
“La música es un refugio frente a la opresión”: María Belén Sáez de Ibarra
María Belén Sáez de Ibarra, directora de Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional
Desde este domingo empieza un ciclo de conciertos en el Auditorio León de Greiff, en Bogotá, en memoria de hechos estremecedores como el Palacio de Justicia, el genocidio de la UP y las desapariciones de La Escombrera. En entrevista con CAMBIO, la directora de Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional reflexiona sobre esta histórica iniciativa.
Por: Armando Neira
En vísperas del inicio de uno de los acontecimientos culturales más importantes de los últimos años en el país —Presencias Sonidos & Ecos, un ciclo de conciertos que se extenderá hasta 2027 y que propone a la música como acto de memoria democrática y resistencia—, la creadora de esta iniciativa, María Belén Sáez de Ibarra, directora de Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional, se siente tan orgullosa como conmovida. Primero, por darle vida a una idea soñada de tiempo atrás. Y, en simultáneo, porque ha vuelto a repasar algunas de las páginas más estremecedoras de nuestra historia.
CAMBIO: Se viene una serie de conciertos en el Auditorio León de Greiff de la Dirección de Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional sobre la memoria. ¿De dónde surge esta idea y qué se busca con ella?
MARÍA BELÉN SÁEZ DE IBARRA: Me llama la atención que no hubiéramos organizado antes un ciclo así. Hemos hecho muchas cosas con la música, como en la reapertura del León de Greiff luego de su restauración completa, con la comisión a Juan Pablo Carreño de La resurrección de la fe. Pero nos faltaba estructurar un ciclo profundo y de largo aliento. Y aquí está.
CAMBIO: ¿Qué la lleva a dar ese paso?
M. B. S. D. I.: Qué bueno que tú me lo preguntes, porque fue leyendo tu artículo en CAMBIO sobre la obligación estatal de conmemorar el genocidio político de la UP a principios de este año ('El genocidio de la UP: todo pasó frente a nuestros ojos') que pensé: si este es el camino y es un deber del Estado, la cultura debe organizarse colectivamente para ofrecer ese espacio de reparación simbólica que dignifica a las víctimas.
CAMBIO: ¿Por qué con música?
M. B. S. D. I.: La música puede ordenar duelo, territorio y aprendizaje. Presencias Sonidos & Ecos, como se llama el ciclo, formaliza esa práctica en un programa continuo, como lo hicimos con Selva Cosmopolítica y Arte y Memoria en el Museo de Arte de la UNAL y en el Claustro de San Agustín. Lo que le faltaba a este trabajo de años era una pata en la música, que es la vía más directa a la memoria de los pueblos.
CAMBIO: ¿Qué temas se abordarán en Presencias Sonidos & Ecos?
M. B. S. D. I.: El programa Presencias… es un viaje que sobrevuela las tragedias de nuestro tiempo, pero también los logros alcanzados en la dignificación de las víctimas, los reconocimientos de derechos de verdad y justicia, y la emancipación de las comunidades oprimidas. Es también una celebración de la vida sagrada, del gozo de existir, y una insistencia en los temas ecológicos de la coyuntura climática.
CAMBIO: ¿Los conciertos repasarán nuestra violencia?
M. B. S. D. I.: Algunas de sus páginas más dolorosas y otras muy trascendentales. Por ejemplo, La Escombrera de Medellín; el genocidio político contra la UP; las violencias contra las mujeres y resistencias feministas; los 10 años del Acuerdo de Paz; y el Palacio de Justicia, entre otros.
CAMBIO: ¿Quiénes participarán?
M. B. S. D. I.: Es un cruce entre cuerpos artísticos profesionales, talento universitario y voces del territorio, según la memoria que se convoca. Nos interesa que los jóvenes se acerquen a estas músicas de su tiempo, que comprendan el valor de pensar el presente desde el arte y reconozcan las músicas de hoy como una forma ética de responder a los retos actuales.
CAMBIO: Pero, ¿tendrá una presencia nacional?
