
El siglo de Gabo: el conteo regresivo hacia el centenario
A 99 años del nacimiento de Gabriel García Márquez, el nobel colombiano sigue siendo una brújula para entender el presente. Federico Díaz Granados reflexiona sobre la vigencia literaria, política y ética del autor de Cien años de soledad.
Hace noventa y nueve años nació Gabriel García Márquez y este festejo va más allá de ser un recordatorio de la vida y obra del más universal de los colombianos, sino que es el inicio del camino hacia su centenario y la antesala de una fiesta cultural que pertenece a todos por igual, tanto al ámbito del Caribe como de toda América Latina y a la lengua española en todas sus latitudes como a la cultura universal.
Porque Gabriel García Márquez hace mucho tiempo dejó de pertenecer solo al ámbito de las letras y se convirtió en un territorio compartido de lectores de todos los continentes. Sus libros viajan de mano en mano, de idioma en idioma, como si fueran cartas enviadas desde un lugar donde todavía es posible comprender el misterio del mundo. Según datos del Instituto Cervantes, su obra ha superado en número de ejemplares vendidos y traducidos a la de Miguel de Cervantes, lo que confirma que la imaginación de aquel muchacho nacido en Aracataca terminó por convertirse en uno de los grandes monumentos vivos de nuestra lengua. Recuerdo con emoción cuando en la clausura del IX Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Cádiz se anunció este récord macondiano. El auditorio aplaudió durante varios minutos y sus amigos lo quisieron más.

Pero más allá de los números hay algo aún más poderoso y rotundo: García Márquez logró transformar la experiencia latinoamericana en un relato universal. Cuando publicó Cien años de soledad en 1967 el mundo descubrió que la historia de una aldea perdida llamada Macondo podía explicar también los sueños, las derrotas y las esperanzas de toda la humanidad. Era la historia de todos y a través de una nueva épica ponía palabras a la experiencia humana de todos los tiempos.
Hoy, casi seis décadas después, ese libro y muchos otros de su obra parecen escritos para nuestro tiempo. Lo que nació como ficción se ha revelado como una intuición profética. En sus páginas aparecen las guerras interminables, los poderes arbitrarios, la fragilidad de la memoria colectiva, las migraciones, la devastación de la naturaleza y la necesidad urgente de imaginar un mundo distinto. En una época, como la que vivimos, marcada por crisis ambientales, conflictos geopolíticos y desplazamientos masivos de población, la obra de García Márquez vuelve a hablarnos con una claridad sorprendente. No es casual que algunos de sus libros hayan vuelto a ser objeto de censura en ciertos estados de los Estados Unidos. Allí donde se intenta prohibir la literatura, suele ser porque la literatura todavía conserva su poder. Los libros de García Márquez incomodan porque recuerdan que el poder puede manipular la historia, pero nunca podrá controlar del todo la imaginación de millones de lectores.
En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1982, “La soledad de América Latina”, García Márquez nos explica con sencillez y ejemplos concretos algo que hoy es un concepto urgente del mundo académico y cultural: “El Sur Global” y entendió que era más allá que una categoría académica una síntesis de la sensibilidad cultural de un territorio y una forma de narrar la vida desde las periferias del poder. Porque, además, su obra reivindica la dignidad de los pueblos invisibles, de las voces marginales, de las memorias familiares que sobreviven en la tradición oral. En ese sentido, su obra sigue siendo un mapa para comprender el siglo XXI. “Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad”, afirmó en Estocolmo al recibir el premio nobel.

Tal vez por eso su legado continúa expandiéndose de manera irreversible en las nuevas generaciones. Leer a García Márquez hoy es una manera de pensar el presente. Sus novelas, cuentos y crónicas son manifiestos silenciosos a favor de la paz, del amor como fuerza transformadora, de la memoria como resistencia y de la imaginación como herramienta política. Son incontables sus embajadas silenciosas en favor de la paz, sus mensajes, llamadas a los diferentes actores del conflicto armado en Colombia para llegar a acuerdos para lograr la paz. De igual forma se sabe de su intermediación para la liberación de numerosos presos políticos en Cuba y de su fallido intento frente a Bill Clinton en pro del levantamiento del bloqueo económico a la isla.
En muchas de sus crónicas y reportajes están plasmados el carácter y la mirada de personajes que hicieron parte de la guerra y que también se comprometieron por la paz. Por ejemplo, en su conmovedor discurso “El cataclismo de Damocles” García Márquez pronuncia, en 1986, una contundente defensa de la paz contra la carrera armamentista de la Guerra Fría. Con el tiempo estas palabras se han convertido en todo un manifiesto ético y político y cobran vigencia en los días que corren. En ese mismo año comenzó a desmoronarse todo aquel mundo que él había conocido y que había plasmado en algunas crónicas incluidas en De viaje por los países socialistas y el mundo cambió para siempre. De ahí que él imagina la posibilidad real de una destrucción total del planeta provocada por el poder nuclear acumulado por las grandes potencias advierte que la humanidad ya ha alcanzado un punto en el que su capacidad tecnológica supera su sabiduría moral. Entonces propone en clave de poesía: “Con toda modestia, pero también con toda la determinación del espíritu, propongo que hagamos ahora y aquí el compromiso de concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad. Y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre, y cuán sordos se hicieron a nuestros clamores de paz para que ésta fuera la mejor de las vidas posibles, y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del Universo”.
Cuán necesario se hace que muchos líderes mundiales en la actualidad tuvieran este discurso como un manual de bolsillo para hacer la paz para que el sueño de construir esa arca de la memoria sea mejor para que en otras galaxias reciban tan solo noticias de que acá conocimos el amor y la belleza y que el arte, la música y la literatura fueron los vehículos para expresar nuestras emociones.
Por eso es que celebrar hoy los noventa y nueve años del fabulador de Macondo abre la cuenta regresiva hacia un centenario que promete ser tan apoteósico como lo han sido sus recientes lanzamientos de En agosto nos vemos y la serie Cien años de soledad en Netflix. La Fundación Gabo y su director Jaime Abello Banfi ya han empezado a trazar un mapa de actividades alrededor del mundo en el que universidades, bibliotecas, escuelas, festivales literarios, editoriales, gobiernos y organizaciones políticas y culturales contribuyan a imaginar lo que será esa celebración. No se tratará únicamente de homenajes académicos o reediciones conmemorativas, sino que también será también una oportunidad para releer su obra a la luz de las preguntas que atraviesan nuestro tiempo como la crisis climática, las nuevas migraciones, la fragilidad de las democracias, el feminismo y el lugar de la memoria en la era digital entre otros.
Volver a García Márquez significa volver a preguntarnos por el sentido de las historias que contamos para entendernos. Porque su obra nos recuerda algo profundamente humano y es que los pueblos que pierden el relato de su pasado terminan perdiendo también la imaginación de su futuro. Dentro de un año, el mundo entero celebrará el siglo de un escritor que nació en un pequeño pueblo del Caribe colombiano y terminó por cambiar para siempre la manera de contar la realidad. Pero la mejor forma de empezar esa celebración sea ahora, en este cumpleaños número noventa y nueve, abriendo de nuevo sus libros y dejándonos sorprender por la vitalidad intacta de sus palabras y la fiesta perpetua de nuestro idioma.
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