
Centenario de Ángel Rama: el hombre que mejor leyó a Gabriel García Márquez
Ángel Rama en su Biblioteca de Ayacucho en la Avenida Urdaneta. Créditos: Archivo familiar de Ángel Rama - Cortesía de Amparo Rama.
Con este escrito, un sentido homenaje y un recuento exhaustivo de la vida, la obra y el pensamiento del crítico uruguayo Ángel Rama, la escritora Amalia Tapiero hunde el dedo en la llaga de la crítica literaria latinoamericana, tan acostumbrada a mirar hacia el norte en busca de validación pasando por alto a sus voces más lúcidas y generosas. Como la de Rama.
Este 30 de abril de 2026 se cumplen cien años del nacimiento de Ángel Rama. Y aunque su figura es ineludible para pensar la cultura en América Latina, parece que se ha desdibujado (o ya es del todo desconocida) en Colombia. Como profesional en Literatura, esa sensación me es difícil de ignorar: es más citado que leído, y en la academia local su obra suele circular al margen, atenuada y despojada del rigor que exige un pensamiento de tal envergadura.
Volver a él supone recuperar una crítica que inscribe la literatura en las condiciones materiales e históricas de esa región desigual y contradictoria que es América Latina. Como señaló Rosario Peyrou, la de Rama es “una obra tanto teórica como práctica, basada en la fuerte convicción del papel central de la cultura en todo proceso de transformación social”: algo olvidado hoy por intelectuales que miran hacia la estrella polar en busca de legitimidad, como si no bastara recordar —como Joaquín Torres García— que nuestro norte es el sur.
Al iniciar este homenaje, conviene recordar un episodio de 1977. La uruguaya María Esther Gilio le preguntó a Gabriel García Márquez si alguna lectura crítica de su obra lo había dejado conforme. Su respuesta deja entrever la estatura del intelectual rioplatense: “Salvo algunas cosas de Ángel Rama, la sensación de inutilidad es constante. Y esto no es casual. Tu compatriota ha ido a Colombia y ha rastreado hasta la raíz de mis libros. Buscó en diarios de provincias. Descifró o descubrió cosas que otros habían considerado indescifrables”.
El proyecto intelectual de Ángel Rama
Nacido en Montevideo en 1926, dentro de una familia de inmigrantes españoles, Ángel Rama se supo siempre hijo de su tiempo y geografía: “El Uruguay me hizo, yo soy su producto, para bien y para mal”. Ese asumirse como parte de lo colectivo marcó la índole de su obra.
Peyrou lo constata al describir que a esta justo la orientaban dos impulsos persistentes: “La formación de una literatura y la creación de un público”. En línea con la noción de sistema literario de Antonio Candido, para Rama la literatura era una red de relaciones con la sociedad. Y, por consiguiente, su crítica fue una práctica de intervención: explorar, articular y poner en circulación esas relaciones; conectar obras, autores y lectores, y abrir un espacio donde la literatura funcionara también como espejo de reconocimiento colectivo.

Con esto en mente, no es casual que su proyecto se nutriera de lecturas que iban de Arnold Hauser y György Lukács a Galvano Della Volpe y Claude Lévi-Strauss, ni que se afinara gracias a historiadores como Fernand Braudel y Marcel Bataillon. Tampoco sorprende que encontrara en Marcha —crucial semanario uruguayo fundado por Carlos Quijano en 1939, dirigido por Emir Rodríguez Monegal entre 1945 y 1957 y activo hasta su clausura por la dictadura en 1974— su principal plataforma cuando Rama colaboró allí, entre 1959 y 1968, ni que se desplegara en redes continentales como Casa de las Américas, clave para la circulación de la nueva literatura latinoamericana.
Como ha señalado Peyrou, el de Rama era un proyecto intelectual orientado a conocer a fondo la cultura del continente, a relacionar a sus creadores y a ampliar el acceso de los lectores a una literatura que les permitiera autorreconocerse. Y todo parecía confabulado para que tal empresa intelectual floreciera, pues se situaba en un contexto de gran optimismo histórico: la Revolución cubana inauguraba la posibilidad de la autodeterminación latinoamericana mientras una nueva generación de escritores “consolidaba la madurez de la narrativa latinoamericana”, como lo dijo Peyrou.
Fue desde estas condiciones que Rama supo leer América Latina y construir los circuitos que la hacían legible. Aun en medio de polémicas —como el caso Padilla o la de Emir Rodríguez Monegal y la revista Mundo Nuevo, financiada por la CIA—, siempre dejó claro que la crítica era una forma directa de intervenir en los conflictos de su tiempo.
