
Gabriel Turbay: vindicación de un gran liberal
Gabriel Turbay.
‘El presidente que no fue’, de Olga L. González, el libro que recrea la llamada República Liberal que vino luego de una larga hegemonía conservadora. Recupera una figura clave de aquellos años y da cuenta de las elecciones presidenciales de 1946, cruciales en la historia de Colombia.
Sabíamos muy poco de Gabriel Turbay y lo poco que sabíamos era falso. Sí, es cierto: Turbay fue el rival del disidente liberal Jorge Eliecer Gaitán en las elecciones presidenciales de 1946 que terminaría ganando a última hora el conservador Mariano Ospina Pérez. Pero no era, según se decía prejuiciosamente “el candidato de las oligarquías” de los grandes dirigentes liberales del país. La verdad es otra. Luego de haber sido proclamado como candidato presidencial por una gran mayoría en la convención liberal nacional, Alfonso López Pumarejo, el jefe natural de su partido, inició un saboteo a su candidatura que sería secundada por Eduardo Santos, Alberto Lleras Camargo, Darío Echandía, Carlos Lleras Restrepo Juan Lozano y Lozano y otros tantos intelectuales como Armando Solano y Eduardo Caballero Calderón, todos a una conspirando contra él, atrincherados en las páginas de El Tiempo, El Siglo y El Liberal. Y también hizo parte de ese coro, cómo no, el azote de las ideas progresistas: el incendiario opositor Laureano Gómez, que le hacía barra a Gaitán, quién lo creyera. Y barra brava: un saboteo con violencia incluida que derivó en una feroz campaña xenófoba contra Turbay, médico bumangués, hijo de inmigrantes cristianos del Líbano. “Turco no”, proclamaban los carteles en las principales ciudades colombianas en aquel año decisivo que marcó el fin de la República Liberal, después de 16 años y que daría inicio a un ciclo de violencia que permanece hasta nuestros días.
Gabriel Turbay fue uno de los grandes artífices de la República Liberal. Después de décadas de gobiernos conservadores, los liberales no pensaban en conquistar el poder y se resignaban, desde el gobierno de Rafael Reyes en 1904, a recibir algunas cuotas burocráticas: “El partido, entonces, estaba resignado a perder. Se había acostumbrado a no participar en elecciones, a asistir al espectáculo en el que el triunfo electoral dependía de un arzobispo todopoderoso”. Turbay, que venía de militar en la izquierda y de enfrentar a los conservadores en su natal Santander, consideraba que el partido Liberal estaba en capacidad de revertir esa situación y, si se lo proponía, “podría llevar a cabo los cambios que requería Colombia”. Supo leer la coyuntura: la movilización social, el despertar de una clase trabajadora. Con sus dotes de agitador, de estratega y de tribuno, sacó al partido del marasmo de la abstención, lo conectó con el pueblo y animó a Enrique Olaya Herrera, embajador en Washington, a ser el candidato liberal y con el cual, en 1930, se acabó una larga hegemonía conservadora, al menos en la presidencia: la tercera parte del congreso seguía siendo conservador.
En reconocimiento, Olaya Herrera lo nombró ministro plenipotenciario en Bélgica y luego ministro de gobierno para contener el coletazo conservador, en el congreso y en el territorio, que se resistía a reconocer la derrota, aupado por el siempre intransigente Laureano Gómez. También fue decisivo en la victoria del siguiente presidente liberal, López Pumarejo. En el gobierno de Eduardo Santos -al cual le cedió su turno-, desarrolló una intensa labor diplomática en contra del fascismo. En el segundo periodo de López Pumarejo fue ministro de Relaciones Exteriores, cargo al cual renunció por el escándalo de la Handel -el Odebrecht de esa época-, un caso de nepotismo que junto al asesinato del expolicía y periodista 'Mamatoco' y al intento de golpe de Estado, terminó en su salida de la Presidencia. Por méritos, Turbay era el siguiente y el que hubiera ganado de haber obtenido el apoyo de los grandes cacaos del liberalismo. ¿Por qué los jefes de su partido, que antes lo habían alabado, ahora le daban la espalda? El caso de López Pumarejo resulta el más difícil de entender. Nadie mejor que Gabriel Turbay para consolidar la República Liberal y su proyecto de transformación política y social y de consolidación de un Estado moderno, progresista y laico. Así lo había demostrado en altos cargos gubernamentales y en su descollante actividad parlamentaria. O quizás no es tan difícil de entender: López Pumarejo y el partido liberal ya habían reculado con la “Revolución en Marcha”. “López era un hombre adinerado, un representante de la oligarquía, pero sobre todo el suyo era ya un gobierno muy favorable al gran capital. Su segundo gobierno fue una ruptura con respecto a Santos, que había desplegado un Estado intervencionista e impulsor de grandes medidas para consolidar una industria nacional”. Además, Turbay, el seguidor de Roosevelt, podía hacer lo mismo que este había hecho con un alto funcionario proveniente de la élite norteamericana: llevarlo a juicio.

Como bien lo demuestra Olga L. González en su prolija y apasionante investigación, “las oligarquías” no querían a Turbay: fueron los trabajadores, el pueblo liberal y la izquierda quienes lo quisieron, lo apoyaron y votaron por él. Porque era un hombre de partido, de estructuras políticas, que se la jugaba con claridad por sus reivindicaciones laborales y no, como Gaitán, un simple agitador de masas, caudillista, enamorado de su oratoria, con puestas en escena y un estilo de propaganda tomadas de Mussolini, con milicias, sin partido, ambiguo frente a los gobiernos liberales -participó en ellos, pero los criticaba-, y que en el fondo desconfiaba del ´populacho´ al que pretendía uniformar y disciplinar, quitarle sus vicios, su chicha. De hecho, la votación a favor de Turbay fue superior a la de Gaitán.
Deconstruir el “mito Gaitán” y relatar en detalle -con periódicos de la época, con testimonios- cómo fue esa insólita campaña racista contra Gabriel Turbay, es un gran aporte de este libro. Y un acto de justicia, que viene bien a la historia colombiana. Fueron pocas las voces que en su momento se levantaron contra aquella ignominia: “Se armaron las manos de guijarros, las lenguas de sucias palabras, los aires de encendidos apóstrofes, en días turbios que hay que recordar para vergüenza, no precisamente de nuestras gentes humildes, sino de quienes así de siniestramente las acaudillaban” (Germán Arciniegas).
Y bueno, no sobra desmentir algo que no es el menor de los prejuicios: Gabriel Turbay no tiene ningún lazo de parentesco con el expresidente Julio César Turbay Ayala.
Como las personas, los países siguen dialogando con la historia que no fue.
Olga L. González
El presidente que no fue
(La historia silenciada de Gabriel Turbay)
Universidad de los Andes, 2025.
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