Ir al contenido principal
photologuephotos2025-08ampar0_1recetario-memoriajpg
Amparo Mejía y el ajiaco que preparó en homenaje a los secuestrados y desaparecidos por las Farc a raíz de la nefasta estrategia de las pescas milagrosas. Fotos: Zahara Gómez Lucini.
Cultura

Cocinar para invocarlos: ellas les preparan sus platos favoritos a los desaparecidos

'El Recetario para la Memoria' es un proyecto de resistencia y memoria que nació en Sinaloa, llegó a Medellín y a Bogotá de la mano de su creadora, Zahara Gómez Lucini, el Museo Casa de la Memoria y Casa B. CAMBIO habló con algunas de las madres buscadoras que harán parte del Recetario en Colombia. Estas son sus historias.

Por: Juan Francisco García

Ese miércoles 6 de noviembre de 1985, con un dedo esguinzado a causa de un partido de fútbol, Héctor Jaime Beltrán llegó puntual y uniformado al Palacio de Justicia. Al mediodía, insistente y emocionada, su esposa Pilar marcó el número de la cafetería para contarle que había matriculado a su hija Estefany en el colegio. El timbre sonaba ocupado, ocupado y ocupado.

Cuarenta años después, por la invitación del Recetario para la Memoria, Pilar se atrevió a preparar por fin el bocachico que le quedaba tan rico al hombre del que se enamoró a los 14 años, su primer amor y el padre de sus cuatro hijas; el mesero cordobés que a los 28 años salió vivo de la toma del Palacio de Justicia y cuyos huesos fueron encontrados, 31 años después, en el cementerio Jardines de Paz de Barranquilla.

pilar-recetario-memoria5.jpg
Pilar Navarrete y el bocachico frito que preparó para su esposo Jaime Beltrán, desaparecido por el Ejército en la retoma del Palacio de Justicia. Fotos: Zahara Gómez Lucini.

Pilar cuenta que sintió a Jaime muy cerquita desde que fue a comprar los ingredientes: el mejor ñame, el mejor pescado, el suero costeño, los vegetales más frescos para la ensalada. Lo recordó descamar, como buen hijo del río Magdalena, el entrampado y espinoso bocachico. Volvió a oír decir, mientras se reía: “¡Oye, chica, tú sí que mandas cáscara!”. Recordó los días en que no tenían ni nevera, pero cocinaban juntos.

Fue en la noche, al guardar los restos del suero costeño en la nevera, cuando Pilar se quebró y ya no pudo contener las lágrimas. Con la oscuridad también le cayó encima la repetida certeza de que Jaime ya no está para untarle el suero a la arepa a la mañana siguiente. Los militares que dieron la orden de asesinarlo y desaparecerlo todavía no asumen la responsabilidad y no miran a los ojos a las víctimas. Cocinar como acto de memoria atenúa el dolor, pero la herida sigue abierta.

Recetario para la Memoria: mucho más que recetas

Un recetario para aprender a cocinar.
Para alimentarnos la memoria.
Para resistirnos al olvido.
Para nutrirnos de resistencia.
Para que lo individual sea colectivo.
Una mesa puesta para sentarse a compartir.

El manifiesto del Recetario para la Memoria es elocuente para dar cuenta de su naturaleza e impacto. La semilla la sembró la fotógrafa Zahara Gómez Lucini, que en alianza con el colectivo Rastreadoras del Fuerte de Sinaloa, se propuso cocinar y consignar, en un libro, 30 recetas de los platos favoritos de personas desaparecidas en Sinaloa. Madres, hermanas, tías, abuelas, amigas, esposas, cocinaron para sus desaparecidos como un conjuro de cercanía, resistencia y remembranza.

Al primer tomo del Recetario, que vio la luz en 2020, le siguió otro, pero esta vez en Guanajuato, en alianza con el colectivo Buscadoras de Guanajuato y con la participación de más de diez colectivos de víctimas y buscadoras de esta región mexicana y 72 familias. En la segunda entrega, a Gómez Lucini la secundaron la escritora, periodista y documentalista Daniela Rea y la diseñadora y gestora cultural Clarisa Moura, cuyo aporte ensanchó las fronteras editoriales del recetario para darle una forma decididamente colectiva, multidisciplinaria y transfronteriza.

whatsapp_image_2025-08-08_at_1.38.29_pm.jpeg
Ejemplar del *Recetario para la Memoria*. Foto: IG@recetarioparalamemoria

Gómez es enfática en que el Recetario persigue la premisa –ancestral– de la cocina como lazo y como manifestación comunitaria. Los libros son receptáculos plurales y diversos que singularizan el dolor, las grietas y los mecanismos de enfrentamiento ante el crimen atroz de la desaparición forzosa. Puentes para implicar a la sociedad civil con los cientos de miles de casos que oscurecen el alma de México y América Latina.

