
“El delirio ideológico en Colombia es un delirio de la mente masculina”: entrevista con Iván Gaona, director del 'western' santandereano 'Adiós al amigo'
CAMBIO entrevistó a Iván Gaona, el director santandereano que a partir de su 'western' criollo hace un retrato crudo y lleno de humor del absurdo ideológico que ha sumido a Colombia en una guerra eterna.
CAMBIO: ¿Cómo y por qué nació la idea de hacer un western en el Cañón de Chicamocha?
Iván Gaona: Adiós al amigo tiene varios puntos de origen. Yo soy de un barrio del sur de Santander que se llama Güepsa en donde en los años setenta hubo exhibidores itinerantes que trajeron cine mexicano; que fue el cine que vieron mis papás en la adolescencia y que dejó toda una impronta en nuestra casa. Luego, cuando estudié cine, entendí que las películas western y de vaqueros tenían relevancia. Y al mismo tiempo vi una relación entre la imagen tan fuerte del cine de vaqueros con la forma misma de ser de las personas.

Así que la inquietud por el género siempre estuvo ahí y después de hacer mi primera película, Pariente, pensé en que sería bonito jugar con él… y pues sentimos que el Cañón de Chicamocha, con esa gran fuerza, podía emular todos esos escenarios que eran referencia.
CAMBIO: La película tiene como contexto los últimos días de la Guerra de los Mil Días, pero siento que más que un anhelo realista, el contexto es una excusa para experimentar. ¿Cuál fue su intención histórica?
I.G.: La película tuvo su origen en la primera votación entre Duque y Petro que ganó Duque y que dejó una sensación de polarización en el país muy fuerte. Entonces, echando para atrás en la historia, uno llega rápidamente a la guerra bipartidista y aún más rápido la Guerra de los Mil Días. Revisar la naturaleza del enfrentamiento político en ese entonces me hizo pensar en que fue absurdamente similar al contemporáneo.
Sin embargo, como dices, más que recrear la guerra, la película va en clave de cómic de la situación. Mi interés siempre ha sido pensar las distintas maneras en las que, a los ciudadanos, de acuerdo con su situación, le afectan los grandes conflictos.
CAMBIO: Si bien Adiós al amigo refleja la aridez humana y espacial de la violencia, también aborda la posibilidad de la reconciliación y el perdón. ¿Siente que estos son los signos políticos de la película?
I.G.: Sí. Queríamos mostrar el absurdo de la radicalidad con la que se discuten los temas en este país en el que uno casi que se da en la jeta con el hermano en el comedor por discusiones en gran medida heredadas, con los medios en el centro, claro. La película es conscientemente muy masculina para proponer que gran parte de los delirios políticos e ideológicos en este país solo están en la cabeza de los hombres, ¿no?

Esos delirios de la valentía y cobardía no están en el reino animal. Son derivados de la masculinidad.
CAMBIO: Otro de los signos de la película es el humor…
I.G.: En las discusiones de nuestro ejercicio artístico con Mónica Bonita Hernández, que es la productora de Adiós al amigo, siempre aparecen las formas en las que estos temas se han abordado en el país. Sentimos que, en estas dos últimas décadas, que hubo tanto cine colombiano, las inquietudes de contexto de los realizadores políticamente fueron muy fuertes y se dio una desconexión fuerte con el público que no quiere ir al cine a ver otro noticiero, pero más elaborado.
Quisimos aprovecharnos del género y experimentar con el humor, que bien hecho siempre es lo más difícil y que en Colombia suele ser un humor fácil típico de las películas de diciembre. Nos lanzamos a la apuesta de hacer humor con estos actores que, aunque no vienen de una escuela formal, sí han tenido una escuela práctica y que lograron ponerle humor al absurdo.
CAMBIO: Los conservadores y liberales son personajes obligados por el contexto, pero luego hay otros muy inquietantes como El Conde y Eccehomo. ¿De dónde los sacó?
I.G.: Para la investigación del guion, me senté a leer algunos libros que había en la Luis Ángel Arango y en la Virgilio Barco sobre la Guerra de los Mil Días y rápidamente me encontré con lo de siempre: la historia contada por historiadores blancos, privilegiados y muy poco –al menos en esta guerra– sobre el papel de las mujeres, de los afro, el papel de los indígenas…

Y de lo privado. Esto es importante porque nos preguntamos cómo se relacionó el sector privado con la Guerra de los Mil Días, que es algo de lo que no se ha escrito. El duque es entonces un personaje que responde a la apuesta ficcional para hablar del tema. Siento que la gracia de la ficción está en poder teorizar sobre aspectos que no han sido abordados; y que luego pueden ser un punto de discusión para personas o espectadores que se interesen en el futuro.
CAMBIO: En la película la fotografía como oficio y como expresión es el gran detonante poético. ¿Por qué esa decisión?
I.G.: En la mayoría de los cortos que he hecho y en mi última película, sin proponérmelo, mi pueblo se ha convertido en una especia de laboratorio cinematográfico. Y es muy interesante la importancia que la gente le ha empezado a dar al cine, que es también una nueva valoración de la memoria y el desarrollo de la conciencia.

La función de los creadores es comprometerse con ese afán de memoria, que se traslada, en la película, en el personaje principal, que lo que inicialmente quiere es una foto. El personaje que toma la foto no tiene esa relevancia explícita, pero en sumatoria a través de él estamos hablando de nosotros mismos. Esta semana fue la premier en el pueblo y es muy interesante ver a los campesinos y a la gente local hablar de cine y de la importancia de lo que estamos haciendo.
CAMBIO: ¿Están haciendo cine campesino y popular?
I.G.: Definitivamente sí.
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