
‘Nuestros dones’: el archivo de las violencias heredadas por las mujeres que cuidan
La novela de la escritora Juliana Gómez Nieto, quien ganó el año pasado el Premio Nacional de Novela Inédita del Ministerio de las Culturas, promete ser una de las novedades más interesantes de la FILBo 2026. En entrevista con CAMBIO, la escritora habla sobre el pasado, el cuerpo, la fragilidad humana, la memoria y el hilo de violencias que se teje entre las mujeres que cuidan y son cuidadas.
Por: Luis Chía
La historia de Julia, una periodista que regresa a la casa de su infancia para cuidar a su madre, quien enfermó por cuidar a su propia madre, transita entre los dolores y las violencias heredadas de una familia campesina. Al volver, se encuentra de frente con un archivo compuesto por fotos, secretos, canciones, historias clínicas y dones que hilan y entrelazan las vidas de tres generaciones de mujeres.
Este es el universo de Nuestros dones, la novela publicada en la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica (FCE), ganadora del Premio Nacional de Novela Inédita 2025. Su autora, Juliana Gómez Nieto, fue reconocida por el uso de un lenguaje fresco y el desarrollo de una historia honesta, cruda y doméstica que profundiza en asuntos como la vejez, la fragilidad del cuerpo, la enfermedad, el duelo, las violencias de género y la pérdida de la autonomía de las mujeres que cuidan.
En entrevista con CAMBIO, Gómez reflexiona sobre las mujeres de su familia, su origen y las violencias silenciosas impuestas por la labor del cuidado. La escritora, nacida en Calarcá (Quindío), ahonda en las preguntas que la llevaron a escribir, con profunda sensibilidad, sobre su pasado familiar.
“¿Qué es lo que heredo de mi familia además del desarraigo, el dolor, la rabia y las violencias? Existe un archivo vivo, que, aunque puede no tener el mismo valor que una fotografía o una hectárea heredada, es una herencia que también me constituye”, comenta la escritora, quien presentará su novela el próximo sábado 25 de abril en el estand del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes.

CAMBIO: En esta novela usted aborda la enfermedad, el cuerpo y el cuidado en tres generaciones de mujeres. ¿Cómo nace Nuestros dones?
Juliana Gómez Nieto: Nuestros dones es una novela que empecé a escribir en 2017 cuando regresé al país después de vivir ocho años en Argentina. Me pregunté por los fantasmas familiares. Quería saber más sobre la figura de mi abuelo, sin embargo, en el proceso de investigación sobre él me encontré con mi abuela, quien era literalmente un archivo vivo con fecha de caducidad, como se lee en el libro. Esto me pasó en la cotidianidad de la casa familiar, en lo doméstico, en ese volver a ser adolescente a los 27 años y tener que compartir con mi familia de nuevo.
Mi abuela estaba vieja y enferma y, en ese proceso, mi mamá se enfermó por cuidarla. Por eso me hice preguntas sobre la pertenencia y la identidad. Por un lado, estaba la fragilidad de que mi abuela iba a desaparecer y que ese archivo que ella contenía se iba a perder. Por el otro, estaba lo que he llamado como interdependencia mamífera, el que es para mí el sentido de la obra. Ahí está lo que quería explorar: la interdependencia y su relación con los cuidados y las mujeres.
CAMBIO: ¿Cómo es esa interdependencia mamífera?
J.G.N.: Durante muchos años se ha hablado de un instinto materno. Los feminismos y la ciencia ya han dicho que ese instinto no existe, sino que se trata de un dispositivo cultural de disciplinamiento de las mujeres para la reproducción y el trabajo de cuidado. Lo que sí tenemos los seres humanos es un despliegue químico de oxitocina y, a veces, de adrenalina que pueden sentir tanto hombres, abuelas o personas cercanas a un bebé. Esto tiene que ver más con la supervivencia de la especie al tratarse de mamíferos que están en contacto con bebés indefensos. Esto me voló la cabeza porque me parecía muy interesante cómo es que cuidar nos enferma y cómo ese cuidado está ligado siempre a las mujeres por la histórica división sexual del trabajo. Todos necesitamos cuidados. Somos mamíferos frágiles.
CAMBIO: El acta del jurado del Premio de Novela Inédita destaca cómo usted “trabaja bella y poéticamente la voz narrativa, la enfermedad, el cuerpo, la locura y el cuidado. Tiene jerga de monte, es honesta, fresca y poderosa, y no se parece a ninguna”. Juliana, ¿cómo logró ese manejo del lenguaje?
J.G.N.: Esa fue una de las decisiones estilísticas que más tiempo me llevó desarrollar. Yo lo tenía claro: es mi segunda novela, soy del Eje Cafetero, nací en Calarcá (Quindío), me crie en Pereira y mi mamá y mi abuela eran mujeres campesinas de Risaralda. Yo tenía, y tengo todavía, un interés particular por narrar personajes de mi región y representar a través de la literatura a esas otras minorías discursivas que no aparecen en la literatura colombiana. Quería recuperar esa suerte de poética del monte, porque hay mucha riqueza en nuestros refranes populares, imaginarios sociales y en nuestras prácticas populares. Pensando en algunas referencias, esto lo hace Selva Almada en Argentina, quien recupera el léxico de una región particular y lo convierte en una obra poética.
Además de todo eso, también quería convertir a mi abuela en un personaje de la literatura colombiana. O, al menos, quería un intercambio porque también me encontré con el dilema ético del extractivismo de narrar. Son cuestionamientos que me hago cuando escribo el libro porque se trata de una autoficción, hay un pacto de mentira y no es la historia completa de mi familia. Solo tomé elementos importantes de sentido, imágenes generadoras, y algunos datos para construir la obra que yo quería. Allí surgió una pregunta: ¿Será que estoy siendo extractivista de su dolor, su historia y del dolor de mi mamá solo por el deseo de narrar? Finalmente, tomé la decisión de llevar ese personaje a la literatura como una manera de hacerles un homenaje a mi abuela y a las mujeres campesinas colombianas que no han sido tan retratadas.