Hoy, cuando esos circuitos existen —pero ya rara vez se piensan— y la crítica parece más preocupada por validarse que por interrogarse a sí misma y su propio lugar, revisitar el proyecto de Rama es algo más que pertinente. Él mismo lo formuló con claridad en el prólogo a La novela en América Latina (1982), al mirar en retrospectiva su trabajo crítico:
“Leyendo a Sartre en la juventud aprendí que resultaba vano aspirar a estar por fuera, soñar con una visión como la que harán los hombres del 2000. De ella estaremos fatalmente ajenos como de otras muchas épocas: mejor cultivar el jardín que nos había tocado en suerte, con la mayor lucidez posible, y tratar de no engañarnos. Por lo tanto, no había otro modo de leer la literatura que sobre el marco histórico de nuestras vidas, el cual, fuera de toda restricción partidista o doctrinaria, me acostumbré a designar como el de la cultura que construye un pueblo en las circunstancias que le han tocado”.
Leyendo a Sartre en la juventud aprendí que resultaba vano aspirar a estar por fuera, soñar con una visión como la que harán los hombres del 2000. De ella estaremos fatalmente ajenos como de otras muchas épocas: mejor cultivar el jardín que nos había tocado en suerte, con la mayor lucidez posible, y tratar de no engañarnos.
Cultivar ese jardín que le había tocado en suerte implicó convertir las páginas de Marcha en un espacio de circulación decisivo para la literatura latinoamericana: allí aparecieron Mario Vargas Llosa, José María Arguedas, Juan Goytisolo, Rodolfo Walsh, Jorge Edwards, Guillermo Cabrera Infante, José Donoso y Augusto Roa Bastos, entre otros. Y también, colaborar con Casa de las Américas, revista central en ese horizonte de consolidación continental —en particular, en su Nº 26 (1964), el cual coordinó—. Como señala la crítica cubana Luisa Campuzano, en él se “articula y consagra, simultáneamente, la aparición del hecho literario más importante del continente: la nueva novela latinoamericana”; este incluía también el influyente ensayo de Rama Diez problemas para el novelista latinoamericano, que reunía a figuras clave como Alejo Carpentier, Julio Cortázar y Juan Carlos Onetti.
Entre la crítica, la edición y la docencia
Rama fue a la vez crítico y editor, así lo recuerda Beatriz Sarlo. Esta última vocación se manifestó desde temprano en una serie de frentes, desde su paso por la editorial Fábula y la dirección de la Colección de Clásicos Uruguayos de la Biblioteca Artigas hasta su participación en la cooperativa Asir y su trabajo en Letras de Hoy, de la editorial Alfa. La suya era edición asumida como transformación de la cultura, algo no ajeno a la generación del 45, a la que perteneció junto a Ida Vitale, su primera esposa (hoy de 102 años). Según Peyrou, para ellos —jóvenes iconoclastas al final del orden batllista— la cultura era a la vez demolición y construcción: un proyecto de futuro en aras de revisar y depurar la tradición hasta construir un canon propio.
De ese impulso nacieron también proyectos de divulgación cultural y de construcción de identidad, como la Enciclopedia uruguaya, en la que Rama trabajó con Darcy Ribeiro y Julio Bayce. También, la editorial Arca, que fundó en 1964 junto a su hermano Germán y José Pedro Díaz: un dispositivo de intervención cultural cuyo catálogo recuperó a figuras centrales de la tradición uruguaya —como Felisberto Hernández y Horacio Quiroga—, a la vez que reunió a narradores contemporáneos —Onetti, Mario Benedetti, Idea Vilariño y Mario Arregui— con otros emergentes —Cristina Peri Rossi, Hiber Conteris y Eduardo Galeano—. Al tiempo, los proyectaba a todos hacia un horizonte latinoamericano.

Esa apuesta se materializó en la colección Narradores Latinoamericanos. Allí se trató de publicar a autores entonces poco leídos como Carpentier o José María Arguedas; también, en una decisión que hoy resulta profética, al entonces desconocido García Márquez:
“En la época en que apenas había comenzado el interés por ellos, [publicamos] obras aun escasamente conocidas de Alejo Carpentier, José María Arguedas, Juan Carlos Onetti. Entre ellas, editamos a un autor colombiano solo conocido en su país, quien vivía entonces en México: se llamaba Gabriel García Márquez y aún no había escrito Cien años de soledad, pero para cualquier lector avisado era de los grandes talentos del continente”.
