
Sergio Fajardo nada contra la corriente. Tal como han evolucionado las cosas, está lejos de pasar a la segunda vuelta. Y, aun así, votaré por él con plena convicción. Bien vistas las cosas, sigue siendo el único candidato actual a la Presidencia que siempre apostó por hacer política con coherencia, con integridad, con nobleza, contra las fuerzas de la inmoralidad y el oportunismo que corroen la política nacional.
Fajardo, en medio de sus errores tácticos y su equivocación de no impulsar y liderar una consulta de centro desde el primer momento, les está dando a los colombianos una lección que todos deberíamos aprender y que —algún día— quizás lleguemos a valorar lo suficiente: hay que luchar hasta el final, con la frente en alto, con dignidad, con coherencia, sin dejar corromper el alma ni renunciar a los principios.
En nuestra sociedad, la mayoría se acomoda. Se mueve cuando empieza a verse quiénes son los más opcionados, o quiénes tienen más dinero o proyección, o cuál imagen se vende mejor; acuerdan componendas; se agrupan así no tengan la menor afinidad en cuanto a su lectura del mundo. Bien lo describía Zygmunt Bauman en sus escritos sobre la modernidad líquida: ahora todos huyen con rapidez de donde estaban tan pronto aparece the next best thing. El compromiso y la consistencia son cosas del pasado.
Quienes se dicen liberales se suman a quienes antes defendían a los paramilitares. Unos que se dicen de centro, se le entregan al proyecto estatista y cleptócrata de Petro. Quienes defendían la igualdad del matrimonio y la adopción gay terminan apoyando a quienes siempre se han opuesto con feroz homofobia a esas banderas. Quienes se decían ateos, ahora salieron rezanderos. Y son pocos los que critican semejantes incoherencias, como si no fueran nada, como si estuvieran bien.
La mayoría salta del barco que se hunde, sólo para subirse —desesperados por conservar o alcanzar más privilegios— al barco más lustroso y que tiene desplegada la vela más alta. Qué fácil es huir a la primera de cambio, renunciar a aquellos que, una vez caídos, no nos sirven para nada, y tratar a la gente como materia desechable. Y qué digno, por el contrario, seguir a bordo de la nave más pequeña, tripulada por un equipo virtuoso, así acechen el peligro y las tormentas, y así fuertes vientos anticipen el naufragio.
Yo votaré por Fajardo por su visión del país, por su capacidad de dialogar y concertar, de dar la cara, de mirar a la gente a los ojos mientras les dice las verdades que hay que decir. Pero, sobre todo, votaré por Fajardo por ser un hombre bueno, noble, coherente, que le enseñó a Colombia que se puede hacer política y operar en sociedad sin ser cobarde, ni ruin, ni bajo, y sin temerle a la derrota; que se puede intentar construir un mundo diferente si se tiene la gallardía de hablar con los demás desde la honestidad y la decencia.
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