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Don Heraclio Parra Barona
Con solo cuarto de primaria, Heraclio Parra manifiesta que se pulió en la lectura de periódicos y revistas para narrar su admirable obra.
Cultura

La vida improbable de Heraclio Parra Barona: el octogenario albañil caleño que ha escrito más de 30 libros sobre música

Hijo ilustre de La Pilota, el barrio alegre de Buenaventura, maestro de la construcción y de las líricas del goce pagano y con solo cuarto de primaria, Parra Barona aprendió a leer y a escribir en los periódicos y revistas que vendía. Al borde de sus 90 años da cuenta de una admirable obra literaria inspirada en su razón de ser: la salsa y los ritmos afroantillanos.

Por: Ricardo Rondón Chamorro

A sus 89 años, Heraclio Parra Barona, “hijo ilustre” de La Pilota, “barrio alegre” de Buenaventura, y caleño por adopción, tiene plasmada en la piel el marrón curtido del sol ardiente del Pacífico, las manos cuarteadas y callosas de la albañilería y, en su espíritu, la chispa y el desparpajo de su gente, la voz de crooner de eternas noches de bohemia, son, boleros y guaguancós en clubes y griles de Cali y sus alrededores y, a su avanzada edad, el rigor y la memoria elefantina con que ha escrito más de 30 libros.

Ícono del patrimonio musical y de la movida rumbera de la segunda capital afrodescendiente de Latinoamérica —después de Salvador de Bahía, en Brasil—, Parra Barona fue el atractivo del stand del Valle del Cauca y de Cali Distrito Cultural en la segunda planta del Pabellón Colombia, de la versión 38 de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Era fácil ubicarlo entre la multitud por su quijotesca figura espigada, su ensortijado cabello cano y la apacible mirada de dromedario otoñal.

Sin gozar de los privilegios de las figuras estelares de la narrativa colombiana que se mueven al ritmo de asesores de imagen y de prensa, cámaras y reflectores, Heraclio, humilde y sereno, se ha sabido vender como escritor por su talento, su labia ‘encarretadora’, y su amplio conocimiento de la herencia pluricultural cubana, de cuando era un polluelo picado por las rumbas, los boleros y los danzones que oía en la radio, y se escapaba al aeropuerto de Cali a cargarles las maletas a los músicos y cantantes de la Sonora Matancera, incluida la ‘Guarachera’.

Con solo cuarto de primaria pulió su lectura y escritura en los periódicos y revistas que voceaba y vendía. Cuando se encontraba con algo de interés musical en las páginas de los suplementos culturales, lo apuntaba en cuadernos. De ahí que se sostenga en la terquedad de escribir sus libros con micro punta, en resmas de papel. Amigos correctores de estilo y diseñadores le dan una mano cuando saben de sus novedades, que él manda a imprimir en tipografías: 100 ejemplares por cada edición.

Así, de la forma más humilde y artesanal, han surgido títulos como Lo que no se ha dicho de Bobby Cruz y Celia Cruz, Azúcar y jalajala, Memoria de las sesenta y una ferias de Cali, Prostitutas alegres: semblanzas de las trabajadoras de grilles y burdeles de Cali y Juanchito, El son se fue de Cuba y la salsa de Nueva York, pero viven en Cali y Bogotá, El Amor y el bolero, el amor y la salsa, El diablo vive en Cali, El Hotel Aristi y La Matraca, reminiscencias de dos establecimientos pilares del jolgorio y la bohemia caleña y, más recientemente, La Sonora Matancera 100 años, entre otros.

—Maestro, ¿con qué libro se estrenó como escritor? —le pregunto mientras aprovecho los intervalos que quedan de su atención a quienes se acercan a preguntar por los títulos.

—Con Santiago, la historia de un albañil que trabajó conmigo. Un tipo solitario, melancólico, cliente asiduo de prostíbulos, aferrado a la música antillana, al Trío Matamoros y a la Sonora Matancera. Murió de sida. Se enteró que padecía el virus ocho días antes de su fallecimiento.

—¿Cuáles han sido sus títulos más vendidos?

—El Amor por el bolero y el amor por la salsa, Petronio (publicado hace un año), La Sonora Matancera 100 años y, últimamente, Prostitutas alegres.

—¿Usted se considera escritor, cronista, biógrafo, periodista?...

