
Los pasos del libro. Conversación con Carolina Sanín y Federico Díaz-Granados sobre el oficio de escribir
La escritora Carolina Sanín y el poeta Federico Díaz-Granados conversaron con CAMBIO. Créditos: archivo particular.
Escritoras, ilustradores, impresores, editoras, libreros y lectoras conversan con Amalia Tapiero sobre una pregunta nuclear: ¿Qué significa crear un libro en Colombia? En la primera entrega de nuestro especial de la FILBo 2026 respondieron la escritora Carolina Sanín y el poeta Federico Díaz-Granados.
No es casualidad que la palabra editorial –del latín editus, participio pasado de edere: “dar a luz”, “sacar”, “publicar”–admita dos géneros. En masculino, alude a la divulgación de la postura de un medio periodístico; en femenino, a la creación de libros.
Este especial nace justo en ese cruce. Escrito como el editorial de un medio, también piensa en la editorial colombiana en su sentido más amplio. Así, reúne las posturas de quienes –a menudo invisibles– sostienen la vida de los libros en Colombia y que, en plena 38.ª Feria Internacional del Libro de Bogotá, nos convocan a reflexionar sobre la antigua pasión por estos objetos de papel, contenedores de la imaginación en todas sus formas.
A lo largo de varias entrevistas, este recorrido seguirá el circuito del libro: escritores, ilustradores, editores, impresores, libreros y lectores. Cada conversación propone una entrada distinta a la misma pregunta: ¿qué significa hoy crear libros en Colombia, esa autodenominada tierra de poetas?
Por eso, respetando ese proceso, el especial comienza con poetas (o los también llamados escritores): creadores de artificios lingüísticos que construyen universos de ficción autosuficientes con tan solo los 27 caracteres del alfabeto de la lengua española. Y esta primera entrega recoge las voces de Carolina Sanín y Federico Díaz-Granados.
Carolina Sanín (Bogotá, 1973) es escritora y profesora, además de licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes y PhD en Literatura Española y Portuguesa de la Universidad de Yale. Ha sido columnista de El Espectador, Semana, Vice, Arcadia y, actualmente, hace un monólogo quincenal en CAMBIO. Es autora, entre otros libros, de Somos luces abismales (2018) y El Sol (2022), publicados por Random House, así como de Dalia (Lumen, 2024), La mayor (Laguna Libros, 2025) y La voz del buey (Ampersand Ediciones, 2025), su obra más reciente.
En este momento está leyendo “a Romain Gary, a quien nunca había leído”. También tiene muchas ganas de leer Las etiópicas, de Heliodoro. Y cuando le preguntamos qué tiene muchas ganas de escribir pero no ha podido, contestó: “el Quijote, pero sí pude –como pudimos todos–”.
Federico Díaz-Granados (Bogotá, 1974) es un poeta, periodista y gestor cultural que, de no haberse dedicado a la escritura, habría sido futbolista o músico. También es ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 2021 y director de la Biblioteca de Los Fundadores, del Gimnasio Moderno, y su agenda cultural.
Ha publicado, entre otros libros, Hospedaje de paso (Valparaíso Ediciones, 2012), Las prisas del instante (Visor Libros, 2024) y Grietas de la luz (Fondo de Cultura Económica, 2024). También antologizó, por ejemplo, Resistencia en la tierra. Antología de poesía social y política de nuevos poetas de España y América (Ocean Sur, 2014) y Cien años de poesía hispanoamericana (Planeta, 2017). Es columnista semanal de la revista CAMBIO y escribe sobre libros y literatura en El Tiempo y El Espectador.
Sobre su escritorio copado de libros, tiene la edición de Camilo Hoyos de De sobremesa – Obra poética, de José Asunción Silva, así como Menudas cosas cotidianas, nueva antología de textos de Luis Tejada recopilada por Pedro Carlos Lemus. A eso se suman varios títulos de Ediciones Ampersand: La ley de Heisenberg, de Ida Vitale; La voz del buey, de Carolina Sanín (“¡una verdadera declaración de amor a la lectura!”), y Archipiélago, de Mariana Enríquez. También tiene a mano A Century of Poetry in The New Yorker, editada por Kevin Young, y Los relatos de médicos, de William Carlos Williams. Y lo que no ha podido escribir, pero le ronda, es una novela: “Siento que soy un atleta de 100 metros”, dice, “pero con ganas de correr una maratón”.