Sin embargo, advertía el propio Rama, ese éxito editorial temprano chocaba con un público absorto en las circunstancias nacionales y con estructuras incapaces de proyectar las obras internacionalmente. De allí la necesidad de buscar alianzas y forjar circulaciones alternativas, como la editorial Galerna, que fundó junto a un joven editor argentino y aprendiz de Jorge Álvarez. Es infortunado que hoy día, en un mercado editorial inmediato y aún mercantilizado, las condiciones para proyectos capaces de apostar, contracorriente, por literaturas no “rentables” —pero que podrían definir una época— aún sean tan inciertas.
A lo editorial se suma su labor docente, donde volvía método aquello que publicaba: en sus cursos de literatura latinoamericana se leían con rigor formal las obras de Rubén Darío, Carpentier, Rulfo, Vargas Llosa o el propio García Márquez. Pero lo más importante es que siempre se las situaba en las tramas sociales e históricas que les daban sentido. Respecto de estos frentes y facetas, la crítica se erigía siempre en una práctica articuladora.
Un Ángel que vino a dinamizar la cultura
Ese modo de leer, exigente y desestabilizador, no tardó en generar fricciones. Lo recuerda el poeta Juan Gustavo Cobo Borda en el artículo ‘Ángel Rama visto por un colombiano’ (1985), en el que evoca el impacto de las conferencias que, invitado por Marta Traba, Rama dictó en Bogotá en 1968. Estas irrumpieron en esta república de las letras —más bien apacible, provinciana y entregada a pequeñas disputas— como un “ventarrón macondiano”. Sin duda, Rama imponía un marco de lectura radicalmente distinto al de la crítica local, aún enfrascada en las supuestas incorrecciones e insuficiencias ideológicas de Cien años de soledad; él apelaba, sí, a referentes como Umberto Eco o Galvano Della Volpe, pero también a un trabajo paciente de archivo que lo condujo a rastrear los orígenes de la obra en Barranquilla, los primeros textos de García Márquez y sus condiciones de emergencia.
Como sugiere Cobo Borda, Rama revelaba, con erudición, una exigencia nueva y desconcertante para ese medio: leer la literatura latinoamericana con su propia complejidad.
En esos años, el uruguayo protagonizó algunos de los debates más intensos del campo intelectual latinoamericano sin muestra de irrespeto —algo imposible hoy—. Uno de los más significativos ocurrió en 1972, a partir de su lectura crítica del ensayo García Márquez: historia de un deicidio (1971), de Mario Vargas Llosa. En su artículo “Demonio, vade retro”, publicado en 1972 en Marcha y Expreso, Rama cuestionaba la concepción del acto creador propuesta por el novelista peruano, lo que desencadenó una polémica que duraría meses en la prensa continental. Como señalan Carina Blixen y Álvaro Barros Lémez, el debate giraba en torno a problemas de fondo: la validez de un método de análisis adecuado a la sociedad latinoamericana, la figura del escritor y la propia definición de novela.

Para Rama, la tesis de Vargas Llosa —centrada en los “demonios” individuales del autor y en un escritor “deicida” que rehace la realidad desde sus obsesiones— no solo resultaba conceptualmente limitada, sino también históricamente regresiva. Más que iluminarlo, replegaba el proceso creativo hacia una psicología de la inspiración que soslayaba las mediaciones sociales y las condiciones concretas de la producción de la obra. Rama le reprochaba reinstalar, en un momento clave para la cultura latinoamericana, una concepción incapaz de dialogar con los proyectos de transformación en curso; a su vez, proponía entender la obra como mediación activa entre un escritor, un público y una realidad histórica en conflicto, e inscrita en un proyecto cultural más amplio.
Ese mismo año, en un coloquio organizado por Monte Ávila Editores en Caracas con motivo del Año Internacional del Libro, Rama revisitó estas tensiones al abordar críticamente el boom. Frente al entusiasmo de Vargas Llosa —quien veía en la expansión editorial una ampliación del público lector—, Rama advertía un lado oscuro: este término nacido del marketing estadounidense privilegiaba a pocos narradores; tendía a marginar otros géneros como la poesía y el ensayo, y desplazaba el trabajo crítico por la lógica mediática informativa. En ese contexto, retomaba la figura de José Martí para insistir en la necesidad de un proyecto cultural capaz de pensar la literatura en relación con la sociedad que la produce.