Un mecanismo vivo para resistirse al negacionismo sistemático de los gobiernos que, por acción y por omisión, han perpetrado la desaparición de millares de sus ciudadanos más marginales. Su fuerza, que ha llegado hasta la ONU como paradigma de resistencia colectiva y memoria, reverbera también en clave de obra de teatro dirigida a infancias gracias a Tesoros, la obra dirigida y escrita por Zahara Gómez. La vocación de memoria del Recetario se ha expresado también en formato audiovisual, con cortos reconocidos y premiados.

Lo que empezó en Sinaloa, hace un poco más de cinco años, ahora tendrá eco y asidero en Colombia. En alianza con el Museo Casa de la Memoria de Medellín y la fundación Casa B en el barrio Belén, en Bogotá, el Recetario tendrá su versión colombiana con la participación de más de 40 familias que cocinaron, también, en honor de sus hijos, hermanos, sobrinos, esposos, amigas, hijas desaparecidas infamemente por las bandas criminales y por el Estado. Además de un entregable editorial, el ejercicio de memoria del Recetario se expondrá en la sala Fabiolita del Museo Casa de la Memoria y en Casa B. "La construcción del proyecto ha sido colectiva entre Zahara / Recetario, el museo y Casa B.”, afirma su creadora. Profesionales de ambos espacios estarán a cargo de los textos y la investigación del libro que, con 300 copias en su tiraje inicial, imprimirá el Museo Casa de la Memoria.

Y aunque lo dice con cautela, Zahara ya sembró la semilla para un encuentro físico entre las buscadoras mexicanas y las colombianas. El Recetario es un órgano vivo de memoria; un movimiento que desafía la negación y la bruma macabra de las fosas comunes y clandestinas.

‘Comida de putas’: por las que ya no están

Para recordar a las que ya no están –porque las mataron, porque las violaron y las mataron, porque las violaron y las mataron y las desaparecieron–, la lideresa y trans-activista Karen Arboleda, junto a sus colegas del Colectivo Putamente Poderosas, decidieron preparar colada de vainilla y pan con mantequilla y queso. ¿Por qué? “Pues porque era con lo que matábamos el hambre al final de la noche cuando trabajábamos en la prestigiosa calle San Diego de Medellín, en donde todas las noches había una especie de fashion week travesti”, responde Arboleda.

karen-1recetario-memoria3.jpg
Karen Arboleda y la colada de vainilla y pan con queso que preparó en homenaje a las mujeres trans desaparecidas en Medellín y en Colombia. Fotos: Zahara Gómez Lucini.

Colada de vainilla, y pan con mantequilla y queso fue quizás lo último que comió Angélica Santamaría, la mujer trans que a los 17 años subió a la camioneta de un cliente en la calle San Diego y no volvió a aparecer jamás. Ni un solo rastro de su cuerpo ni de la camioneta. Ese desaparecer de la faz de la tierra es el destino de muchas mujeres trans que compartieron la calle, la noche y el frío con Karen Arboleda. La última vez que Angélica la vio con vida, Karen vestía falda, strapless y botas: todo blanco.

“Cocinar la colada para Angélica fue muy simbólico y a la vez muy doloroso, −cuenta Arboleda−. Su desaparición se dio después de la Operación Orión, que tantos desaparecidos dejó en Medellín y que fue otro recordatorio más de la vulnerabilidad y la violencia contra las mujeres trans en la ciudad. Mientras cocinaba, pensé: jueputa, del barrio el salado, que éramos varias, yo soy la única que queda viva”.