La importancia de la ficción aquí y ahora
“Para escribir una poesía que no sea política, debo escuchar a los pájaros; pero para escuchar a los pájaros hace falta que cese el bombardeo”, escribe el poeta palestino Marwan Makhoul. En un escenario así, ¿cómo sostener el impulso de escribir? ¿Dónde aparece hoy la poesía?
Federico es enfático: “(Hoy) más que nunca tenemos que aferrarnos a la poesía, porque la poesía nos sigue recordando lo humanos que somos”. Desde las epopeyas, “el corazón humano ha palpitado igual (…); nos hemos hecho las mismas preguntas. Son esas mismas preguntas las que nos han llevado de regreso a la Luna; que antes se respondieron a través de los mitos, de los grandes y más hermosos poemas”. La barbarie, reconoce, ha sido constante (“solo cambian los instrumentos”), pero también lo ha sido otra cosa: “Siempre la poesía ha estado allí acompañando ese horror”, ya que “nos ha devuelto la posibilidad de maravillarnos (…); de que en medio de lo más terrible (…), todavía nos podamos asombrar”.
“Siempre la poesía ha estado allí acompañando ese horror”, ya que “nos ha devuelto la posibilidad de maravillarnos (…); de que en medio de lo más terrible (…), todavía nos podamos asombrar”.
Este es un mundo turbulento, y el nuestro, un país difícil, aún más con las violencias del año electoral. ¿Cómo y por qué reivindicar la escritura? ¿Y por qué la ficción? Carolina Sanín contesta: “La escritura es lo que hace detenidamente el ser humano. Es lo que hace que nos detengamos”.
“La escritura es lo que hace detenidamente el ser humano. Es lo que hace que nos detengamos”.
Este mismo intercambio con Federico nos traslada a la órbita de la Luna: “Irse al lado oculto de la Luna es como volver a los mitos… Ir a buscar los relatos que nos definen”. En medio de los bombardeos, añade, “la ciencia y la poesía nos tienen asombrados con esas imágenes (…): un acontecimiento para volver a creer en la belleza”. Pero advierte que, acaso, también sea “una gran paradoja, un llamado de atención”.
Díaz-Granados insiste en el reciente vuelo de Artemis II hacia la Luna para entender hoy la relación entre el mundo y la poesía. Y se centra principalmente en la pérdida de contacto con la Tierra cuando los astronautas pasaron por su lado oculto. “No en vano, el disco The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd, comienza con el latido de un corazón humano”, dice Federico. Pero la coincidencia trasciende ese detalle: el silencio de Artemis duró casi tanto como el viaje musical del disco, “cuarenta y dos minutos de un profundo viaje musical y sensorial por esa conciencia. La poesía se anticipó, como siempre”.
Escribir con otros: los libros, los maestros y la inspiración para la escritura
El amor que profesa Carolina por el Quijote, quien mejor nos leyó, reluce aun cuando piensa en aquellos autores que inspiran su camino literario: “Muchos. El amigo mío es Cervantes, a quien leo con fervor y atención, y que ya nos leyó a todos”. Pero no solo son los autores; en su caso, más allá de los libros y los escritores, también se inspira “en la vida. En las formas del mundo”.
“Muchos. El amigo mío es Cervantes, a quien leo con fervor y atención, y que ya nos leyó a todos”.

Para Federico Díaz-Granados, la inspiración conduce a la tradición que lo precede y al surgimiento mismo de su amor por la literatura, que, “así como el amor al equipo de fútbol, es un amor que viene por herencia familiar”. Creció entre libros y escritores: Germán Espinosa, Manuel Zapata Olivella, María Mercedes Carranza, Mario Rivero, Héctor Rojas Herazo, Juan Gustavo Cobo, Darío Jaramillo Agudelo y Luis Vidales, “contertulios cotidianos de las distintas fiestas, cenas y encuentros que se hacían en la casa”.
Su padre, José Luis Díaz Granados, también lo llevó de la mano por este sendero. Pero escribir implica tomar distancia, así como leer; por eso intentó “hacer un parricidio con un padre tan amoroso”, lo que lo llevó a contradecirlo con frecuencia. Si en la casa el poeta ungido era Pablo Neruda, él se iba hacia Vicente Huidobro y César Vallejo; si el centro era Gabriel García Márquez –el primo hermano de su abuela paterna, Margot Valdeblanquez Moreu, dicho sea de paso–, buscaba a Mario Vargas Llosa. “Empecé a leer el anticanon de la casa”, dice. Así, leía a los nadaístas en una casa de poetas de la Generación sin Nombre.