—Ninguno de los que nombras. Soy un memorista que escribe de lo que ha vivido y de lo que ha leído e investigado. Como solo tengo cuarto de primaria, no soy del interés de las editoriales y de la prensa musical y cultural. Colombia es un país de recicladores de diplomas de cartón, doctorados, maestrías y posgrados, muchas veces comprados. Se desconoce y se olvida de que hay una disciplina filosófica que se llama Empirismo, que sostiene la fuente legítima del conocimiento, la práctica y la experiencia, de la que deriva su nombre.

Heraclio Parra, hijo ilustre de Na Pilota
Heraclio, hijo ilustre de La Pilota, el barrio alegre de Buenaventura, y memoria viva de la rumba caleña y de sus variados sones y ritmos.

—En Cali, ¿dónde se encuentran sus libros?

—En San Antonio, en una librería que se llama Apapachos, en la calle 2ª número 10-21. Es café librería.

—¿Maneja redes sociales?

—Mi hija me abrió una cuenta en Instagram: heraclio.parra.escritor , pero apenas tiene una publicación y 35 seguidores.

—¿Qué tipo de personas se interesan por sus libros?

—Gente de clase media a la que le gusta la salsa, el bolero, la melodía afroantillana, la bohemia musical. Los universitarios son los más frecuentes. En Agapachos se programan charlas, me invitan a dar conferencias y a veces me encargan canciones.

—¿Vive de los libros, maestro?

—Ya quisiera. Pero los libros son una quimera, no dan para vivir.

—Entonces, ¿cómo se sostiene?

—De los contratos como maestro de obra. Pero no es seguido.

Los libros de Parra Barona no aparecen en los catálogos de las grandes editoriales que surten cada año a este macro mercado ferial. Solo un libro suyo, El sofá más valioso del mundo: historia imaginaría de la vida real, está reseñado en el Boletín Cultural del Banco de la República, y se puede obtener en formato digital, previa inscripción.

El “barrio alegre” de Buenaventura

—Maestro, cómo recuerda a La Pilota, el legendario barrio de Buenaventura que lo vio nacer.

—Yo nací en La Pilota, pero me llevaron muy pequeño a Buga, y después ya me radiqué en Cali. De todo lo que he leído e investigado, La Pilota fue una zona de tolerancia, pero de caché, para el disfrute de los ricos. Allí llegaban mujeres de varias partes del país, incluso del exterior. Cuentan que eran damas muy bellas y de finos modales a la hora de prestar sus servicios.

Las casas donde se desarrollaba la movida eran de madera, de estilo francés, pintadas en tonos pastel, decoradas con buen gusto, como las de San Andrés y Providencia. Cómo sería la elegancia de esos burdeles, que allí no le permitían la entrada a cualquiera. A los clientes se les exigía llegar de vestido y corbata. Los bailes que se daban eran con orquestas y todas las de la ley.

—Y la clientela, ¿cómo era?...

—Gente adinerada, poderosa, que llegaba de Cali y de otras partes: políticos, comerciantes, gente de la alta sociedad, señoritos de alcurnia, y hasta curas vestidos de civil que iban a divertirse con los shows de medía noche, en reservados que valían un dineral. Algo similar a los espectáculos del Tropicana habanero.

En La Pilota hubo sitios famosos como El Cocodrilo, El Caney —que lo nombra el Grupo Niche, (“_Buenaventura y Caney_”) y también estaban El Campín y La Che. Bueno y otros de la rutina licenciosa, pero “decente”, que se vivió allí entre los años 50 y 70, y que al final, como todo en la vida, sufrió la decadencia y quedó reducida a bares y antros de mala muerte, como lo plasmó Fernell Franco en su memoria fotográfica, que hace parte de la colección del Museo Reina Sofía de España.

La Pilota que inspiró a Mutis

De La Pilota escribió en El País de Cali (octubre 9 de 2014) el periodista y narrador bonaerense Medardo Arias Satizábal, a propósito de una remembranza de Álvaro Mutis y sus afectos por el “bello puerto de mar” que inmortalizó en su rutilante página el maestro Petronio Álvarez.

Arias así lo narra:
“Mutis me preguntó una vez que si todavía existía La Pilota, la que fuera la zona de tolerancia más asombrosa del sur de América. Le expliqué que La Pilota había desaparecido a inicios de los 70, cuando un alcalde decidió ir con la tropa y un hisopo para cerrar definitivamente este lugar que había sido comparado con el barrio chino de La Zanja, en La Habana.