En ese clima de alta intensidad intelectual, sus posiciones resultaron incómodas. Y como suele ocurrir en América Latina, esa incomodidad no tardó en tener consecuencias políticas. Un episodio de 1972 lo ilustra con claridad.
Tras participar en un ciclo de narrativa latinoamericana en la Universidad Veracruzana, en Xalapa (México), Rama regresó a Montevideo y, poco después, emprendió viaje a Colombia para reunirse con Marta Traba. El 3 de octubre, al aterrizar, fue detenido y deportado. Enviado primero a México, no se le permitió ingresar por problemas de visado y fue devuelto al aeropuerto de Bogotá, donde —gracias a la gestión del senador Álvaro Uribe Rueda— se le autorizó a permanecer apenas unas horas antes de ser reenviado a Caracas.
“El proceso, procesado y perseguido y condenado como el señor K, sin llegar nunca a saber los motivos. Claro que cuando Kafka se produce al nivel del subdesarrollo latinoamericano, los efectos son menos oníricos y sí mucho más brutales y grotescos”.
Según informó El Espectador, su nombre figuraba en una lista negra de la Cancillería que vetaba a supuestos “subversivos”. La medida provocó la reacción inmediata de escritores como Cortázar y Sergio Ramírez, quienes protestaron ante el Gobierno colombiano, como recuerdan Blixen y Barros Lémez. En una declaración posterior, Rama describió que se sentía como en “El proceso, procesado y perseguido y condenado como el señor K, sin llegar nunca a saber los motivos. Claro que cuando Kafka se produce al nivel del subdesarrollo latinoamericano, los efectos son menos oníricos y sí mucho más brutales y grotescos”.
La Biblioteca Ayacucho
En 1973, cuando Rama se encontraba en Venezuela junto a Marta Traba, su esposa, para dictar un curso en la Universidad Central, el golpe de Estado en Uruguay lo llevó al exilio del que nunca regresaría. Lejos de interrumpir su trabajo, ese desplazamiento lo reorientó hacia una mayor sistematización de su proyecto intelectual. En Caracas combinó docencia, periodismo (El Nacional, El Universal), debate cultural y la fundación de la revista Escritura.
El cénit de este proceso fue la Biblioteca Ayacucho, creada en 1974 por decreto del presidente Carlos Andrés Pérez en el marco del sesquicentenario de la batalla de Ayacucho. Rama era su principal promotor y director literario. Concebida inicialmente como una colección de unos 500 volúmenes destinada a reunir el “legado civilizador” de América Latina —de lo precolombino a lo contemporáneo—, pronto fue definida más ambiciosamente por el propio uruguayo como “instrumento de integración cultural latinoamericana”.

Su núcleo lo motiva la preocupación de Rama —y de muchos que, aun ahora, lo secundamos— de que “los diferentes proyectos en juego contemporáneamente, desde el plan desarrollista hasta el socialista, [funcionan] sobre la misma peligrosa mecanicidad que no atiende a la singularidad latinoamericana. Esa desatención está reforzada por la pérdida de memoria de la colectividad”. Ayacucho se plantea como una operación crítica sobre el pasado, contra la mecanicidad y la amnesia histórica, para construir un futuro más optimista.
“los diferentes proyectos en juego contemporáneamente, desde el plan desarrollista hasta el socialista, [funcionan] sobre la misma peligrosa mecanicidad que no atiende a la singularidad latinoamericana. Esa desatención está reforzada por la pérdida de memoria de la colectividad”.
De ahí el sentido de su catálogo, que a día de hoy suma más de 380 títulos. Esta ha reorganizado obras diversas de nuestra historia como un campo de relaciones: desde las crónicas de Felipe Guamán Poma de Ayala y el Inca Garcilaso de la Vega hasta los escritos de Simón Bolívar y José Carlos Mariátegui; desde Sor Juana Inés de la Cruz y Rubén Darío hasta narradores como Juan Rulfo. Adicionalmente, la inclusión de Brasil —con el apoyo de Antonio Candido y de autores como Machado de Assis— refuerza ese horizonte integrador. Así, la Biblioteca Ayacucho rompió con la idea de tradición literaria como “archivo muerto”, reinterpretándola como un “depósito de energías vivientes”: editar es intervenir, y la tradición es un campo de fuerzas desde el cual puede imaginarse un proyecto latinoamericano.
