inglés Joseph Conrad por el capítulo final de El amor en los tiempos del cólera, porque el episodio es verídico y con respaldo documental. El hecho -como se cuenta en la novela- es que un tal Joseph K. Korzeniowski, polaco de origen, estuvo demorado varios meses en el puerto de Santa Marta, Colombia, por 1875, a bordo del mercante francés Saint Antoine. Su propósito era venderle un cargamento de armas al gobierno liberal de don Aquileo Parra, en guerra con los conservadores sublevados. Pues bien: el nombre polaco era el verdadero del escritor inglés Joseph Conrad -uno de los más grandes novelistas de aquel siglo y de otros-, que ya era conocido como contrabandista de armas en el Mediterráneo. Así que no era sorprendente que hubiera traficado también en Colombia, para una guerra que bien podría interesarle tanto por motivos comerciales como políticos.

En su libro Historia del carnaval de Santa Marta, fugaz esplendor de una fiesta aristocrática y popular, el sociólogo e historiador Édgar Rey Sinning condensa más de 40 años de investigación sobre la evolución del carnaval samario, destacando su tránsito de una celebración elitista organizada por clubes sociales a una fiesta masiva e incluyente que recoge la identidad diversa del Caribe colombiano. A través del análisis de fuentes históricas, decretos, prensa y relatos populares, Rey revela hallazgos sorprendentes como la popularidad de disfraces desnudos en el siglo XIX y la censura de letanías satíricas, así como la profunda influencia de las culturas indígena, africana y europea en la configuración del carnaval. El autor enfatiza cómo el mestizaje cultural, la participación de barrios mediante reinados populares, y hasta la intervención de personajes extranjeros como William Trump en 1916, contribuyeron a consolidar una festividad plural, viva y en constante transformación. Su propuesta central es comprender el carnaval no solo como un evento festivo, sino como un patrimonio social y cultural que refleja las tensiones, mezclas y luchas identitarias de Santa Marta a lo largo del tiempo. De igual forma, las Fiestas del Mar son, desde 1959, uno de los eventos centrales de la ciudad. Fundado por José 'Pepe' Alzamora, este certamen se creó para celebrar la relación de la ciudad con el mar a través de competencias náuticas, exhibiciones deportivas y el reinado nacional e internacional y, junto con el juramento simbólico a Neptuno, ha sido uno de los pretextos para la llegada del turismo. Durante casi seis décadas, las Fiestas del Mar han sido un lugar de encuentro y de festejo de la identidad marina de Santa Marta. Por su parte, el historiador Joaquín Viloria de la Hoz ha liderado investigaciones sobre Santa Marta, su geografía y sus relatos, como en su momento lo hiciera el historiador Arturo Bermúdez, entre otros. Viloria de la Hoz ha escrito sobre Rodrigo de Bastidas y propuso revisar críticamente la figura del conquistador más allá de mitificaciones. Lo retrata como un empresario del siglo XVI que recorrió el Caribe entre 1501 y 1526, estableciendo redes comerciales y practicando el “rescate” y la esclavización de indígenas, sin ser el benefactor que algunas versiones idealizadas promueven. Además, plantea que la fundación de Santa Marta fue un proceso en dos etapas —iniciado en 1525 por Pedro Sánchez y consolidado en 1526 por Bastidas— y sugiere conmemorar los quinientos años con una escultura de gran formato que represente a los pueblos indígenas y su legado en la Sierra Nevada, como símbolo de la interculturalidad que define a la región Caribe.

El fútbol en Colombia tiene sus raíces en la ciudad de Santa Marta, específicamente en el tradicional barrio de Pescaíto. Recuerda el periodista Ignacio Miranda que fue allí donde, desde 1879, marinos ingleses comenzaron a disputar partidos en los playones cercanos al mar. Hacia 1882, los propios pescadores samarios ya practicaban el juego entre ellos, y con el tiempo se habilitaron espacios como las canchas de La Catalana (1902) y La Central (1905), donde hoy funciona el Liceo Celedón. La llegada continua de barcos británicos —como el Tortuguero, el Zen, el Reventazón y el Coronado— relacionados con la United Fruit Company, contribuyó a fortalecer la práctica del fútbol, generando enfrentamientos amistosos entre marineros y habitantes locales. Se supone que entre Tiburoneros y Tortugueros se jugó uno de los primeros partidos de fútbol en Colombia. En 1968, el Unión Magdalena ganó su único título en el futbol profesional colombiano y confirmando ser una de la cuna de figuras como los hermanos Arango y los Valderrama, familia a la cual pertenece Carlos 'El Pibe' Valderrama, legendario número diez de la selección Colombia que fue a los mundiales de Italia 90, Estados Unidos 94 y Francia 98. Radamel Falcao García es otro de los futbolistas universales de Colombia nacido en Santa Marta, e hijo de otro reconocido futbolista como lo es Radamel García.

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Radamel Falcao. Créditos: Colprensa

En fin, es el momento de detenerse a repensar la historia para imagina un futuro más compartido e incluyente. Como bien lo menciona Carlos Flórez Urbino, “la naturaleza, la flora, la fauna, el paisaje, la diversidad natural, al igual que con los humanos, son consecuencia o están determinadas por las características geográficas de un territorio. Eso quiere decir que -al igual que con nosotros, los samarios- la confluencia de esos tres elementos (el trópico, la Sierra Nevada y el mar Caribe) determinan las condiciones únicas y excepcionales que hacen de este territorio un lugar de gran biodiversidad con numerosas especies endémicas, importante para especies migratorias y con un amplio rango de servicios ambientales que nos presta”, a lo que la poeta Angélica Hoyos agrega: “Cada pueblo que habita Santa Marta tiene el papel vital de guardar la memoria, de dignificar su voz, de traer al presente su identidad con orgullo. La construcción de una identidad reconciliada y plural solo será posible si reconocemos que este corazón no es un accidente geográfico, sino una voluntad colectiva de existencia. El corazón de este mundo es su gente, esa que con memoria, resistencia y amor trabaja cada día por enraizar el propósito de habitar la Sierra, de ser samario con todos sus símbolos: los populares, los ancestrales y los por venir”.

Hoy, quinientos años después, Santa Marta no solo mira hacia atrás con el peso de su historia, sino que se asoma al porvenir con la certeza de que su mayor riqueza es su cultura viva, su alma múltiple y su memoria persistente. Es en la danza del tambor, en la brisa que baja de la Sierra, en el cayeye compartido, en la sonrisa del pescador, en la poesía escrita frente al mar, donde se cifra su verdadera identidad. La cultura ha sido —y seguirá siendo— el tejido invisible que une a los hijos de esta tierra con los forasteros que la aman como propia. Un pacto simbólico y vital para cuidar lo que fuimos, entender lo que somos y decidir juntos lo que queremos ser. Que la samariedad no sea un relicario del pasado sino una semilla del futuro: plural, incluyente, diversa, capaz de narrarse a sí misma con dignidad, belleza y verdad. Que, en sus próximos siglos, Santa Marta siga siendo esa ciudad 'dos veces santa' no solo por nombre o historia, sino por su capacidad de acoger, de renacer y de celebrar la vida con la música, el arte, la palabra y el corazón abierto al mar y a la esperanza.

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