Ese movimiento le permitió emprender su propio camino: “Luego viene el regreso del hijo pródigo; es decir, dar mi vuelta, mirar el mundo, atravesar el desierto para volver a esos íconos familiares. Y volver a un Neruda mucho más entrañable para mí; a un García Lorca mucho más personal que simplemente el García Lorca o el Neruda de mi padre”.
Su madre, Alba Marina Díaz-Granados, también fue clave. Trabajadora desde muy joven, se abrió camino con independencia y le compró enciclopedias, como El mundo de los niños –cuyo primer tomo era de poesía–. Entonces, recuerda Federico, se “contagió de la música del idioma leyendo a Federico García Lorca, Nicolás Guillén o Rafael Alberti”, y también a Robert Louis Stevenson, Julio Verne, Herman Melville y Emilio Salgari. Primero recreaba sus historias con juguetes; luego, empezó a escribirlas.
Contra la inteligencia artificial: la escritura en defensa de lo humano
Al hablar del papel de la inteligencia artificial en la escritura y de si debería regularse, Carolina es asertiva: “No sé qué significaría ‘regularse’. Prefiero la pregunta de si debería apreciarse. Yo no la he usado nunca ni la usaré. Lo mío es tratar de ser humana”.
“No sé qué significaría ‘regularse’. Prefiero la pregunta de si debería apreciarse. Yo no la he usado nunca ni la usaré. Lo mío es tratar de ser humana”.
A su vez, Federico advierte sobre sus efectos nocivos: “Nos está estandarizando en nuestra manera de entendernos y comunicarnos con el mundo (…); en la manera en que se argumenta y en la manera en que se escribe. Incluso ya vemos que se están usando las mismas palabras”, revela, preocupado por lo mucho que usan ChatGPT los niños a quienes enseña. Algunas de las marcas de repetición que denuncia en el lenguaje son el uso excesivo de la raya –símbolo que yo amo y cuya explotación y asociación con estas máquinas– lamento y la sobreabundancia de palabras como erosión/erosionando, ecosistema y gesto. Pero el suyo no es un rechazo total, ya que reconoce su utilidad como herramienta para satisfacer las exigencias burocráticas del día a día.

No se trata solo de la IA, sino del medio en el que circula la palabra. Las redes sociales –dice– han sido decisivas, pero también problemáticas: “Desde el algoritmo están manejando y manipulando nuestras emociones (…); saben leer nuestros impulsos, nuestros gustos, nuestras rabias, e incluso incidir en decisiones colectivas”.
Desde el algoritmo están manejando y manipulando nuestras emociones (…); saben leer nuestros impulsos, nuestros gustos, nuestras rabias, e incluso incidir en decisiones colectivas”.
Recuerda, en ese sentido, la reflexión de Umberto Eco, para quien las redes dotaron de autoridad y deseos de pontificar a “legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad”. Aun así, reconoce su ambivalencia: estas han democratizado también la circulación de la escritura, aunque con formas y fines distorsionados. Sobre las formas, destaca un “nuevo género”: los textos de redes sociales de “poetas influencer”. “Ya veremos qué pasa. El tiempo juzgará cuando un futuro arqueólogo venga a buscar los vestigios de este tiempo”, predice.
Frente a todo lo anterior, Federico vuelve a la poesía como contrapeso: “Le da esa dignidad, esa altura a las palabras en un momento en que pierden valor”. Y, hacia adelante, imagina una reacción: “Nos vamos a volver a emocionar con el error humano, con la equivocación, con esas fragilidades”.
“Nos vamos a volver a emocionar con el error humano, con la equivocación, con esas fragilidades”.
Cartas a un joven poeta: desafíos de las nuevas escrituras hoy en Colombia
En la mejor tradición de Rainer Maria Rilke, Federico vuelve a lo esencial al aconsejar a poetas noveles nacionales. “No pierdan la fe en la poesía”, les dice, porque esta sigue “dando noticias de la experiencia humana”; ni tampoco dejen ir “las canciones y los poemas, que son lo último que se pierde”. Y los invita a “no tener miedo de hacer grandes preguntas”.