Los soldados descendían de un camión, mientras el alcalde, personalmente, sellaba los burdeles, y un sacerdote regaba agua bendita en las puertas. Las locas del lupanar, las coperas, los razoneros, las consuetas y celestinas, los calinches y chirimbolos, las putas de alta montaña, las mulatas y coquimbas, corrían calle abajo, presas de pánico, mientras la voz corría por el puerto como una serpiente de fuego: '¡Corran, corran, que se acabó La Pilota!'.

'Me encantaba dormir ahí, entre el calor y la charanga', me diría Mutis. Me pregunto si estas siestas juveniles del poeta, acompañadas por pájaras complacientes, fueron en la casa de citas de Guillermo, en el Puerto Rico, en Aurora, donde se veía el mar y se tocaban tangos al amanecer:

Qué bien se baila sobre la tierra firme / mañana al alba tenemos que zarpar...

O donde 'La Che', aquella mujer que solo iba a la cama con argentinos. Mutis conoció bien esa calle, lo constatamos por las memorias precisas que hace en su novela Abdul Basur, soñador de navíos: la calle, una loma, la más alta del puerto, por la que ‘soplaba una brisa piadosa, era La Pilota’.

Ahí, además, de una refinada prostitución enclavada en una cima que daba al mar, en una casa en la que solo aceptaban capitanes y oficiales de navío, estaba el bar conocido como La Barata, donde se dio inicio a lo que se llamó salsa en esta parte de Colombia.

En las puertas de este lugar bailaba descalzo Watussi, un bailarín callejero con una cortada en la cara que inventó una forma de deslizarse. Los marineros arrojaban monedas y chiclet's a sus pies. Buenaventura, semilla de inspiración para Mutis, que habla en el lenguaje de los vaporinos”.

Heraclio, voceador de prensa

—Maestro, ¿usted se habla con Medardo Arias?

—Claro, somos amigos, gran escritor, y gran ser humano.

—¿Y cómo es que Arias no ha escrito una línea sobre sus libros?

—Así es la vida, pero yo sí he escrito de él. Con esto de los libros siempre ha habido, recelos, intereses, envidias.

—¿Y con el fallecido Umberto Valverde?

—No tuve cercanía con él. Tenía un ego más robusto que él. No me deslumbraba lo que publicaba porque contaba mucha cháchara.

—No deja de asombrar que usted, con solo cuarto de primaria, haya escrito más de 30 libros. ¿Cómo lo hizo?

—Porque fui voceador de prensa en Buga, y en Cali tuve puesto de periódicos y revistas. Leía todo lo que llegaba, como Selecciones y Life. Así me fui formando en la escritura, hasta que me lancé y le fui cogiendo el tiro.

—¡Por favor, Life, formato grande, abundante en crónicas y fotografías, con firmas de lujo como las de Norman Miller y Truman Capote. Qué mejor cátedra!

-Ah, Life, era una maravilla leerla, como Selecciones y los periódicos de antes, tan bien escritos. Es que yo me di el lujo, como dices, de leer y vender las noticias de la muerte del torero Manolete y del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, así por encima, para que lleves tus cuentas.

—¿Ha sido lector de novelas?

—No, solo prensa. De pelado me gustaban las tiras cómicas. La revista especializada en monos era La Peneka, igual que las aventuras dominicales de El Tiempo: Tarzán, El Fantasma, Dick Tracy, Mandrake, todo eso. Había gente que llevaba solo el cuerpo informativo y dejaba las tiras cómicas que venían en un cuadernillo. Después de leerlo lo vendía a cinco centavos

Tarimas y bohemia

—Heraclio, no me equivoqué cuando lo vi, y sin conocerlo, lo figuré como un retirado hombre de orquesta.

—En el Club Colombia tuve el privilegio de presentar a figuras de la talla de Olga Guillot, Juan Bruno Carranza, Luisito Rey, y de alternar como crooner de la Orquesta Pepe, con Machito, cuando él estuvo en Cali con La Lupe: eso pocos lo saben. Lo cuento en mis libros de la feria. También canté con Rafico Bolaños y con la Fórmula 8, orquestas de los años 60, cuando aún no se había impuesto la salsa en Cali, pero ya se oían pasos grandes. Nosotros interpretábamos porro, rumba, merecumbé, guaracha y boleros, que era otro de mis fuertes. En México estuve acompañado por el mariachi Vargas. En Venezuela también interpreté melodía romántica con tríos y orquestas. Allí conocí a Óscar D'León, que después fue mi amigo. Es que hasta tango canté, porque en Buga me críe oyendo en la radio a Gardel, Magaldi, Hugo del Carril y a los grandes boleristas, los argentinos y mexicanos, los de la Sonora Matancera. Fui por ocho años el cantante de planta del Club Campestre de Cali.