M. B. S. D. I.: El programa es una invitación a todo el país: a la Orquesta Filarmónica de Mujeres de Bogotá, a la Asociación Sinfónica Nacional del Ministerio de las Culturas, a las universidades, y a todo el sector, para que esta acción sea colectiva, como un sonido muy alto y al unísono. La música es la esencia de la colectividad en la sociedad: quizás su ejemplo más claro de acción y pensamiento en red.
CAMBIO: ¿Por qué es importante la música en la conservación de la memoria?
M. B. S. D. I.: La música guarda memoria emocional: atraviesa el lenguaje, viaja en el tiempo y hace presente lo ausente. Cada interpretación reactiva y transmite esa memoria en comunidad. La escucha compartida, así como la acción conjunta para interpretarla, convierten el recuerdo individual en memoria pública y viva.

CAMBIO: Habrá una perspectiva femenina. ¿Por qué?
M. B. S. D. I.: Porque en este punto el sector musical en Colombia está rezagado: casi no programamos compositoras, y las intérpretes siguen a la sombra, con muchas menos oportunidades para jóvenes y niñas, una fase esencial en el desarrollo de una artista.
CAMBIO: Así se empieza a equilibrar esa situación.
M. B. S. D. I.: Presencias… corrige esa brecha con una política de género explícita no como concesión, sino como estándar de excelencia. Partimos de una convicción: el feminismo es la revolución intelectual y social más decisiva de los últimos cien años; la música debe actualizarse a ese marco global con medidas estructurales, sostenidas y disciplinadas. No es ‘paternalismo’ —nótese la ironía de esa palabra tan usada—. Son creadoras y ejecutantes de primer nivel, muchas de ellas vivas, y también jóvenes como la compositora residente de Presencias…, Carolina Noguera Palau.
CAMBIO: Pero se busca la inclusión sin excluir.
M. B. S. D. I.: Así es. Sus obras dialogan de tú a tú con los que se han considerado hombres geniales, e incluso en muchos aspectos 'es ponen la pata'. Por eso visitamos el repertorio de este gran grupo de mujeres que serán nuestros referentes durante estos tres años en amplitud y profundidad, con muchas horas de sus sonidos y ecos, y los ponemos en escena con mujeres al frente en muchos casos: para afirmar dignidad, resistencia, libertad y el alcance real del arte en nuestro tiempo.
CAMBIO: Se anuncia un énfasis latinoamericano. ¿En qué consiste?
M. B. S. D. I.: Presencias… habla desde aquí. Latinoamérica no es un tema: es el marco. Cultura y territorio forman un todo; por eso programamos obras y artistas de la región, afirmando pertenencia, cuidado del entorno y cooperación entre países hermanos. Las historias coloniales nos retan a producir nuestras propias ideas, sonidos y memorias, y a propagarlas. Eso nos da la fuerza y la claridad para resolver un destino de paz y prosperidad.
CAMBIO: Como se ha dicho: el sur también existe.
M. B. S. D. I.: Nuestro acento latinoamericano es una decisión política y cultural: crear desde el sur, para el sur y con el sur. Así atendemos violencias y desafíos comunes, y reconocemos que lo que cuidamos aquí —bosques, comunidades, memorias— importa al planeta entero. También en este territorio, sobrevolado con la música, seremos felices al observar esa belleza y la calidez del amor de nuestras casas, de lo que nos engendra.
CAMBIO: El primer concierto de este domingo será en homenaje a dos hechos distantes geográficamente: al genocidio palestino en Gaza y a La Escombrera en Medellín. ¿Por qué?
M. B. S. D. I.: Comenzar con Palestina y La Escombrera no es una decisión de curaduría: es responsabilidad pública. Más aún si trabajamos desde la universidad pública. Con ello buscamos también dignificar el trabajo que hacemos cada día. Inaugurar un programa de música y memoria sin esas dos conmemoraciones sería una condena para un programa ‘ciego y sordomudo’, o al menos un mal augurio.
CAMBIO: ¿La música también ayuda a romper el cerco?
M. B. S. D. I.: Hemos visto una seria censura internacional y local para estos temas, y eso nos entristece pero también nos da fuerza. Como la reflexión sobre el holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial nos enseña, la vida es sagrada y el humanismo nos significa a todos como seres pensantes y amorosos, no banales y odiosos.

