
Ana María Rueda y sus miradas sobre la naturaleza, la memoria y el alma humana
Esculturas, pinturas, fotografías, un video e instalaciones conforman ‘El caos sensible’, la exposición antológica que presenta el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo) y en la que se plasma una trayectoria artística en la que ha reflexionado sobre el medio ambiente y las angustias de los seres humanos.
Por: Eduardo Arias
El caos sensible, que se exhibe hasta el mes de julio en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo), es una exposición permite reencontrarse con la obra versátil, variada y a veces arriesgada de Ana María Rueda. Se trata de una muy completa revisión antológica de su obra, que retrata de cuerpo entero a una creadora que detesta permanecer en zonas de confort.
Ana María Rueda ha sido muy reconocida por su versatilidad en medios como pintura, grabado, escultura, fotografía e instalación. Nació en Ibagué en 1954. Entre 1974 y 1979 estudió Bellas Artes en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes en París y a partir de 1976 su obra ha sido exhibida en exposiciones individuales y colectivas en Colombia y en otros países. A lo largo de su carrera ha abordado la conexión entre la naturaleza y la experiencia humana.
Un recorrido a lo largo de la exposición guiado por la propia artista permite adentrase, de manera no lineal en el tiempo, en su universo creativo.

Al comienzo fue la pintura
Caosmosis es una serie de pinturas colgadas en una gran pared en las que se exhiben pinturas que realizó entre 1976 y 1994, y que pertenecen a tres series: Horizonte, Flora y Resonancias. “En esa época ya mostraba interés en los elementos tierra, agua, aire y fuego, Utilizo formas simples para hacer visibles algunas maravillas de la existencia diaria tales como el crecimiento y el fluir. Tomo el árbol para hablar de la tierra, pero es una tierra que se eleva, Son germinaciones más que árboles. Es la unión de la tierra con el elemento aire”.
Entonces surge la flora en su obra. “Entro a la flor por primera vez. Son pinturas de una misma imagen que se repite en diferentes tamaños una infinidad de veces en el espacio expositivo como un eco que queda en la memoria, como un símbolo de vida”. Viéndolo en retrospectiva, estas obras son el origen de lo que vendrá después, de problemáticas de tipo existencial que ella busca poder explorar. “Me doy cuenta de que la naturaleza la he tomado desde siempre como metáfora para hablar de cosas que tienen que ver con el ser humano. Hablo de la vida, la muerte, del eterno fluir, de la renovación”.
El desplazamiento, un continuo en la obra de Ana María Rueda
Un tema muy importante en su obra y que está muy presente en la exposición es el desplazamiento. Este proceso comenzó con su exposición llamada Yo soy también el otro. Es una serie de fotografías en las que captó grandes piedras de río a las que les había pintado una raya roja. “Una marca indeleble que señala el dolor que todos llevamos, muchas veces adormecido por una especie de anestesia generalizada, pero visible cuando lo miramos de frente”. Para esta exposición expandió la idea e hizo una instalación con las piedras que están distribuidas en el piso de la sala y dialogan con las fotografías originales.

Por su parte, Mi cielo es un video que ella presentó hace dos años en la exposición Un jardín propio, en la galería Espacio Continuo, en la que habla del desplazamiento “esta vez desde un jardín metafórico como lugar donde una persona desplazada encuentra un momento de reposo, de tranquilidad, donde se siente menos desesperada”.
Mi cielo se representa cono un enorme ‘_patch_-_work_’. tela de sedas en azul y blanco que cosieron varias personas. “Es el cielo que el desplazado guarda consigo, su tierra que nunca lo abandona”, dice. La idea original era hacer una serie de fotos de la tela sobre un prado verde con algunas flores. “En un instante inesperado, cuando la tela cae y el viento la atraviesa, sentí cómo cielo y tierra respiraban al unísono; ahí comprendí que ese momento solo podía existir plenamente en el video, no en la fotografía”. Agrega que las fotos nunca las he mostrado, porque simbólicamente el video le pareció muchísimo más potente.

Otra de las obras de Un jardín propio es Las primeras gotas sobre la hierba seca, una gran escultura (o instalación, si se quiere) en la que cuelgan hojas, ramas, semillas y otros objetos. A primera vista parecen fragmentos dispersos de vegetación recogidos del suelo y que el tiempo ha marchitado, pero en realidad se trata de esculturas metálicas que ella elaboró mediante una técnica denominada galvanoplastia, en el que una planta real se sella con cobres y hierros que ella luego pintó. “La pared representa el lugar que otro dejó: un espacio habitado por ausencias, donde el desplazamiento se hace presencia. ¿Cómo se hace para sobrevivir y tener un jardín propio? Realmente con esta obra estoy hablando de un jardín interior. De sanar, de cuidar, de proteger”.
De mi corazón es una escultura a base de alambre y una cinta bordada con un verso de un poema de William Blake que se llama El tigre: “¿Y qué hombro y qué arte pudo tejer la nervadura de tu corazón?”. Para Ana María Rueda es una manera de plantearse la pregunta: “¿Qué fuerza tengo para sobrevivir, pasar de un lugar a otro y continuar? Porque otro de los fundamentos es que seguimos vivos a pesar de todo”.
Los hilos conductores de la memoria
Por su parte, Un sueño blanco es una instalación modular que se puede recorrer, elaborada con cubos de yeso blanco que evocan las baldosas de la casa de Cartagena donde pasó su infancia. “Es una construcción de la imaginación. Pensé en lo que uno guarda en la memoria, improntas que trae de por vida”. Para ello es importante recalcar que las cosas no son realmente como fueron sino como se recuerdan. Por esa razón Un sueño blanco puede verse como un muro, como un conjunto de objetos destruidos o como una casa imaginaria”.

