
A golpe de martillo: la memoria impresa latinoamericana en la primera subasta de la FILBo
Subasta de libros raros FILBo. Créditos: Kim Vega.
Por primera vez en su historia, la Feria Internacional del Libro de Bogotá tendrá en su programación una subasta de libros. ¿Cómo se hizo posible y qué joyas esconde su catálogo?
Un hecho inédito tendrá lugar en la 38.ª Feria Internacional del Libro de Bogotá: la primera subasta de libros realizada en una feria tal en Colombia (y, quizá, en América Latina). Más que una novedad en la programación, se trata de un giro en la manera de entender el libro: si la literatura puede pensarse como una forma de arte, aquí el foco se desplaza hacia el objeto que la contiene. Ya no solo importa el texto, sino el papel —la edición, su rareza, su historia material— convertido en pieza de colección. Como ocurre con pinturas y esculturas, el valor recae en lo tangible del ejemplar único, su procedencia y su lugar dentro de una tradición.
En conversación con Cambio, el bibliófilo y curador de esta iniciativa, Camilo Páez Jaramillo, explica que la subasta nace, en parte, de una inquietud ante los altos costos de los stands tradicionales: “¿Cómo tener un espacio de libro antiguo en la feria, pero con una figura diferente?”. La idea tomó forma en diálogo con Felipe Martínez, director de la programación cultural de la FILBo, a quien le propuso plantear alguna alternativa que no replicara el modelo comercial habitual. La respuesta fue directa: “¿Y por qué no hacemos una subasta?”.
Entonces el proyecto comenzó a articularse institucionalmente. Páez Jaramillo lo presentó ante la Cámara Colombiana del Libro y la directora de la FILBo, Adriana Ángel, cuya única condición era de logística y seguridad: “Su preocupación era muy concreta: cómo garantizar que alguien no saliera con un libro de dos millones de pesos a la calle”, recuerda. La solución es que los compradores no se llevarán los ejemplares de inmediato, sino que podrán reclamarlos posteriormente en la casa de subastas.

En este punto, entra un actor clave: La Independencia, una joven casa de subastas que suele trabajar con arte y que ahora incursiona en el ámbito del libro antiguo. “Yo necesitaba un respaldo comercial, un back, y ellos lo tienen”, explica Páez Jaramillo. Mientras él asume la curaduría, La Independencia se encarga del showroom previo —donde los interesados podrán ver los libros presencialmente antes de la puja (si es que no lo han hecho ya en el catálogo virtual de la página de la FILBo)—, de la venta y de la gestión final de las piezas.
La apuesta no es menor. “No hay subastas de libros en ninguna feria del libro, ni en Guadalajara ni en Argentina”, afirma Páez Jaramillo. Esa ausencia convierte la iniciativa en algo más que una curiosidad: es un intento de ampliar el medio de circulación del libro y de hacer visible un mercado robusto pero normalmente oculto.
La subasta tendrá lugar el 29 de abril a las 5:30 p. m., en el Gran Salón C de Corferias. Contará con 40 lotes: primeras ediciones, ejemplares firmados y libros raros, muchos de ellos provenientes de coleccionistas y libreros de viejo en Colombia. “Lo que me interesaba era curar eso, no poner cualquier cosa, sino unas cositas bien puestas”, dice.

El énfasis está en la literatura latinoamericana, pero también en los cruces entre arte y libro. Entre los ejemplares que saldrán a puja hay verdaderas rarezas: una primera edición de Blanco de Octavio Paz, publicada por Joaquín Mortiz en 1967 y concebida como un objeto desplegable cercano a un códice; un libro de poesía de Eduardo Carranza con ilustraciones de Alejandro Obregón; primeras ediciones firmadas de Manuel Zapata Olivella, entre ellas He visto la noche: las raíces de la furia negra (1953) y una primera edición de La casa verde, de Mario Vargas Llosa, publicada en 1966 y que este año cumple 60 años.
Asimismo, una primera edición de Paradiso de José Lezama Lima —también en su 60.º aniversario, otrora censurada por el régimen de Fidel Castro—; primeras ediciones de Pablo Neruda, como Canto general (1950) y Los versos del capitán (1953), y de Manoa (1972), de Arturo Uslar Pietri —en 2026, además, se cumplen 120 años de su nacimiento—.
A esto se suman objetos editoriales singulares como Te quiero mucho, poquito, nada, de Félix Ángel, obra clave de 1971 y hoy prácticamente inencontrable en la historia temprana de la literatura queer en Colombia.
La selección incluye, además, una edición de Poesías de Jorge Guillén, publicada en Colombia en 1961, con portada de Enrique Grau y editada por la revista Mito; una primera edición autografiada, de 1983, del importante testimonio El Bogotazo: memorias del olvido, de Arturo Alape, y La ópera de los hampones, de Jorge Gaitán Durán, publicada en 1961.