CAMBIO: En concreto, hablemos de Palestina.
M. B. S. D. I.: Ante la censura y el intento de borrar una cultura, respondemos con un manifiesto artístico que denuncia y protege la infancia.
CAMBIO: Y de La Escombrera.
M. B. S. D. I.: ‘Las cuchas tienen la razón’: los jóvenes —en especial los más vulnerables— merecen verdad, duelo, justicia y protección. El arte convoca a la sociedad a hacerse cargo.
CAMBIO: Luego habrá uno en memoria de la bomba atómica de Hiroshima. ¿Por qué?
M. B. S. D. I.: Conmemorar Hiroshima hoy es esencial porque la bomba atómica marcó un punto de inflexión en la historia: el inicio de una nueva era en la que la humanidad adquirió la capacidad de autodestruirse por completo. Hiroshima no es solo memoria del pasado, sino advertencia viva de un tiempo en que la vida quedó radicalmente amenazada.
CAMBIO: ¿Recordar esa acción que marcó la humanidad es reconocer ese límite?
M. B. S. D. I.: Así es. Denunciar la violencia que lo hizo posible y que hoy vivimos en un sistema colectivo de violencia globalizada, quizás peor que el que servía de contexto a este episodio tan vergonzoso. Están muriendo los últimos sobrevivientes que vivieron eso hace 80 años. Sin ellos, debemos afirmar desde la música, y desde todas las orillas, la urgencia de resistir al olvido de la catástrofe nuclear y de sostener la paz como única vía para la supervivencia humana.
CAMBIO: También se realizará un concierto dedicado al Palacio de Justicia. ¿Cómo será?
M. B. S. D. I.: Lo que ocurrió en el Palacio de Justicia sigue siendo una narración fragmentada. Las versiones se superponen, se contradicen, se borran. Algunas secuencias han sido reconstruidas, pero la impunidad prevalece. A cuarenta años, aún es necesario nombrar la ausencia, restituir la dignidad y levantar un altar para las víctimas de esta masacre y su memoria. A pesar de algunos fallos y actos de reparación, la mayoría de los crímenes siguen en la impunidad.
CAMBIO: ¿Habrá un acto especial ese día?
M. B. S. D. I.: Lo abordaremos como una acción de memoria. En el proscenio del Auditorio se instalará un altar de memoria. Estará compuesto por flores amarillas y crisantemos, velones encendidos, una vasija de barro con agua, papeles picados y otros elementos simbólicos del recuerdo. Quienes lo deseen podrán poner la fotografía de sus seres queridos desaparecidos o fallecidos, como gesto íntimo y colectivo de memoria. Este altar es una invitación al recogimiento, al reconocimiento y al derecho a no olvidar.
CAMBIO: ¿Y la música?
M. B. S. D. I.: Con la obra de Gabriela Ortiz (México), Altar de muertos, para el Cuarteto Q-Arte. Gabriela es una de las voces más potentes de la creación musical latinoamericana. Su obra entrelaza tradición popular, pensamiento contemporáneo y conciencia histórica, dando forma sonora a los ecos profundos de nuestros pueblos. En Altar de muertos, el rito se convierte en lenguaje vivo: una estructura vital que nos permite nombrar la ausencia, pero también superar el trauma del silencio.
CAMBIO: ¿Para cerrar el duelo?
M. B. S. D. I.: Esta música no busca clausurar el duelo, sino abrir un espacio común donde la memoria pueda respirar. En el contexto de este programa, Altar de muertos suena como un gesto de resistencia frente al vacío doble: el de las vidas truncadas y el de una narración aún fragmentada de lo que verdaderamente ocurrió.

CAMBIO: Usted habla de una reparación simbólica. ¿Cómo puede hacerse a través de la música?
M. B. S. D. I.: Doris Salcedo dice que el arte no puede devolver la vida perdida ni revertir la injusticia. Pero sí puede abrir un espacio de resonancia donde las víctimas y los hechos silenciados vuelven a comparecer en la memoria colectiva. Al nombrar lo innombrable y dar forma sensible al dolor, la música transforma la ausencia en presencia, convierte el silencio en eco y el trauma en un lugar compartido. En Presencias, la música es acto de memoria, gesto ético y compromiso con la vida. En ese cuidado se encuentra la reparación a las víctimas y a la vida misma.
