
Hay hechos históricos que marcan el paso el tiempo y fijan para siempre a una generación y así, guerras, tragedias o alguna canción son los detonantes para medir una época determinada. Me siento afortunado de haber vivido el mismo tiempo de Gabriel García Márquez, de Mick Jagger, de Mijaíl Gorbachov o de Nelson Mandela y he podido contarles a mis estudiantes algunos hechos trágicos que vi en vivo y en directo por televisión como la toma del Palacio de Justicia, el asesinato de Luis Carlos Galán, la muerte de Diana de Gales o la caída de las Torres Gemelas, entre otros. Pero tengo claro que la medida de mi cronología, de mi tiempo y de mi memoria han sido los mundiales de fútbol y las elecciones presidenciales en Colombia. Esta medida por cuatrienios me ha facilitado ejercitar la memoria y armar desde allí la escaleta narrativa de mi vida.
Lo cierto es que alrededor del mes de mayo de estos años —desde 1982— que tengo ese uso de razón que llaman los psicólogos cuando el pensamiento lógico y el discernimiento empieza a imponerse a la fantasía, siempre he habitado las emociones de las elecciones y la inminente llegada del Mundial con la aparición del álbum de Panini. Esos han sido mis rituales que permanecen y la posibilidad de seguir siendo el niño que acompañaba a mis padres a depositar el voto para que me dejaran meter el dedo en el frasco de tinta indeleble y en el que, con un listado anotado con bolígrafo y doblado en el bolsillo, iba a los puestos de revistas de la calle 19 o la calle 53 a cambiar láminas.
Recuerdo el Mundial de España 82 como se recuerdan las primeras grandes emociones de la infancia con una mezcla de asombro y mitología. Yo tenía ocho años y comenzaba a entender que el mundo cabía en un álbum. Supe que existían países remotos llamados Camerún o Kuwait y que un escudo plateado podía producir más felicidad que cualquier juguete costoso. Que había jugadores imposibles de conseguir y otros que aparecían repetidos hasta el cansancio como si la vida quisiera enseñarnos, desde temprano, la injusta distribución de las cosas. Maradona, Zico, Platini y Rummenigge eran las láminas más difíciles y que salieran en el sobre o lograr conseguirlas era la materialización de una ilusión.
Supe de geografía y de países gracias a los álbumes de fútbol y las transmisiones de futbol. España 82 trajo a mi casa el primer televisor a color y ahí si la dicha fue total. Ver los colores de las camisetas de cada equipo era vestir de realidad mi propia infancia. Antes que los mapas escolares y aquellos viejos atlas de geografía gigantes estuvieron aquellas páginas donde descubrí banderas, uniformes, himnos y nombres imposibles de pronunciar. Checoslovaquia, Yugoslavia, Hungría, Bulgaria, Polonia y la Unión Soviética entraron primero a mi imaginación por una lámina de Panini antes que por cualquier libro de historia. Mi padre y sus amigos hablaban de esos países lejanos y les hacían barra a aquellos equipos y por ese entusiasmo familiar yo también hinchaba por ellos. En el colegio me decían que esos eran los malos y villanos de la película, pero para mí eran equipos y países llenos de magia y de misterio. Aprendí que el mundo era ancho y diverso gracias a esos álbumes que hoy conservo llenos, alineados junto a los álbumes familiares, como si todos hicieran parte de una misma autobiografía. Porque en cada uno de ellos hay algo de mi vida, de mi cronología íntima, de mi paso por el mundo. Están la familia y los futbolistas y el calendario de mi paso por el mundo.
Desde entonces he guardado todos mis álbumes como quien conserva un archivo íntimo de su propia vida. No son solamente álbumes del Mundial. Con el tiempo se han convertido también en álbumes familiares y quizás por eso los tengo junto a los viejos álbumes de mi familia. El de 1986 tiene el olor de la sala de mi casa y las voces de los tíos y primos discutiendo si Maradona era un dios o un tramposo. El de 1990 tiene las primeras anotaciones del adolescente que lleva los resultados de la fase de grupos y que ponía una estrella a los que fueron los mejores partidos. El de 1994 todavía conserva la tristeza colectiva de aquel disparo que quitó la vida de Andrés Escobar y que terminó convertido en una herida nacional. El de Francia 98 guarda ya la nostalgia de que el tiempo comenzaba a ir demasiado rápido. Luego llegaron los mundiales de la adultez y las láminas ya no se cambiaban en el colegio sino en la universidad, las oficinas y así, poco a poco, el ritual se heredaba a mi hijo con quien los he llenado en las últimas dos décadas.
De algún álbum Panini cayó alguna vez un suvenir electoral de esos instantes: alguna calcomanía de Luis Carlos Galán en 1982 o de Jaime Pardo Leal y la Unión Patriótica en 1986, o el “Venga esa mano país” de Bernardo Jaramillo Ossa o el “Que la vida no sea asesinada en primavera” de Carlos Pizarro Leongómez en 1990. Aquellos suvenires también traían noticias trágicas y recuerdos de un tiempo oscuro. Todos ellos fueron asesinados, al igual que Andrés Escobar y hacen parte de una memoria generacional que marcó sentimental y políticamente mi tiempo.
El asunto es que llega este 2026 y vuelvo a acudir a estos rituales. Me acerco a los puntos de cambio y vuelvo a negociar, en aquel mercado cuyos precios se rigen por espontáneas y caprichosas leyes afectivas, con la misma inocencia e ingenuidad de mi niñez por los escudos plateados o por los Cristiano Ronaldo o Leonel Messi que me faltan. Si consigo la copa FIFA me sentiré, como en el pasillo de mi colegio en 1982, como un magnate que lo tiene todo. Vuelvo a hacer comunidad por un momento con todos aquellos que acuden al mismo punto de cambio y compraventa de láminas y conversamos de futbol, de quién ganará el Mundial y las elecciones y todos salimos felices con las láminas que hacían falta para completar una vez más el álbum.
Quizá por eso el álbum del Mundial nos conmueve tanto. Porque también es una forma de álbum familiar. Un archivo sentimental de quienes fuimos cada cuatro años. En los mundiales y en las elecciones solían perder mis favoritos y eso de alguna forma también forjó el carácter. Y tanto las elecciones como los mundiales permitían imaginar por un instante un país y un mundo distinto. Cada evento abría la posibilidad de una conversación infinita y eso me enseñó a escuchar y comprender el argumento o la emoción del otro.
Tal vez dentro de muchos años, cuando ya no existan los álbumes y sobres de papel y a lo mejor los llenemos de manera virtual y hayan desparecido las mesas de intercambio en los parques, nuestros nietos encuentren en una vieja caja en el cuarto de san Alejo estos álbumes amarillentos y reconocerán a futbolistas que nadie recordará en ese momento, escudos brillantes y fotografías desteñidas. Sabrán de países que de pronto ya no existirán, así como me ocurre cuando repaso a la Unión Soviética, la República Democrática Alemana, Checoslovaquia o Yugoeslavia. Y, sin embargo, entre todas esas ruinas del tiempo seguirá latiendo algo profundamente humano como lo es la nostalgia y el recuerdo de una experiencia compartida y el de creer que el mundo podía ordenarse con gran paciencia en nuestras manos y que, a pesar de tener muchas láminas repetidas, siempre saldría en algún momento la difícil y esperada y que, como en toda buena colección, así estuviera llena, siempre estaría incompleta, como la vida misma, como la memoria, como la nostalgia.
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