Reconoce que en el país ha habido avances: talleres, laboratorios, clubes de lectura, maestrías y hasta pregrados en los que los jóvenes se gradúan con una obra creativa; incluso menciona que, aunque “siguen siendo insuficientes”, hay becas y estímulos del Ministerio de las Culturas, premios literarios, programas para artistas mayores y procesos de formalización. Incluso esto lo hace pensar –y celebrar– que la autora argentina Samantha Schweblin recibió un premio de gran magnitud: “Me da mucha alegría que exista un premio de un millón de euros”, sobre todo porque esas cifras no escandalizan en otros ámbitos.
Me da mucha alegría que exista un premio de un millón de euros”, sobre todo porque esas cifras no escandalizan en otros ámbitos.
Pero aun con estos alicientes, mira a México con sus estímulos y su Sistema Nacional de Creadores, y se da cuenta de que aquí en Colombia la literatura sigue haciéndose –como casi siempre– sin demasiada red de apoyo. A su vez, más allá de la falta de sostén, identifica en la originalidad un desafío imperante de hoy y siempre: “Cómo decir algo distinto”, porque “casi todos estamos escribiendo el mismo relato”. Según él, eso “no lo da ninguna inteligencia, ninguna maestría ni ningún taller”.
Si pudiéramos sumar otro desafío a la lista señalada por Federico, sería el trato diferenciado que reciben las mujeres, de todas las edades, en el campo literario. Carolina lo describe así: “La obra de una mujer se ve con desconfianza y condescendencia, dos actitudes que corresponden a un solo sentimiento”.
“La obra de una mujer se ve con desconfianza y condescendencia, dos actitudes que corresponden a un solo sentimiento”.
Sobre la poesía contemporánea: sus voces y vínculos
Federico parte de una idea amplia: “Uno dice ‘contemporáneo’, pero una poeta como Ida Vitale sigue siendo contemporánea”. Desde ahí, destaca figuras mayores de la lengua como Raúl Zurita, Luis García Montero, Piedad Bonnett y Darío Jaramillo Agudelo.
Al mismo tiempo, elogia una generación más reciente, nacida después de los setenta, en la que ve “una gran originalidad” y, sobre todo, una fuerte presencia de mujeres: Catalina González, Lauren Mendinueta, Andrea Cote, Lucía Estrada, Beatriz Vanegas, Tania Ganitsky, María Gómez Lara y Estefanía Arengueyra, a quienes admira profundamente.
Por su parte, Carolina aborda otra noción de la contemporaneidad: quizá compartir el mismo tiempo y espacio no necesariamente conduce a una hermandad ni a la necesidad de asociarse con otros escritores. Aunque duda, regresa siempre al material fuente más que a los otros que escriben: “No sé. Creo que los vínculos intelectuales y afectivos de una escritora –en tanto escritora– no son con los otros escritores sino con los libros”.
“No sé. Creo que los vínculos intelectuales y afectivos de una escritora –en tanto escritora– no son con los otros escritores sino con los libros”.
¿Qué peso tienen los premios literarios?
Para Federico, los premios literarios son necesarios, pero no determinantes: “No te van a definir un canon ni una tendencia”, sino que funcionan como estímulos para libros que, por distintas razones, logran conectar con el veredicto de unas autoridades. Desde su experiencia como jurado, insiste en la transparencia, especialmente en el sector público colombiano, donde intervienen entidades como la Secretaría de Cultura de Bogotá o Idadrtes: “Hay muchas auditorías (…) y una conversación muy seria alrededor de las obras”.
Más que consagrar, los premios abren posibilidades: motivan a escribir, facilitan la publicación y sostienen la circulación. Por eso, incluso, cree que hacen falta más. En contraste con ciertos premios internacionales atravesados por lógicas editoriales, en Colombia –dice– “siguen siendo premios muy abiertos, muy transparentes, muy honestos”, en parte porque operan con recursos más modestos.
Un caso ejemplar que destaca es el Premio Nacional de Poesía Inédita, que ha apostado por las primeras obras de quienes nunca han publicado. Esa decisión ha permitido que nuevas voces encuentren su primera salida editorial al panorama poético nacional, como el fenecido Giovanni Gómez –primer ganador y fundador del Festival Luna de Locos–; Luis Fernando Charry, hoy también columnista y narrador; Henry Alexander Gómez; Tania Ganitsky; Ramona de Jesús; Lucía Patiño; Stephanie Rojas Wagner, y Diego Peña.