CAMBIO: ¿Por qué la música puede considerarse sanadora?
M. B. S. D. I.: Sofía Gubaidulina, una de las compositoras referentes de Presencias…, lo expresó con lucidez: “El sentido de mi vida está en servir humildemente a lo que está más allá de mí misma, y la música es el medio para ello”. Es decir, la entrega a los demás y el lazo que ello nos otorga nos salva. Para ella —y para tantos artistas— la creación musical fue un refugio frente a la opresión, una manera de mantener encendida la llama de la verdad interior cuando todo alrededor buscaba apagarla.
CAMBIO: Pero las heridas siguen ahí…
M. B. S. D. I.: La música puede sanar porque no niega la herida, sino que la acoge y la transforma. Al ofrecer un lenguaje más allá de las palabras, permite que el dolor fluya, se comparta y se eleve. Esa experiencia de comunidad y trascendencia reconstituye a quienes escuchan y a quienes interpretan. Así, muchos compositores y músicos sobrevivieron al horror no solo en lo físico, sino en lo espiritual, gracias a su entrega radical al sonido.
CAMBIO: ¿El Estado sí está cumpliendo con sus obligaciones de reparación?
M. B. S. D. I.: Es una obligación no cumplida con suficiencia ni aplicación ni juicio. Está consagrada en innumerables sentencias internacionales y locales. Podría afirmarse que es la razón de ser de un Estado democrático como el nuestro, que se aferra como proyecto de sobrevivencia al bien colectivo de la paz, para la libertad y la felicidad.
CAMBIO: El caso de Colombia es muy singular.
M. B. S. D. I.: Así es. Colombia no es un Estado cualquiera: es un país atravesado por ciclos de violencia que se sobreponen unos a otros, acumulando capas de heridas sin cerrar. Por eso, la reparación simbólica no es un gesto accesorio, sino una necesidad esencial: un modo de medir, de interponer límites, de intentar frenar el continuo de la violencia que amenaza con repetirse sin cesar.

CAMBIO: ¿En esta espiral cómo poner un alto?
M. B. S. D. I.: Walter Benjamín evocaba al ángel de la historia, que contempla las ruinas que se amontonan una tras otra, sin descanso, arrastradas por la tormenta del progreso. Así también nosotros vemos las ruinas de nuestra historia: pasadas, presentes y futuras, confundidas en una misma avalancha. Es desde esa mirada doliente que la reparación simbólica busca abrir una luz, una grieta en la inercia de la destrucción, un espacio de intervención que rompa la continuidad fatal de las ruinas.
CAMBIO: ¿Memoria y verdad van de la mano?
M. B. S. D. I.: En la reparación simbólica anida el derecho a la verdad. Y es precisamente en sociedades que albergan violencias estructurales donde esta verdad puede tornarse semilla: allí puede irrumpir la justicia, allí puede comparecer un tiempo nuevo, allí puede entrar, en palabras de Benjamín, la posibilidad mesiánica que interrumpe la repetición del horror y abre un horizonte distinto en la historia.
CAMBIO: Durante la masacre de El Salado, los paramilitares, mientras torturaban, violaban y asesinaban a sus víctimas, pusieron música que la gente escuchaba en sus festividades. Usted, que ha sido investigadora del arte y de la violencia, ¿por qué cree que los responsables de esas acciones llegaron a esos extremos?
M. B. S. D. I.: La música es una de las expresiones más altas del espíritu humano, pero como toda creación puede ser corrompida. Lo vimos en esa masacre donde los paramilitares cometieron esos crímenes mientras sonaba la música festiva del pueblo, convertida en instrumento de humillación. Lo vimos en el Holocausto, cuando los nazis utilizaron música —como la de Wagner, exaltada en sus ceremonias— para afirmar un proyecto de exterminio. Y lo hemos visto en muchos otros momentos donde músicos e instituciones se volvieron cómplices, conscientes o no, de la barbarie.