CAMBIO: Juliana, hoy con la novela publicada, ¿cómo ve ese homenaje a su abuela y a la mujer campesina?
J.G.N.: Narrar es un ejercicio de poder. Y, como un ejercicio de poder, hay que hacerse preguntas. Ninguna palabra es vacía. Como decía Bajtín, “está cargada de sentido”. Las palabras están habitadas y cuando construimos historias tenemos un poder sobre el otro. El personaje que construí en esta historia no es mi abuela, lo tengo muy claro, pero sí es un homenaje a ella. Ella murió mientras yo escribía la historia, así que no tengo idea de si a ella le hubiera gustado o no. Es el gran misterio que siempre tendré. Ese es el riesgo que se corre al escribir: que la representación que tú creas del otro no sea lo que quería de sí mismo. Sin embargo, relaciono esto con algo muy lindo que tiene que ver con el misterio de cómo el otro nos ve. Escribiendo me preguntaba: ¿realmente sé quién es mi abuela? ¿Realmente sé quién es mi madre? Eso tiene que ver con la identidad y la pertenencia. Cuando morimos queda mucha información, pero realmente nadie podrá saber a ciencia cierta quiénes fuimos. Los seres humanos somos un misterio y a veces lo olvidamos en la cotidianidad, en lo familiar, en esas relaciones atávicas de herencia y tensiones.
CAMBIO: Usted profundiza en asuntos como la vejez y cuidado. Sin embargo, quiero fijarme en las violencias que atraviesan, de forma silenciosa, a nuestras abuelas y madres. ¿Cómo ve usted este tema?
J.G.N.: Para mí fue importante trazar un marco teórico donde la interseccionalidad estuviera presente. Los personajes están atravesados por la clase y por el género. Son mujeres, campesinas, empobrecidas y atravesadas por la violencia. A mi abuela le tocó la violencia política, económica y de género. El libro explica cómo las mujeres de su época no ejercían su autonomía: las casaban a los 14 años con hombres que no querían y el mandato era ser madres. También existen otras violencias, las de los cuidados: un trabajo no pago que recae sobre las mujeres. Son ellas quienes pagan ese precio y pierden su autonomía. Es sofocante, pero también es político porque podría cambiar si los cuidados se redistribuyen.
CAMBIO: ¿Y la clase cómo está presente?
J.G.N.: El personaje de la narradora se encuentra con que en su familia no hay un gran archivo, porque ese también es un privilegio de clase. Las fotografías, las cartas y los diplomas son un privilegio de clase. La cultura popular está más ligada a la oralidad. Por eso, cuando ella empieza a preguntarse por el archivo y por cómo construye patrimonio una familia empobrecida, desplazada y campesina se encuentra con canciones, historias, recetas, cicatrices y dones. De ahí el nombre del libro porque, ¿qué es lo que me hereda mi familia además del desarraigo, el dolor, la rabia y las violencias? Existe un archivo vivo, que, aunque puede no tener el mismo valor que una fotografía o una hectárea heredada, es una herencia que también me constituye.

CAMBIO: ¿Cuál es esa invitación para que los lectores conozcan esta historia familiar?
J.G.N.: Los invito a que lean Nuestros dones. Creo que se van a encontrar con una pregunta universal relacionada con la corporalidad: “¿El cuerpo es nuestro imperio condenado a la ruina?” Se nos olvida que vamos a envejecer. Hay un momento de la vida en el que tenemos soberbia por nuestra juventud, pero cuando envejecemos nos encontramos de frente con la fragilidad y la inminencia de la muerte. Y, al final, lo que menos importa es morir, porque la muerte es un antídoto ante la enfermedad. Los invito a que lean esta historia que muestra cómo los seres humanos estamos relacionados con la enfermedad, el duelo y el cuidado. También es una invitación a encontrarse con otro tipo de literatura, una que no ha sido tan explorada y que tiene que ver con otro tipo de personajes: mujeres rurales, campesinas y mujeres complejas que de alguna manera dan cuenta de los matices de la condición humana.
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