¿Cómo es su relación con los editores?
Se sabe que a lo largo de la historia el vínculo entre autores y editores ha sido variado. Hay editores más laxos y otros que, como Maxwell Perkins y Gordon Lish –en las obras de Thomas Wolfe y Raymond Carver, respectivamente–, terminan formando parte de la carrera de sus autores. Precisamente sobre su trabajo con editores a lo largo de su carrera, Carolina revela: “Nunca he tenido que defender nada ni tampoco ceder. Siempre ha habido acuerdo”.
Nunca he tenido que defender nada ni tampoco ceder. Siempre ha habido acuerdo
De manera similar, Federico ha mantenido una confianza cercana, dialogada y sostenida en el tiempo con sus editores. Sobre Editorial Valparaíso, describe una relación “estrecha” que le permitió dar a Hospedaje de paso circulación internacional; sobre Visor Libros, es más enfático: “Fue como haber llegado a un equipo de las grandes ligas de la Champions”, es decir, una meta simbólica para muchos poetas. Y respecto de la filial colombiana del Fondo de Cultura Económica, subraya el trabajo conjunto y la dimensión casi afectiva del proceso editorial: “Está muy pendiente de sus autores y los hace sentir parte de una comunidad y de una familia”.
El acompañamiento editorial también fue decisivo en su libro Grietas de la luz. Según él, su editora, Gabriela Rocca, “supo entender que ese era un libro que debía llegar a un público más allá del lector habitual de poesía”, en particular por abordar el Alzheimer. Ese diagnóstico se tradujo en resultados concretos: un poemario con tres ediciones en un año. En el trabajo más fino de sus textos, señala la de su editora Claudia Gallego, como “una lectora maravillosa de poesía que supo comprender los silencios, los secretos y los pequeños desórdenes que uno a veces no ve”.
FILBo: el acontecimiento del libro en Colombia
“Lo ignoro”, son las palabras de Carolina Sanín al referirse a la importancia de la Feria Internacional del Libro de Bogotá en el medio literario de la ciudad. Ya sea que se refiera a que es inconocible o a que existe, pero voluntariamente lo rechaza, esto revela que, aun con un evento tan masivo en torno a la lectura y el libro, existen disensiones y opiniones divididas.
Por el contrario, Federico reconoce la FILBo como “uno de los espacios culturales más importantes de una ciudad como Bogotá”: un punto donde “nos encontramos muchos de los que hacemos parte de este mundo editorial” y donde es posible “informarse y leer el presente del sector”. No se equivoca, ya que en esta versión la FILBo busca convocar a más de 600 000 visitantes en 2300 actividades, con India como país invitado de honor.
A través de iniciativas como FILBo Ciudad, además, se descentraliza la programación y se lleva a bibliotecas, librerías y otros espacios. Y es justo ahí que brilla el trabajo de gestión cultural de Díaz-Granados en la Biblioteca de los Fundadores. “Yo no aprendí gestión cultural en ningún diplomado”, insiste, sino viendo a María Mercedes Carranza –cuando, muy joven, trabajó en la Casa de Poesía Silva– y a Mario Rivero –cuando fue subdirector de la revista Golpe de dados–. Para esta considera, por cierto, una ventaja ser un hombre de versos: “Quien es lector de poesía […] afina la mirada” y puede, desde la observación del otro, intentar “formar públicos […estando] a la altura de quienes llegan a ese espacio en busca de pensamiento y conversación”.
Quien es lector de poesía (…) afina la mirada” y puede, desde la observación del otro, intentar “formar públicos […estando] a la altura de quienes llegan a ese espacio en busca de pensamiento y conversación”.
Esa dimensión relacional –más que programática– define su valor. Replica así, desde su lugar de trabajo “ese lugar ideal para el encuentro” que es la FILBo, adonde “vamos a encontrarnos con autores y autoras que nos interesan, pero también con propuestas que no”.
Los invitamos a participar de la FILBo, que se lleva a cabo en Corferias del 21 de abril al 4 de mayo. Allí los esperan los libros de Carolina y Federico, así como los de tantos otros autores que hoy día escriben en nuestro país. Y los que no puedan asistir, recuerden: su librería de confianza, una de las casi 500 en Colombia, está cerca y abre los doce meses del año.
Esperen próximamente la siguiente entrega de este especial: otra conversación con creadores, esta vez, tres grandes ilustradores.
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