Otra obra muy llamativa es Tantas cosas por contar, una instalación de nueve metros de largo en la que la artista dispuso fragmentos de cerámica de un filtro de agua que pertenecía a su familia que alguien rompió. Ella guardó los fragmentos en una caja. “Hace un año y medio lo saqué y comencé a ver que tenía las mismas imágenes con las que yo construyo muchas obras, que son las flores, los árboles, la analogía de la roca y también la línea, como cuando yo comencé con los horizontes, que para mí es significa la continuidad infinita”. La manera como dispuso los fragmentos hacen que a lo largo de la pieza se vea una línea recta color café recorrida por un hilo rojo que la atraviesa y la articula.
En Vínculos, un tejido de hilos rojos hechos a partir de gasa quirúrgica entrelaza pequeños sarcillos que cuelgan delante de una pared recubierta de pintura. “El hilo rojo lo he mostrado como metáfora de la vida, de la unión, tomando ideas de los mitos orientales y griegos del hilo rojo que nos conecta”. Sin embargo, el hilo es difícil de ver porque su extrema delgadez y el color del fondo de la pared, que prácticamente lo camufla, hace que sólo se le note cuando se mira con atención. “Acá el hilo que se hace evidente cuando se toma conciencia de su presencia, tal como ocurre con los vínculos humanos”, señala.
Esta obra de 2025 está enfrentada a Horizonte, una pintura de 1981 en la que una línea más que evidente (a diferencia de los casi invisibles hilos rojos) marcan su interés por el horizonte, que para ella es la base de su interés por el agua, luego por los cuatro elementos y por la naturaleza en general. Como ella creció en el mar y su padre era navegante, para ella ha sido motivo de muchas reflexiones, ya que el horizonte puede ser un límite o una puerta de entrada al universo de lo no observable, el infinito.
En tránsito es una instalación en tres dimensiones que se basa en una fotografía de 1928 que tomó el fotógrafo alemán August Sander de un constructor que lleva en sus hombros una repisa con ladrillos que recogió entre los escombros para construir su nueva casa. Ella dispuso los elementos que componen cada una de las repisas tal como aparecen en la foto. “Me es muy importante lo frágil, lo reparado, lo reciclado, cómo construir a partir de algo que ya no está”, explica.

Una obra comisionada para esta exposición es Consonancia, en la que ella utiliza la bandera, un objeto que suele ser símbolo de dominación, guerra y de demarcación entre ciudades, regiones o países, para pintar en ellas flores. “En esta obra de nuevo quise tomar la flor como símbolo para hablar de la importancia de la vida”. Y tomó flores de obras de arte, muchas de ellas a manera de ofrenda. Está el ramo de flores de Los suicidas del Sisga de Beatriz González, flores de cuadros de Gaugin, Boticelli, Klimt, Warhol… Y en el envés de cada bandera pintó corrientes marinas, constelaciones, mapas de guerras importantes. “En el envés, insisto en las conexiones invisibles que nos unen, aun cuando no siempre seamos conscientes de ellas”.
El martirio de los árboles
Fuego en el bosque, del año 2000, evoca la tala indiscriminada de árboles que padeció Bogotá en los albores del nuevo siglo. En el Parque Nacional encontró los árboles caídos. “Yo nunca había hecho escultura. Encontré interesante recibir esos árboles. Busqué taller y ayuda para aprender a curar la madera fresca, secarla y cortarla”. Decidió fragmentarlos para volver a encontrarle la verticalidad al árbol. “Lo hice a través de la idea del fuego como elemento que renueva, que purifica”. En algunas de estas esculturas dispuso dos láminas como si se tratara de un libro abierto. “Un guiño al libro donde se puede leer la vida que existió en estos árboles. Fue una obra dura de hacer, pero en la fragmentación encontré una forma de reparación y un gesto de cuidado frente a la herida ecológica que los atravesó”.

Muy relacionada con la anterior es Bosque sin sombra, de 2013, compuesta por una serie de fotografías tomadas en unos depósitos de madera en donde el árbol caído está en forma de laminillas listas para la para la venta.
Al terminar el recorrido manifiesta que en esta exposición antológica encuentra que, a pesar de los saltos en el tiempo, hay un hilo conductor. “Yo no he sido tan consciente de eso porque yo paso de una obra a la otra de una manera casi sistemática, no me gusta repetirme. Me interesa trabajar en algo que me sorprenda, que me enseñe”. Cada nueva idea la lleva a cuestionarse una y otra vez si va por el camino correcto. “Son ejercicios y ejercicios… sí y no y tal vez y puede ser, pero por aquí no, hay que coger por otra rama, revisar y volver. Es sumamente angustioso porque a veces uno cree que sí, pero se da cuenta que sólo fue un impulso y no más. Entonces, tienes que profundizar”.
Después de esta exposición antológica Ana María Rueda aún no ha decidido qué camino va a seguir. Le entusiasma seguir pensando en la indiferencia, una inquietud que la acompaña todos los días. Pero no tiene prisa. “Yo me demoro, yo trabajo lentamente porque con frecuencia cambio de manera de elaborar la idea, cada vez que emprendo una serie nueva me toca investigar y aprender sobre alguna técnica o manera de hacer dependiendo del material, y lo que yo sé hacer es pintar”, concluye.
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