Tiempo de exilios, elogios y desagravios
En el exilio constante, Ángel Rama y Marta Traba vivieron en Montevideo, San Juan, Caracas, Washington y París. Pero este tiempo —marcado por expulsiones, trámites y nuevos comienzos— fue también el de mayor consolidación de su pensamiento.
Lejos de fragmentar su visión de la cultura latinoamericana, el exilio le permitió ampliarla. A su conocimiento directo del continente, sumó un diálogo sostenido con corrientes teóricas diversas —Adorno, Benjamin, Lévi-Strauss, Foucault…— que le permitió afinar una posición crítica propia, como bien señala Peyrou. En vez de lecturas que aíslan la obra literaria, Rama insistió en inscribirlas en una serie cultural en la que lo literario y lo social se entrelazan y adquieren sentido.
En ese contexto, su crítica se convertía cada vez más en una práctica con implicaciones históricas e interventora de la cultura. Esa perspectiva la profundiza en su teoría de la transculturación, en la que, con base en Fernando Ortiz, concibe América Latina como un espacio de síntesis compleja e irreductible al modelo europeo y a los esencialismos locales.
Pero esos avances se dieron en condiciones cada vez más precarias. En 1977, ante la negativa de la dictadura uruguaya a renovar su pasaporte, se quedó sin nacionalidad. Esto lo llevó a asumir la ciudadanía venezolana; más tarde, en Estados Unidos, el Servicio de Inmigración y Naturalización le negó la visa solicitada por la Universidad de Maryland, acusándolos a él y a Traba —que jamás militaron en partido alguno— de “subversivos”. Ni las gestiones de la universidad; ni las protestas de figuras como Arthur Miller, Cortázar o García Márquez, ni el respaldo de políticos como Belisario Betancur o Carlos Andrés Pérez lograron revertir la decisión, denunciada entonces como macartista. En septiembre obtuvo una beca Guggenheim y, ante la imposibilidad de retenerlo como profesor, la propia universidad le concedió otra para estudiar las culturas populares en América Latina.

El 20 de febrero de 1983 salió de Estados Unidos y se instaló en París junto a Marta. Entonces ambos fueron ciudadanos latinoamericanos, errantes, al fin y al cabo.
Parecía abrirse por fin un tiempo de trabajo más concentrado. Pero llegó el fatídico 27 de noviembre. Ese día viajaban a Bogotá para participar —invitados personalmente por Betancur— en el I Encuentro de la Cultura Hispanoamericana, hasta que su avión de conexión se estrelló en Mejorada del Campo (España), poco antes de aterrizar en Madrid. Era el vuelo 011 de Avianca: murieron Ángel, Marta y 181 personas más, y solo 11 sobrevivieron. Ese día morían también una obra y una inteligencia en plena expansión.
Hoy, su cuerpo descansa en el Cementerio Jardines de la Paz, en Bogotá, junto al de su amada Marta. Sí, en aquella ciudad donde su pensamiento irrumpió como un “ventarrón macondiano”: no uno que destruye, sino uno que ha dejado una huella duradera.

Mi deseo es que este centenario, casi inadvertido por la academia y la cultura latinoamericanas, sirva al menos como una invitación a leerlo: a entrar con mayor rigurosidad en una obra profusa que abarca más de 1420 textos —libros, artículos, reseñas, prólogos, antologías y volúmenes colectivos—, como consignan la cronología y bibliografía de Álvaro Barros y Carina Blixen. También quizá como una interpelación directa a la academia colombiana, que con frecuencia mira hacia el norte en busca de aprobación. Volver a Ángel Rama implica enfrentarse a una obra mucho más vasta que las lecturas obligatorias —pero insuficientes por sí solas— de La ciudad letrada y Transculturación narrativa en América Latina. A menudo abordadas de manera superficial en las aulas, cuando no ignoradas, apenas comienzan a dimensionarse en su totalidad junto al resto de su obra.
Este texto en su honor no pretende más que eso. Leer a Rama hoy no es una decisión caprichosa ni una deuda simbólica; nace de la aceptación, aún urgente, de retomar una crítica que nos obligue a pensar la literatura latinoamericana en relación con el mundo que la produce. Y eso, lamentablemente, no es lo habitual hoy, lo cual nos recuerda lo excepcional que fue este crítico uruguayo, tan lúcido y querido.
Por eso y mucho más: ¡gracias, Ángel Rama! Y felices cien años.
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