Ir al contenido principal
Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Pirómanos, implantes y penes

A casi dos semanas de las elecciones, la campaña en Colombia debería centrarse, al menos en apariencia, en ideas y propuestas, en diagnósticos sobre los grandes problemas del país, promesas de cambio, advertencias sobre el rumbo de la economía o fórmulas —serias o improvisadas— para enfrentar la inseguridad, el desempleo o el deterioro institucional. Incluso el populismo más rudimentario suele hacer algún esfuerzo para usar el disfraz de las propuestas.

Pero no es así. La campaña presidencial colombiana se ha deslizado a otro lugar, bastante más oscuro. Y uno de quienes mejor lo entendió y aprovechó que el pasto estaba seco y rociado de gasolina, fue Armando Benedetti. Y lanzó un fósforo en medio de risas y picardías con un post en su cuenta de X. El ministro no abrió una discusión sobre el país, ni mucho menos expuso una crítica política de fondo sobre la elección: prefirió activar una de las fibras más primitivas de nuestra cultura pública: el “no ser macho” y convertrir esa idea en un arma de demolición política.

Su mensaje, en el que describía a un candidato como un hombre “postizo”, con pelo injertado, maquillaje y supuestos implantes en las nalgas, no fue simplemente una salida vulgar —impropia de un ministro de Estado—, una provocación pasajera o una pataleta digital de las que se evaporan con la siguiente tormenta en redes sociales. Ahí había algo mucho más calculado. Benedetti hizo una elección puntual, apuntando al cuerpo y usando la insinuación. Tocó un código cultural perfectamente reconocible: la idea de que poner en duda la autenticidad física y la masculinidad de un hombre puede convertirse en una forma efectiva de degradarlo social y políticamente. Es una lógica vieja: una práctica de adolescentes de colegio que se transforma en otra cosa muy distinta si se traslada la cancha de la ética política tradicional. 

En ciertos imaginarios de poder, la virilidad todavía funciona como una moneda simbólica con alto valor, y sugerir que alguien no encaja en ese molde produce un efecto particular que se construye de varios ingredientes: burla, conversación y descrédito.

Y funcionó. Como ocurre con los incendios, se necesita solo una chispa cuando el terreno está seco. Lo que vino después de la insinuación de Benedetti sobre el cuerpo y las inclinaciones de un candidato que no identificó con nombre propio, fue inevitable. Pocas horas después vino la respuesta de Abelardo frente a los micrófonos: en un ambiente de risas y desparpajo, negó rotundamente tener implantes en sus nalgas, como lo insinuó el ministro Benedetti. Y eso sí, señaló que el jefe de la cartera suele estar bajo los efectos de estupefacientes. Un intercambio no muy propio de un alto funcionario encargado de la política en el Estado y un candidato opcionado a ganar la Presidencia. Elegante. 

Y días después vino el comentario en el programa digital Piso 8. Allí, después de morder el anzuelo, Abelardo cruzó una frontera que se veía lejana: la invitación explícita a una periodista a que le hiciera zoom a una foto en la que aparentemente se podía observar el gran tamaño de su miembro, sumándole la afirmación de que las mujeres podrían sentirse inclinadas a votar por alguien en función del tamaño de sus genitales. Todo para seguir combatiendo la venenosa insinuación de Benedetti. En cuestión de horas, el debate público descendió con una velocidad alarmante desde la vulgaridad hacia una especie de cloaca política.

Y aunque Abelardo se disculpó, creo que el verdadero problema no es el episodio en sí, por desagradable que resulte. El problema es lo que hay detrás, porque el desenlace del episodio que se inició con la insinuación de las nalgas con implantes y que terminó con la autoalabanza del tamaño de pene, no es una anécdota aislada ni una torpeza individual de un candidato. Lo que empieza a asomarse —ahí sí— al hacerle zoom al tema, es algo más inquietante: una campaña que se tramita alrededor de personajes construídos, impulsos emocionales y actuaciones teatrales de poder, sin que que aparezcan con claridad las ideas y las propuestas. El asunto es tan dramático que Iván Cepeda, quien lidera las encuestas, optó por no participar en ningún debate, aparentemente, sin pagar ningún precio por su insólita decisión. La prioridad en esta elección, evidentemente, no es el derecho de la ciudadanía a contrastar, a entender para votar de la mejor manera. 

Incluso la candidata mujer termina girando alrededor de la misma lógica. Cuando Paloma Valencia —quien ha hecho un esfuerzo visible para entrar en el debate de las ideas— cuestiona a otros candidatos sugiriendo que se esconden detrás de chalecos antibalas y urnas de vidrios de seguridad mientras ella sí enfrenta los riesgos de otra manera, la conversación vuelve a desplazarse hacia un terreno que tiene que ver de nuevo con los atributos del “macho”: el del coraje físico como credencial política y la valentía como prueba de idoneidad.

Así, por caminos distintos, la política colombiana termina atrapada en la misma obra de teatro, a veces pobre, a veces vulgar. Unos —como Benedetti— apelan a la humillación corporal y la discriminación de género escondida detrás de sus mensajes “graciosos”. Otros —como Abelardo— a la sexualización explícita de su figura. Otros —como Paloma— a una caricatura épica de la valentía personal. Otros —como Cepeda— al silencio estratégico, dándole la espalda a la gente. Y el resultado es inquietantemente similar en cualquier caso: el debate ya no se da en torno a propuestas y empieza a presentarse como una competencia de personajes: el fuerte, la valiente, el outsider, el perseguido, el silencioso, el que no se deja intimidar, el que humilla mejor o el que enfrenta mejor la humillación. Mientras tanto, el país real espera respuestas.

Pero esas preguntas fundamentales parecen menos rentables que el intercambio de palabras sobre implantes en las nalgas y penes más o menos grandes. Y es por una razón muy concreta: en la economía contemporánea de la atención, una vulgaridad circula mucho más rápido que una propuesta sobre salud o finananzas públicas. Y quizá porque nosotros mismos, como ciudadanos, hemos empezado a aceptar esa degradación como parte natural de la política. En Colombia, una conversación vulgar sobre la genitalidad de un candidato seguramente logra más alcance que lo que logra cualquier propuesta programática. El episodio escaló a cobertura internacional, circunstancia que, evidentemente, dificilmente alcanzarán las ideas de los candidatos para solucionar los problemas del país. 

Y el dato más inquietante es que esto no sea una anomalía, sino el anticipo de lo que nos espera en Colombia en esta elección y en otras en el futuro. Que Benedetti no haya sido simplemente el autor de una provocación de mal gusto, sino el pirómano activo y estretégico en una campaña que incendia el debate público y que fabrica humo, antes que hablar de las cosas que de verdad le importan a la gente.

Finalización del artículo

Comentar este artículo

Aún no hay comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir artículo en redes sociales