También está el n.º 42 de la revista Casa de las Américas (mayo-junio de 1967), dedicado al centenario de Rubén Darío y dirigido por Roberto Fernández Retamar. Este contó con la participación, entre otros intelectuales, de Eliseo Diego, Mario Benedetti, Enrique Lihn, René Depestre y el gran Ángel Rama, quien este 30 de abril habría cumplido 100 años.
Hay otras piezas de la subasta que expanden y desplazan la noción de libro: una primera edición del volumen en gran formato París, ritmos de una ciudad (1981), de Julio Cortázar, con fotografías de la Ciudad de la Luz tomadas por el artista visual Alecio de Andrade; caricaturas de Omar Rayo editadas en Cali en 1950 que lo capturan antes de su consagración y que permiten acceder a la zona germinal —esquiva y, por tanto, codiciada— de un artista de 21 años entonces desconocido, y una primera edición firmada de Obra Negra (1974), de Gonzalo Arango, donde late el irreverente pulso nadaísta escrito a contrapelo.
Este es solo un abrebocas de un conjunto que, más que ser una suma bibliográfica, recorre los modos del libro en América Latina, desde primeras ediciones canónicas hasta piezas híbridas, entre arte, documento histórico y gesto editorial. La curaduría no solo recupera obras, sino también la sensibilidad de una literatura latinoamericana editada, pensada y leída desde acá; de una literatura —ojalá por fin— en clave propia, sin mediaciones ni imposiciones simbólicas. “Esto no lo consigues en la feria”, insiste Páez Jaramillo. “Tú no vas a encontrar una primera edición firmada de estos autores en un stand. Eso está en otro mercado, uno que hay que buscar”. Así, la subasta sirve de puente entre ese circuito —de libreros de segunda mano, coleccionistas y archivos privados— y un público más amplio.
“Tú no vas a encontrar una primera edición firmada de estos autores en un stand. Eso está en otro mercado, uno que hay que buscar”
Como es usual, los asistentes pujarán en vivo o a distancia, motivados por la competencia y el deseo. Pero también existe un componente pedagógico explícito: “Hay una falta de cultura de las subastas. La idea es sensibilizar, mostrar que esto no es tan aterrador como parece”, reconoce. Los precios, además, buscan romper con cierta idea de exclusividad: habrá piezas desde 50 000 pesos hasta cerca de dos millones. “Queremos llegar a un público que nunca ha estado en esto”, explica. “Gente que podría empezar una colección”.
Hay una falta de cultura de las subastas. La idea es sensibilizar, mostrar que esto no es tan aterrador como parece”
En esa decisión se juega buena parte del sentido de la iniciativa. La subasta no compite con la feria; la complementa al introducir una capa distinta en el campo editorial. El libro deja de ser únicamente un vehículo de lectura para convertirse también en un objeto histórico, artístico y económico. “Es un mercado que existe y es grande, pero está oculto”, dice Páez Jaramillo. “Y tiene mucho por ofrecer”. Para coleccionistas colombianos y latinoamericanos, es una posibilidad poco frecuente de enriquecer sus bibliotecas sin necesidad de viajar a los circuitos donde circulan estos materiales: las galerías y casas de subastas del norte global.

La oportunidad también es intelectual. Lejos de limitarse a seleccionar libros, la práctica curatorial exige afinar la mirada e investigar con mayor rigor la historia del libro en Colombia y en América Latina. No se trata solo de encontrar ediciones raras, sino de reconocer en ellas hitos culturales y sociales: huellas de cómo los textos se han producido, circulado y leído a lo largo del tiempo —en el país y en un subcontinente marcado por vejámenes—, pero también por las luchas persistentes de sus intelectuales y creadores. ¿Qué se subasta realmente al subastar un libro? No solo ediciones antiguas o singulares, sino también historia, prestigio y memoria. Cada lote condensa una trayectoria: la de su impresión, su circulación, sus antiguos propietarios y su lugar dentro de una tradición.
¿Qué se subasta realmente al subastar un libro? No solo ediciones antiguas o singulares, sino también historia, prestigio y memoria. Cada lote condensa una trayectoria: la de su impresión, su circulación, sus antiguos propietarios y su lugar dentro de una tradición.
Y, sin embargo, la pregunta no es nueva. Ya en 1863, en su poema 709, la poeta norteamericana Emily Dickinson cuestionaba la idea de convertir la creación en mercancía: “La Publicación —es la Subasta / De la Mente del Hombre—”. ¿Qué pensaría hoy ante este evento en el corazón de una feria que celebra precisamente el valor del libro en todas sus formas? Esta subasta, abierta al público en Corferias, nos permite intentar responder esa pregunta no solo como espectadores, sino también como protagonistas habituales de los hitos culturales que marcan el ritmo de nuestra autodeterminación.
Lo anterior, con más veras, en un tiempo atravesado por centenarios que nos obligan a releer nuestra tradición; a volver sobre nombres, obras, expresiones fundacionales y disputas. Porque cada lote, más que un objeto, es también conmemoración, una forma de reinscribir en el presente voces que han dado forma a la literatura latinoamericana. Y quizá ahí radique el verdadero sentido de esta subasta. No está en la transacción, sino en la posibilidad de reconocernos —una vez más— en las huellas de nuestra propia historia cultural e intelectual: esa que, a veces oculta, seguimos escribiendo desde este lado del mundo.
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