
Dice mucho de los candidatos que van punteando las encuestas para la Presidencia en Colombia que no se puedan poner de acuerdo para debatir. Si bien cada uno se resiste por razones diferentes, lo único que queda claro es que algo tienen en común —a pesar del enorme abismo moral, ético y político que los separa—: su incapacidad para pensar más allá de sí mismos. Porque, al negarse al debate, nos están quitando algo a todos los votantes. Y no un detalle menor. Nos están arrebatando el derecho a escucharlos y medirlos, más allá de lo que puedan decir en un discurso, en una entrevista o en sus programas de gobierno.
En esta etapa, cuando estamos a tan pocos días de las elecciones de primera vuelta, los debates son esenciales. Más aún cuando hay asuntos que han enrarecido el ambiente, como la Asamblea Constituyente, que Petro volvió a agregar al caldo en un momento muy inesperado de la receta. ¿O acaso es el ingrediente para arruinar su propia fórmula?
Los discursos en plaza pública son claves: allí la gente se encuentra con su líder y comparte la pasión de sentirse identificada con los otros. Pero el debate es otra cosa. Es parte esencial de una democracia que, entre compra de votos y desconfianza frente a las instituciones, parece cada vez más agónica.
El punto es que, dentro del juego democrático —el mismo que nos invita a elegir gobernantes, evaluar proyectos y respaldar causas—, los votantes que llegan a la plaza pública reciben un mensaje unilateral. Allí el candidato no dialoga ni con sus adversarios ni con los ciudadanos: simplemente emite sus mensajes.
¿Cómo comparar visiones del mundo si no se hace en un debate en vivo y en directo? Es fácil, cómodo y controlable quedarse en el terreno de los jingles de campaña, las frases armadas y los videos editados. Pero el debate les exige a los candidatos salir de esa zona de confort para entrar a exponer, defender y confrontar sus posiciones frente a los medios y la ciudadanía.
Somos muchos los que entendemos que el candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, pida reglas mínimas para que pueda darse un debate en el marco de la decencia, la ecuanimidad y el respeto, cualidades que él exhibe en cada uno de sus encuentros con la prensa. Cepeda les dice un “no” rotundo a los insultos personales o a comentarios que “sometan la dignidad” de su movimiento. Eso no debería ser una regla sino un valor natural de todo candidato, aunque, frente a personas como Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia —especialistas en ofensas, agravios, mentiras y mofas—, hacer hincapié en la importancia del decoro nunca sobra.
Ahora bien, superado el tema de los insultos, lo que más ha sorprendido es que Cepeda ponga tantas condiciones adicionales: contar con un equipo negociador que fije las reglas, no debatir con los candidatos de centro y que los “temas a tratar sean acordados y establecidos con anterioridad”. Son demasiadas limitaciones y restricciones al debate, que le restan un ingrediente fundamental: la improvisación ante lo inesperado. La de Cepeda es una fantasía de control que hace imposible el escenario. Poner tantas condiciones es una forma de negarse al debate o de evadirlo.
Todos recordamos la actitud evasiva de Rodolfo Hernández frente a los debates con Petro. Incluso el mismo Iván Cepeda salió a criticarlo con severidad, calificándolo de “tramposo, mentiroso y desvergonzado”. Y añadió: “Debe quedar claro a la opinión pública que es Rodolfo Hernández quien ha estado rehuyendo el debate, haciendo hasta lo imposible para evitarlo, poniendo condiciones que lo favorezcan, enredando su preparación y dilatando su realización hasta que llegue el día de la elección”. ¿No es exactamente lo mismo que él está haciendo ahora?
Hernández, un hombre que había sorprendido a Colombia pasando a segunda vuelta, nos hizo pensar que incluso él mismo estaba tan sorprendido y asustado que fue incapaz de medirse con su contrincante. En primera vuelta mató al tigre y, en la segunda, se asustó con el cuero.