Tamales para Hernando, el mecánico del caso 82

Entre marzo y septiembre de 1982, el escuadrón Muerte a Secuestradores (MAS), con ayuda del F2 de la Policía, detuvo y desapareció forzadamente a 13 personas. Entre ellas, ocho estudiantes de universidades públicas de Bogotá a quienes acusaron de haber secuestrado y asesinado a los hijos del narcotraficante Jáder Álvarez. Fue por esa alianza perversa y letal entre narcos y agentes de la Policía que, el 11 de septiembre de 1982, civiles armados llegaron hasta el taller de latonería y pintura Los Pijaos para llevarse a la fuerza a su dueño, Hernando Ospina Rincón. Identificados como miembros del F2, lo obligaron a entrar en un Mercedes-Benz de placas FC9405, el último carro en el que fue visto con vida.

mercedes-recetario-memoria6.jpg
Mercedes Ruiz y los tamales con chocolate que preparó para su cuñado Hernando, desaparecido por agentes de la Policía en septiembre de 1982. Fotos: Zahara Gómez Lucini.

Su cuñada Mercedes Ruiz se refiere a Hernando como su hermano mayor y recuerda la sensación vital de protección y alegría que el mecánico trajo a su núcleo familiar cuando se casó con su hermana María Helena. Los viajes en su camioneta para conocer los pueblos cercanos a Bogotá con invitación a pollo, que comían en los márgenes de las carreteras. Su devoción por sus tres hijos –la mayor de 12 años, cuando lo desaparecieron–, su debilidad por el vallenato viejo, su amor y nostalgia por el campo, en San Juan de Rioseco, de donde salió hacia la capital para probar suerte. Mercedes recuerda la pulsión sindical de su cuñado, que le causó problemas cuando trabajó como latonero para Colcar y Chevrolet, la misma que le valió estar en la mira de la cuadrilla del F2 que llegó a su taller para desaparecerlo.

En homenaje a Hernando, para convocarlo a su mesa, Mercedes le cocinó tamales y chocolate: su gran debilidad desde sus días campesinos en San Juan de Rioseco. Por su desaparición, y la de 12 personas más, 22 agentes del F2 fueron condenados, en lo que se conoce como el Caso 82. A la fecha no se ha encontrado rastro alguno de Hernando.

Inspirada en las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, con la foto de su cuñado en el pecho, Mercedes sigue caminando en su búsqueda. Y cuenta, con el sosiego de un logro que ha costado mucho esfuerzo, que la Universidad Nacional les dio el grado póstumo a los estudiantes del Caso 82 desaparecidos.

Pescas milagrosas, ajiaco y memoria

Desde comienzos de los años noventa, como estrategia de canje por guerrilleros presos, las Farc desplegaron las llamadas pescas milagrosas. Además de secuestrar civiles para pedir extorsiones millonarias, la guerrilla se enfocó con saña en secuestrar policías y militares. Como consecuencia, 70 familias del barrio 12 de octubre de la comuna 6 de Medellín pasaron a tener familiares secuestrados. Jóvenes pobres y marginados que por cumplir el servicio militar obligatorio se convirtieron en mercancía de canje. Las cárceles en la mitad de la selva signadas por el maltrato y la tortura son pesadillas que las Farc sembraron en la conciencia colectiva de Colombia.

Fue el caso del Mono, hermano de Amparo Mejía, a quien las Farc tuvo secuestrado por cuatro años y que la llevó a la calle, junto a las familias de su barrio, a protestar por los secuestros y exigirles a la nefasta guerrilla y al Estado un acuerdo humanitario. El movimiento, también inspirado en las Madres de la Plaza de Mayo de Argentina y que hoy se conoce como las Madres de la Candelaria –porque sus marchas y movilizaciones terminan en el atrio de la iglesia de la Candelaria en el centro de Medellín– tuvo su primera marcha el 17 de marzo de 1999 con la consigna “¡No más!”.

photologuephotos2025-08ampar0_1recetario-memoriajpg
Amparo Mejía y el ajiaco que preparó en homenaje a los secuestrados y desaparecidos por las Farc a raíz de la nefasta estrategia de las pescas milagrosas. Fotos: Zahara Gómez Lucini.