—¿Existen grabaciones suyas con las orquestas que lo acompañaron?

—No, qué va. Se vivía al día, o mejor a la noche, el horario del sentimiento, la rumba y la bohemia, y el trago, que nos llegaba gratis a la mesa, y del más fino.

—¿Quién le corrige los libros?

—Antes los corregía Ernesto Fernández, escritor y editor, heredero de la Editorial Seriva, hasta que esta se acabó. Ahora los revisa mi buen amigo Luis Alberto Martínez, quien también trabajó en la editorial.

—¿Qué anécdotas guarda de Celia Cruz?

—Muchas, porque fueron varios los encuentros con ella desde que empezó a ir a Cali. La primera vez, ella llegó del aeropuerto con Alberto Beltrán, directo a RCN. Yo estaba pendiente afuera y les dije que les subía las maletas. Y así fue, me dejaron entrar. En cabina, Celia cantó Burundanga, y Alberto Beltrán El negrito del Batey. Esas anécdotas las cuento en mi libro Lo que no se ha dicho de La Sonora Matancera. A Leo Marini también lo retrato, porque era mi alter ego y con él alterné en varios escenarios, como lo hice con Los Melódicos, con la orquesta de Lucho Bermúdez y la Sonora Santanera, en el Club Campestre de Cali, y con Oiga Guillot y La Lupe en el Club Colombia.

—¿Conoció a Nelson Pinedo?

—Claro, un tipazo, elegante, buena gente, de fino hablar, y con una voz de resonancia espectacular. Es que en la Sonora Matancera todos los intérpretes eran crooners.

—¿Tiene alguna anécdota con Daniel Santos?

—Con él no alterné, pero cómo le parece que el 13 de junio de 1953, Daniel Santos estaba cantando en la emisora RCO (hoy Caracol Radio), cuando se produjo la noticia del golpe militar de Rojas Pinilla. ¡Y todos firmes! Tengo por lo menos 1.000 anécdotas que cuento en mis libros. De Óscar D'León tengo varias, porque con él estreché amistad de cuando yo trabajaba en construcción en Caracas, y lo iba a ver con la Sonora Dinamita.

—¿Qué le falta por hacer, Heraclio?

—Vender los libros que me quedan para regresar contento a Cali. Vengo de familia salsera, llevo toda la vida botando corriente con la melodía afroantillana e inicié este recorrido asistiendo a las fiestas de vieja guardia. Y lo digo en tono jocoso, porque comencé con lo más bravo, escuchando y aprendiendo de mambo, son cubano, guaguancó, danzón, chachachá, y a la par el baile. No soy coleccionista, pero conozco a muchos melómanos que no fallan al encuentro de la Feria de Cali.

—Heraclio, a propósito de su libro, ¿el diablo vive en Cali?

—Cómo que si qué: lo sostengo en mi libro. Vive a sus anchas por La Alameda, San Antonio, Las Tres Cruces, Barrio Obrero, por donde le huela a rumba, y por el Pascual Guerrero, cuando juega el América, y hace fiestas con el alboroto de la feria.

—Para rematar, maestro: después del duro trajín de la vida, y al borde de los 90 años, ¿cuál es su fórmula para conservarse en pie de lucha, y tan bien?

—Justamente, la fórmula se llama bien, y no viene en pastillas ni ampolletas: comer bien, dormir bien, amar bien y hacer el bien, mientras se pueda.

—Y en cuanto a la bohemia dura que ha llevado como artista, las trasnochadas, los vicios, el aguardiente, etcétera...

—Todo controladito. Es que el aguardiente no es un vicio, es una necesidad...

Heraclio Parra Barona celebra con una sonora carcajada su repentino chascarrillo. Hace una pausa, y dice que va a atender a un periodista de radio que ha llegado para entrevistarlo.

—Creo que contigo ya todo está dicho, ¿verdad? —apunta risueño Parra Barona con su apacible mirada de dromedario otoñal.

—Claro que sí, maestro. Gracias por su tiempo. Nos veremos por acá el próximo año.

—Dios te oiga, y gracias por tenerme en cuenta.

Y avanza Heraclio con las notas al piano de Sofrito, que se amoldan a los pausados andares del novelesco Quijote de La Pilota.

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