
Cannes 78 y la extraña fiesta del cine
Juan Carlos Lemus escribe desde Cannes sus impresiones de la edición 78 del festival de cine de esa ciudad que comienza el 13 de este mes.
Por: Juan Carlos Lemus
Heme aquí, otra vez, preparando la previa de Cannes como quien promete que este año sí aprendió la lección. Cada mayo, varios miles de personas viajan al sur de Francia convencidas de que el cine todavía importa. El festival las recibe con acreditaciones de colores, filas de tres horas y proyecciones a las ocho y media de la mañana. Casi todos vuelven drenados. Casi todos volveremos el año siguiente.
Hay una pequeña humillación en Cannes que uno olvida convenientemente durante el resto del año. Todo romanticismo acaba en la primera madrugada intentando conseguir entradas en la página del festival. El festival empieza el 12, pero Cannes ya me dio sus primeros corrientazos. Desde el 9, junto a periodistas de todo el mundo, a las siete de la mañana en Francia –hagan las cuentas–, refresco compulsivamente el navegador para entrar a películas iraníes, vietnamitas o congoleñas como si estuviera comprando boletos para una final de la Champions. El jueves ya estaremos defendiendo la experiencia cinematográfica como si todo esto fuese razonable.
Parte de la fascinación de Cannes se debe a su estructura jerárquica. Competencia oficial, Una cierta mirada, Quincena de Cineastas, Semana de la Crítica, ACID. Cada sección tiene prestigios, rituales y pequeñas guerras internas que sólo se entienden después de años de haber venido. Entonces no falta quien habla de la Quincena con el tono de quien explica las divisiones nobiliarias francesas.
Y, sin embargo, Cannes sigue siendo el festival más importante del mundo, en parte porque ningún director le dice que no. Y también porque las películas que aparecen aquí inician de inmediato una carrera extraña en la que se entremezclan prestigio, crítica, distribución, premios y sobreinterpretación. Uno sale de ciertas funciones con la sensación de haber visto una obra maestra absoluta. A veces era sueño acumulado. Otras veces, cuando baja la borrachera, algo que no se sintió en la sala empieza a cobrar vida días después.
La edición 78 se siente distinta. Hay menos ansiedad por Hollywood y más curiosidad por el resto del mundo. La Croisette pierde algo de esa electricidad absurda de las premieres gigantescas de los estudios estadounidenses –Tom Cruise aterrizando en helicóptero, fotógrafos comportándose como corresponsales de guerra, gente desmayándose por actores que jamás volverán a ver–, pero gana cuando sus telescopios apuntan hacia galaxias distintas. América Latina, en cambio, apenas titila.
Europa mantiene su habitual brillantez. Cristian Mungiu regresa con Fjord, filmada en Noruega, tras haber construido una de las filmografías más firmes del cine rumano contemporáneo. Con Fatherland, Pawlikowski parece continuar esa mezcla entre melancolía histórica y austeridad visual que volvió reconocibles Ida y Cold War. Y László Nemes reaparece asociado al recuerdo de Son of Saul, esa experiencia sofocante sobre los campos de exterminio que en Cannes dejó a la gente saliendo emocionalmente devastada y buscando una Aperol Spritz para comentar lo devastada que estaba. Veremos si con Moulin logra salir de ese lugar ya demasiado frecuentado.
De ese continente llega también don Pedro Almodóvar, con la ya estrenada en España Amarga Navidad. Hay directores que participan del festival y otros que parecen parte de la arquitectura. Uno puede imaginar a alguien entrando por primera vez al Palais y pensando que Almodóvar viene incluido en la membresía. Incluso con la bipolaridad de su cine reciente, don Pedro conserva siempre el placer visual: sus películas todavía creen en el color, en el melodrama, en los rostros filmados como paisajes emocionales complejos.
Ver una película latinoamericana en Competencia Oficial en Cannes es un fenómeno astronómico. La costarricense Valentina Maurel presenta Siempre soy tu animal materno, en Una cierta mirada. Y en la Quincena aparecen: Thielen Armand con La muerte no tiene dueño –ver cine venezolano acá es ver el Halley, una muestra más de que el festival este año corrió el telescopio hacia otras periferias–; Dominga Sotomayor con La perra, adaptación de Pilar Quintana; y Lisandro Alonso con La libertad doble. Probablemente sea uno de los cineastas latinoamericanos vivos más importantes y, aun así, Cannes todavía lo considera ese músico brillante que todos respetan muchísimo, pero que rara vez termina encabezando el festival principal.
El Lejano y Medio Oriente vuelven a tener peso en La Croisette. Asghar Farhadi es un ejemplo perfecto del mecanismo de Cannes: el festival descubre un autor, lo convierte en marca cultural global y luego lo invita de vuelta para comprobar que sigue siendo relevante. Farhadi suele pasar la prueba. Sus películas convierten discusiones domésticas en pequeñas guerras morales donde nadie tiene la razón por completo y todo empeora gradualmente. Ya se verá si al salir de Histoires parallèles quedan las ganas de llamar a casa a pedir disculpas por algo.
Algo parecido ocurre con Kore-eda, porque Kore-eda siempre vuelve. El festival parece necesitar periódicamente una nueva película suya para recordar que todavía existen personajes capaces de escucharse entre sí sin convertir cada conversación en un monólogo traumático. Palma de Oro por Shoplifters, premios posteriores para Broker y Monster y ahora llega Sheep in the box. A estas alturas, Kore-eda es una costumbre del festival.
Ryusuke Hamaguchi probablemente sea uno de los nombres más esperados de esta edición. También uno de los más peligrosos para la crítica internacional, que se ha quedado –nos hemos quedado– atrapada en el mismo repertorio: contemplativo, delicado, pausado, humanista. Todo cierto. También es cierto que Hamaguchi entendió algo que muchos cineastas y críticos confunden: el tiempo cinematográfico se alarga porque los personajes todavía no saben qué sienten, no para parecer interesante. Apuesto a que con All of a sudden me preguntaré si he cambiado un poco. Esa pregunta, aunque la respuesta sea dudosa, ya paga parte del viaje.
Y después está el cuerpo. Cannes siempre termina recordándole a uno que la cinefilia también es una experiencia física. Dormir cuatro horas. Triplicar los 10.000 pasos recomendados. Comer cualquier cosa entre funciones. Descubrir que una película lenta puede parecer una experiencia trascendental a las once de la mañana y una tortura medieval después de las once de la noche. El festival entero funciona sobre una mezcla peligrosa de entusiasmo, café y espacio-tiempo enrevesado.
Cada año digo que voy a administrar mejor mis energías. Cada año fracaso con una disciplina de profesional. Llego con listas de imprescindibles, horarios perfectamente calculados y una idea bastante optimista de mi propio cuerpo. Al tercer día uno ya negocia con la realidad: cambia una película esperada por una siesta, una conferencia de prensa por un sándwich triste, una ambición crítica por diez minutos de meter los pies en el mar. Y aun así, en algún momento, aparece la película que tapa todo el cansancio acumulado. Entonces vuelvo a creer, que es precisamente el problema.
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