En la marcha, Amparo conoció a doña Dolly, una de las madres de La Candelaria que desde hace 26 años busca a su hija, Ruth Beatriz Castañeda, secuestrada por el frente 34 de las Farc –que sistemáticamente ha negado su responsabilidad con el caso–. Aunque su hermano regresó a la libertad gracias a un acuerdo humanitario que firmó Andrés Pastrana con esta guerrilla, Amparo sigue marchando, todos los miércoles a las doce del día y con Ruth Beatriz en el pecho, por todas las víctimas de secuestro y desaparición, cuyos cuerpos siguen a la deriva. Esto a pesar de las amenazas de muerte que les han llegado a causa de su obstinación por la verdad y la memoria.

Para el Recetario de la Memoria, junto a Dolly, su compañera de remembranza que sigue esperando a su hija en su mesa, cocinaron ajiaco, el plato estrella que a Amparo le enseñó a hacer su abuela. “Con crema de leche y guascas”, advierte.

México y Colombia: hermanados por la atrocidad

“A mi hermano Manuel se lo llevó un cartel de narcos el 8 de enero de 2018 porque sí, porque quiso y pudo; su caso no es excepcional entre los más de 130.000 desaparecidos que hay en México”, dice Bibiana Mendoza, una de las participantes del Recetario en Guanajuato. Para la buscadora, la propuesta de cocinar para su hermano Manuel que le plantearon Zahara Gómez y su equipo, llegó en un momento en el que “no tenía otra arma que la memoria”.

Pelar los chayotes, los elotes, la zanahoria que lleva el caldo de espinazo, el preferido de su hermano desaparecido, la persona que más ama en el mundo, fue para Bibiana difícil y doloroso. “Sobre todo porque me tocó cocinarlo sola, pues desde la desaparición de mi hermano ya no nos fue posible volver a compartir una mesa en familia”. Y es que, en México, a diferencia de los casos en el Recetario para Colombia, las familias con desaparecidos en su seno, muchas veces, se fisuran y se rompen, como un puñado malsano de más sal y veneno sobre la herida. El estigma de ser buscador, que incomoda a las inoperantes autoridades, es un lastre tan pesado como las sospechas sobre la víctima, que para muchos “se buscó su destino”.

“No estarían recogiendo café”, dijo el condenado Álvaro Uribe Vélez sobre los jóvenes de Soacha que, disfrazados de guerrilleros, fueron asesinados y torturados por las Fuerzas Militares para presentarlos como bajas de guerra.

20250723-13.jpeg
Zahara Gómez Lucini, creadora del *Recetario para la Memoria*. Créditos: Cortesía Zahara Gómez

Manuel Ojeda no estaba recogiendo café sino trabajando para una granja lechera en Irapuato, en la región del Bajío del estado de Guanajuato cuando a los 32 años –es lo único que se sabe–, lo secuestró un cartel y borró su rastro. “El cerebro me dice que nunca más lo voy a volver a ver y que lo enterraron en una de las tantas fosas comunes de Guanajuato, pero en el corazón tengo la esperanza de que esté con vida”, le dijo a CAMBIO.

Esperanza que ha sido alimentada por la obstinación de buscadores colombianos como Édgar, cuya hermana fue desaparecida en Celaya, Guanajuato, y que desde Colombia ha luchado sin pausa por exigirles a las autoridades dar cuenta de su paradero y su destino. El colectivo Hasta encontrarte, del que Mendoza hace parte, ha hallado 250 cuerpos desaparecidos sin vida y 15 con vida en sus jornadas de búsqueda en campo. Su trabajo se inspira, en gran medida, en las organizaciones colombianas, “que tienen mucho por enseñarnos a la hora de exigirles a los actores implicados y al Estado dar información sobre los cientos de miles de casos de desaparición forzada”.

La juntanza a raíz de lo atroz ya ha tenido puntos de encuentro entre colectivos de buscadoras de México y Colombia a través de la plataforma zoom. Y más pronto que tarde, siguiendo la inercia de impacto del Recetario, se dará de forma presencial. Mientras tanto Bibiana se esfuerza todos los días, como lo hizo cocinando el caldo de espinazo, en que la voz, la cara, los gestos y el olor de su hermano Manuel no se disipen. No todavía. No para siempre.

Acá puede visitar la página web del Recetario para la Memoria y comprar los libros.

Acá puede ir a sus redes sociales para ver sus diversos contenidos

Finalización del artículo

Comentar este artículo

Aún no hay comentarios

Temas en este artículo

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir artículo en redes sociales