Esta vez también hay un ‘Tigre’ y estoy segura de que Iván Cepeda no le tiene miedo. Le debe producir, eso sí, aprensión, como nos pasa a tantos. De la Espriella es un personaje que se esmera en producir asco; es parte de su estrategia para ganar visibilidad, y los medios se babean porque les “aporta” contenido para su show diario. Hace pocos días, De la Espriella le pidió a una periodista, dirigiéndose a ella como “cariño”, que mirara una de sus fotos para que entendiera por qué, con esa imagen, había ganado tantas votantes femeninas. “Dime qué ves ahí”, le dijo, y cuando la periodista no respondió lo que él quería, le pidió que hiciera zoom (sobre sus genitales; todos lo entendimos).
No dan ganas de dialogar con un hombre que sale con este tipo de guarradas, que se planta como un semental y sugiere que las mujeres colombianas son tan tontas y vacías que le dan su voto a un candidato que no tiene grandeza ética ni moral, pero sí un enorme pene.
El estilo de Paloma Valencia también se basa en agravios, señalamientos sin pruebas y aspavientos tipo “no me vaya a mandar a matar, senador Cepeda”. En ella ya es común la violencia política, la desinformación y la propagación del miedo; todo aprendido de su ‘papá’, Álvaro Uribe Vélez. Pero Cepeda está acostumbrado a debatir con ella en el Congreso. ¿Por qué no ahora, para la Presidencia?
Sin debate, todos perdemos.
Perdemos la ocasión de ver cómo reacciona cada uno de estos líderes bajo presión, en vivo y en directo. ¿Saben argumentar más allá de los insultos? ¿Conocen en profundidad los temas que aquejan a la nación? ¿La estrategia que manejan es evadir más que contestar? ¿Resisten la contradicción? ¿Son ecuánimes ante una situación adversa? ¿Sus argumentos se limitan a frases publicitarias? ¿Superan el control de la entrevista pactada, el video editado y los algoritmos?
Por ahí dicen que “el que va ganando no arriesga”. Pero resulta preocupante que la política se reduzca a la viralidad y deje de lado la deliberación. Especialmente porque Cepeda lidera las encuestas y evita preguntas relacionadas con su jefe político, Gustavo Petro; por ejemplo, cuestionamientos a la Constituyente, los problemas de la “salú” (que rima con “tú”, pero no con la “multitú”, que dejó de recibir atención y medicamentos) y la suspensión de la captura de ‘Chiquito Malo’, entre otros tantos temas incómodos. Nadie le pide a Cepeda que hable mal de Petro, ni de la paz ni de su partido. Pero, para aspirar al poder, debe estar en capacidad de responder a todo lo que se le pregunte.
Nadie puede obligar a un candidato a debatir. Sin embargo, lo que antes se daba por hecho —la confrontación real— ahora es una opción que se evade. Jürgen Habermas, sociólogo alemán y teórico de la democracia, considera que la legitimidad de un candidato no reside únicamente en ganar una elección, sino en su capacidad de someter sus ideas al escrutinio público. Cuando un candidato habla solo, sin un contrincante que lo confronte, puede sonar muy coherente y difícil de contradecir. Pero cuando los planes de gobierno, los modelos económicos y los valores de cada uno se enfrentan directamente, aparecen contradicciones, vacíos y grietas: todos aspectos importantes que los ciudadanos deben evaluar. Y, si tras evaluar dichos vacíos, contradicciones y grietas gana el más bufón o la más guerrerista, el debate entonces sirve no solo para medir a los candidatos sino también a los votantes: su capacidad de tomar decisiones y de discernir entre opciones.
Es claro, también, que hay argumentos para no debatir. Cepeda señala el primero y principal: siempre existe la posibilidad de que los debates se conviertan en espectáculos vacíos que sirven únicamente para repetir slogans más que ideas profundas y que favorecen la teatralidad. Nos arriesgaríamos, por ejemplo, a que Abelardo de la Espriella cante alguna canción en italiano. O, peor aún, a que el moderador sea Westcol, un influencer con una capacidad de análisis inversamente proporcional a su número de seguidores.
Pero, más allá de esas razones, el debate sigue siendo una herramienta extremadamente valiosa porque ningún candidato debería aspirar al poder sin aceptar ser cuestionado de manera pública.
“Que rime y que se pueda”, dice la campaña de Iván Cepeda.
Debate rima con rescate, remate, empate. Todo parece indicar que rima, pero no se puede.
¿Con qué otras cosas pasará lo mismo si él resulta ganador?
¿O estaremos condenados a un presidente con gran pene y poca decencia?
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