CAMBIO: Entre todas nuestras tragedias, ¿considera que por esto lo de El Salado es una de las peores?
M. B. S. D. I.: El poder de la música es tal que puede revelar lo más luminoso y también lo más oscuro de lo humano. Cuando es usada como arma de degradación, se convierte en un eco siniestro que multiplica el dolor. Lo terrible de El Salado no es solo la masacre, sino el intento de destruir la esencia misma de la comunidad: su música, su fiesta, su forma de celebrar la vida.
CAMBIO: ¿El arte puede recuperar eso?
M. B. S. D. I.: El arte, por fortuna, tiene la capacidad de reconstituir lo que fue dañado. Al volver a sonar esas músicas, pero resignificadas desde el respeto y la dignidad, se devuelve a las comunidades la posibilidad de reapropiarse de su voz y de su alegría.
CAMBIO: Además de eso, ¿qué papel cumple la música en la sociedad?
M. B. S. D. I.: La música es una de las herramientas más poderosas para organizar lo inasible: duelo, amor, espiritualidad, memoria, sentido de comunidad. Tiene la capacidad de crear orden en el caos, de ofrecer estructura y belleza allí donde parece no haber más que fragmentación y dolor. En una sociedad como la nuestra, atravesada por tantas heridas, la música se convierte en una vía de sanación colectiva, en un espacio donde se reconstituye la dignidad y se afirma la vida.
CAMBIO: A propósito, ¿cómo explicar que Colombia sea un país tan rico en música y, al mismo tiempo, tan violento?
M. B. S. D. I.: Que Colombia sea al mismo tiempo rica en música y violenta no es una contradicción, sino la expresión de un país donde lo más alto de la creación convive con lo más bajo de la barbarie. La música ha sido refugio, resistencia y curación frente a esa violencia, pero también ha mostrado cómo lo humano puede corromperse hasta manipular incluso lo que está destinado a dar vida.
CAMBIO: Al repasar nuestra historia, hay quienes concluyen que somos un país de bárbaros. ¿Usted qué cree?
M. B. S. D. I.: Es fundamental subrayar que los pueblos no son la barbarie. Los pueblos son sus músicas, sus cantos, sus rituales, sus memorias. La barbarie es responsabilidad de líderes, de gobiernos, de perpetradores concretos que deciden ejercer el mal.
CAMBIO: Y los ejemplos abundan…
M. B. S. D. I.: Cierto. En Palestina, el genocidio es responsabilidad del Gobierno de Netanyahu, perseguido por la justicia internacional como criminal contra la humanidad. Allí, como en tantos otros lugares, no es “la cultura de la violencia” lo que existe, sino individuos, estructuras y poderes que ejecutan, colaboran o son cómplices de la destrucción. Por eso no podemos generalizar ni condenar a pueblos enteros: Rusia no es Putin, Israel no es Netanyahu, Palestina no es Hamás, Colombia no es la suma de sus violencias. Son los liderazgos basados en la muerte, la sinrazón y el fascismo los que marcan el horror. Frente a ello, los pueblos siguen cantando, creando, sosteniendo la vida en medio del abismo. Esa es la verdad que debemos escuchar.
EPÍLOGO
El primer concierto del ciclo Presencias Sonidos & Ecos será este domingo a las 4:00 de la tarde, en el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional en Bogotá. La entrada es libre. En este se conmemorarán dos tragedias humanas: el genocidio palestino en Gaza y las desapariciones de La Escombrera en Medellín. El repertorio incluye obras palestinas como I have no address, Refugiada y Estrella de la mañana, junto al estreno mundial de una obra encargada al compositor colombiano Juan Forero.
La interpretación estará a cargo de la Orquesta Filarmónica de Mujeres, de Bogotá; los coros infantiles de la UNAL y la Fundación Chaminade; el dueto sirio Athrodeel (Ahmad Diab y Aseel Massoud); el pianista catalán Moisès Bertran; y la directora invitada Larissa Macedo, de Brasil. También estará presente la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que tendrá un espacio para hablar de los avances para esclarecer los hechos de La Escombrera.
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